Cinegética y letrina

De la serie: Los jueves, paella

Hay un viejo chiste de aquellos que hacen gracia de lo malos que son, que establecía como colmo de la hipocresía el tirarse un pedo en un velatorio y echarle la culpa al muerto. Bueno, pues la de ayer del PP me pareció eso mismo; es verdad que el marrón que les ha caído encima es enorme, grandísimo y que la desesperación lleva a cometer las mayores gilipolleces. Porque agarrarse al clavo ardiendo de una cacería entre el juez Garzón y el ahora ministro de Justicia para endilgarle al personal una supuesta conspiración, es una gilipollez así de grande. Pero vayamos por partes.

Garzón es -guardando las distancias que deben guardarse con cosas luctuosas y tremendas- uno de los grandes fiascos de la democracia. Un fiasco moral que puso de relieve un agujero del Sistema en aquello de la mujer del César, pero el agujero no se tapó. Siempre lo he dicho: de la misma manera que la normativa dispone que un militar que toque la política -la política formal: que milite o simpatice públicamente en un partido político o que acceda a un cargo electo desde la lista de un partido o agrupación electoral, por más independiente que sea- debe previamente despedirse del uniforme a perpetuidad (bueno, creo que aún puede llevarlo en bodas y bautizos, pero poco más), a un juez debería aplicársele el mismo tratamiento. Cuando Garzón accedió a un cargo público de designación gubernamental, debió haber abandonado la judicatura; sin embargo, la ley no le obligó -y sigue, al presente, sin obligar- a ello. Me pareció, en términos democráticos, sumamente inmoral que volviera a ponerse la toga después de haber entrado en política de la mano de un partido.

Garzón es el icono de la saga de los denominados jueces estrella. No, es más: es el juez estrella por excelencia. Y, de hecho, ha destacado por esta cualidad más que por su sabiduría jurídica, sobre la cual, concretamente sobre lo correcto de la instrucción de muchos de sus casos, se han formulado muy serias dudas. En todo caso, es clamoroso el asunto aquel del golpe al narcotráfico gallego, en el que montó su particular y personalísimo apocalypse now, con helicópteros y todo, para que después todo quedara en cuatro condenados y el cabo y, además, a penas de risa. Y para risas, las que se corrieron algunos de los condenados, encima.

Disfruta más que un tonto con un lápiz con las cámaras enfocándole y, aunque le supongo un trabajo de día a día normal y corriente, como el de todos los demás jueces de la Audiencia Nacional, a este hombre le entra el mono cuando pasa un cierto tiempo sin chupar cámara, y así, varias de sus actuaciones estelares, rozando algunas el límite de la excentricidad -que, todo sea dicho, sobrepasan algunos de sus colegas con cierta frecuencia, aunque con mayor discreción- responden a su necesidad de satisfacer el síndrome de abstinencia. Yo, por lo menos, no veo en otra clave el número que montó, por ejemplo, con Pinochet, sin vacilar ante el aprieto en el que ponía a la diplomacia española frente al Gobierno inglés, al cual no le hizo ni puñetera gracia que el numerito se ventilara precisamente en su casa. Y de otros números puede decirse lo mismo. Ahora iremos a ellos.

Garzón, además de juez estrella, es vengativo. No me parece casual que volviera a poner en marcha el sumario de los GAL casi inmediatamente de volverse a poner la toga tras su indisimulada frustración por no haber alcanzado un ministerio -creo que quería el de Interior- con Felipe González. Recordemos que el sumario GAL apuntaba claramente a la sien de Felipe, pero no pudo alcanzarle el disparo porque Barrionuevo y Vera se interpusieron en la trayectoria del tiro, recibieron los balazos y aún así, se negaron a apartarse. Garzón tuvo que conformarse con ellos dos y con otros tres o cuatro de menor cuantía (Ramborenea y etcétera). Tampoco me parece casual que todo el tinglado de corrupción del PP lo haya levantado Garzón al poco tiempo de haber tenido que envainarse clamorosamente su particular cruzada de memoria histórica al chocar contra el muro de la derecha política, de la derecha mediática y de la derecha judicial. Garzón lleva muy mal el tema de las contrariedades, esto está claro; y si devolver el golpe, encima, le proporciona más cámara y más tinta de rotativa, está claro que sus venganzas pueden ser terribles. Como saben muy bien tanto en el PSOE como ahora en el PP.

Pero dicho todo esto, también es necesario poner de relieve que Garzón no se inventa los casos. Los tapa y los destapa según interesa a su afán de prima donna o a su ira revanchista, pero no se los inventa. No sé si me explico: Pinochet fue un criminal, el GAL fue una organización criminal y paragubernamental, los narcos gallegos son una panda de criminales (los condenados y los que quedaron sin condenar) y no hace falta una sentencia -salvo para concretar responsabilidades individuales- para ver claro que el PP está hasta las orejas de mierda. Y esto es lo que hay, por más que Garzón sea una starlett y un individuo tremendamente vengativo. Y por más que cace con el ministro de Justicia -que no sé si lo era cuando la cacería-, oiga usted, señor Rajoy, la calle Génova huele que tumba, así que déjese de matar al mensajero, por borde que sea o le parezca el mensajero, y limpie su casa, pero límpiela con zotal a todo pasto.

Límpiela por lo menos mientras esté usted en el convento, aunque para lo que parece que le queda en él, igual le da por cagarse dentro, son pocos y lo mismo les va a parir la abuela. Pero esto es lo bonito de todo el asunto: pase lo que pase con Garzón y con las cacerías del ministro, está claro que mucha y muy importante gente del PP va a llegar al verano con el plumero muy mermado y no pocos van a verse totalmente despojados de toda pluma. La cuestión es ver qué resulta del torneo de patadas en el culo.

En medio de la que está cayendo, con algo teníamos que divertirnos los pobres, encabronados y puteados ciudadanos.

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Fin de trayecto para Eluana, de un trayecto triste y dramático aunque ella -relativamente afortunada, en su tremenda desgracia- no pudiera darse cuenta de ello. Pero el sufrimiento que el destino le ha ahorrado a ella se lo ha cargado, quizá con creces, a las espaldas su padre -no ha habido presencia mediática de la madre, no sé si vive- y, en segundo término, pero en posición nada cómoda, otros familiares menos cercanos pero que también tienen su corazoncito.

Todo este sufrimiento, además, colocado como una isla en un mar de cabrones, de sádicos, de malas bestias empeñadas en prolongar el sufrimiento humano subordinándolo a la moral. ¿Moral? ¿Qué moral? ¿De qué moral puede hablarse en casos como este? ¿Qué moral puede argüirse para prolongar de esta manera el sufrimiento humano?

Mantener artificialmente la vida pura y únicamente biológica de un ser humano que, en realidad, ya ha dejado de serlo salvo en lo único que le queda como persona: la dignidad… y mantener esta situación en base a unos textos presuntamente sagrados interpretados de acuerdo a unos intereses concretos o a una mentalidad que no sabe adaptarse al avance técnico y al avance humanístico de la sociedad… ¿Qué nombre -desde luego, nada amable- hay que darle a eso?

Hace cien años el problema no habría existido: Eluana, simplemente, hubiera muerto porque la ciencia no conocía el modo de mantenerla químicamente viva (hasta hablar de biología en algo así parece una enormidad). Y la ciencia ha avanzado hasta poder conseguir ese resultado, pero ese avance no se ha realizado para salvar químicamente la vida de Eluana y de tantos como ella (que han tenido mejor o peor suerte, depende de dónde y cuándo) sino para llevar adelante vidas perfectamente viables, para salvar vidas, no para prolongar muertes. Porque Eluana no vivía: simplemente estaba agonizando muy lentamente, una agonía que llevaba dieciséis o diecisiete años -¡qué brutalidad!- y que quizá hubiera podido prolongarse por otros tantos; o a lo peor incluso por más. No creo que ningún médico orgulloso de serlo investigue con tan criminal finalidad.

