Cachondeo en el Senado

De la serie: Correo ordinario

Ayer -y ante la general indiferencia mediática, cada cual sabrá por qué- se debatieron en el Senado dos propuestas del Grupo Popular de modificación de la Ley de Propiedad Intelectual. Desde luego, visto lo visto, voy a acabar poniendo en cursiva también lo de intelectual. Una propuesta pedía la exención de la obligación de pago a la $GAE y otras hierbas por parte de los organizadores de fiestas populares (estilo Fallas, Sanfermines, etc.); la otra, la supresión del canon digital.

Que la propuesta se estrellaba estaba cantado, y este será el pretexto de más de un medio de comunicación para haber silenciado alevosamente la iniciativa en el Senado, cuando la realidad es que, en nombre de los de siempre, se trataba de evitar que fuera a suceder algo parecido a lo de diciembre de 2007, cuando por levantar el gallo sobre la cuestión se alzó una protesta ciudadana tan enorme que la izquierda de pacotilla quedó en dolorosa evidencia. Esta vez lo han podido llevar más de tapadillo y así, entre esto y el otro pretexto, el de que como es algo que propone el PP no puede ser bueno de ninguna manera, han podido cumplir el expediente con la sopa boba.

Al igual que en aquella ocasión de finales del 2007, no nos hicimos muchas ilusiones. Yo, concretamente, estoy esperando a la eventualidad de que un día acceda al poder el PP para partirme de risa viendo el sofocón que experimentarán y los rocambolescos pretextos que inventarán para volver el forro de la cuestión y dejar las cosas tal como están (porque esto es exactamente lo que pasará, que lo tenga claro todo el mundo). Pero, a pesar de que el final, como digo, estaba cantado, se ha podido disfrutar del espectáculo.

Por una parte, los siete depredadores del conocimiento enviando emilios como desesperados a todos los senadores en algo que algunos aseguran que bien podría calificarse de spam– augurando los infiernos artísticos y culturales -con exclamaciones de infarto de risa: privar del salario a trabajadores y empresas, por ejemplo- si las propuestas del PP progresaban. Por otra parte -yo me caía al suelo, también de la risa- el senador de CiU, Jordi Vilajoana, utilizó literalmente argumentos ya muy conocidos de la $GAE, por ejemplo ese de que «si se pide que las fiestas populares no paguen derechos de autor, quizás habrá que pedir que todo en las fiestas sea gratuito». ¿Cuántos años hace que venimos oyendo a don Teddy exigiendo pisos gratis, comida gratis, electricidad gratis y no sé qué más, en plan sarcástico? En fin, aunque el argumento se cae solo (aquello ya más que sabido de los bienes consuntivos y los no consuntivos), me hace gracia lo de la voz del amo. Porque ya sabemos que personalmente todos ellos están contra el canon (incluso Vilajoana propugnaba atacar a la $GAE si hiciera falta); y es que ya se sabe que el canon es una especie de fatalidad cósmica insoslayable. ¡Qué vergüenza! O qué poca vergüenza, según se mire…

Bueno, luego -o antes- vino el habitual festival festival de nadar y guardar la ropa por parte de todos los grupos: que si yo no estoy a favor de la $GAE pero hay que proteger a los autores, que si ya hay una comisión de Propiedad Intelectual en marcha para estudiar estas cosas; y, además, el detalle impagable: el senador Chiquillo, portavoz del PP, que califica el canon de impuesto seudo revolucionario y el sociata Zubero que se enfada y manifiesta que eso de la propiedad intelectual es algo complejo como para no jugar el regate corto. Encima de cachondeo, fútbol.

Lo dicho: el día que se vuelva la tortilla, me voy a retorcer de risa viendo como toda esta peña invierte argumentos para dejarlo todo igual. Total, no es la primera vez…

En definitiva, lo de siempre: una tomadura de pelo al ciudadano, una escenificación vulgar y mala a beneficio de los intereses de una minoría de ociosos que hace lo que le da la gana en este país y que, nada, que seguimos igual.

Hemos escuchado los lugares comunes de siempre, expresados por los de siempre y en nombre de los de siempre, todo ello para justificar la injustificable imposición de un tributo completamente medieval al ciudadano.

Y la ciudadanía habrá de tomar nota de que sólo ella, de que sólo nosotros podemos quitarnos de encima ese marrón, de que -lo he dicho muchas veces- estamos completamente solos; no sólo no podemos contar con nuestros teóricamente representantes sino que hemos de temer que se opongan frontalmente a los intereses generales por proteger los de sus verdaderos mandantes.

Llegará el día, llegará el día… y para algunos va a ser durísimo.

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