Nudos gordianos

De la serie: Correo ordinario

Aunque estaba bastante cansado tras un fin de semana de teórico relax, anoche me dediqué a leer el artículo que Fernando Acero publicó en Kriptópolis (también está en Linux-GUAI) y la polémica que allí se ha generado. Una polémica que tiene varias vertientes, entre las que no es la menos interesante la que plantea si es ética o no la piratería de software y por qué en el mundo del conocimiento libre suelen considerarse éticas -aunque algunos admitan (o admitamos, según el caso) la posibilidad de que eventualmente puedan constituir un ilícito civil– las descargas P2P de contenidos artísticos sujetos a derechos peseteros de autor mientras que se tuerce el gesto ante la piratería de software. Obsérvese, por demás, que yo mismo hablo de piratería en el caso del software mientras que no utilizo -ni por equivocación- esa palabra en el caso de los demás contenidos.

Quizá esa contradicción se deba a que el conocimiento libre tiene el grueso de sus activistas en Internet y que buena parte de esos activistas, los que de alguna manera configuran la doctrina, el deber ser del conocimiento libre, proceden del mundo del software,  sean profesionales del software o de algún tipo de entorno cualquiera de la informática. Esto llevaría a una doble vía de rechazo a la piratería de software: en primer lugar, una cierta solidaridad profesional, quizá subconsciente, con los compañeros del lado oscuro, los que han elegido el modelo de software acerrojado y, en segundo y probablemente más importante lugar, el hecho de que, como sostiene Fernando Acero en el artículo citado, la piratería le causa al software libre el mismo daño, quizá más aún, que al software apropiativo. El porqué parece estar claro: en la medida en que el software apropiativo (sobre todo su sistema operativo monopolítico, Window$ y su más cacareada suite ofimática, la de Micro$oft) sale gratis la gente opta por aquello de uso mayoritario para no complicarse la vida con las incompatibilidades de formato y porque cree que su uso es más fácil y que, en caso de problemas, encontrará ayuda (gratuita, por supuesto) mucho más fácilmente.

Pero estas consideraciones, estas explicaciones, no aclaran la razón de la contradicción: ¿por qué está bien bajarse un disco de Eric Clapton y por qué está mal meterse en el disco duro un Micro$oft Office salido de un CD-ROM no original?

Si los políticos no estuvieran bajo la clara sospecha -próxima a la certeza moral- de estar vendidos a los intereses de empresas y lobbys dejando de lado los intereses de la ciudadanía, podría considerarse la diferencia en el tratamiento legal distinto de ambas cuestiones: la Ley de Propiedad Intelectual impone el derecho de copia privada para la creación artística, pero excluye al software de este derecho (teniendo en cuenta, no nos confundamos, que copia privada no es lo mismo que copia de seguridad); también podemos observar que, mientras las descargas de contenidos desde redes P2P podrían -en según que casos y según cómo se interprete la ley en este aspecto, cosa que, al presente, no ha hecho aún ningún órgano jurisdiccional- constituir un ilícito civil, la piratería de software constituye un ilícito penal, lo que en cristiano significa un delito. Pero aquí nos encontramos con un matiz que empata la cuestión al llevarla a una simetría que nos desorienta: si la descarga de contenidos de creación artística se realiza con ánimo de lucro, entonces pasa a constituir un ilícito penal, un delito; en cambio, si la piratería de software se realiza para uso personal y sin ánimo de lucro, pasa a constituir, únicamente, un ilícito civil. En este punto, nos encontramos con que la única diferencia entre un contenido y el otro es que en el artístico cabe mantener alguna duda sobre su ilicitud civil cuando no hay en la descarga ánimo lucrativo, mientras que tal duda no cabe con el software en las mismas circunstancias. Pero nuevamente tenemos un elemento de diferenciación: si el uso privado y no lucrativo se realiza mediante copia física de soporte a soporte, pasa a ser total e indudablemente lícito (copia privada) en el caso de la creación artística, mientras mantiene su condición de ilícito civil en el caso del software. De ahí que muchos entendamos que, en términos de copia privada, la línea que separa la copia entre soportes físicos de las descargas de redes P2P es tan difusa que llega a ser prácticamente inexistente.

Pero volviendo a la cuestión inicial… ¿por qué esa diferencia? ¿Por qué esa especial protección del software o esa especial desprotección de la creación artística, según desde qué punto de vista se mire?

Si no fuera porque la falta de probidad política de nuestros legisladores induce a pensar que los lobbys en cuyo interés se legisla tienen una fuerza y una influencia distinta en cada caso, podría acudirse a la idea de que el legislador considera al software un producto industrial mientras que la creación artística, aunque comercializable, no constituye material industrial, pero en este caso se plantearía una pregunta adicional: si esto es así ¿por qué no se protegió el software con el mismo sistema que la creación industrial, esto es, mediante patentes? La respuesta, probablemente, es que la patente -aún racionalmente utilizada y no como se está haciendo en los últimos tiempos- es inadecuada y contraproducente en el mundo del software, porque la patente protege un producto mientras que el software pertenece al mundo de la idea: si se protege el producto al que da lugar el software (si entendemos como tal producto lo que hace la máquina) llegamos fácilmente a la conclusión de que se comete un despropósito porque no se está protegiendo realmente al software sino al producto genérico (el botón «Comprar», la hoja de cálculo, el icono de «Guardar»…), cosa que no hace la patente, porque cuando se patenta una aspiradora se patenta eso, una aspiradora (es decir, su diseño, su ingeniería) no la idea genérica, no la aspiradora.

