Jueces, presis y otros bichos

De la serie: Los jueves, paella

Llevamos una temporada ya larga -unos cuantos años- sufriendo a los llamados jueces estrella. Garzón, su arquetipo, parece que ha hecho escuela y una generación de [relativamente] jóvenes tigres con toga y puñetas no se le queda a la zaga en eso de montar grandes espectáculos judiciales. Una normativa internacional muy difusa sobre la persecución de los delitos contra la Humanidad -tan difusa como la propia definición de estos delitos y la consideración de tales en muchos casos- y el encaje de bolillos sobre las competencias de la jurisdicción española a cada caso que se presenta, ha favorecido que esto sea un cachondeo y que la Audiencia Nacional haya resultado, a la postre, un magnífico instrumento para quienes, a falta de otro, buscan armar maraña en el ambiente de los conflictos internacionales. Quizá con toda legitimidad moral, esto no voy a discutirlo, al menos en general, pero maldita la gracia. Y así, nos hemos buscado conflictos -sólo políticos, afortunadamente- con Chile, Argentina, Gran Bretaña, no recuerdo si también Uruguay, Marruecos y no sé cuántos países más (excluyo deliberadamente a Estados Unidos porque las acciones judiciales sobre el asesinato de José Couso fueron otra cosa mucho más justificada).

Porque resulta que este es un país organizado -aunque con tanta frecuencia no lo parezca- y, por más que resulte increíble, España tiene una diplomacia, tradicionalmente mala desde que los tercios viejos dejaron de ser lo que fueron, y encima hoy dirigida por Moratinos, lo cual es ya para abrirse las venas, pero diplomacia a fin de cuentas. Y si a una diplomacia tan chusquera, le metes encima el marrón de un juez que quiere procesar a un ex-ministro israelí de Defensa y a seis mandos militares por no sé qué barbaridades cometidas presuntamente en Gaza en el 2002, y el de otro juez que se empeña en imputar por no sé cuantas animaladas presuntamente cometidas en el Tibet a ocho responsables políticos y militares -entre ellos tres ministros, tres- del actual ejecutivo chino, entonces la cosa es para limpiarse el culo con las cartas credenciales y, oye, apaga la luz y el gas de la embajada y vámonos. Para que hasta tus propios jueces te hagan la cama, es mejor dejarlo correr y que les den.

Estas cosas, por ejemplo, no podrían pasar jamás en Francia ni aún mandando la Bruni; en Francia, los jueces tienen sentido de Estado y saben que hay líneas que no deben jamás sobrepasarse porque si se sobrepasan, la caga el país entero cuya protección -en el ámbito del Derecho- tienen en sus manos. Y nadie ha dicho nunca que Francia fuera judicialmente bananera. Pero allí, si no cambian mucho las circunstancias, el fenómeno de los jueces estrella es impensable -como tal fenómeno: sin duda, puede surgirles alguno de cuando en cuando, pero no como epidemia- como allí hubiera sido impensable -de hecho, fue impensable- un caso GAL: de haber sucedido, aún estaría De Gaulle picando piedra aunque fuera en cuerpo ectoplásmico. Inimaginable para ningún francés, aún de la izquierda más extrema. Recordemos que los tribunales franceses rechazaron de plano y a las primeras de cambio, casi en primera y única instancia, proceder por las ramificaciones francesas del propio caso GAL: si los españoles son gilipolles es leur problema, pero aquí eso no se toca porque la grandeur es virgen y pura como los mismísimos enfants de la Patrie.

Manda huevos qué relación de amor y odio sostengo yo con la France de los cojones: por un lado, no los trago; por otro, los envidio cochinamente; y por otro más, hasta que llegó la Bruni -y espero que reemprendan después de la Bruni- constituyen el bastión espiritual -como si dijésemos- y cívico de Europa.

En fin -volviendo a este cutre, desgraciado y maloliente país-, con la que le está cayendo encima al poder judicial, más anquilosado que la momia del Caudillo, y con la indiferencia del propio poder judicial, por más que haga huelgas de la señorita Pepis, y aquí media docenita de señorías que se creen que los tribunales son el ballet del Bolshoi y que ellos son como el Nureiev, pero con toga en vez de marcar paquete bajo los leotardos.

Qué juriscruz, cojones…

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Ibarretxe, el conocido Dr Spock de Ajuria Enea, ha dicho que adiós muy buenas y que se larga, que lo deja todo, que ahí está el escaño y las llaves del pisito y que ahí se las den todas. Pues bueno, como decimos los catalanes, buen viento y barca nueva, aunque traducido así, literalmente, quede un tanto chusco. O dicho en otras palabras más corrientes e inteligibles: lo que le pase, diga o piense ese individuo es algo que me la pela.

Tampoco voy a comentar el cambio -que cabe esperar- en el País Vasco. A eso ya iré otro día y supongo que valdrá la pena ir, pero, de momento, sólo he oído discursos y aún no muchos.

