Monthly Archives: mayo 2009

Llamad a la buaambulancia

De la serie: Pequeños bocaditos

Un día de primeros de septiembre de 1993 -pronto hará, pues, dieciséis años- metí a mi hjia mayor, entonces única, con un añito de edad, en una especie de sillita-mochila que cargué a hombros y la llevé a la guardería. Era nuestro primer día: el suyo, en el que inauguraba una dinámica de trabajo y rutina que se prolongará hasta el día de su jubilación; el mío, en el que inauguraba también una de mis tareas domésticas, la de llevar cada día a la niña -después fueron niñas, en plural, dos- al colegio. Hoy, como todos los días, he llevado a mi hija pequeña al colegio en autobús, también como todos los días, y el trayecto ha transcurrido normalmente… como todos los días: hemos jugado a cazar (contar) perros, deporte en el que ella, como todos los días, es absolutamente imbatible, me ha ido explicando sus batallitas en clase, como todos los días, hemos bajado del autobús, nos hemos dado un beso, le he deseado un buen día y ella ha entrado en la escuela. Como todos los días. Como todos los días… hasta hoy.

El próximo martes empiezo la jornada intensiva y a ella la llevará mi mujer al cole en coche, y allí permanecerá en el servicio de guardería (así le llaman) hasta las nueve de la mañana. El próximo curso empieza la ESO y es ella la que cambia los horarios, por lo que irá al cole, alternativamente, con su madre o con su hermana, hasta que la próxima primavera -según prevemos- en que recibirá una copia de las llaves de casa y un móvil y empezará a ir sola.

Hoy, pues, culmina otro pequeño gran hito de mi vida familiar. Recordaba ayer con mis compañeras de trabajo que primero fue cuando la casa dejó de oler a bebé; pocos y breves años después, dejó de oler a niña; se fueron terminando preescolares, primarias e incluso ha caído ya una ESO entera; el año próximo, si no se tuerce nada, habrá caído también un Bachillerato, del mismo modo que dentro de menos de un mes habrá terminado también la última primaria.

Es verdad que cuando se camina hacia adelante no puede uno ir lamentando el metro o el kilómetro que dejó atrás; al contrario: todo ese sendero recorrido -y recorrido felizmente- es motivo de orgullo y de satisfacción. Pero… ¿qué queréis? Soy un sentimental, al menos cuando no pienso en la $GAE. Y por más que hablemos de caminos, de kilómetros de orgullo y de satisfacción, no puedo evitar cierta melancolía.

Un poco en la línea de aquel discurso inolvidable de Casimiro Barcala en La casa de la Troya, cuando rechazaba la alegría de la celebración del fin de carrera y concluía con aquel párrafo casi dramático: «Yo ruego a la diosa voluble y arbitraria que preside los destinos de los hombres, que vuelque sobre todos nosotros los dones de su favor… Pero, por mucho que quiera protegernos, nunca nos dará tanto como hemos tenido; como perdemos ahora. Podrá colocarnos en las que la imbecilidad o cortedad de vista de las gentes llama cumbres; pero nunca volverá a ponernos tan alto como hemos estado, porque nunca más, ¡ay, amigos!, seremos estudiantes…».

Lo cierto es que aunque esporádica o aisladamente vuelva a acompañar a mi hija algún día al colegio -como también hago eventualmente con la mayor-, esa ya no será la tarea habitual con la que inicio cada día.

Porque nunca más ¡ay amigos!, volveré a llevar a mis hijas al cole.

Corrupciones y mandangas

De la serie: Los jueves, paella

La noticia cumbre de estos días, más allá de gripes militares (o de militares con gripe: es que pierde ya uno el oremus cuando la carraca mediática convierte cualquier tema en un sonsonete cansino y deprimente por aburrido) es la admisión a trámite de una querella contra el juez Garzón por un presunto delito de prevaricación debido, según los querellantes, a haber mangoneado indebidamente y a sabiendas -a sabiendas de lo indebido- en crímenes cometidos durante el franquismo.

He hablado de este tema ya unas cuantas veces y casi parece recurrente, pero es que el asunto de los jueces genera tensiones constantemente y los ciudadanos estamos ya hartos de muchas cosas y esta, según sospecho, es una de ellas.