Por tanto, no podemos acceder a la naturaleza jurídica de la protección como vía para hallar una explicación satisfactoria para una diferencia ética, sobre todo porque, como hemos visto, ni la protección jurídica responde a referencias éticas ni la propia mecánica jurídica es lo suficientemente clara como para dibujarnos unos intereses que supongan una identificación o diferenciación del bien jurídico a proteger en ambos casos del que podamos deducir, por más que lejanamente, esa ética.

¿Podría nacer esa ética de la búsqueda aristotélica de la naturaleza estricta de cada cosa? Mal asunto también, porque la naturaleza estricta de cada una de ambas cosas no es tan diferente de la otra. ¿Qué es una canción? Una idea, un sentimiento, un mensaje, que se plasma en una serie ordenada de sonidos, expresión sonora. ¿Qué es una novela? Lo mismo pero en palabras, expresión escrita. ¿Un cuadro, una fotografía? Igual: expresión gráfica (única especialidad: el valor intrínseco -completamente convencional- del original en el caso del cuadro o de la escultura). ¿Y qué es el software? Pues lo mismo: expresión matemática. Que busca un efecto, de acuerdo, pero también lo buscan la música, la literatura, la pintura o la arquitectura. Que utiliza un código. Efectivamente: como la música o como la literatura. Que debe obedecer a unas normas (algoritmos matemáticos). Igual que la literatura, la música, la pintura… Tampoco por aquí encontramos diferencias sustanciales. Los derechos de autor que se aplican al artista contemplan una serie de actividades diferentes que obtienen resultados distintos, pero todas esas actividades protegidas, siendo distintas, son análogas entre sí. Acabamos de ver cómo el software también es distinto pero, sin embargo, mantiene esa analogía de fondo.

En todo caso, podríamos establecer que el arte es una manifestación de la expresión humana y, efectivamente, vemos que tiene una especial protección, y de rango nada menos que constitucional: intentar limitar o suprimir una manifestación artística es algo llamado censura y puede ser, en tanto que tal, constitutivo incluso de delito. ¿Puede hablarse de censura en el caso del software? ¿Puede censurarse un software? Aquí volvemos otra vez a meternos en un difuso sembrado. Puede ser, sí, censurado un software: pensemos, por ejemplo, en los videojuegos que han sido considerados social o políticamente dañinos y, por tanto, prohibidos o limitados en algunos países. Pero… ¿es suficiente esa característica aislada no tanto de un software como del producto de ese software? ¿Es el software un elemento intrínseco de libertad de expresión?

Lo más curioso es que, admitida esa diferencia, admitido que, salvo algunas peculiaridades excepcionales, el software no es una manifestación genuina de la expresión humana, resulta que esa diferencia no sólo no justificaría la sobreprotección del software en comparación con la expresión artística y literaria sino que, contrariamente, estaría exigiendo a gritos que el sistema se invirtiera porque, tal como está ahora, lo que parece más grave, más importante en términos sociales, es lo que está menos protegido, mientras que aquello que quedaría, en relación con lo anterior, en un segundo plano.

No voy a llegar a ninguna conclusión, supongo que para decepción del lector. Entre otras cosas porque supongo que fácilmente se hallarían argumentos para poner al revés cualquier conclusión a la que yo pudiera llegar, precisamente porque estamos ante una temática complejísima y caleidoscópica. Y a eso sí que quería llegar, porque este es el mensaje de fondo de este artículo: se manejan conceptos dificilísimos con una ligereza tremenda. Se confunde lo ilegal con lo delictivo creyendo que todo lo que no es delictivo es legal; se confunde lo artístico con lo industrial pero tampoco está tan clara esa diferencia, toda vez que de lo artístico se ha hecho una industria y de algún elemento que podría considerarse desde cierto punto de vista industrial (el software) ha nacido un movimiento filantrópico como es el software libre.

Se cortan demasiados nudos gordianos a sablazo limpio olvidando muchos que esto de cortar por lo sano es un privilegio de dioses, un privilegio tan caro que hasta los propios dioses lo usan poco. Queriendo entender en cuatro trazos y queriendo explicar con tres y gruesos, con buena voluntad, seguramente, pero con la misma dosis de ignorancia supina, se está sembrando muchísima confusión que no va a traer nada bueno. El conocimiento, ese conocimiento que queremos tanto, por cuyo libre acceso clamamos tanto y tan constantemente, requiere dedicación, estudio… Requiere muchos libros antes de entrar en los foros a soltar lo que muchas veces son barbaridades.

El artículo de Fernando, con el que se puede o no estar de acuerdo, es un modelo de conocimiento y de reflexión; no todo lo que se ha comentado en el subsiguiente hilo responde a esa misma calidad. Y eso que hablamos de un foro de Kriptópolis, que es de lo mejorcito que hay por ahí. Tiemblo imaginando -o recordando- esas temáticas en otros lugares donde la reflexión es sustituida por el simple ir a saco.

La reflexión es, en demasiados sitios, un bien escaso.

Anuncios
Both comments and trackbacks are currently closed.

Comentarios

A %d blogueros les gusta esto: