Tropezones a barullo

De la serie: Los jueves, paella

A ver cómo sale esta paella de hoy. En vez de ir al mercado a comprar ingredientes específicos, he preferido tirar de restos que tenía desperdigados por la nevera y el congelador. A veces, estas trapazadas dan resultados satisfactorios. En todo caso, es vuestro estómago, queridos. Ya sabéis: si hace falta, al fondo a la izquierda…

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Resulta que va una señora con obesidad mórbida a hacerse una de estas operaciones -a lo que cabe ver, temibles- de reducción de estómago, y no le hacen una chapuza, no: le hacen un chapuzón. En otras palabras: la dejan tetrapléjica, es decir, de cuello para abajo, nada de nada. Alegría de la vida, hombre…

Como cabía tímidamente esperar (tímidamente, porque con estos jueces nunca se sabe…), condenan (civilmente, ojo) al cirujano manazas a abonar a la víctima una indemnización por el cuantioso importe de 300.000 euros. Cincuenta millones de las viejas. Esto vale para el juez una tetraplejia. No, perdón: para el juez de primera instancia no valió nada, y aún condenó a la víctima a pagar los gastos de estancia en la clínica Teknon (para que os hagáis una idea y para terror de juancarlistas, es a la que acude el vigente monarca a mirarse el grifo y otras cositas); ha sido la apelación ante la Audiencia la que ha llevado a la indemnización y al pago de los gastos clínicos.

Cuando leemos por ahí el montante de las indemnizaciones que suelen imponer los tribunales norteamericanos, pongo por caso, nos entra una sensación de demasía: tropecientos millones de indemnización a la señora que se rompió una pierna al caer al suelo por haber resbalado con un café con leche (que, además, creo recordar, era el suyo); tropecientos millones más al tío que se rebanó los huevos intentando frenar la motosierra estrechándola entre los muslos porque el manual de instrucciones no prevenía sobre lo nocivo de tal práctica… Y así hasta llenar resmas enteras. Pero, como decimos los catalanes, entre poco y demasiado hay un punto de razón, punto de razón que no está en 300.000 miserables euros que en absoluto suponen indemnización suficiente: hay que imaginarse los gastos que supone, a nada que viva siquiera veinte años (la víctima tenía 50) el sostenimiento en condiciones mínimas de dignidad, de una persona tetrapléjica: obras en casa y en la escalera, elementos de alta tecnología para movilidad y comunicación. Por no hablar de los llamados perjuicios morales, que también existen y no son mancos, en este caso.

La jurisprudencia norteamericana sostiene -también para el ámbito civil- que una indemnización no debe limitarse a lo que su nombre indica, indemnizar a la víctima, sino que debe tener también un efecto sancionador, un castigo para el que ha causado el daño; en España, en cambio, se evalúan los daños al coste, y además de una manera muy curiosa: deduciendo amortización vencida. Es decir: pongamos por caso que en un pequeño accidente ciudadano, a un peatón le rompen unas gafas, gafas que dicho peatón evalúa en 600 euros, entre cristales y montura, los cuales justifica con la correspondiente factura; solicita, además, que le indemnicen con 200 modestos euros más por otros gastos -taxis y similares- y perjuicios, como el tiempo que precisa para acudir a la óptica -un mínimo de dos veces- para reponer el efecto destrozado, más los perjuicios morales de las molestias de haber tenido que ir a las urgencias hospitalarias a que comprobaran que no se habían producido lesiones. Pues bien: el juez dirá -no dirá: el de las puñetas, sobrado como él solito, estimará lo que le salga de los cojones sin cuenta ni razón- que las gafas tenían tres años de antigüedad y que, calculando una vida media normal de las gafas en seis, el perjuicio real es de 300 euros y que con 100 más para lo otro, el perjudicado ya va que arde. Y el perjudicado -que, recordemos, tenía gafas y ya no las tiene- se encuentra con 400 euros en la mano y un gasto por delante de 700 y pico -sólo en las gafas- porque, claro, en tres años los precios suben. Parecido criterio ha debido utilizarse para evaluar la desgracia -provocada por la negligencia de un tercero- de la pobre señora en cuestión.

Y como los 300.000 euros los habrá pagado el seguro del médico, o de la clínica, o de ambos, pues nada, aquí paz y luego gloria, y prepáreme el quirófano 4 que le voy a hacer las domingas a otra pringada, a ver si hay suerte y esta vez sale de la clínica por su propio pie.

