Teleporcadas

De la serie: Correo ordinario

He echado unas risas -es inevitable- con la trampa que le tendió Wyoming a Intereconomía TV. La verdad es que me encanta que el estilo de matón barato que se gasta el programita afectado («Más se perdió en Cuba») se haya visto ridiculizado por la celada de «El Intermedio». Y es un ridículo enorme, porque ha tenido una no menos enorme trascendencia, sobre todo porque -era inevitable- alguien, más o menos inocentemente, más bien menos, colgó el vídeo en YouTube. En «Menéame», está batiendo récords históricos.

Bueno, parece que es la última moda: ventilar los trapitos de otras cadenas al aire libre y, si es posible, en la fachada principal, y en esto parece que La Sexta se ha convertido en una pionera y adelantada del matonismo televisivo. Porque si Wyoming la tiene tomada con «Más se perdió en Cuba» -y a la inversa-, la TeleVasile también es víctima de fuego graneado, y por partida doble: por una parte, del Follonero, que estuvo a punto de comprometer gravemente hace pocas semanas la culminación del mierdality show de referencia de la telebasura berluscoña; y, por la otra, las constantes -y extremadamente incisivas- referencias de «Sé lo que hicísteis» a la porquería hepática -en términos generales- de la cadena en cuestión.

Aunque, inevitablemente, me río con estas cosas (Wyoming y El Follonero tienen una gracia y un estilo de cierta alcurnia, aún en lo no poco matonesco del primero; los nenes de «Sé lo que hicísteis», algo menos, pero también…) y aunque las víctimas lo tienen bien merecido (la una por cutre y la otra por ultramontana y también cutre, aunque de otra manera), no parece que estemos ante un escenario ejemplar. Uno diría que la competencia debe basarse en hacerlo mejor que los demás y que la audiencia -la suministradora de esa valiosa mercancía llamada «atención»- decida a su propio gusto.

También hay que reconocer que el revoltillo de bajas pasiones del intestino grueso es dificilísimo de contrarrestar simplemente a base de calidad, porque el morbo tira mucho y lo único capaz de contrarrestar con cierta eficacia las barbaridades de la telebasura es el fútbol, o sea que vamos de Guatemala a guatepeste. Por supuesto, ni hablar de intentarlo con buen cine (a las malas, los aficionados lo graban y lo ven cuando su atención ya no tiene valor, porque los anuncios se pasan a toda velocidad) ni mucho menos con programas específicamente culturales o de [buen] debate político, sociológico o literario (¡qué gozada el «Milènium» de Ramon Colom en el segundo canal catalán, todo estudio y reflexión..!) o de divulgación científica o tecnológica como los de Punset, recogiendo con sobrada dignidad el testigo, tantísimos años abandonado, que dejó prematura y desgraciadamente aquel admirado y malogrado profesor Miravitlles en los balbuceos de la televisión. A veces, me pregunto cómo podría realizarse aquel concurso -que, sorprendentemente, llegó a tener grandes audiencias-, «El tiempo es oro», en los tiempos de Google y de la Wikipedia; pero seguro que su creador original tendría una buena idea si se lo propusieran.

Ayer o anteayer, el lamentable Paolo Vasile se dedicaba a soltar barbaridades sobre la televisión pública, barbaridades rebozadas, para disimular, de alguna verdad. Como es verdad que no es lógico que las teles públicas vivan del presupuesto público y de la publicidad: o lo uno o lo otro, pero las dos cosas no. Y aquí terminó todo atisbo de coherencia y de racionalidad. Empezó a imprecar contra la existencia misma de la televisión pública. ¡Y una mierda, Paoletto, o como coño se diga! ¡Una mierda así de grande!

Yo soñaba -hace muchísimos años- con la llegada de la tele privada no para ver las tetas de las chocholoco al colacao que nos embutía Berlusconi directamente importadas de la triste Italia de Lando Buzzanca, sino, precisamente para ver una tele pública prestosa dedicada a la programación de calidad. Algo así como Radio Nacional (a la que ahora los pisacagallones de IU quieren quitarle el nacional porque dicen que es facha, o una imbecilidad por el estilo) que, con las inevitables salvedades, da gusto oirla y hace muchos años que da gusto oirla. En cualquiera de sus canales. Mi gozo en un pozo, como es notorio: una televisión que era un pozo sin fondo de dinero -en definitiva, un juguete al exclusivo servicio del partido en el poder sin importar ninguna otra cosa- necesitaba del auxilio de abundante publicidad, lo que equivale a programas apestosos, a televisión basura desde una cadena pública.