Es lamentable que las cosas hayan llegado hasta ese extremo: la verdad es que no parece, como mínimo, adecuado que una simple cuestión de competencia jurisdiccional que, además, ya fue resuelta en la instancia correspondiente, se convierta en materia de un juicio penal. Es muy lamentable, insisto, pero hay cosas que parecen predestinadas a terminar así, porque cuando se les ríen las gracias a los que cometen despropósitos amparados en las puñetas, el despropósito causa un efecto de bola de nieve y a toda acción corresponde una reacción de la misma intensidad, es decir, que otros optan también por la vía del despropósito en sentido contrario.

El asunto de los jueces starlett -lo dije ya hace unos días- es algo propio de este país. Decía, no muchas paellas atrás, que en otros países -europeos, cultos, civilizados- puede suceder también, pero de manera ocasional, no como un verdadero fenómeno. Y sin duda -aunque tarde y, por tanto, ya mal- creo que no va a a quedar más remedio que regular normativamente la cuestión para acabar con el fenómeno. Lo cual es una lástima, porque lo bonito sería que la propia ética y la propia autorregulación del estamento judicial hubieran eliminado o por lo menos limtado el fenómeno.

Ahora se habla de limitar la competencia universal de la jurisdicción española mediante un acuerdo -que parece que es ya cosa hecha- entre PP y PSOE. Bueno, no está mal, sobre todo después de que algunos jueces se hayan dedicado a segar la hierba bajo los pies de nuestra diplomacia y de nuestra política internacional. La pena es que, stricto sensu, esa competencia universal en determinadas materias delictivas es muy saludable; dejando aparte los brindis mediáticos al sol con que aprovechó la cosa, lo cierto es que fue una gran cosa obligar al gobierno inglés a que se detuviera a Pinochet y, ya que la cosa no pudo pasar a mayores, fue por lo menos divertido ver al tío en Gran Bretaña contemplando cagado de miedo los dimes y diretes de una extradición a España en plan ahora sí, ahora no (que, desgraciadamente, acabó en no, como es sabido). Claro que también es una lástima que nuestros ilustres jueces prima donna sólo vayan en pos de criminales de los que dan lugar a una buena foto y se dejen por el camino a criminales de menor cuantía mediática y, así, importantes malas bestias de implantación africana -pongo por caso- se pasean por nuestros pagos sin peligro de que una toga justiciera les eche el guante.

En su momento -ahora quizá sea ya tarde, aunque quién sabe- se debió poner coto legal al estrellato judicial, sometiendo al gremio a limitaciones similares, en materia mediática, que las que afectan a los militares. Incluso en lo que respecta a las limitaciones políticas. Recuerdo con horror cívico cómo Garzón pudo reintegrarse a la magistratura, así, con dos cojones, después de haber ocupado cargos de responsabilidad política a la sombra de un partido concreto. Siempre me he preguntado, aún boquiabierto, cómo un juez puede hacer lo que no se le permite a un militar; el militar que toca la política queda relegado a divinis a la reserva, es decir, a la práctica jubilación, se le acabó el uniforme salvo para llevarlo en bodas, bautizos y comuniones.

La limitación de la competencia universal de la jurisdicción española, presuntamente acordada ya por PP y PSOE podrá acabar -parcialmente, no del todo- con las oportunidades de foto de muchos jueces pero con la triste contrapartida de que otros jueces, serios, rigurosos, sin ganas de fotos, verán ante sí una barrera que les impedirá impartir justicia e, inherentemente, dignidad.

Esta es la obra de Garzón, más allá de dudosas prevaricaciones.

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Estamos como queremos, claro que sí. Al PP le crecen los enanos, bueno, los corruptos, que aparecen como hongos en otoño; pero para que la plasta no sea monopartidista, al PSOE, de cuando en cuando, le detienen a algún alcalde o ex-alcalde de aquí o de allá, pillado in fraganti con la zarpa en el cajón de los dineros. En todas estas tramas corruptas hay un factor común casi general: se desarrollan en el ámbito de las administraciones locales.

Tenemos un problema muy grave en este país con la administración local (aunque no me atrevo a decir que sea exclusivo de este país porque desconozco lo que pasa en los otros). Supongo que es inevitable dada la poca profesionalización de los ediles en la mayoría de los pueblos españoles. Porque no todo es corrupción económica: esta se produce básicamente en municipios medianos y presupuestariamente creciditos, gobernados por verdaderos pringados que más que de partidos parecen salidos de verdaderas mafias al más puro estilo ruso postsoviético: no hay más que echarle un vistazo al mapa de la corrupción local. Pero existe también -y muy extendida, más aún que la otra- la corrupción que yo llamaría ejecutiva, es decir, la del medio analfabeto que accede a la alcaldía y, una vez instalado en la poltronilla, se cree por encima de toda ley y se pone a hacer lo que le da la gana, instalando en la población un cortijo particular que gobierna con puño de hierro mediante un verdadero régimen del terror, pese a los esfuerzos de secretarios-interventores que poco pueden hacer ante la arbitrariedad y la brutalidad administrativa del alcalde. Evidentemente, esas dictaduras del destripaterronado no tardan en convertirse también en focos de corrupción económica en cuanto se descubre el valor económico que se deduce de la recalificación del suelo.

Y así, entre corruptos económicos y dictadorzuelos desertores del arado, las costas españolas están arrasadas, muchos ecosistemas interiores están hechos polvo y las travesías de muchos pueblos son verdaderos cul de sac porque el jodido alcalde del lugar ha colocado seis semáforos en quinientos metros solamente para que dos veces al día cruce el Emerenciano con los machos y los aperos.

En España vivimos bajo el sagrado principio de la autonomía municipal. Fue sagrado incluso en tiempos de Franco, y con esto casi está todo dicho. Y eso no es intrínsecamente perverso: precisamente la democracia adquiere su máximo valor cuando el pequeño tamaño de una comunidad permite que la acción política pueda ser fiscalizada por el ciudadano con gran eficacia al disponer fácilmente de la mayoría de los datos necesarios. A los ciudadanos de las grandes ciudades, este control se nos escapa porque no podemos, materialmente, acceder a muchísima información, la cual nos llega filtrada y distorsionada por una legión de políticos; en los pequeños e incluso medianos municipios esto no es tan fácil y, frecuentemente, es imposible. Aquello de aquí se sabe todo es real como la vida misma de diez mil habitantes para abajo.

Pero todo el control que supone esa información se derrumba ante el miedo a ejercerlo. Y el miedo tiene la ventaja, para quien lo infunde, de que se autoalimenta: basta darle el primer empujoncito y después ya funciona solo. Por eso es fácil y frecuente encontrar a colectivos enteros presas del terror y, sin embargo, al tomar distancia, ver claramente que no hay motivos objetivos para sufrirlo. Esto lo he constatado palmariamente en la función pública. Las raras veces que se plantea una reivindicación -y no digamos una huelga-, los interinos -el contrato basura más clásico en las administraciones públicas- son los primeros ya no en echarse atrás sino en no dar el paso. Van muertos de miedo. Y, sin embargo, jamás se le ha rescindido un contrato a un interino por ejercer en condiciones normales sus derechos laborales; y diré más: jamás (al menos que yo haya visto y no he sido delegado sindical toda mi vida) se le ha insinuado por parte de un superior a un interino que el ejercicio de sus derechos podría pararle algún perjuicio. Si así hubiese sido, juro por mis hijas que ese superior hubiera ido a parar al banquillo a poco que yo hubiera podido probar ese delito contra la libertad en el trabajo. Los interinos no tienen, pues, ninguna razón objetiva para tener miedo. Pero lo tienen, y extremo.

Más en el ámbito de esta entradilla, recuerdo años atrás cuando, con ocasión de haberse constituido una cierta entidad urbanística de conservación, estábamos ante un supuesto de corrupción ejecutiva en el sentido antedicho; no creo que llegara a ser económica, pero sí que había allí dos o tres que creían que podían hacer de su capa un sayo sólo porque les daba la real gana. Yo, en la representación de intereses familiares, me enfrenté a ellos y, salvo algún numerito ibseniano tipo enemigo del pueblo en versión boina y botijo, no sufrí la menor consecuencia. Sin embargo, estaba completamente solo en esa especie de oposición. Pero lo más llamativo es que muchísimas veces (¡muchísimas!) a la salida de aquellas asambleas (a veces auténticamente demenciales) se me acercaban -muy discretamente- varios vecinos a darme ánimos. Muy bien, Cuchí, dales caña a esos. Y cuando yo les decía que, hombre, ya podían echarme una mano ahí dentro, que todos mis esfuerzos se diluían por estar más solo que la una me respondían: «Es que nosotros… claro… compréndelo, nosotros vivimos aquí». Tenían miedo. ¿Por qué? ¿De qué? Misterio. Ellos mismos se habían fabricado sus propios fantasmas y ellos mismos se acurrucaban en sus rincones locos de pánico ante sus ficticios ectoplasmas.

