Sistema, bicis y teles

De la serie: Los jueves, paella

Llego vía Menéame a un más que interesante artículo del profesor Juan Manuel Blanco, de la Universidad de Valencia, en el que intenta explicar por qué no está funcionando el sistema. Porque está claro que el sistema no está funcionando y el profesor Blanco resume así los síntomas: «En el interior de los partidos impera un rígido acatamiento sin crítica alguna al líder o bien, a veces, unas luchas de facciones por el poder donde todo vale y en la que las diferencias ideológicas no suelen existir. La corrupción, la arbitrariedad y el abuso avanzan al mismo paso que la pérdida de credibilidad de las instituciones, sin que parezcan existir mecanismos que pongan freno a este deterioro. Los gobernantes manifiestan una tendencia a la adopción de medidas llamativas, demagógicas o clientelistas, más dirigidas a la imagen y a las emociones que a la razón y, generalmente, centradas en un miope cortoplacismo en el que pocas veces se adivina un proyecto serio de largo plazo. Y las preguntas son obvias ¿Cuáles son las causas de este estado de cosas? ¿Existe remedio a esta situación? En mi opinión la causa hay que buscarla en un erróneo diseño de nuestro sistema político y, sobre todo, en la ausencia de voluntad de reforma cuando comenzaron a manifestarse sus deficiencias».

Diré, en definitiva, a beneficio de los lectores perezosos, que el problema está en el excesivo (y exclusivo) dominio de las maquinarias de partido, fuente única de selección para la provisión de puestos políticos de decisión, la devaluación de las instituciones, carcomidas, a su vez, por esa maquinaria partidista y, en definitiva, por la falta de mecanismos de control a que ello conlleva y que deriva en enormes y muy extendidas bolsas de corrupción, no sólo económica -que también- sino, sobre todo, política. Efectivamente, aunque las formas sean occidentales, estamos muy cerca -y aproximándonos más a cada día que pasa- a una dictadura de apparatchiks, a un modelo claramente soviético, con un poder legislativo controlado por el poder ejecutivo y un poder judicial que, en la parte que no está a su vez controlado también por el ejecutivo, está deteriorado hasta la putrefacción por la falta de medios, por los tremendos déficits de formación de sus miembros, por normas de procedimiento auténticamente decimonónicas -cuando no redondamente medievales- y por un gremialismo asfixiante.

Pero hay otro problema añadido al que el profesor Blanco parece que se acerca pero no acaba de acometer: la debilidad -por no hablar de inexistencia- de la sociedad civil. El individualismo que históricamente aqueja a los españoles, incapaces de subordinar intereses secundarios para fortalecer, con la ayuda del vecino, los intereses fundamentales, añadido a la memoria de la puta guerra civil, en la que tanta gente de ambos bandos padeció sufrimientos espantosos y no raramente la muerte, solamente porque a un analfabeto se le ocurrió que la pertenencia a una determinada asociación -quizá literaria, o meramente cívica- delataba una ideología considerada enemiga y, por tanto, había que acabar con la vida del desviado para preservar la integridad de la República o de la Patria, según bando y caso: lo único común era el analfabeto, el arma que le habían dado y la impune potestad para decidir la suerte de cuerpos y bienes, de personas y patrimonios. En ambos bandos, por más que se desgañiten los hijos de puta de cada uno de ellos -o incluso sus herederos, lo que ya es la leche- pretendiendo convencernos de que los malos eran solamente los otros.

