Cómo huir de la realidad

De la serie: Correo ordinario

Si hay algún sector clara y diáfanamente ilustrativo de lo que es la muerte de un modelo de negocio, ese es el de los videoclubs. Personalmente lo siento, más que nada porque los videoclubs son, en general y con muy pocas excepciones, cosa de pequeños comerciantes, y el pequeño comerciante, quizá porque es un vecino, porque forma parte esencial del carácter de un barrio -o de una población- es una de mis debilidades. Afortunadamente, los especialistas que más aprecio -el librero y el bodeguero- tienen algo más de futuro, pero tampoco puede decirse que puedan mirarlo con optimismo, al menos en sus planteamientos clásicos, sobre todo el librero, a cuyo funeral comercial y vecinal asistiré entre grandes sollozos… para seguir comprando libros digitales (aún no he empezado en serio y no lo haré hasta que vea claro el patio, en lo tecnológico y en lo «propietario intelectual», pero veo más que evidente que ese será el mar en el que desembocará el río de mi biblioteca personal). El bodeguero, mientras no se invente el vino digital -cosa que, francamente, veo difícil en un futuro a corto o medio plazo- tiene mucho más porvenir, aunque no hace falta que la mercancía se digitalice para que el modelo de negocio se caiga, ojo, que hay por ahí muchísima imaginación deseando ganar pasta.

Cabe, por otra parte, contemplar con comprensión las quejas del sector en declive y la íntima rebelión -generalmente tonta- contra las causas que llevan a esa muerte anunciada: cada cual se duele de sus heridas y se las lame como puede, aunque bien es verdad que es una ley de vida y una ley histórica, y que los oficios y los negocios, incluso los más antiguos, los más tradicionalmente tenidos por imprescindibles, nacen, se expanden y, un buen o mal día, mueren. Su vida es larga o corta, en función de su capacidad de adaptarse a las circunstancias sociales y tecnológicas que lo rodean o, más frecuentemente, según esas circunstancias cambien poco o mucho. Es el caso, precisamente, de los libreros: en pura esencia, no hay la menor diferencia entre una librería de hace cuatrocientos años y una actual; incluso una librería de venta por Internet -«Amazon», por bien conoccido ejemplo- no supone, si lo miramos bien y a distancia, un cambio revolucionario en el modelo de negocio. El cambio revolucionario lo traerá el libro digital porque, aunque la venta por Internet a través de librerías y distribuidoras virtuales -«Amazon», nuevamente- sobrevivirá en un primer momento, pronto se derrumbará el modelo general, en cuanto los autores se percaten de que la figura del editor y del distribuidor ya no son necesarias y de que vendiendo su propia obra directamente ganarán tres veces más aún facturando tres veces menos (lo de tres es un decir: pueden ser cuatro, dos o diez; con el tiempo lo veremos). Y aún así, lo de vender es un decir: el propio autor habrá de confeccionar su propio modelo de negocio porque, según es ya sabido y, por tanto, es también previsible, los contenidos digitales arrasan enseguida con cualquier tipología de negocio basada en la venta de copias: debemos estar preparados para que a la guerra que estamos librando en el ámbito de otros contenidos -la música y la cinematografía, principalmente- se traslade al libro, a la creación escrita, más propiamente, dentro de muy poco, poquísimo. En cuanto los aparatos lectores se abaraten lo suficiente, la expansión del libro digital irá a velocidad sideral.

