Atropellos apropiacionistas

De la serie: Correo ordinario

Manías de fotógrafo aficionado de los malos: quiero tener mi propia colección del modernismo barcelonés, pese a que existen estupendas series fotográficas del mismo. Así que desde hace unos pocos fines de semana, me dedico a patear las calles barcelonesas, después de haber preparado un recorrido en casa con el Catálogo del Patrimonio Arquitectónico del achuntamén. En esta época del año en que los árboles están desnudos todavía y la tocinada guiri, siendo numerosa, está en sus volúmenes más bajos, todavía se puede hacer un recorrido fotográfico decente, siempre que no se le ocurra a uno ir por el Parc Güell, por la Sagrada Familia o por la manzana de la discordia.

Este sábado le tocó, entre otros edificios, a la casa Serra. La casa Serra, cuyo arquitecto fue Josep Puig i Cadafalch, se terminó en 1908; se trata de un edificio originalmente destinado a palacete privado, ubicado en la Rambla de Catalunya en su confluencia con la Diagonal. Hoy lo ocupan los servicios centrales de la Diputació de Barcelona, que fue desahuciada de su sede de la plaza de Sant Jaume va para treinta años, cuando se recuperó la Generalitat de Catalunya y ésta pasó a ocupar su sede ancestral. Como, obviamente, el palacete es muy pequeño para albergar un volumen tan grande de dependencias -la Diputació, pese a haber sido despojada de la mayoría de sus competencias por la Generalitat, aún conserva un importante paquete de servicios de apoyo a la administración local de la provincia- se edificó un inmueble de nueva planta prácticamente anexo al pequeño edificio modernista. La nueva obra estuvo a cargo de Antoni Milà y Frederic Correa, se realizó en 1987 y, a mi personal parecer, la verdad es que está muy conseguida. He aquí el conjunto:


Pues bien, uno de los detalles interesantes del edificio modernista está precisamente en la puerta principal, así que me dirigí a ella para fotografiarla. Y allí, damas y caballeros, estaba el de siempre, el filántropo de turno, el benefactor de la Humanidad por excelencia: el segurata. Y el segurata que va y me dice que no se puede fotografiar. ¿Que no? Perdone, le contesto, pero yo estoy en la vía pública y todo lo que se ve en la vía pública puede ser fotografiado sin más. Y va el tío y me dice: «Pero yo estoy aquí y yo tengo derecho a mi propia imagen». Vaya hombre, ya tenemos a uno que ha oído campanas y no sabe dónde; a lo mejor en un tomate o en una salsa de estas del Vasile. Y le digo dos cosas: la primera que el derecho a su imagen no se vulnera tomando la foto sino divulgándola y que yo, en principio, no la voy a divulgar pero que si la divulgara, que no se preocupara que le pondría el ya manido rectangulito negro en los ojos, que es lo que está mandado; y la segunda, que si no quería ser fotografiado, no tenía más que meterse adentro. Lo de meterse adentro le da una excusa para impedirme la foto: «¡Ah! Es que el interior sí que no se puede fotografiar». Pues si no quiere que se fotografíe -le duplico- cierre las puertas, porque a la vista está (y eso que ya no entré en el hecho de que se trataba de un edificio público y no privado).


Total, que el tío debía estar acostumbrado a que ante su negativa, la gente achante y se vaya con la música a otra parte, pero esta vez se topó con uno que controla bastante bien el asunto (muy a mi pesar) y prefirió entrar dentro y bajar velas. Hizo muy bien, por varias razones: una, porque así pude yo ejercer un derecho que no es exigible pero es grato, es decir, el de no tener que aguantar la imagen del segurata en cuestión; dos, porque entre mis sabidurías está la de conocer que un segurata fuera del recinto que protege no es absolutamente nadie, en términos de autoridad: pasa a ser un ciudadano común y corriente y yo estaba en la puta calle; y tres, en conexión con la anterior, porque ya estoy más que harto de seguratas y de intentos de impedir la fotografía de aficionados, así que cuando cojo la cámara y salgo a la calle ya voy con los colmillos afilados para presentar trifulca y no dejarme atropellar: el que me busque las cosquillas busca follón, busca intervención de la policía -la pública, se entiende- y busca, quizá, juzgado de guardia, así que si quieres tener un mal día, vigilancia inteligente, adelante, que yo dispongo de todo el fin de semana para dedicarlo a la gresca. Veremos si tú y tu empresa podéis hacer lo mismo. Tanta tontería y tanta cagarela ya con los tíos estos, que parecen reclutados en criaderos de amargados, coño…