El español sólo se asocia para recibir algún tipo de servicio (como en los clubs automovilistas -la asistencia en carretera, rebajas en esto o en lo otro…- o en los clubs de fútbol, para acceder -previo pago, por supuesto- a un puesto fijo en la grada; son las únicas entidades de afiliación voluntaria cuyos miembros se cuentan por miles y acaso por centenares de miles pese a que las cuotas son, frecuentemente, muy cuantiosas) o por obligación. Una comunidad de propietarios, por simple ejemplo, no es una reunión de señores que velan por un patrimonio común costosísimo que, en la mayoría de los casos, constituirá el grueso de su ahorro de toda la vida, cuando no el único ahorro de toda la vida; una reunión de comunidad de propietarios es un sitio al que uno va -venciendo un inmenso fastidio- a imponer sus criterios, a intentar que el vecino no imponga los suyos y, desde luego, a boicotear o, cuando menos, reducir al mínimo todo gasto que no reporte beneficio propio y directo (si mi piso da a la fachada, intentaré evitar con todas mis artimañanas que se adecente la contrafachada al tiempo que protestaré constantemente porque la fachada no se mantiene en condiciones lo suficientemente satisfactorias y se invierte poco en ellas).

Consecuentemente, las entidades cívicas, culturales, filantrópicas y similares, languidecen con unas pocas docenas de socios -de los cuales sólo la mitad pagan regularmente las cuotas- y cuatro o cinco esforzados panolis (el número es exacto, no es un coloquialismo) que tiran del carro penosa y duramente. Si alguna asociación o entidad similar tiene alguna medida de éxito en afiliación social, podemos tener por seguro que, o viene previamente promovida internacionalmente (Greenpeace, Médicos sin Fronteras, Amnistía Internacional, etc.), o se trata de fundaciones promovidas por bancos o empresas potentes para obtener rendimientos fiscales -y hacer unas cuantas trampas en ese ámbito, de paso- y publicitarios, o bien por entes de naturaleza ideológica que buscan rendimientos en términos de proselitismo (pienso como ejemplo, pero, curiosa y simultáneamente, también como salvedad, en Cáritas Diocesana), o estamos ante una rarísima excepción propia casi de brujas.

Este panorama determina, por un lado, que los cuadros dirigentes adolezcan de un nivel deprimente, precisamente por falta de exigencia y de análisis crítico -es decir, por nivel social asimismo deprimente- en la ciudadanía que rigen; y, por otra parte, constituye terreno abonado para la eficaz acción de lobbys y de grupos de presión de intereses minoritarios que, a su vez, al no estar suficientemente contrarrestados por la sociedad civil, tienen una capacidad de influencia desproporcionadamente mayor de lo que su volumen social, político o económico les haría acreedores.

No todo, pues, es culpa de los políticos o de las carencias de un sistema. O, mejor dicho, sí que lo es, pero a esta situación no se ha llegado por ellos, no es mérito de ellos, sino del menfoutisme cívico, siempre propenso a encogerse de hombros, preguntándose qué puede hacer para evitarlo como una forma apocalíptica de responderse que «nada», es decir, empezando por un ejercicio de pereza mental verdaderamente alucinante. Eso en primer lugar. Subsigue, en segundo término, una incapacidad asombrosa para asumir sacrificios tan pequeños que apenas son dignos de recibir ese nombre, y eso hace que, a la dificultad para actuar unificadamente, se añada la nula disposición a llevar a cabo boicots de efectos casi seguramente fulminantes por no asumir, ni siquiera momentáneamente, ni aún en ínfima medida, dificultades o incomodidades de mortificación próxima a cero.

En resumen, y como digo siempre: tenemos lo que nos merecemos.

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Y sigo, sigo con artículos demoledores a cargo de docentes académicos que le cantan las verdades del barquero al lucero del alba. Esta vez es Guillem López Casanovas, catedrático de Economía de la barcelonesa Universitat Pompeu Fabra, quien le pone las peras al cuarto al bicing, uno de los más rutilantes botes de humo de colores con los que el lamentable Hereu entretiene a la ciudadanía de asuntos más sustanciales en los que no quiere que la ciudadanía meta mano, no se les vaya a estropear el invento a algunos amiguetes.

Las verdades del barquero, en este caso, son unas cuantas:

1) No conocemos las cuentas del invento. El servicio tiene un coste y nadie sabe qué parte del mismo paga el usuario y qué proporción de ese coste se sufraga con dinero público.