Esta presión, esta especie de mobbing tan automático y tan sencillo de poner en marcha, es el que me hace pensar que la autonomía municipal debiera restringirse un tanto -quizá no poco- y que, en muchos aspectos, los ayuntamientos -sobre todo los ayuntamientos medianos y pequeños- debieran estar bajo tutela de organismos administrativos o judiciales o de control que estuvieran muy por encima y mucho más allá de la capacidad de represalia o de influencia de los gobiernos locales y que fueran de fácil acceso para el ciudadano individual.

Es la única manera de arreglar ese cenagal.

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Le echan en cara a Zap el hecho de que el otro día se fue a dar un mitín a no sé dónde utilizando para ello un avión oficial del Ministerio de Defensa (imagino que sería uno de los Mystère que existen precisamente a este efecto).

Mis seguidores ya conocen las grandes simpatías que me inspira el gran hombre, pero la verdad es que en este caso sus opositores -los de los enanos que crecen, según decía en elepígrafe anterior- harían mejor en depilarse los sobacos en vez de buscar pelillos en oreja ajena. Entre otras cosas porque Aznar también hizo lo propio con este asunto del tráfico aéreo oficial.

Y es que es natural, por más que a los ciudadanos de autobús diario nos siente como un tiro. Cada vez que se mueve un tío de estos, aunque sea para irse de merienda al campo, tiene que moverse un dispositivo de seguridad y de comunicaciones tremendo; sobre todo -me da la impresión- cuando salen fuera de su base habtual. Por ejemplo, me figuro que en Madrid, ciertas infraestructuras de comunicaciones y de seguridad deben ser fijas o de algún otro modo estables, de manera que personajes como el vigente monarca, Zap, los ministros y tal, dentro de lo inevitable del meneo de coches escolta y demás, deben moverse sin demasiadas alharacas ni movidas o, de lo contrario, los madrileños vivirían en vilo todo el día. Sin embargo, las tres o cuatro veces que me he topado con el Rey circulando por Barcelona -y algunas de ellas en visita privada- ha sido en medio de un rebomborio absolutamente acojonante de coches de escolta (un montón de ellos), centenares de guardias de todo pelaje y uniforme, y hasta helicópteros policiales.

Zap, aunque no nos guste y aunque carezca de condiciones intelectuales para ello, es el presidente del Gobierno y eso implica necesariamente un dispositivo de seguridad y no menos necesariamente implica que debe tener contacto urgente e incluso virtualmente inmediato con las altas instituciones del Estado, con el mando militar, con la red diplomática, etc. Y eso es así tanto si está en visita oficial, como si está de vacaciones, o se va a dar un mitin o, en fin, a mear.

A muchos presidentes del Gobierno -casi todos ellos lo han confesado en diversas entrevistas- les gustaría vivir en un pisito (o en un pisazo, pero eso, en un apartamento con su escalerita, sus buzoncitos, sus vecinitos, etc.) e ir a la Moncloa cada mañana a las ocho o las nueve, como cualquier ciudadano normal. Personalmente, tiendo a creérmelo, es perfectamente posible que realmente piensen así porque, seguramente, yo pensaría igual. Pero es, obviamente, imposible: no pueden quedar desconectados ni privados de elementos de seguridad, lo que obligaría, si se empeñan en lo del pisito, a que el complejo inherente ocupase el resto del inmueble.

Si Zap tiene que ir a un mitin, por más que no sea una tarea de gobierno sino de partido, no es predicable que tenga que tomar un avión de línea aérea como un españolito más, con su billetito, con su cola para facturar y con su bronca con el segurata por un quítame de allá el botellín de agua mineral o un quítate esos zapatos porque me sale de los cataplines. Aun si lo intentara, el séquito y el instrumental necesario obligarían, seguramente, a ocupar medio avión. No es operativo.

Me irrita en cambio que alguien haga oposición sobre esas gilipolleces, porque eso es tomarnos a los españoles por imbéciles. Como decía al principio del tercer párrafo de la entradilla, sí que tendemos en un primer e irreflexivo momento a irritarnos ante el privilegio aparentemente arbitrario, pero basta simplemente medio minuto de meditación para comprender que las molestias a los ciudadanos y los gastos que supondría la pretensión del falso igualitarismo, serían mucho mayores que si se utilizaran, como se utilizaron, los medios de que el Estado dispone precisa y justamente -y no caprichosamente- para estas cosas.

El avión de Zap camino del mitín no es ni lejanamente suficiente para cubrir la factura del sastre.

Búsquese otra cosa más convincente.

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Pues, queridos lectores, mis bravos todos -incluso los desconocidos, que desde lo del domingo pasado en Madrid ya sois unos cuantos menos-, con esta paella liquidamos las del mes de mayo y dejamos de ir con flores a porfía. La próxima será el 4 de junio y verémos que nos depara el gallinero de aquí a entonces.

Sed buenos y seguid en línea, que «El Incordio» continúa aquí en misión de tabarra constante, que es lo que le da vidilla.

Ahora le toca al libro

De la serie: Correo ordinario

Se está hablando mucho estos días del libro digital. Mucho y, en ocasiones, mal, como la ministra [dicen que] de Cultura que consideró asustante (sic) la posibilidad de que los libros circulen por Internet. Habló mal por las dos razones: por la morfología del supuesto y cazurro adverbio y por el mensaje que emitía. En fin, que santa Lucía le conserve… bueno, ya no sé qué cabe conservarle a esta mujer. Aparte de la pasta que levanta en subvenciones, claro.

El sector editorial parece que ya ha asumido que el libro digital es algo inminente y permanente, o todo lo permanente que quepa hablar de una tecnología; y parece que ha tomado buena nota de lo que le ha ocurrido al sector de la música y de la cinematografía. Y, en fin, aunque el reflejo apropiacionista sigue ahí y aunque las circunstancias del sector del libro son muy parecidas al de la música -con algunos matices de los que luego hablaremos-, parece que van a intentar rehuir la estupidez de declararle la guerra a su clientela y preparan modelos de negocio eficientes que sean capaces de superar con éxito la circulación masiva de contenidos en redes P2P. Y si así lo hicieren, les deseo mucho éxito. La verdad es que, aunque en el ámbito empresarial el mundo editorial está tan lleno de cantamañanas -vamos a usar un apelativo amable- como el mundo cinematográfico o el de las discográficas, lo cierto es que a eso de los libros le tengo una cierta reverencia y no me gustaría tener que dedicarle al sector los mismos cariñitos que he dedicado a los otros dos. Por lo menos, sistemáticamente: seguro que la banda correspondiente me obligará un día u otro a decir cosas feas, pero espero que sea una necesidad esporádica. Aunque ganas ya me entran viendo que la Feria del Libro de Madrid prohíbe en su reglamento la presencia del libro electrónico.

Van a tener que trabajar mucho en el laboratorio porque lo tienen aún más complicado que los otros. La cantidad de material libre que hay ya de partida es, sencillamente, brutal: todo lo que ha escrito la gente desde los albores de la Humanidad hasta lo de los autores que se murieron hace setenta años, está ahí a libre disposición, y eso ya está en la red ahora mismo; tanto es así, que los aparatos lectores de libros-e (a ver si no suena mejor así que lo de «e-books») ya suelen venderse con centenares de obras ya almacenadas (libres de derechos peseteros de autor, claro está). Y eso no va a ser todo, claro: la web genera dinámicas por sí misma y el libro digital va a ser muy prolífico.

Pensemos, por ejemplo, que la música necesita de ciertos conocimientos para su creación y que requiere de cierto instrumental para su ejecución, procesamiento y empaquetamiento. Es verdad que la tecnología ha facilitado, simplificado y abaratado muchísimo este proceso, pero sigue teniendo un cierto coste que, sumado a la necesidad de estos conocimientos -aunque se puede componer de oídas, la buena música sólo nace, en general, de una buena formación académica- lo que hace que este campo de la creación tenga unos límites muy determinados. Lo mismo se puede decir del cine, pero corregido y aumentado: se necesitan conocimientos -algunos de ellos, técnicos: la fotografía, por ejemplo-, se necesita una cierta inversión -quizá ya algo importante y eso en mínimos- y, además, una película, por simple que sea, requiere la formación de un equipo. Los límites, aquí, delimitan un campo ya mucho más estrecho. Y, con todo, hay una gran cantidad de música libre (entendiendo por tal la que puede copiarse y distribuirse libremente quizá con alguna restricción en lo que se refiere al ánimo de lucro o a sus obras derivadas) que empieza a crear repositorios verdaderamente importantes (Jamendo, por ejemplo, alcanzaba los veinte mil álbumes hace pocos días) y está empezando a haber, aunque incipiente, algo de obra cinematográfica también libre en parecidos términos. Y, en ambos casos, profesional, es decir que los autores pretenden -y parece que van consiguiendo- ganarse la vida con este modelo de negocio.

Pues bien: la obra escrita no requiere apenas medios (un ordenador y cualquier software, por sencillo que sea: un simple editor de texto plano es suficiente), no requiere formación especializada (cualquiera puede escribir razonablemente bien con su formación de base, digamos que con un nivel de Bachillerato de los de antes), ni, por supuesto inversión material. Y la red va a permitir vectorizar de una manera eficientísima esa obra: como sea mínimamente buena, el simple efecto red, el simple boca-a-boca entre internautas, puede lograr cifras enormes de lectores sin necesidad de utilizar técnicas de divulgación en red (por otro lado muy legítimas, en su mayoría, y muy fáciles de ejecutar).

Esta es la gran competencia que va a tener el mundo editorial y no sé si lo tienen en cuenta. Las empresas temen los efectos de la copia privada de sus fondos a través de redes P2P pero tengo para mí que la red puede crear sus propios escritores de élite, sus propias obras de culto, y que esa puede ser una competencia tremenda que les fastidie muchísimas ventas. A todos nos gusta leer autores consagrados: el tiempo es un bien escaso y afrontar todo un libro (un artículo sería otra cosa) de un perfecto desconocido se hace cuesta arriba, reconozcámoslo. Ahí está el nicho que le llaman, de las editoriales: fabricar autores superventas -como el botarate este del código Da Vinci- de los que compra, sobre todo, la gente que no lee casi nunca. Pero en red, el boca-a-boca puede ser devastador: si cualquiera de los lectores de mi bitácora me recomienda un libro, pongo por caso, ese libro es automáticamente descargado y puesto en lista de espera; pero es que, además, si el libro lo recomienda el autor de una de mis bitácoras de referencia -y son más de una docena- va a seguir el mismo camino. Esto puede crear microcosmos de autores y puede cambiar muchos habitos de lectores consolidados (los que no leen nunca y compran cualquier cosa seguirán en los canales tradicionales.

Pero el ámbito editorial convencional también tiene -y son mayoría- excelentes autores. El problema del mundo editorial no está en los superventas -en definitiva, no es obligatorio comprarlos- ni en los buenos autores que mayoritariamente no son superventas; el problema del mundo editorial está en los autores que no tiene, al haberlos rechazado por motivos diversos: un cretino a cargo de la selección, política editorial, carril político, cuestiones ideológicas, etc. Éstos encontrarán en la red su proyección ideal.

Por otra parte, es cuestión también de ver los precios. Si las editoriales creen que van a salir adelante en el mismo plan de las discográficas, la cagarán seguro. El plan de las discográficas es vender al mismo precio toda la música. Así, si un disco con quince o dieciocho canciones se vende a 18 euros en un establecimiento clásico en formato CD, lo están vendiendo en red a 1 euro por canción, es decir, al mismo precio, pero con la particularidad de que no aportan soporte físico y que la calidad del archivo que contiene la canción es muy inferior (formato comprimido MP3). Las editoriales podrían caer en idéntica tentación y ponerse a vender a 15 euros un libro digital cuya edición en papel cuesta 20: si fuera así, les auguro un desastre total y la irrupción masiva de su fondo en redes P2P. El mismo augurio que les dedico si empiezan a marranear con DRM e inventos similares que, además y como se supone que ya deberían saber, más a la corta que a la larga no sirven para otra cosa que para causar molestias precisamente al cliente, al que les compra.

Por lo demás, tal como prevén las editoriales, el libro digital es inminente y antes de tres años, es decir, tan pronto como su precio sea asequible, será un adminículo de uso común. Porque, además, sus posibilidades adicionales (suscripciones a prensa, uso como navegador de Internet, bloc de notas para contener desde notas propiamente hasta informes o incluso libros escritos por su propietario) llevarán el cacharrito mucho más allá de los lectores habituales de libros.

Sólo queda, pues, esperar a ver qué dinámicas comerciales genera, qué tipologías culturales van a ver la luz, cómo van a cambiar los hábitos lectores, qué usos sociales se derivarán y todo el largo etcétera que, conteniendo también algunos inconvenientes, suele depararnos la tecnología.

La realidad, como siempre, superará a la imaginación más desbordada.

Riéndose de la Justicia

De la serie: Pequeños bocaditos

Lo cuenta David Bravo, y sin hacer chistes. ¿Para qué? La escena, toda ella, es un chiste. Escenario: la sala donde se celebra la vista de la demanda que los apropiacionistas -vamos a ser delicados y llamarles así- han interpuesto contra Pablo Soto. Acción: el abogado de los demandantes va preguntando -no sé con qué finalidad procesal- a sus patrocinados, uno por uno, si conocen una página de Internet llamada Jamendo; los interrogados lo niegan redondamente; incluso alguno se permite alguna gracia. David no indica que el juez reaccionara en ningún sentido.

Hace unos pocos años, con ocasión de comparecer como testigo de parte -delegado sindical que, además, observó los hechos personalmente- en un juicio en Magistratura, el letrado de la empresa me preguntó algo sobre Comisiones Obreras; yo, sabiendo que el tío era un conspicuo derechista -probablemente militante del PP- le respondí coñón: «Perdón… ¿ha dicho usted ce-ce-o-o? Es que no le he entendido bien». Todavía me retruenan los oídos recordando los dos minutos de reloj -y se hacen muy largos, dos minutos de reloj- que duró la bronca que me arreó Su Señoría. Una Señoría -con la venia y todos los respetos a la sala- guapísima, por cierto (pero si le llego a decir lo guapa que está cuando se enfada, reinstauran la pena de muerte sólo para descuartizarme entre cuatro caballos). Y, después de todo, yo sólo me choteé -casi inocentemente- de un letrado; bueno, sí, ya lo sé: el letrado forma parte de la sala. Mea culpa. Y aún salí bien librado. Si la juez hubiera tenido poco sentido del humor, me hubiera podido meter un puro mucho más doloroso.

Pero no creo que, pese a la clara, patente y evidente mofa y befa que han hecho estos tíos, tal como lo cuenta David, de la propia sala, no de un letrado, sino de toda la sala constituida en audiencia -supongo- pública, les haya caído ni siquiera una mala cara.

Y es que aún hay clases. Como todos sabemos bien.

Ayer fue en Madrid

De la serie: Correo ordinario

Bueno pues sí, tal como estaba previsto, ayer estuve en Madrid con mis compañeros de la Asociación de Internautas y con muchísimos otros que, no menos compañeros, no pertenecen a la AI. Y ni falta que hace. Sería bueno que pertenecieran a ella, pero no es lo más importante: cuando se va en el mismo tren da igual qué asiento se ocupe.

¿Cifras de asistencia? No me voy a meter en esas guerras tontas. Simplemente, la pura y constatable realidad: la plaza estaba llena como un huevo. Ni se cumplieron nuestros sueños febriles (miles y más miles de personas atestando lo que suele llamarse calles adyacentes) ni las pesadillas causantes de nuestros insomnios en estas últimas semanas (el pasotismo total ante la convocatoria): simplemente hubo -que no fue poco- lo que racionalmente estaba previsto que hubiera. Aquí tenéis crónicas y reportajes gráficos diversos. Obtened vuestras propias conclusiones.

Ahora mis impresiones. Mías, personales, independientes e intransferibles. No es una crónica: ya os he puesto un enlace a varias de ellas.

En primer lugar, y esto es importante, se ha roto una tendencia. Se daba siempre y sistemáticamente por sentado que era imposible lograr que los internautas bajáramos a la calle. Bueno, pues no. No es imposible: cuando menos, no lo es sistemáticamente. Ayer quedó demostrado. Lo que hace falta es que haya motivación para ello y parece que va habiéndola y eso no es del todo mérito nuestro, de la AI; en la AI nos limitamos a convocar y a organizar, poniendo nuestro empeño en hacerlo todo lo mejor que hemos sabido. El mérito es del enemigo: el mérito es del apropiacionismo, el mérito es de los liberticidas, el mérito es de unos políticos entregados a los bajos intereses de minorías privilegiadas. De ellos es verdaderamente el mérito porque son ellos los que van haciendo que aumente a cada día que pasa, a cada despropósito que cometen, a cada liberticidio que intentan, a cada abominación que practican, la ira de los ciudadanos. A partir de ahora, ya no estarán tranquilos en ningún lugar de la geografía española (ni, a poco que podamos, europea): el maleficio se ha roto y el próximo objetivo no es que haya agua en el cauce sino desbordarlo. A partir de ahora tiene que haber convocatorias en todas las ciudades, en todos los momentos y por todos los motivos (desgraciadamente, hay muchísimos). Y si ayer llenamos una pequeña placita madrileña, ya tenemos vía libre para conseguir (no nosotros, no la AI, sino todos) que en un año, en dos a lo sumo, las riadas sean apabullantes y constantes.

