El coco y el talibán

De la serie: Correo ordinario

Leo, un tanto sorprendido, la verdad, el artículo de Borja Prieto que publicó ayer «Libertad Digital» en su sección de Internet. Digo sorprendido porque no me parece demasiado propio el batiburrillo que monta -muy habitual en esa pùblicación, aunque bastante menos entre los columnistas de dicha sección- mezclando verdades distintas procedentes de ámbitos distintos. Este asunto de hacer juegos malabares con las verdades tiene mucho predicamento porque con él pueden decirse grandes mentiras sin que, en el plano literal de la cuestión y en ciega puridad, pueda nadie acusar al autor o al medio de tal cosa.

Habla del software libre en el mercado y en el contexto de la crisis actual y Borja Prieto mezcla en este artículo las dinámicas de la comunidad -o de algunas comunidades, o de algunos ámbitos de algunas comunidades, porque es este un mundo muy complejo y poco uniforme- con la realidad. Y lo hace, como ya he dicho, a base de verdades.

Porque es verdad que Richard Stallman está sufriendo, más que un proceso de talibanización, un proceso de inmovilismo: ha mantenido inflexibles sus principios de toda la vida y esto, que aparenta siempre ser loable, lo es mucho menos si pensamos que las ideas y los conceptos tienen que evolucionar con los tiempos. Es verdad también que el altermundismo ha tomado el software libre como algo propio -como que lo es-, pero que no va necesariamente asociado a Richard Stallman. Yo, por ejemplo, me considero altermundista, creo que el software libre parece -si es que realmente no lo fue- creado para cambiar un statu quo mundial en algo global como la tecnología, a su vez tan esencial para el desarrollo económico y, sin embargo, soy crítico con la actitud actual de Richard Stallman (aunque sin perjuicio de reconocer el inmenso valor, tanto en lo técnico, como en lo ideológico, como en lo activista, que él ha aportado y que, con las debidas reservas ante su inmovilismo, muy probablemente seguirá aportando).

Continúa don Borja con un comentario muy parecido a uno que yo suscité no hace muchos días en la lista de correo de Hispalinux sobre un cierto elitismo tecnicista que podría existir en algunos sectores de la comunidad del software libre, sectores quejosos de la accesibilidad que están ganando algunas distribuciones, a algunas de las cuales -Ubuntu, Fedora, Mandriva, OpenSuse…- puede calificárselas ya sin empacho como populares. También es verdad: existe ese sentimiento y existen señales de un cierto -y minoritario, afortunadamente- endiosamiento.

Ahora bien, el camino que lleva desde estas verdades hasta la afirmación de que los empresarios que busquen eficiencia en el software libre -y más ahora con la crisis que nos aqueja- van a encontrarse con una muralla talibán que les va a escupir por tratarse de capitalistas explotadores o por pretender la herejía de que el usuario de infantería disponga de un software amable de fácil e inteligible manejo, es un camino ignoto, un arcano, un misterio cósmico.

Que pueda haber un empresario que por mala suerte se tope con un fundamentalista, no es descartable como simple posibilidad; que ese incidente esté tan extendido como para ser preocupante y merecer un artículo en «Libertad Digital» escrito a guisa de aviso a los navegantes, hombre, me parece francamente exagerado.

Por varias razones.

La primera, la realidad. La realidad es que el único -y lamentablemente cierto- inconveniente que puede encontrar un empresario a la hora de implementar soluciones de software libre en su empresa es la escasez de profesionales y de empresas que le puedan prestar servicio; escasez que lleva a unos precios altos que no siempre se ven suficientemente compensados -cuando menos, en un primer momento- por el ahorro en licencias apropiativas. Este es un problema cierto que, a medida que la demanda de soluciones SL se vaya consolidando, se irá corrigiendo por sí solo; la eficiencia del mercado en estos niveles de intercambio está más que acreditada: puede haber dificultades durante la breve o larga época de transición entre modelos, pero al cabo las dificultades decaen. El grito de «¡Eh, muchachos, aquí hay pasta!» tiene la virtud de atraer a muchísima gente que quiere hacerse con ella.

También pude ocurrir -y de hecho ocurre- que un modelo de negocio tenga submodelos, vamos a decirlo así. Y en esos submodelos, habrá proveedores que trabajarán exclusivamente con software libre (unos -muy pocos- por talibanismo, los más porque entienden que la fidelidad al modelo estricto de negocio repercute favorablemente en la cuenta de resultados de su empresa), los habrá que serán accesibles a una cierta pequeña penetración en sus servicios de algunos módulos de software apropiativo y los habrá mucho más laxos hacia esa penetración. Lo que no habrá, de ninguna manera, es un escupitajo sobre el empresario que defina un modelo propio concreto en el que una empresa determinada no quiera entrar; esa empresa, simplemente, a la vista de que resulta inútil persuadir a ese cliente de que pase por las condiciones del proveedor, o rechazará el encargo o pasará por el tubo. No habrá lanzamiento de escupitajos. Para bien o para mal -en eso no entro ahora- las empresas proveedoras de servicios de software son eso, empresas, no hacklabs, y si trabajan con software libre no es por devoción a San iGNUcio sino porque han visto en esa libertad un modelo de negocio mucho más eficiente, bien en general, bien para las específicas dimensiones y dedicación comercial del proyecto empresarial.

La segunda, la realidad, pero de futuro. Casi cada mes vamos teniendo noticias de la fundación -generalmente a nivel autonómico- de asociaciones de empresas proveedoras de servicios bajo software libre, asociaciones con clara vocación patronal y gremial, cuyo objetivo, en esta prehistoria del negocio, es básicamente el de aflorar a la superficie, el de lanzar al agua una baliza señalizadora que puedan ver claramente los posibles clientes; es decir, la apertura de un mercado amplio para su actividad industrial y comercial. A partir de ahí, vendrá la competencia y, con ella, el establecimiento más o menos tácito o más o menos normativo, a nivel interno o con efectos en el total mercado, de normas de buenas prácticas o de competencia leal. Y con todo ello, el suministro regular, amplio, escalable y asequible a que aspira todo usuario.

No faltarán los fanáticos que pretenderán establecer el mismo rasero moral para la explotación infantil, el acoso sexual a las trabajadoras o el uso de software apropiativo aunque sea en pequeños retazos, pero puede estar tranquilo don Borja: ese discurso de moralina barata -más que de moral seria y rigurosa, que también puede inferirse, pero por otros derroteros- no va a venir de las empresas proveedoras ni, cuando menos generalizadamente, de los clientes del usuario.

Bastantes problemas están teniendo ahora las empresas -las usuarias de servicios TIC, en este caso, en mucha mayor medida que las proveedoras- para que se asuste con el coco -con un coco, además, falso, incierto- a quienes, muy acertadamente, ven en el software libre una solución de alta calidad y de gran eficiencia para la gestión de sus sistemas. Si tiene usted manía a los altermundistas y a los hacklabs, está en todo su derecho de ponernos bajo fuego de mortero pero, oiga, apunte para otro lado y deje tranquilos a los empresarios -clientes o proveedores- sobre todo cuando, en este ámbito, estamos hablando en términos de pequeña y mediana empresa. Incluso de microempresa. Que las cosas ya están bastante achuchás por sí solas como para, encima, andar sembrando cizaña.

No fastidiemos con jota.

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