2) Tampoco se sabe si la distribución y uso de la cosa es homogénea en todos los barrios y en todas las capas sociales (se ve a más encorbatados que a ciudadanos con mono u otra ropa de trabajo manual).

3) ¿Es adecuada Barcelona para la bicicleta? La crítica implícita no es nueva: de río a río, es decir en sentido sudoeste a noreste o viceversa, la ciudad es bastante practicable, no así de mar a montaña, es decir, de sudeste a noroeste (que no a la viceversa), donde las cuestas son para una semana de agujetas. Consecuencia: los depósitos de la parte alta están constantemente vacíos y los de la parte baja completamente abarrotados (bajar es cómodo y divertido: para subir, ya está el metro). Otra consecuencia: el flujo de furgones de transporte de bicis de la parte baja a la parte alta es constante, con lo que lo que puede ganarse mediambientalmente con las bicis, se pierde con los furgones.

4) El uso del bicing no está sustituyendo al vehículo privado sino al propio transporte público, con lo que se consigue el maravilloso efecto adicional de no ganar nada, en términos movilidad y de contaminación y de perder un cierto factor de rentabilización de la red de transporte público.

Hay más verdades, pero estas se refieren a problemas que afectan a los usuarios directos y esos que se jodan, que a fin de cuentas el servicio no es ni de adscripción ni de uso obligatorio (aunque sí, desgraciadamente, su pago por vía de dinero público).

También hay verdades que ha soslayado el profesor Casanovas, quizá porque no tienen contenido económico y no ha querido meterse en camisa de once varas. Una de ellas es que, al gamberrismo proverbial de un importante número de usuarios de la bici, se añade el amateurismo y la falta de habilidad circulatoria de no pocos de los usuarios del bicing, poco habituados a ello (de hecho, el uso del bicing presupone un uso esporádico de la bicicleta; de otro modo, la bicicleta privada constituye un recurso más cómodo y barato que el municipal, sobre todo desde que han llenado las calles de estacionamientos para bicis).

En definitiva, que aunque se vista de colores, de sostenibilidad, de alegría de la huerta y de todo lo que se quiera, el bicing no es sino una concesión más a la rueda -con tracción mecánica o animal, da lo mismo-, lo que representa en la misma medida una nueva vuelta de tuerca en el recorte de los derechos de los viandantes, que constituyen la verdadera ciudadanía por omisión, que esporádica o habitualmente lo somos todos.

Esa maravillosa ciudad tan chupiguay en la que los pasos de cebra suponen un materialmente tirarse a la piscina desafiando los reflejos del hijo de la gran puta de las cuatro ruedas que llega a gran velocidad; donde cruzar un paso de peatones con el semáforo en rojo porque ha cambiado a medio cruce de la calle constituye un delito que se paga sufriendo poco menos que unos sanfermines cuyos cornudos son los cabrones de las motos que parece que vayan a infartarse si arrancan media décima de segundo después de que cambie a rojo el semáforo de peatones (no a verde el suyo); y donde ni siquiera encima de la acera se puede pasear sosegada y despreocupadamente porque esa despreocupación te puede llevar a ser depilado en seco por un cabestro a pedales.

Esta es la maravillosa ciudad del alcalde Hereu, de sus guiris de mierda y de los hijos de puta con ruedas.

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La supina inteligencia de Zap II El Prorrogao se manifiesta, entre otros detalles, en inventar constantemente la sopa de ajo. No tiene una idea propia ni haciendo oposiciones, el hombre… Y después de no sé cuántos años sosteniendo contra viento y marea el modelo tradicional de televisión pública, ahora decide que este modelo no es europeo y anuncia severos recortes en la publicidad del medio. No está mal, pero estaría mucho mejor si esto respondiera a crear un modelo de televisión pública de alta calidad sin la servidumbre comercial a que obliga la publicidad y no, como resulta ser, desgraciadamente, a darles un balón de oxígeno a las cadenas privadas.