Lo curioso es que la mayoría de estos incidentes me suceden en lugares públicos -o más o menos, como las iglesias- y que en los privados, donde a su titular sí que le asiste el derecho a prohibir las fotografías, suelen ser, en cambio, amabilísimos. La prueba, el mismo día, en la farmacia Bolós, una cucada ubicada en la confluencia de la Rambla de Catalunya con la calle València, obra de Josep Domènech i Estapà (1910). La fotografío por fuera y seguidamente, entro dentro y pregunto si me permiten fotografiar el interior, y no me dan siquiera tiempo a explicar que son fotografías para uso privado, sin ánimo de lucro. adelante, haga tranquila y cómodamente. Procuro no abusar de su paciencia pensando en los que pueden venir detrás mío, hago tres fotos -que, por cierto, no me gustaron demasiado- y me voy.


La semana anterior, problemas en Santa María del Mar. En la Catedral, más vale ni intentarlo. Esto clama a Mendizábal a gritos. En definitiva y en conjunto, esto es un cachondeo.

Este asunto de la propiedad intelectual ha ido demasiado lejos. Sobre todo porque en muchísimos casos los propietarios intelectuales somos, precisamente, los ciudadanos. Se nos está vedando la toma de imágenes de monumentos públicos o de bienes culturales del patrimonio arquitectónico, pictórico o escultórico que están en el dominio público; no de su exterior, claro, que no pueden impedir (aunque, como hemos visto, lo intentan de cuando en cuando) pero sí de su interior. Claro, si la obra, por más que esté en el dominio público está contenido en un recinto privado (o privatizado, como el caso de los templos católicos) la prohibición es terminante y fulminante en cada vez más casos, constituyendo ya una gran mayoría y camino de llegar en breve a la totalidad. Pero es que encima en los monumentos del Patrimonio Nacional, lo mismo. A lo más que puedes aspirar es a que te permitan la fotografía sin flash (limitación que admito gustoso, porque el flash molesta: figúrate que estás contemplando «Las Meninas» y llegan treinta japos a machacártela a destellazo limpio) pero es que prohíben también el trípode, lo que hace sospechar que la prohibición del flash no es por las molestias que puede causar. Claro, en el caso de las pinacotecas, donde la foto que pueda hacer uno no va a valer un churro, seguro, ni con flash ni sin él, el problema es para mí menor, pero me quitan las ganas de seguir haciendo lo que siempre he hecho: comprar el catálogo de la exposición, que siempre contiene fotografías excelentes (acerrojadas con el puto copyright no faltaría más, pero qué se le va a hacer).

Tengo entendido que en Bélgica, concretamente en Bruselas, han prohibido la libre fotografía del Atomium, con la coña de que es propiedad intelectual de no sé quién. Nuestra Ley de Propiedad Intelectual excluye de su protección los monumentos, edificios y esculturas instalados o de cualquier otro modo obrantes en la vía pública; menos mal. Pero la tendencia no es a ampliar libertades sino a cerrarlas.

La gente común cae en el error de creer que nuestra guerra es un problema con los titiriteros, con el Teddy Bautista, y no es así: los titiriteros y el Teddy Bautista son los iconos del asunto, su visibilidad. Pero lo que subyace tras ellos es algo muchísimo más grave: nos están robando el conocimiento, el conocimiento ancestral que es nuestro, que nos pertenece. Y nos lo están robando en muchísimos ámbitos, por no decir en casi todos.

Hay que frenar esto y frenarlo en seco. En bien de la cultura, precisamente.

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