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El achuntamén de Barcelona ha emprendido la por toda la ciudadanía ansiada obra de demolición del monumento a José Antonio Primo de Rivera, en cumplimiento -según parece y dicen- de la Ley de la Memoria Histórica. Convendrá aclarar -porque los de la ESO no lo saben y me temo que los de mucho antes tampoco- que a Primo de Rivera lo fusilaron, a los 33 años, el 20 de noviembre de 1936 y que llevaba preso -preso político, por cierto, las cosas como son- desde marzo de aquel año, así que mal pudo participar -a lo sumo, como coautor intelectual, y tampoco eso pudo probarse- en la sublevación del 18 de julio de aquel año. Obviamente, no tuvo participación alguna en el régimen de Franco ni en la represión de la guerra ni de la posguerra. Es más: si no fuera porque igual me llaman facha, uno diría que José Antonio fue, más bien, una víctima de la guerra y de la represión acaecida por causa de la misma, así que lo digo y me importa tres cojones que me llamen facha (y más teniendo en cuenta la catadura de los que me lo llamarán).

O sea que, a beneficio de la memoria histórica, quitamos el monumento a ese señor, y así no quedará memoria histórica del mismo. Como si no hubiera existido nunca (porque, dada que su ideología es indeseable para el régimen vigente, Primo de Rivera está completamente exiliado de todo libro de texto). Así mejoraremos la comprensión que tendrán las generaciones futuras sobre este país de mierda.

Maravilloso.

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Esta es la semana del Carnaval. Hoy, sin ir más lejos, es jueves lardero (la tortilla o el huevo consumido de cualquier otra forma culinaria, es de necesaria uniformidad reglamentaria, como el tricornio de la Guardia Civil en día de gala).

La calle está llena de niños llorando porque no quieren ir pintarrajeados como cretinos ni disfrazarse de bruja, de ratoncito, o ir en pijama con una corbata y un bigote postizo (se ve que algunos docentes se lo pasan pipa jodiéndoles así); lo que quieren, puestos a hacer el indio, es eso mismo: disfrazarse de indio, de vaquero, de rambo, de policía, de hada, de princesa, de cosas así, violentas y sexistas, es que hay que ver lo cabrones que son los enanos. ¡Ah! Pero las cosas así no son políticamente correctas, chavalitos, y vuestros aliptos trabajan asimismo en pos de la memoria histórica, o sea que nada de petardeces fachas y a ingresar, quieras que no, en el happy flower club, en el buen rollito, y a disfrazarse de florecita y a tocar la flauta, que lo demás es sexista, violento (o ambas cosas juntas, y eso tiene mucho puro) y, encima, poco sostenible. Porque eso de disfrazarse de sheriff seguro que es malo para el cambio climático.

Los carnavales son estupideces de cosecha propia; no me dan tanto asco como el jalogüin o ese cerdo abarrotado de lípidos colesterólicos que nos toca los cojones por las navidades, pero por más que sean de tradición propia, me siguen pareciendo una imbecilidad king size. Sobre todo porque ya no tienen sentido. Hasta hace unos años -bastantes años, muchos años- eran una breve etapa de permisividad antes de entrar en la severidad de la Cuaresma (que, por entonces, respetaba hasta el potito); permisividad, por cierto, que salvo en ambientes sofisticados y cursis no tenía una proyección sexual importante y se trataba más bien de ponerse como el hijo del esquilador a base de las riquísimas viandas a las que se les venía encima, de forma inminente, el rigor del ayuno y la abstinencia.

Pero hoy, a lo del ayuno y la abstinencia ya casi nadie le hace ni caso, y los poquísimos que aún lo respetan, lo hacen de puntillas, limitándose únicamente a comer pescado los viernes. No tiene, pues, sentido alguno una celebración que justifica la demasía de hoy en la necesaria frugalidad de mañana. Y menos aún, teniendo en cuenta que en este país, otra cosa no, pero juerga, lo que se dice juerga, todo el año.

O sea que podría decirse que todo el año es Carnaval.

Y si no, mira el achuntamén de Barcelona.

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Hay temor entre las ONG catalanas de implantación puramente autonómica y local y, consecuentemente, hay indignación en la Catalunya oficial tripartítica. ¿La razón? Que el gobierno del Estado fascista ha decidido que la pasta obtenida de las crusesitas de la declaración del IRPF dedicadas a las ONG será destinada exclusivamente a las ONG que tengan implantación estatal porque, dice el Gobierno, para las otras ya están sus respectivas comunidades autónomas y ayuntamientos.

