Si guerra, pues guerra

De la serie: Correo ordinario

La señora Bruni esta estará posiblemente de toma pan y moja y, desde luego, no será la primera vez en la Historia que aquello de que tiran más dos tetas que dos carretas marca una política de gobierno. Ocurre que hay ocasiones en que tras un culo femenino altamente apetitoso y dos tetas de aquellas de amorrarse al pilón, se esconde un cerebro privilegiado que, no teniendo vectores en los que ejercer la política por la vía, digamos, normal, tiene que hacerlo encelando al manso que sí es bienvenido en los circuitos del corte de bacalao. Y otras veces en que no, en que tras un culo y un par de tetas soberbios se esconde un cerebrito mucho menos dotado que es a su vez manejado desde un colectivo que tiene pocos escrúpulos a la hora de articular recursos para perpetuarse en el dolce far niente más vulgarmente entre nosotros como no dar golpe. No dar golpe pero, claro, dándose una vidorra de cardenal florentino, que es lo bueno.

Así se las ven en Francia con la llamada ley de los tres avisos, también conocida como ley Sarkozy y por algunos denominada ley de las tetas de la Bruni, aunque también he oído denominaciones que hacen alusión a una parte anatómica ubicada mucho más al sur y, aunque menos espectacular que otros atributos, mucho más activa en el arte de la satisfacción viril.

No podía ser menos: la posibilidad de que España importara el proyecto francés ha levantado alaridos de entusiasmo en la sopa boba que, rápidamente, ha corrido a mover todas sus potentísimas influencias -apoyadas en sus al parecer innumerables facturas pendientes de cobro- para hacer realidad su sueño. Si la idea de que a Francia la gobiernen unas tetas y un culo es triste, imaginarse lo deprimente que es ver que en España no hace falta ni siquiera eso: sólo es necesario un Gobierno de nivel político, social e intelectual más que mediocre, presidido por el más renta baja -que diría Wolfe- de todo el partido, una vez que se fueron a casa los de la élite transicional y tomó el mando el pelotón de los torpes.

Incluso en la industria de la farándula se pensó generalizar la idea, empezando por aquellos países que, pese a su tradición liberal, no vacilan en cercenar las libertades cívicas con tal de empujar los intereses más pútridos, da igual que sea la invasión de Irak que la propiedad intelectual. Pero todo tiene un límite. No sabemos qué va a pasar en Francia y en España -estamos en las primeras escaramuzas- pero los británicos, a los que parece que aún les queda algo de vergüenza torera, aunque sea en el culo de la botella, han dicho que no, que santo, santo, santo es en verdad el copyright celestial pero que a tanto no se puede llegar y que andar metiendo manos más bien tirando a puercas en las comunicaciones privadas de los ciudadanos sin permiso judicial va a ser que no, que es contrario a la legalidad británica y posiblemente a la propia legalidad europea.

Hombre, los internautas europeos levantamos, espectantes e interesados, nuestras barbillas. Los ingleses, quién lo hubiera dicho, que te han llenado Londres de cámaras vigilantes, que parece que las hay hasta en los bocatas de atún, y, vaya, salen con lo de que my house is my castle y que no, que ni hablar. Ni siquiera por el copyright. Además -añaden despiadados- el sistemita es económicamente onerosísimo y técnicamente difícil hasta rozar la inviabilidad (y eso que no entraron en lo puenteable que es, dada una supuesta por más que difícil viabilidad. Cojones, dijo la marquesa y etcétera. Aunque la prensa adicta al pesebre cultureta coló la noticia casi entre los anuncios de venta de pisos (o sea, los que hoy no lee casi nadie), lo cierto es que es un golpe duro para la hueste farandulera: si los británicos no tragan, muy mal rollo, porque éstos, además de un potente ejemplo en el conjunto de la Unión, van a constituir un obstáculo en el europarlamento que puede llegar a rozar la invulnerabilidad.

Y fíjate que el ejemplo puede extenderse por toda la commonwealth, porque en Nueva Zelanda han dado carpetazo a la cuestión en idéntico sentido. Lo hemos sabido hoy y ya circula por toda la red; en el papel circulará menos, pero así les está luciendo el pelo.

En la propia Francia -aunque sí que parece que la cosa está mal- el apropiacionismo está aún lejos de ganar la batalla. Se ha organizado la resistencia -un tanto tardíamente, es cierto, una Asociación de Internautas no se improvisa de un día para otro- y el debate se está extendiendo por toda la sociedad francesa, hasta el punto de que hay importantes e influyentes miembros del partido de Sarkozy que se oponen frontalmente a la ley de los tres avisos, como también se la llama. Y cuidado con la sociedad francesa: si se calienta, las bofetadas -cuando menos vrtuales- pueden sacudir carrillos muy altos.

En España es diferente. En España sí hay una sociedad civil anticanon y antiapropiacionismo potente, sí que hay un amplio espectro activista, sí que hay un consenso casi unánime por parte de la ciudadanía… Un Suárez o un González hubieran hecho muy pocas bromas con una temperatura social tan alta; desde luego, no hubieran corrido riesgos políticos graves por algo así. Puedo prometer y prometo que el canon no se lo meto. Ea, resalao, si queréi tre avizo, irsu a tocá la trompeta al Guadarquiví y no jodái la marrana. Pero aquí tenemos a una peña que -ignorante de lo que se trae entre manos, en este tema y en muchísimos más- se cree todopoderosa en su analfabetismo político y social -a veces parece que hasta del otro- y, nada, a follar, que el dinero público no es de nadie y aquí todos hemos sigo monaguillos antes que miembras. Claro, eso es peligroso: un Gobierno de pisacharcos, incapaz de comprender el alcance social -y económico incluso en términos de desarrollo, de futuro- de una medida que pretende tomar al impulso de unos créditos que cree deber -o que quizá debe efectivamente, pero ese es su problema- a una minoría inmerecidamente privilegiada, puede causar efectos tremendos que dejen muy comprometido y en muy mala posición competitiva al país mucho después de que les hayamos dado el puntapié que los mande, si no a la jubilación, sí, cuando menos, a la oposición. Y en la oposición, que bailen, porque por bonito que lo pinten, ahora ya les conocemos y no nos vamos a creer nada.

Tanto en Francia como en España, podrán hacer lo que quieran en el parlamento y en el boletín oficial. Al menos, mientras les dure el chollo. Pero más allá, no llegarán. Estamos preparando las contramedidas que, en nuestra trinchera, son más eficientes, más baratas y de implementación más fácil. Nos cepillaremos cualquier vigilancia gilipollas que implanten como nos cepillamos sus estúpidos DRM. Ya esta empezando a haber resultados. Las telecos van a tener que soltar enormes cantidades de pasta para implementar sistemas de vigilancia e intercepción que no van a servir para nada. Y esto sólo empieza.

Pero no va a ser suficiente con mearnos olímpica e impunemente en sus controles, es que, además, nos vamos a cargar sus leyes. Aquí y ahora podéis darlo por seguro: llevaremos a los tribunales todo intento de intercepción de comunicaciones sin intervención judicial. Y si el Tribunal Supremo traga, lo llevaremos al Constitucional. Y si el Constitucional también mira para otro lado, llegaremos a Estrasburgo. No nos detendremos ante ninguna instancia judicial por alta que sea.

Pueden jugar todo lo sucio que quieran. Empujadas por Francisco Ros, pueden llevar el agua de las telecos a su molino, ya que nadie sabe por qué ni cómo, pero Francisco Ros parece el amo de las telecos y del Gobierno, lo que en este último caso no sorprende, ya que el paupérrimo ministro de Industria no se entera de lo que pasa en el fondillo de sus propios calzoncillos. Lo que quieran.

Van a saber lo que es resistencia.

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