Justicia histórica

De la serie: Correo ordinario

Este año, a partir del verano, se cumplirá el centenario de unos hechos de especial relevancia para la ciudad de Barcelona, hechos marcados por la crisis social y nacional de la gran derrota histórica culminada en 1898 con la pérdida de Cuba y Filipinas, no como un proceso liberador por nuestra parte sino de forma vergonzosa y vergonzante, derrotada España por otros colonizadores. La alegría de la libertad no les duraría apenas nada ni a cubanos ni a filipinos. Pero esa es otra historia. Esa crisis social a la que me refería (que llevaría, a su vez, al auge del anarcosindicalismo), el tremendamente sucio panorama político y la guerra de Marruecos -una brutal sangría humana y economica-, llevarían a la convocatoria de una huelga general en varias ciudades de Catalunya -principalmente Barcelona- que desembocaría en los sucesos conocidos como la Semana Trágica, en los que el anticlericalismo, arraigado en buena parte de las masas populares y atizado por el activismo anarquista, campó por sus respetos, lo que llevó a la quema de varios conventos e iglesias (y a la lamentable pérdida de importantes piezas del patrimonio cultural y artístico) y a varias escenas callejeras de contenido macabro producto de las exhumaciones incontroladas de las tumbas existentes en dichos lugares.

La represión, como puede imaginarse, fue brutal: la propaganda del régimen vistió los acontecimientos como un motín separatista -lo que nunca fue- y el Gobierno cerró la ciudad, aislándola del resto del país, y entregó al Ejército y a la Guardia Civil el poder represor, que fue ejercido sin contemplaciones.

El clero no desperdició la ocasión y dirigió su discurso de declaración de culpabilidades contra la escuela laica, que empezaba a despuntar como una amenaza -aún lejana, pero cierta- a su monopolio en la enseñanza. De esta forma, una carta de varios obispos a la autoridad militar sirvió de prueba para acusar de cabecilla de la rebelión a Francesc Ferrer i Guàrdia, fundador de la odiada Escuela Moderna, cuya línea pedagógica pretendía educar en la laicidad y el racionalismo científico. La prensa católica, a su vez, exigió que, pese a haber cesado el estado de guerra, Ferrer i Guàrdia fuera juzgado en consejo de guerra y no por un tribunal civil, de cuya exigencia rigurosa de pruebas podría escaparse fácilmente. Así, fue: detenido, procesado por la jurisdicción militar, privado incluso de las ya de por sí exiguas garantías de esa jurisdicción, en un juicio cargado de irregularidades procesales aún dentro del procedimiento castrense, fue condenado a muerte como inductor de los hechos y fusilado en los fosos del castillo de Montjuïc el 13 de octubre de 1909 junto con otros cuatro reos.

Sobre la monstruosidad de la ejecución de un claro inocente, se añadió la del motivo que le llevó al paredón: estamos ante uno de los más característicos mártires del racionalismo, del conocimiento científico, porque eso y no otra cosa fue lo que desató las iras de sus enemigos. No fue un científico que murió en la hoguera al resultar que sus descubrimientos contradecían textos sagrados: fue un racionalista que luchó por separar en la educación la ideología mítica y religiosa del conocimiento científico. Su republicanismo le había llevado antes a la cárcel; su cientifismo terminó con él en el paredón.

Ahora se pretende, con motivo de su centenario y desde la Fundación laica a la que da nombre, devolver su nombre al callejero barcelonés. Lo tuvo, durante la República en la actual plaza de Urquinaona, pero el régimen de Franco restauró la denominación episcopal a la plaza. En un gesto muy honorable de la Fundación (del que otros deberían aprender), no se pretende devolver a Ferrer y Guàrdia a la plaza que ocupó, lo que podría ofrecer una imagen de feo revanchismo, sino sustituir con su nombre lo que en la actualidad es una vergüenza para la ciudad: la plaza de Antonio López, un modélico empresario, activista patronal, dueño de una naviera y que se enriqueció con el edificante tráfico de esclavos hacia Cuba. Este individuo, el negrero en cuestión, tiene dedicado un espacio junto al Portal de la Pau, para mayor recochineo, espacio que estaría mucho más dignamente ocupado por Ferrer i Guàrdia, mucho más dignamente para su memoria y mucho más dignamente para la propia ciudad.

La Escuela Moderna que fundó Ferrer i Guàrdia fue la culminación de una ya por entonces antigua tendencia pedagógica progresista, escuelas que cultivaban el librepensamiento, vinculadas al republicanismo y a las organizaciones obreras. Ferrer fue mucho más allá con su escuela e hizo del racionalismo el eje troncal de su pedagogía y llegó a establecer la coeducación de sexos y de clases sociales (algo revolucionario en la época, como puede comprenderse por el premio que le otorgaron al precursor).

La Escuela Moderna tuvo una proyección internacional enorme, constituyó un hito pedagógico a nivel mundial y, como consecuencia de ello, la ejecución de Ferrer i Guàrdia levantó una inmensa oleada de protestas en toda Europa, hasta el punto de haber sido reiteradamente calificado como el Dreyfus español.

En estos tiempos y en este país en los que la ciencia es el pariente pobre, vilipendiado por la superstición y la mitología estúpida, privatizada y, por tanto, privada de medios cuando no se pone al servicio del apropiacionismo intelectual más infame, Ferrer i Guàrdia puede ser un icono útil para el racionalismo y para la ciencia.

En todo caso, la recuperación de la memoria histórica en lo que a él concierne (que eso sí que es memoria histórica de verdad, aunque no tenga nada que ver con la puta guerra civil), es un acto de justicia y de dignidad colectiva que los barceloneses no podemos soslayar. Yo invito desde aquí a mis conciudadanos a que se unan a la petición para que Francesc Ferrer i Guàrdia regrese al callejero barcelonés y permanezca en él por siempre.

La ciudad que cobijó el trabajo de hombres como Salvà i Campillo o como el doctor Ferran i Clua merece y debe, a la vez, esta dignidad.

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