Es un razonamiento que puede defenderse y que puede atacarse. Yo no voy a tomar demasiado partido en la cuestión porque siempre he dicho que, precisamente con las ONG, se despilfarra muchísima pasta para muchísima ineficiencia. Esto aparte, también es sabido por mis lectores que mi eventual -y menguado- liberalismo nunca va más allá del ámbito político, pero algún abuelete hube de tener antecesor doctrinal del amigo Daniel Rodríguez, porque de vez en cuando me sale el ramalazo y me da por decir cosas como que en este país hay una excesiva cultura de la subvención y que hay un excesivo número de cosas que sin las dichosas subvenciones no existirían y ni falta que hace y que hay que recordar que las subvenciones sólo deberían existir -en un ámbito doctrinal de la gestión pública- cuando lo subvencionado responde al interés público y la acción de la entidad o actividad subvencionada representa un cierto ahorro para el Estado, bien en costes directos (si lo hace la ONG no lo tiene que hacer el Estado) o bien en costes de gestión (si se ocupa la ONG, el Estado no tiene que tener a X funcionarios entretenidos en la cosa esta). Más allá de estas consideraciones, estamos ante una simple y llana corruptela y no pocas veces, desgraciadamente, ante pura y dura corrupción. ¡Ups! Perdón: antes de que se me ofenda nadie, deberé aclarar que donde digo Estado puede leerse «cualquier administración pública». Es que se me llevan los demonios megalómanos.

Pero al hilo concreto de lo que decía en el primer párrafo, recuerdo cuando hace años yo formaba parte del equipo gestor de una entidad educativa de tiempo libre infantil y juvenil de ámbito estatal, pero que había nacido en Barcelona y que, por entonces, aún tenía aquí su mayor implantación.

Las subvenciones, como algunos sabéis, se dividen en dos grandes grupos: por un lado, las que financian unas determinadas actividades y, por el otro, las que se otorgan para ayudar al mantenimiento de locales y a los gastos corrientes de la entidad subvencionada.

Pues bien: recuerdo que, temporibus illis, la Generalitat cumplía estrictamente (demasiado estrictamente, pero esta es otra historia larga e improcedente aquí y ahora) con la subvención para las actividades concretas, pero no nos daba ni un solo duro por los demás conceptos, arguyendo que «como somos [«éramos», evidentemente] una entidad con implantación estatal, las subvenciones por estos conceptos eran a cargo del Estado». ¿Ni siquiera por los locales barceloneses ni por los gastos corrientes generados en Catalunya? Ni siquiera por estos, nos respondía la Generalitat, con todo el morro. Y ojo, que tengo pruebas documentales de eso (por si alguien osa desmentirlo).

Ahora, qué queréis que os diga, aunque sea casi un cuarto de siglo después, me supone un vengativo placer y un auténtico retorcimiento de colmillo babeante ver que el Estado aplica, en el otro sentido de la marcha, el mismo criterio.

San Joderse cayó en tal día.

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A raíz del cierre del paso de los partidos pro-etarras a las elecciones vascas, vuelve a haber polémica sobre la Ley de Partidos y sobre si es admisible en una democracia que se prohíban algunos partidos por razones de tipo ideológico, como lo es, sin duda, condenarlos al ostracismo en base a que dichas agrupaciones no condenen los atentados terroristas.

Esto de condenar atentados terroristas siempre me ha parecido una gilipollez en tanto que obligación material (como deber moral de decencia es otra cosa, evidentemente). Obligar a manifestar algo que no se siente, es del género estúpido y no entiendo muy bien qué ventaja política puede haber en ello, aunque alguna habrá, supongo, cuando los otros se niegan a la condena pese a que con tan sencillo trámite podrían continuar con lo suyo tranquilamente. Sí, hombre, sí, condeno, hala, dame mi escaño que verás tú ahora…

En este tema tengo -supongo que como todo ciudadano que intenta distanciarse sin dejar de ser una persona decente- un sentimiento contradictorio. Por una parte, además de que no puedo tragar a los abertzales (ni a los condenadores de atentados ni a los sin condenar), está claro que el cierre de la vía política a los terroristas les hace mucho daño: daño político gravísimo -lejos de las instituciones, el ciudadano es inalcanzable por más implantación popular que se tenga- y un nada menospreciable, por más que secundario, daño económico que nos permite a los españoles ahorrarnos lo de ser putas y, encima, pagar la cama. Esta combinación de exilio político y grifo económico cerrado, junto con el cansancio de la sociedad vasca y la creciente eficiencia de la Policía Nacional y de la Guardia Civil, ha dejado a ETA mermadísima; la inexperiencia de sus integrantes, casi todos kaleborrokos, se extiende más allá de los terroristas de base y llega a las cúpulas mismas, con lo que llegamos al hermosísimo panorama de ver desarticular su cúpula dos o tres veces al año -creciendo, además, de año en año- y de la merma de su eficacia (no total aún, por desgracia, pero todo se andará). Es decir que, por encima de cualesquiera otras consideraciones, la Ley de Partidos ha sido eficaz, en un ámbito en el que la ineficacia mata gente.