Lo que se ha hecho -e intentado prolongar- con Eluana, tiene un nombre: encarnizamiento. Un encarnizamiento metódico, estudiado, doctrinario y ejecutado con severidad, dureza y crudeza: código penal inflexible sobre el médico que hubiera osado poner fin a la tortura; presión mediática sobre el caso para evitar una sensibilización de la sociedad hacia este y hacia otros fenómenos; la manipulación bestial de la norma contra todo Derecho -así, con mayúscula- y su retorcimiento, burla y prostitución en el mar de mierda de una mayoría parlamentaria disciplinada y servil al amo. Y entre tanta porquería, entre tanto cagallón, una sola postura decente: la de un presidente de la República que se niega a firmar el decreto que permite burlar impunemente una sentencia de la más alta instancia judicial del país. Un presidente que, como el pelotón de soldados de Spengler, ha salvado a la civilización, aunque quizá no en el sentido en que lo decía Spengler, sino de sí misma, de su propia inmoralidad ataviada de moralina de chupacirios. Honor a ese presidente, alivio para todas las personas decentes y vergüenza y náusea para todos los demás.

En cuanto a los dos grandes protagonistas de la frustrada abominación (¿frustrada? ¿después de dieciséis años?), Berlusconi y Ratzinger, para ellos sólo un deseo simple y sencillo: que, llegada su hora, se les aplique en todo su estricto rigor su moral, que se les prolongue la vida química hasta la última molécula sin ahorrar ni un milímetro en tubo, sonda o catéter, que -eso también forma parte de su moral, enunciada políticamente en Madrid- no se les administre más analgésico ni calmante que algo de aspirina, no vaya a ser que el uso de sedantes les acorte tan maravillosa, creativa y plácida vida y, finalmente, que sea detenido, procesado y encarcelado todo aquel que intente, por acción u omisión, aliviar sus sufrimientos.

Que se los ofrezcan a Dios y que les den por el culo.

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Esta paella va a parecer una taza turca pero hoy toca hablar de mierda, qué le vamos a hacer…

Hace ya cosa de tres o cuatro años, la Unión Europea lanzó un severo aviso a este país: señores, tienen ustedes la costa mediterránea como una perfecta inmundicia (supongo que no habrán echado un vistazo a la cantábrica, que lleva el mismo camino); hagan algo con el tema del ladrillo, porque se están ustedes cargando espacios naturales de especial interés a nivel comunitario, continental.

Pero nada: el «se acata, pero no se cumple» se inventó precisamente en este asqueroso pais con la sana intención de burlar la primera y más genuina declaración universal de los derechos humanos que ha conocido la Historia: las Leyes de Indias de la reina Isabel de Castilla. Así que la costa mediterránea española continuó siendo una perfecta casa de putas en manos de los especuladores inmobiliarios, férreamente incardinados en los ayuntamientos. En los ayuntamientos, cabe decirlo, de todos los colores, pero ya que hemos empezado así la entrada de hoy, habrá que decir también que en esta sucia tarea han destacado a gran distancia las corporaciones municipales controladas por el PP y ahí tenemos el caso valenciano (con el ilustre caso del capo castellonense en rutilante cabeza) y el caso mallorquín, aunque supongo que esto será culpa de las cacerías del ministro de Justicia. Sólo cabe lamentar que a Garzón no le hayan hecho una buena putada unos que yo me sé, porque en la costa -y en lo que no es tanta costa- de Catalunya, hay sidral para llenar camiones por caravanas enteras, y ahí no manda el PP en ningún sitio. El por qué Catalunya es inmune a la acción judicial de limpieza inmobiliaria de la administración local es un misterio que si lo pilla el Iker Jiménez se lo atribuye directamente a los marcianos o incluso al mismísimo Ivan Istochnikov de sus dolores.

Pues ahora, la hostia es más gorda. Mucho más gorda. Primero, porque viene del europarlamento, inicialmente de una comisión. Segundo, porque afecta a la pasta: se propone la suspensión de fondos europeos mientras no se rectifique radicalmente la política urbanística de este país. Y tercero, porque la comisión en cuestión (concretamente la de Peticiones) formula muy serias dudas sobre la probidas de nuestros jueces, ahí es nada.

Sintomáticamente, tanto el PP como el PSOE (juntos y en unión, como decía -o dice, no sé- el Oriamendi) han intentado desesperadamente frenar la reprobación en cuestión. Ellos sabrán por qué y en interés de quién, pero, en lo que a mí respecta, la formulación de esta duda es mera retórica.

Lo de los jueces es muy grave, enorme. Que desde una comisión parlamentaria de la Unión Europea se diga redondamente -o tal que así lo indica «El Periódico»- que la autoridad judicial española es lenta, poco preparada y sus sentencias tardías, es para agarrarse a una farola; pero que, además, «los eurodiputados destacan la “alarmante falta de confianza generalizada” en el sistema judicial español y la impresión de “parcialidad de la justicia española”» es, o bien para declarar la Tercera Guerra Mundial por nuestra cuenta o para meter en el INEM a todo el Consejo General del Poder Judicial, desde su presidente hasta el último ujier.

A mí, personalmente, me da vergüenza: que nos llamen PIGS me importa un rábano porque no van los pichafrías nórdicos a quitarme a mí el sueño diciendo borracheces en sábado de vodka barato (y, además, para cerdos, ellos: no hay más que verlos cuando vienen aquí); pero que desde el parlamento europeo se digan estas cosas y que, además, sean verdad -porque todos sabemos que son verdad- es algo que induce al suicidio cívico.

Ahora, los cruzados de la porquería, PP y PSOE, empezarán a marrullear canalladas entre los eurodiputados, porque ya sabemos que la burocracia europea, incluso la parlamentaria, es para tirarse d elos pelos y todo tiene mil lecturas y relecturas, así que supongo que en cualquiera de las cuatro mil instancias del procedimiento parlamentario que constituyen la carrera de obstáculos que hay que salvar para que algo pueda decirse que es definitivo, nuestros corruptos conseguirán parar el golpe, dejar la cosa en un tirón de orejas y, sobre todo, frenar el embargo de fondos.

Pero lo que ha sido dicho donde ha sido dicho, ha sido dicho donde ha sido dicho, no sé si me explico, y esto ya no hay quien lo vuelva atrás: que somos un país de bárbaros, de perfectos corruptos, una inmunda letrina, y que de todo ello no se salvan -incluso adquieren protagonismo cierto- los jueces. Será por culpa de las cacerías de Garzón, hay que joderse…

Una medalla bonita de verdad, sí señor…

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Y hasta aquí llegó la alcantarilla en este jueves 12 de febrero, festividad de Santa Eulalia, copatrona de Barcelona, a la que se dedican unas tristes, lánguidas, deslavazadas y cutres fiestecillas para cumplir, porque aquí la patrona grande han decidido que sea -y nadie sabe por qué- la Mercè, y donde hay patrón, no manda marinero. En fin, como a mí las cuchipandas de necesaria uniformidad reglamentaria municipal me importan tres cojones, me da lo mismo a quién se las dediquen o se las dejen de dedicar, o sea que los eulalianos que se partan la cara con los mercedianos, si gustan, que yo me fumo un puro (virtualmente, que hace diez años que no ejerzo).

El próximo jueves será 19 de febrero y, que yo sepa o recuerde, no se celebra nada curioso. Ya me habréis leído alguna vez que febrero es el mes anodino por excelencia, así que para qué vamos a lamentarnos. Lo iremos superando y… eso: hasta el próximo jueves.

Aquí seguiremos dando guerra.

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