Pero, volviendo al vídeo, éste ha sido un ámbito de negocio que ha tenido una vida muy corta: nació a finales de los 70 y está ya prácticamente liquidado, apenas habrá vivido treinta años. Y esos treinta años no han sido plácidos en apenas ningún momento, como es normal en un sector basado en dinámicas puramente tecnológicas. Primero, hubo de nadar entre las aguas del VHS y del Betamax, con las dificultades inherentes a gestionar simultáneamente dos soportes distintos (no, esta peli la tengo en beta, pero no en VHS); cuando el soporte tecnológico se estabilizó, hubo de bregar contra la multiplicación de la oferta televisiva que supuso la aparición de los canales autonómicos, primero, y de las televisiones privadas, prácticamente a continuación; posteriormente, los formatos dieron un nuevo vuelco, se pasó de la cinta al DVD, con las correspondientes dificultades durante el tiempo en que convivieron ambos sistemas (no, esta peli la tengo en VHS, pero las de esta distribuidora aún no me llegan en DVD); y cuando se generalizó el soporte digital y ya parecía que iban a ser felices para siempre, la estocada y descabello han sido, final y casi simultáneamente, Internet, los canales de pago vía satélite o vía ADSL y la expansión -aún no completada en toda su extensión geográfica y en todas sus posibilidades tecnológicas- de la televisión digital terrestre, la ya popular TDT. Demasiados cambios en demasiado poco tiempo para un sector cuya profesionalización -en su caso, que también podría discutirse- reside en lo comercial, no en lo tecnológico: precisamente, una de las características negativas que caracteriza al pequeño comerciante y que no me extrañaría que acabara siendo lo determinante para su desaparición, es la carencia de capacidad de innovación, no en la mercancía, no en el material que vende (ese se lo innovan los fabricantes) sino precisamente en lo que determina su supervivencia: el modelo de negocio. Incapaz de competir con grandes superficies -o con otros fenómenos tecnológicos o comerciales ventajosos para el cliente- ha sido incapaz de desarrollar una propuesta específica de valor que pudiera atraer al cliente y eso determnará su triste y lamentable desaparición.

Sin embargo, esta última afirmación, aplicable al comercio en general, lo es mucho menos al sector del vídeo, no porque sus comerciantes estén más preparados para innovar que los de otros sectores -no lo están, en absoluto- sino porque su negocio carece de posibilidad alguna de aportar valor adicional y distinto de otras alternativas. En otras palabras: todo esfuerzo por sobrevivir por parte del sector comercial del vídeo es inútil; acaso algunas ideas (digitalización, venta por Internet, alquiler digital, es decir, el servicio de contenidos en streaming, etc.) puedan prolongar lo que, en definitiva, no será sino una agonía, pero nada que hacer a largo plazo, ni siquiera a medio plazo, por lo mismo que en todos los demás casos: la Red reduce los intermediarios al mínimo y, en no pocas ocasiones, los suprime completamente.

Por todo ello me parece patética -por no decir imbécil- la queja del sector del vídeo acusando a la piratería (por «intercambio en redes P2P») de su postración, agonia e irremediable muerte a plazo verdaderamente muy próximo. Leo un artículo en «Diario de Mallorca» que va por ese lado: una serie de comerciantes mallorquines de videoclub, que lloran la defunción de más de la mitad de los establecimientos y sufren -sufrían hasta hoy, al parecer- por lo que parecía la suerte fatal de los demás, se declaran esperanzados por la aparición en el escenario de la ministra Sinde y, previendo el fin de las descargas -que Santa Lucía les conserve la vista-, celebran la salvación de su negocio gracias al fin de la piratería.

¿He dicho patético? No, ese es el panorama general del sector del videoclub y de su futuro. Pero esto que aparece en el «Diario de Mallorca» sobrepasa la frontera del ridículo. A ver, estos señores: ni su problema son las descargas, ni las descargas van a terminarse, estén dentro o fuera de la legalidad, que esto les quede muy clarito. La situación la resume el final del artículo y la respuesta que le da un usuario de «Menéame», que es de donde he obtenido la referencia: por un lado, un tal señor Massanet, mayorista de la cosa, recuerda con nostalgia los viejos buenos tiempos del VHS; por otro, el usuario de «Menéame» le responde, sarcástico: «Si que es verdad, cómo añoro el VHS, ir el sábado por la tarde, el devolverla rebobinada…».

El videoclub, como el disco, ha quedado fuera de la cultura de los jóvenes. ¿Por culpa de las descargas? Bueno, pues por culpa de las descargas, da igual; pero el caso es que el sistema clásico, ya está fuera de sus parámetros mentales. Y esto es absolutamente irreversible. Ningún joven volverá al videoclub como ningún joven cotejará ya nunca más las lístas de éxitos con sus parcos ahorros a ver si le llega para comprarse el número 2 del ranking, además del número 1. Todo eso se acabó. Aunque consiguieran suprimir las descargas -cosa de la que ya pueden irse olvidando, pero, bueno, vamos a admitirlo como hipótesis de trabajo- nadie va a acudir a modelos comerciales ya muertos.

Si todavía no lo ven ahora, ya se lo enseñará, muy pronto, la realidad.

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