En puridad democrática, sin embargo, no debiera ser admisible. Un partido es un partido y un grupo terrorista es un grupo terrorista: aunque uno sea cadena de transmisión del otro, es el acto terrorista lo que se supone que hay que perseguir y no la proyección política de una ideología por más que esté sustentada por la fuerza de las armas.

Pero la puridad democrática me preocupa poco en este ámbito, esa es la verdad. Para las leyes se hicieron las excepciones y no es este el único caso de democracia presuntamente fetén que incurre en excepcionalidad ideológica: media Europa prohíbe redondamente el nazismo, por ejemplo; y los alevines jurídicos de otros tiempos estudiábamos -rodeados del entusiasmo de nuestros profes del PSUC, con Solé Tura a la cabeza- la pionera Ley Scelba, que prohibía en Italia cualquier exteriorización fascista, aunque fuera simplemente ideológica.

Más me preocupan las consecuencias prácticas de la cuestión en otro sentido. Primero, la constatación de que se deja a un sector de la ciudadanía, minoritario pero importante, a la intemperie. Es ese sector que, en otros tiempos, dio casi una docena de escaños a Herri Batasuna en el Parlamento vasco, que la llevó al Parlamento Europeo y, si la memoria no me falla, llegó a conseguir diputados en el Parlamento español; un sector al que puede verse -nutrido, sólido- en manifestaciones abertzales agrupando fácilmente a varias decenas de miles, a poco hábil que sea el pretexto. Y no me gusta, pero nuca es bueno negar las realidades: ese sector existe, está ahí y tiene el DNI en regla (aunque lo odie: pero lo usa). Los partidos ahora prohibidos son un vector de participación de ese sector pero también -quizá sobre todo- un interlocutor.

Que nadie se forme ideas tontas: al final, aunque sea en clave de condiciones para su rendición, habrá que negociar con los etarras, lo he dicho muchas veces. Puede dar todo el asco que quiera a quien quiera -quizá incluso a mí, posiblemente- pero esto es así y esto es insoslayable. No sé si será bueno cortar con un canal a través del cual puede llegarse a esa negociación. No sé si, por otra parte, habrá o no canales alternativos.

Tarde o temprano, habrá que abrirles la mano a estos partidos, irse mentalizando…

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Pues hala, a ver qué os ha parecido la receta de hoy. A veces apetece improvisar y soltarlas así, a saco, tal como vienen, sin demasiada elaboración. Vosotros tenéis la palabra.

El próximo jueves será 26, último de febrero, de este mes anodino (habré de aclarar: anodino para mí, pues tengo un importante lector para el que baja lleno de efemérides entrañables) tras el cual nos habremso cargado una sexta parte del año. A ver si alguien me hace el favor de frenar un poco el tiempo porque, con estas velocidades, aún nos van a quitar puntos del carnet.

Será -si no se rompe nada- hasta entonces.

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Comentarios

  • lamastelle-ignorante  On 20/02/2009 at .

    ¿Que significa aliptos ?

  • Javier Cuchí  On 20/02/2009 at .

    Un cultismo griego. En realidad, transcribiendo bien, debería haber escrito «aliptós»; se encuentra también transcrito «aliptas» (que debiera transcribirse «aliptás»). Aunque el griego nunca fue lo mío y hablo de oídas, parece ser que la letra omega eta (con perdón), en la última sílaba, tenía variaciones de pronunciación y de ahí la cosa. Con esa palabra comparo a los profes de ahora con los entrenadores (frecuentemente médicos, según he leído por ahí que decía Platón; yo no se lo he leído nunca, pero tampoco me he tragado sus obras completas) de los atetas olímpicos de la antigua Grecia.

    Que Atenea me perdone.

  • PROTESTAVECINO  On 20/02/2009 at .

    Creo recordar que se negocian desde 1968, en las reuniones de Ordicia, y no se trata de una cuestión ideológica, más bien económica.
    Por cierto que, en mas de una paella as dado con la solución del tema.

  • Galeta galàctica  On 20/02/2009 at .

    A pesar de estar hecha con los restos y sobras del frigorífico y del congelador, le ha salido una buena paella Sr. Cuchí. Hay mejillones(médicos), calamares (jueces), también hay un poco de chorizo (achuntament) que aunque no es ingrediente paellero, a esta, un pequeño toque no le ha quedado mal. El tema de los abertzales ya es para otro guiso, en estas elecciones que se avecinan , propugnarán la abstención lo que unido a la abstención propiamente dicha, (que cada día es mayor) les dará argumentos de respaldo popular que intentarán capitalizar. Si esto valiera para que por fín se sentaran a negociar, que es la única solución posible, cualquier estrategia sería buena.

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