Lo que me choca, mirándolo a distancia, es que la decisión de Ibarretxe es casi de libro en todos los dirigentes políticos que han llegado al number one en su ámbito en este país: con la excepción de Suárez, que intentó recomponer como pudo su proyecto político y sufrió las amarguras -pero tuvo la gallardía- de liderar un grupo de oposición prácticamente marginal, y la de Felipe, que no es a los efectos una excepción, porque se mantuvo de diputadete de a pie -y prácticamente ausente del Congreso- simplemente para evitar ser presa facil de los de la entradilla de arriba con el caso GAL, la práctica totalidad de los demás, perdido el poder, retirados de la política o, cuando menos, de la política oficial. Se retiró -de hecho- González, se retiró Aznar, se retiró Jordi Pujol (aunque por edad ya le tocaba), se retiró Rodríguez Ibarra, se retiró -de hecho- Fraga (también con una edad provecta) y, en fin, parece que existe la idea de que perder el poder es retroceder, lo que da una idea de la patrimonialización que se hace de él, concibiéndose su pérdida como la pérdida de una propiedad valiosa. Nadie parece tener en cuenta que el poder se entrega en depósito, que el destino del poder es, a la larga o a la corta, perderlo, por desposesión o por abandono, pero perderlo. La legítima aspiración de mantenerlo por cuanto más tiempo mejor, no debería ocultar esa realidad por otra parte fatal.

Ello sin perjuicio de que, cargos de cierto nivel, debieran tener una salida institucional honrosa; no por esas personas, sino por lo que representaron en su momento. Pienso, por ejemplo, que el título de «Presidente» antepuesto al apellido de quien lo ostentó, debería ser un honor vitalicio, por lo menos cuando se ha ocupado el cargo durante mucho tiempo o cuando se ha sido artífice de grandes transformaciones o acontecimientos. Yo -que no lo he tragado nunca- me revuelvo cuando oigo hablar del ex-presidente Pujol; a un hombre que ha sido durante más de veinte años presidente de la Generalitat y cuyo carácter ha quedado -guste o no, y a mí no me gusta, ojo- indeleblemente marcado en la institución, no se le puede clavar como un inri el ex infamante.

Claro que ello nos obligaría a plantearnos a partir de cuándo y de qué circunstancias debería otorgarse tal honor institucional; lo que se puede aplicar prácticamente sin dudas a un Pujol, a un González o a un Suárez (en el caso de este último, su escasa permanencia en el tiempo pasa a segundo término ante la trascendencia de lo que representó su mandato), parece que rechina si pensamos en un Zapatero, incluso aunque llegara a tener una segunda prórroga -Dios, en su caso, nos libre- que nos obligara a aguantarlo doce enteros años. O si pensamos en un Aznar, y ojo que no estoy refiriéndome a su política como presidente, sino a ahora mismo.

He leído hoy una entrada en la bitácora de Ignacio Escolar en la que habla precisamente de eso, del patético papel que anda haciendo últimamente Aznar. La verdad es que no sé qué le ha ocurrido a este hombre y no viene de ahora. Contra todo lo que muchos nos temíamos, tuvo un primer mandato bastante aceptable; tragar sapos enseña mucho y el primero que él se tuvo que tragar fue de los asquerosos de verdad: tener que negociar con Jordi Pujol -el diablo nacionalista en persona- para poder formar gobierno y ello justo unos pocos días -casi horas- después de que el sector chusma del partido pasara las dos o tres horitas de noche electoral en que creyó haber alcanzado la mayoría absoluta gritando aquello de «Pujol, enano, aprende castellano». Ya decía mi abuelo que es malo escupir hacia arriba: te puede caer en la cara. Pero con la mayoría absoluta vino la desmesura, llegó una especie de soberbia que rozó -si es que no llegó enteramente- lo demencial. Aparte de lo que pueda decirse en términos puramente políticos, detalles como ese orgullo por ser el perrito faldero de alguien como Bush, intelectual y académicamente en los sótanos del propio Aznar (inspector de Hacienda de profesión, y esa es una plaza de función pública que no regalan, os lo aseguro), o esa boda al modo realeza europea con que casó a la hija… Tras dejar el poder -aunque, de hecho, las elecciones se perdieron siendo él presidente del Gobierno- empezó una carrera errática de nebulosos profesorados en universidades americanas, que olían y huelen claramente a premio por fidelidad, al liderazgo personalísimo de esa inquietante fundación FAES, a andar de outsider a ratos sueltos por la política española -casi siempre inoportunamente incluso para los suyos, aunque no sé bien si los suyos lo son realmente o si le importan un carajo- y cosas así que no inducen precisamente al respeto retrospectivo que se hubiera indudablemente ganado si se hubiera mantenido en la línea de su primer mandato y después se hubiera producido como un ex digno y a la altura. Su intento de protagonismo en la gran esperanza que se abre hoy en el País Vasco, produce más conmiseración -y un algo de asquito, a qué decir otra cosa- que indignación. Caricatura de si mismo, lo llama, acertadamente, Escolar.

La idea de que ese hombre es todavía un líder de ensueño para muchos españoles, para muchos millones de españoles, que acudirían a votarlo en masa sin dudarlo ni cinco segundos, es aterradora. Y la idea de que Aznar pueda acariciar tentaciones de intentarlo, es también como para salir del país con el pasaporte entre los dientes.