Yo he sido -y sigo siendo, pese a todo- un firme defensor de la dualidad de modelos, es decir, una televisión pública que dependa exclusivamente del dinero público, y un ámbito comercial para las cadenas privadas, inmersa previamente esa televisión pública, como puede suponerse, en un orden de gestión -tanto económica como de contenidos- profesional y eficiente. Vamos, no como la BBC, porque eso sería pedirle peras al olmo, pero, hombre, acercarnos a ella siquiera un poquito. Creo que ya he explicado alguna vez que cuando se dio luz verde a la televisión privada, yo experimenté una cierta ilusión, no por la televisión privada -la calidad de cuyos contenidos, aunque quizá no tanto su naturaleza, era perfectamente previsible y, en consecuencia, no me ha sorprendido en absoluto- sino por la televisión pública, a la que imaginaba siguiendo el camino emprendido por la radio pública (reducida a los cinco canales de RNE) unos cuantos años antes (hecha la salvedad de que las cadenas privadas de radio nunca dejaron de estar ahí, al contrario que en el caso de la tele).

Pero, como todo en el entorno del zapaterismo, la cosa acaba echando un fuerte pestazo a timo. Muy bien, va a eliminar -si no totalmente, sí sustancialmente- la publicidad en la televisión pública: y… ¿cómo va a pagarla?

Esta misma mañana, la vice, que apenas había recargado el extintor después de haber intentado -vanamente- apagar el incendio que el nombramiento de Sinde provocó en la red, ha tenido que hacer nuevamente de apagafuegos desmintiendo los temores que ayer se manifestaron respecto de la imposición de un canon de televisión; el ¿argumento? utilizado esta mañana es que eso del canon es cosa del franquismo -aunque en el propio franquismo fue una medida de corta duración- y el argumento no utilizado, pero sí muy presente es que la palabra canon trae, de un tiempo a esta parte, reminiscencias siniestras, de esas que hacen que las encuestas le causen un soponcio a Zap.

Parece, pues, evidente que si doña Tere no ha mentido en la representación que ostenta (lo que no deja de ser muy probable, porque Zap miente más que pede), si se suprime la publicidad y no se establece un canon por difusión televisiva, el coste de la televisión pública española irá directamente y sin intermediación recaudatoria alguna a cargo de los Presupuestos Generales del Estado. No es necesariamente malo (malo o bueno será el resultado), es una fórmula como otra cualquiera. Lo que me hace gracia es la tomadura de pelo implícita, el timo de la estampita que se pretende -y se consigue- darle al ciudadano: da igual que la recaudación sea mediante un canon, que mediante la declaración IRPF, que mediante el IVA porque de un modo u otro, de cualquier manera, vamos a ser los españolitos los que vamos a pagar el invento de nuestro bolsillo.

Porque, para sorpresa de Dixie, el dinero público es de todos nosotros, y unos instantes antes de ser público era, en parte alícuota, de cada uno de nosotros. Dicen que el que no se consuela es poque no quiere, pero yo digo que el que se consuela porque no le van a enchufar un canon por la televisión es, sencillamente, tonto.

Del culo.

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Y una nota final muy breve, mínima…

Ayer leíamos la noticia de que un hombre se había suicidado después de asesinar a su ex-marido.

Comentario de una compañera mía de trabajo: «todos [los hombres] son iguales».

Insuperable.

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Pues hala, no os quejaréis, que la paella llega hoy bien cumplidita, debe ser que engordó lo suyo gracias al pastel de cumpleaños que se zampó anteayer.

La próxima estará aquí, si no se rompe nada, el próximo jueves, que será 23 de abril, fiesta muy señalada en Catalunya, la más hermosa de nuestras fiestas, Sant Jordi, una fiesta que se celebra bajo el símbolo de dos de las más hermosas cosas de esta vida: una rosa y un libro.

Nos vemos.

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Comentarios

  • agobi  On 17/04/2009 at .

    Señor Cuchi,

    Completamente de acuerdo, tenemos lo que nos merecemos !!! Algún día tendremos que reaccionar, no ??

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