Séptimo harte

De la serie: Correo ordinario

Ayer vi en el telediario del canal autonómico catalán TV3 la promoción, encubierta como noticia, de un documental llamado «Cataluña-Espanya», dirigido por Isona Pasola (absolutamente desconocida para mí hasta ese momento), que se estrena mañana, día de Sant Jordi, patrón de Catalunya (muy oportunamente), como es casi imposible ignorar, dado el despliegue propagandístico de la cuestión. No sin poner de relieve que me parece muy bien encontrada la grafía del título, todo hay que decirlo, me apresuro a declarar que no pienso ir a verla. No pienso ir a verla por mi conocido y sistemático boicot al cine español -y casi prácticamente al otro también- y porque viendo la naturaleza de la producción y de los que hay detrás, casi estoy por decir que me la sé de memoria.

Pero hay un tercer motivo muy encadenado con este último: es que realmente me la sé de memoria. Aunque use la misma expresión, no tiene, en este tercer motivo, el sentido peyorativo que tiene en el segundo: porque a muchos -por no decir la mayoría- de los personajes a los que se entrevista en la película los he leído y oído con anterioridad hablar ampliamente de ese mismo tema y, por tanto, a no ser que hayan mudado opinión -alguno habrá, quizá, porque esto de la política, ya se sabe…- sé lo que piensan y de una manera mucho más amplia y pormenorizada de lo que puedan llegar a manifestar en el documental en cuestión.

Y ahí quería yo llegar, porque el eje de esta entrada no es el documental en concreto sino el cine como vía de exposición de ideas y de contenidos, de comunicación, en definitiva.

El cine es un medio tenido en mucho -yo creo, como se verá, que en demasiado- porque así se ha presentado en su propia potencia. Se ha autoungido en el altar de las artes (en séptimo lugar) y yo creo que es una exageración evidente. En realidad, el cine es un medio (potente, desde luego, como todo lo audiovisual) idóneo para hacer llegar ideas esquemáticas a estructuras mentales poco formadas, a perezosos -asimismo mentales- o a personas poco o nada interesadas en la temática concreta y que sólo buscan entretenimiento, servicio este último en el que sí otorgo al cine un gran valor (siempre que no sea español, claro). Pero poner el cine a la misma altura que la arquitectura o que -¡Dios (en su caso) nos asista!- la literatura me parece una enormidad que sólo ha podido colar, como digo, por la potencia del medio utilizada profusamente a la hora de autopromocionarse a los altares de las musas y también porque permite a unos cuantos zopencos incapaces de leer más de veinte páginas seguidas sin sufrir dolor de cabeza ir por la vida de intelectuales de fuste. Y ha creado incluso su propia mitología como medio, haciendo que muchas veces le otorguemos un poder evocador del que realmente carece. A mí -como a todos- un aroma o un sonido -una canción- nos transportan a un determinado momento grato o ingrato; una película puede recordarnos, a lo sumo, que la tarde en que la vimos lo pasamos bien o que fue el día que nos cayó un ladrillazo cuando pasábamos debajo de un andamio al salir del cine, pero sin llevarnos a esa tarde o a ese día. Una canción jamás me haría llorar en sí misma -mi emotividad no llega a tanto- pero sí podría hacerme llorar evocando un momento duro o emocionante vivido por mí en el pasado; una película, al contrario, sí puede hacerme llorar por su propio contenido -es improbable, pero no imposible- pero no por evocación. Admitir esa posibilidad equivaldría a admitir, por ejemplo (no hay posibilidad material ni circunstancial, afortunadamente), que «El robobo de la jojoya» pudiera emocionarme por evocar el nacimiento de cualquiera de mis hijas. No. Va a ser que no. Y sin embargo, ya ves, el puto «Tractor amarillo» con que nos martillearon un verano ya lejano, me arrebata una sonrisa cada vez que lo oigo, y no por lo que dice la canción, sino por otra cosa que ahora no hace al caso; y parecido efecto me produce -dirigido hacia otra circunstancia- el olor del humo de una combustión de carbón de hulla (y mezclado con el aroma del heno recién cortado, para qué te cuento).

El cine -cuando intenta ponerse serio, del vecino del quinto ya ni hablamos- coge un mensaje complejo, lo simplifica, lo asequibiliza, lo comprime en un par de horas y se lo echa en colores a un señor (o señora, ya se entiende) que se lo traga como la boca de una hormigonera. En la mayoría de los casos, tal como viene; a una minoría -muy escasa- quizá le induce a profundizar sobre el tema para llegar a descubrir que, casi siempre, la película es un fraude por simplificación y, no pocas veces, por pura y torticera manipulación. Generalmente, el vecino del quinto es, por lo menos, honrado: no pretende más que sacarnos la pasta entreteniéndonos, empresa que emprende con éxito desigual, pero ese es otro tema. Quien dé por leído a ConradEl corazón de las tinieblas») porque ha visto «Apocalypse Now», lo lleva claro, el muy asno.

Yo tengo in mente ahora mismo dos películas bastante entretenidas y razonablemente bien realizadas que, en el fondo, constituyen finísimos fraudes. Una es «El nombre de la rosa»; la otra es «Elegidos para la gloria». Vamos a verlas

En «El nombre de la rosa» (en la novela, entendámonos), Umberto Eco hace un guiño y juguetea con Sherlock Holmes envolviendo con un argumento policiaco toda una descripción -a muy mala leche, por cierto- de la situación de la iglesia católica en la etapa del cisma de Avignon, incluyendo con cierta carga de simbología elementos más o menos próximos a la temática de fondo como la Inquisición o la Escolástica. El lector avisado, casi olvidará la trama externa en cuanto haya leído cincuenta o cien páginas y disfrutará como un loco con un diccionario de latín o con un apéndice -obrante en algunas ediciones, no sé si en todas- con la traducción de las innumerables citas evangélicas, bíblicas, de doctrina eclesiástica y de los maestros griegos (Platón, Aristóteles…) realizadas en esa lengua. De todo eso, en la película nada, de nada, de nada. En la película -exquisitamente realizada y bien documentada, hay que reconocerlo-, no se pasa de la novelita de Sherlock. Sólo falta que fray Guillermo de Baskerville (otro guiño canino-doyleano de Eco) exclame: «¡Elemental, querido Adso!»; es más: ahora mismo, no podría jurar que esa frase no consta en el diálogo de la película. El cinéfilo que, tras haber visto la película, ya se crea al cabo de la calle, corre el serio y merecido peligro de hacer el ridículo soberanamente como se tope con quien sí ha leído la novela o, simplemente, con alguien que conozca la historia eclesiástica de la baja Edad Media y de los albores primigenios del Renacimiento.

«Elegidos para la gloria» es un fraude ya en el propio título. La novela original -de Tom Wolfe, para los peliculeros que no se fijan en los títulos de crédito- se titula «The right stuff», perfectamente traducido en las primeras ediciones españolas como «Lo que hay que tener». Pero a algún cretino le debió parecer que, además de políticamente incorrectísimo, ese título era poco apropiado para el éxito cinematográfico, de forma que lo convirtieron en la imbecilidad apuntada. Y lo peor es que la imbecilidad trascendió a las sucesivas ediciones del libro que pasó a titularse igual que la película, quedando lo que hay que tener como un triste subtítulo.

A partir de ahí, cabe decir lo mismo que en el caso anterior: la película está bien producida (unos efectos especiales muy correctos, en una época en que la computación aún no había llegado plenamente al cine y hubo que trabajar a la vieja usanza) y es hasta entretenida, si se quiere. Y, como en la anterior, recoge muy bien la piel, el recubrimiento externo: la historia los siete primeros astronautas norteamericanos, integrados en el programa «Mercury». Pero la película no retrata -ni bien ni mal, simplemente no retrata- todo el fondo de la cuestión, que es la aguda descripción que, so pretexto de los astronautas, hace Tom Wolfe de la sociedad americana tras la guerra que la llevó a lo alto (la mundial) y pocos años antes de la que haría caer su autoestima al fondo de la alcantarilla (la de Vietnam), el victorianismo social imperante durante el mandato de Eisenhower y los inicios del de Kennedy; todo ello aderezado con una caracterización del mundo de los pilotos, de la élite de los pilotos, y de la extensión de su mentalidad por todo el elitismo militar, el inmenso ego con uniforme, que roza lo genial. Si la parte periodística -la historia del programa «Mercury» propiamente dicha, es un magnífico documento síntesis de una laboriosa investigación histórica, los entresijos y, sobre todo, el fondo de la cuestión, el sociograma de la sociedad civil y militar norteamericana del final de los años cincuenta y principios de los sesenta (del siglo pasado, obviamente), así como un estilo literario de lenguaje directo y claro (en el confieso haber bebido lo mío), es para poner en pie al respetable. En la película, las pocas -mínimas- referencias que se hacen a todo ello, son banales y groseras. Yo vi la película después de haber leído el libro y, pese a ser un gran forofo de la aeronáutica, la cosa llegó a aburrirme (después de indignarme: el diálogo de aquellos dos idiotas -que no sé de dónde saca el director, el guionista o quien coño sea- mientras vomitan en la borda del portaaviones, casi estuvo a punto de hacerme levantar de la butaca y salir de la sala; por no hablar de otras inmensas gilipolleces). Alguien -prefiero no recordar quién- quiso hacerme una gracia hace algunos años y me regaló el DVD; anda por casa todavía con el precinto puesto (si no se lo han quitado las chicas, cosa que dudo).

Podría seguir así con muchos más títulos. ¿Quiere alguien que hablemos, por ejemplo, de «Valor de Ley»? Su pobre novela original -tampoco va más allá, eso que quede claro- ni siquiera tiene una entrada en la Wikipedia (sí, en cambio, la película, manda huevos trilleros). Y como fuéramos a películas aún menores basadas en novelitas de segunda división o en best sellers… ¡bueno!

O sea que no, no iría a ver «Cataluña-Espanya» aunque sólo fuera por el tercer motivo: he leído a casi todos los que intervienen y conozco en toda su extensión sus opiniones, sus razones y sus aspiraciones.

¡Séptimo arte! Que lo subvencionen, si no es posible evitarlo, pero que no me hagan reir, hombre…

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Recuerda seleccionar tus artículos favoritos de «El Incordio» para el libro del 5º aniversario

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Comentarios

  • Rogelio Carballo  On 22/04/2009 at .

    No puedo más que decir que estando completamente de acuerdo con el total del post, y sufriendo como Arquitecto esa banalización de la cultura que nos equipara con los culturetas de marras, debo decirle que conozco la excepción que confirma la regla. El libro de Michael Ondaatje de El Paciente Inglés es un aburrimiento supino, plano, insufrible y propio para dormir mamuts. Y se puede resumir a un período temporal capaz de meterse en el cine sin dejar ningún dato significativo detrás. En cambio, la película del finado Anthony Minghella, amigo, eso es caviar fino. Emocionante, convincente, llena de sutilezas morales… parece mentira que de un texto tan plano se pudiera hacer una película tan compleja… Pero es el único caso que conozco, la excepción, digo.

    Tomamos nota de la selección de artículos. Algo se nos ocurrirá, sin duda.

  • Jorge Delgado  On 24/04/2009 at .

    Puede que en algún momento de la (pre)historia del cine sí que fuera propiamente un “arte” (con reservas), cosa que no es hoy en día en absoluto, en que ese “arte” se ha convertido en un puro entretenimiento con derroche de efectos especiales.
    Yo he tenido la desdicha o la fortuna (según como se mire), de ver la película primero y leer el libro después con 2 casos claros de barbaridad cometida por la primera con el segundo.
    Uno es el ya citado “El nombre de la Rosa”, en que la película se queda sólo con el caso policíaco medieval (con una mentira final muy gorda con respecto al libro), no vaya a ser que se disguste la Iglesia si tiramos un poquito de la manta histórica.
    Otro es “La historia interminable”, en que la película es sólo la mitad del libro y, probablemente, no la mejor parte.
    Todavía no hay ninguna película de la que no haya afirmado “me gustó más el libro”.
    Así que, estoy totalmente de acuerdo en que eso de “arte” es una patraña como una casa.

    P.D.: A mí también me han regalado libros, pero de cocina, que para los “normales” soy muy especial…

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