No por lo que fue -que ya es duro- sino por lo que es.

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Hacía alusión en la paella anterior a que esto de las epidemias recurrentes es algo que suena a cachondeo, aunque quizá los que más fuerte se rían sean los de la industria farmacéutica, cuyas acciones suben disparadas como cohetes. A lo mejor ahí estaba el asunto, aunque realmente el cretinismo mediático imperante no necesita acicates y es capaz de convertir la más pequeña fruslería en una estupìdez de muchos megatones.

Estos días oíamos que la comunidad científica está asustada por las proporciones que ha adquirido el asunto de la gripe porcina que ya no es porcina para evitar el genocidio súido y para poder seguirles vendiendo jamón serrano a los rusos. Pero entendámonos: no están asustados por las proporciones epidémicas o médicas de la gripe sino por las mediáticas. Esto, dicen, es una demasía, una exageración y un pasarse tres pueblos. Porque si escuchamos a los científicos y no a los idiotas, resulta que la gripe común, por simple ejemplo, causa muchas más víctimas y es mucho más endémica que la que tiene ocupada a toda la prensa y radio del movimiento; que la gripe porcina tiene una incidencia escasísima -hablar de unos pocos miles de enfermos es casi exagerar, y ello a nivel mundial- y una morbilidad muy baja, o sea, que es una afección leve. Muchos de los casos atendidos, lo son más de psicosis y de paranoia que de gripe propiamente dicha.

Hasta la catalana consellera Geli ha dado por fin prioridad a su condición de médico sobre la de político y se ha puesto a templar gaitas con la cosa. Y los que dedicamos alguna cuota de atención al mundo racionalista, llevamos días al cabo de la calle, como nos muestra el muy interesante blog «El retorno de los charlatanes».

Hoy mismo, las noticias sobre tan tremebundo terror pandémico ya han pasado a página 4 (de portada ya se fueron hace dos o tres días) y van bajando. En muchos medios es noticia mucho más importante la clasificación calzoncillera catalana para la final de no sé qué copa.

Lo malo de todo esto es lo del cuento aquel de «¡Qué viene el lobo!». Un día será verdad que se nos viene encima una gorda, los medios chillarán como histéricos -esta vez, sí, promovida la alarma por la comunidad científica- y la población se quedará tan ancha y tan pancha sin modificar ni un milímetro ni el más pequeño hábito de su cotidianidad. Y nos iremos a la mierda a puñados.

Por cosas como esta de la gripe guarra debería ir gente de los consejos de redacción a la cárcel. Lo malo es que para cuando descubramos que, efectivamente, esas conductas de fraude informativo merecen una buena temporada a la sombra, la montaña de muertos llegará al ático.

Ponle parches a la cosa, entonces…

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Pues listos por hoy. La paella en su punto y, caramba, a su hora. Así da gusto.

La próxima será el jueves 14 y aquí estaremos si no pasa nada. Y mientras tanto, «El Incordio» prosigue. Os recuerdo que hay una convocatoria para el 24 de mayo en Madrid en la que, entre todos -siempre que nos molestemos un poquito en mover el culo- podemos propinar un buen puntapié en traseros cuyos titulares nos están haciendo la pascua desde hace ya mucho tiempo. Demasiado tiempo.

Que no se queje nadie por falta de oportunidades o por falta de actividad, de hacer algo, como suele decirse.

La ocasión la pintan calva.

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Recuerda seleccionar tus artículos favoritos de «El Incordio» para el libro del 5º aniversario

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Comentarios

  • DaniFP  On 07/05/2009 at .

    “La idea de que ese hombre es todavía un líder de ensueño para muchos españoles, para muchos millones de españoles, que acudirían a votarlo en masa sin dudarlo ni cinco segundos, es aterradora.”

    En realidad, es bastante comprensible. ¿Qué otra cosa puede pasar despues de tantos años de desgobierno del PSOE, más que añorar al anterior?

  • JCB  On 07/05/2009 at .

    Efectivamente, sólo en España puede ocurrir que la Audiencia Nacional (no sé cómo subrayar el adjetivo) tenga más competencias que el Tribunal Internacional. Se lo cuentas a algún extranjero y no se lo cree (salvo que lleve ya un tiempo aquí y esté asimilado).
    Todo para nada, porque al final los imputados o acusados (hoy parece que es lo mismo, pero no) tienen que venir voluntariamente siempre que no haya acuerdo de extradición (que no suele haberlo en estos países), con lo cual “sólo” se ha perdido el tiempo de mucha gente que gana mucha pasta del Estado y “sólo” se han invertido dineros públicos en que alguno de estos jueces haga brindis al sol continuamente.
    De locos.
    Lo mejor de todo es que según la jurisdicción de la Audiencia Nacional, que se ha otorgado ella misma, Garzón podría meterse a juzgar al tipo que se tiró contra los Reyes de Holanda hace poco, por ejemplo.
    Somos quijotes hasta límites insospechados hasta para nosotros mismos…

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