Ha ido mejorando, esa es la verdad, pero aún está lejos de lo satisfactorio. A lo satisfactorio sólo puede aspirarse si Televisión Española se financia únicamente con el dinero público, si está dirigida desde la independencia política (¡ay!), desde la eficacia técnica (¡ay!) y desde la creatividad artística (¡ay, ay, ay, ay!). A lo satisfactorio sólo puede aspirarse con una programación y unos informativos de calidad, sin fijarse tanto en las audiencias. Esto es posible porque, aquí y allí -excepcionalmente, por desgracia-, ha habido ejemplos gloriosos. Y no hace falta buscar contenidos ni formatos para élites: la calidad también tiene audiencia. Que le pregunten, si no, a la televisión de Catalunya por programas como «Caçadors de bolets» (y mira que el formato es sencillo), «30 minuts», «Polònia» o a ETB por programas que trascienden más allá del País Vasco y son celebrados con visualizaciones masivas en YouTube, como «¡Vaya semanita!».

Veo, ya cerrando este artículo, dos a modo de epílogos: por una parte, la Asociación de la Prensa de Madrid ha criticado en términos muy duros la jugada de Wyoming, términos que podría compartir si se aplicaran en la misma medida a Intereconomía, que sabe jugar tan sucio como el que más, no hay más que ver -si el estómago aguanta- el programa al que «El Intermedio» ha sodomizado brutalmente, o el asqueroso comportamiento de matones a sueldo de Intereconomía impidiendo a la periodista de «Caiga Quien Caiga» hacer su trabajo a beneficio del amiguete castellonense (cosa aquella que, más que probablemente, ha dado lugar a esta: donde las dan, las toman). Por otra parte, he leído también la respuesta de RTVE a Vasile, respuesta que suscribo en su práctica integridad. (Vía «Menéame» en ambos casos).

Es urgente acabar con el modelo vomitivo liderado por la tele berluscona (o sea que lo de que su tele está en bancarrota, ojalá, no caerá esa breva), en esto estamos todos de acuerdo, pero también hay que abandonar este modelo de agresión constante. Lo dicho: la competencia, sobre calidad, sobre programación competitiva, cada cual para sí y la audiencia para quien quiera (ella).

Es lo que verdaderamente cabe exigir.

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Comentarios

  • Rogelio Carballo  On 04/02/2009 at .

    No veo Intereconomía ni el programa del Wyoming. Lo poco que me deja de tiempo libre mi trabajo se lo dedico a algún documental del National, Discovery o alguna buena serie americana, véase Deadwood, Los Soprano, Damages, Dexter o algo así. Me enteré de la movida esta por el blog de la mujer de Enrique Dans. Y acabo de ver el desenlace en el enlace del Periódico. Ahora bien. Que el Wyoming suelte, aunque sea irónicamente, que hay que colgar a todos los capitalistas…. con las tripas de los curas….. se le va la olla. Por mucho que se la haya colado a los fachorros eses. ¿Que patinazo mental ha sufrido ese tío?

  • JP Clemente  On 04/02/2009 at .

    Un saludo al Incordio & foreros. A propósito precisamente de incordios televisivos en la línea del Wyoming y las inocentadas me gustaría proponeros un vistazo en YouTube titulado (algo) Locura podéis buscar por inspector Rodríguez; hay encuentros magníficos con Bustamante y con Rosario Flores y luego en el mismo programa hay uno que se deja caer la cabeza, la simulación de un terremoto, susto a misses escondidos en una caja en un pasillo, un rato bueno podéis pasar.

  • Jordi  On 04/02/2009 at .

    No puedo evitar tener cierta simpatía hacía Wyoming; lo cierto es que el pollo éste ha sido en gol en toda la escuadra a los chusqueros de Intereconomía. Pero añoro los tiempos del “Caiga quien caiga” (¡en Tele5!) cuando sus “hombres de negro” eran la ebstia parda de los políticos.

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