En segundo lugar, una triste constatación: la media de edad de la gente que estaba ayer en la plaza del Rey era alta. No es que no hubiera jóvenes: los había, como también había personas mayores, pero predominaba ampliamente la generación de los que teníamos entre diecimuchos y veintitantos años cuando cascó Paco El Invicto; los jóvenes de la transición, como muchos dirían, con cierta propiedad. Y ello me lleva a preguntarme: ¿qué han hecho con nuestra juventud? ¿En qué han convertido a nuestros jóvenes de hoy los jóvenes de la oposición antifranquista, los hermanos mayores de los de la transición? ¿En qué se convirtieron ellos cuando tomaron el poder? Desactivaron la Universidad -a cuyos pechos se habían criado ellos… Bueno, claro, habían conocido la potencia de una generación universitaria rebelde y se aplicaron a no acabar viéndose obligados a beber de su propia medicina… como de buen seguro hoy beberían amargamente. Coparon las cátedras, coparon la cultura (ahí los tienes hoy, apretaditos en la $GAE y en esas tristes y cutres academias estrambóticas de presuntas reminiscencias hoolliwodienses en versión Villacagarro), coparon la judicatura, coparon, claro, el gobierno y, simplemente, convirtieron la democracia en un patético sucedáneo de formas huecas. Una vez les aprovechó a ellos, los que vengan detrás que arreen y que les den por el culo.

Por si la lucha contra el apropiacionismo y contra los liberticidas no fuese lo suficientemente dura, tendremos que añadir también, sobre ella y en ella, la lucha contra la abulia juvenil. Han reducido a nuestros jóvenes a simples masas de consumidores, a planos apetentes de coche y pisito como máximo logro en esta vida; han dejado a nuestros jóvenes sin causa, los han convencido de que fuera del Sistema no hay futuro y lo único que les ha salido mal es que esa filosofía ha llevado a los chavales a la descarga masiva por simple bulimia consumista, sin la menor consciencia del ejercicio de un derecho. Evidentemente, uno no defiende aquello que no es consciente de poseer, en eso los han vencido y nos han vencido a todos. Por eso es necesario que trabajemos más ese ámbito.

Y, por lo demás, en el plano personal, un gran cúmulo de pequeñas -y no tan pequeñas- satisfacciones. Por ejemplo, he podido conocer personalmente, dar la mano, una palmada en la espalda, a unos cuantos de mis bravos, de mis lectores habituales ya conocidos. Y lo que es más grande: he conocido a cantidad de lectores de cuya existencia no tenía constancia. Un buen puñado de personas a las que no conocía, vinieron a saludarme presentándose como lectores habituales -y satisfechísimos- de «El Incordio». ¡Ah! Cosas como estas dan años de vida. No a mí (bueno, espero que a mí también) sino a la bitácora. Y ya que hablo de esto, quisiera pedirles perdón si a algunos les he parecido quizá algo hosco o seco: no era endiosamiento, era, por una parte, sorpresa y, por la otra, que estaba pendiente de los preparativos del acto a los que estaba contribuyendo (llegué a Madrid a las diez menos cuarto de la mañana, después de haber tomado el AVE a las siete… habiéndome acostado -también por razones de servicio, pero en otro ámbito- bien pasada la una de la madrugada; dejo a vuestra imaginación y cálculo las horas que dormí esa noche).

Comida con los compañeros y amigos y, prácticamente a continuación, AVE de vuelta a casa. Me acosté cansado como un burro, pero feliz. La convocatoria del domingo había sido una apuesta de altísimo riesgo y nos habíamos desenvuelto de primera.

Ya lo anunció Víctor: habrá más. Ahora que sabemos que se puede, entendemos que se debe. Hemos ocupado la red. Ahora tenemos que ocupar las calles y tenemos que trabajar todos sobre ello. Todos. Los que somos de la Asociación de Internautas y los que no sois de la Asociación de Internautas. En esta cuestión no importa qué carnet lleve cada cual en el bolsillo. ¡Oh, perdón! Sí, hay un carnet que sí importa y mucho. El carnet de identidad. El que implícitamente nos identifica como ciudadanos de un país libre.

Tenemos que luchar -y muy duro- para que siga siéndolo.

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