Himnos, coca y netbooks

De la serie: Los jueves, paella

Ayer hubo festival calzoncillero de los gordos, según parece: el equipo local barcelonés jugaba contra el equipo local bilbaíno en un estadio valenciano y lo que se jugaba era la copa -o copón, porque es así de grande- del Rey. La que antes era del Generalísimo, para entendernos.

Obviamente, no vi la cosa. Sólo me pareció que el equipo local con barretina iba ganando porque con alguna periodicidad escuchaba los petardazos que prodigaban unos pirómanos aficionados al asunto y, efectivamente, parece que los de la barretina ganaron, porque al llegar hoy al trabajo había una notable euforia entre mis compañeras, cosa que no entiendo demasiado porque luego se quejan de que los maridos, con la cosa esta de la pelota, no les hace ni puñetero caso. Pero ya hace años que he renunciado a comprender ciertos aspectos de la condición humana, con mayor motivo si es femenina, y no dgo ya más si no es en presencia de mi abogado.

Pero parece que hubo espectáculo más allá de los señores esos que le propinaban puntapiés al balón. Hubo un incidente con el himno nacional español. Bueno -barrunto- tampoco es extraño: en un estadio lleno precisamente de catalanes y de vascos prestos a contemplar un espectáculo en el que se exalta la superioridad racial correspondiente, no es de extrañar que esté lleno de nacionalistas, no hay nada nuevo bajo el sol. No, no -me insisten-, si el espectáculo no fue ese (efectivamente, es recurrente y cansino), el espectáculo lo dio el mentecato que en Televisión Española se hizo de la picha un lío, tornóse más papista que el Papa y miró con cámara y todo para otro lado, para que no se viera la pitada colosal que el estadio, prácticamente en pleno, le propinó, según dicen, al himno. Y que luego, para acabarlo de arreglar, lo pasó en diferido aprovechando el descanso pero, según parece, con el sonido maquillado.

Esto de los himnos tiene su puntito morboso. Todavía recuerdo -habiéndome de sujetar a la silla para no caerme al suelo de risa- del numerito aquel tan gracioso del «Himno de Riego» tocado a solo de trompeta a guisa de vigente himno nacional en una final tenista, no sé si en Australia o con adversario australiano (no lo recuerdo y, además, el detalle me interesa poco o nada), mientras un cargo del PP -el Delegado Nacional de Deportes o algo así- se descomponía de ira y gesticulaba como un poseso indicando a los tenistas no sé qué, que se fueran, que se quedaran, que se subieran, que se bajaran o que se pedieren, da igual.

Porque, la verdad, esto de los himnos a veces me da un poco de risa. Aunque hay que comprender que muchos de ellos han sido compuestos en el período del romanticismo y ya se sabe el verbo patriótico-florido que se gastaba por entonces, cuando veo a tanta gente cantándolo tan seria y fúnebre como si estuviera cargando en Balaklava o disponiéndose a morir con las botas puestas apiñándose en torno al general Custer, me entra un cachondeíto fino que me sube graciosamente las endorfinas cual damisela arreándole a una barra de chocolate con leche extrafino. Por ejemplo, que los franceses griten «¡a las armas, hijos de la Patria!» y luego venga Mr. Bruni y les endiñe la Ley HADOPI sin que lo metan de un puntapié en la guillotina, pues qué quieres, me levanta el cachondeo. Y qué decir de mis queridos paisanos cuando conminan al enemigo a que tiemble, porque cuando conviene segamos cadenas, y la realidad es que en los últimos siglos no tenemos bastantes carrillos para aguantar la cantidad de hostias que nos propina el presunto enemigo. Y suerte que España no se mata echando letras gloriosas a sus toques a rebato patrióticos y es más discreta y elegante dejando el himno sin letra -pese a los intentos de unos cuantos horteras- y los tripudos de la chapela tienen que darle al lolo-lolo-lololololololo y etcétera; queda tosco, cutre, salchichero pero no intensamente patético, no sé si me explico.

Dar importancia a los silbidos y abucheos de los barrigudos -con chapela unos, con barretina los otros- sobre todo cuando los barrigudos, una vez pitado el himno odiado y terminado de un modo u otro el partido, ya habrán salvado debidamente a la patria y se entregarán los unos al chacolí para olvidar y los otros al cava para celebrar (en presente ocasión), es del género merluzo. No me sorprende que al jefe de no sé qué de TVE (la artífice del bochorno) le hayan dado el pasaporte por botarate. ¿Qué temía? ¿Que a Su Excelencia el Jefe del Estado le diese un pasmo al ver el espectáculo? No hombre, no. El Jefe del Estado ahora se le llama Rey, tiene tratamiento de Majestad, estaba allí presente -o sea que poco pudo hacer TVE por ahorrale el mal rato, en su caso- y, en definitiva, si a Su Majestad no le gusta que piten el himno, que se aguante. Gustar, lo que se dice gustar, tampoco me gusta a mí, me aguanto igual y encima no me pagan, y no como a él.

Tararí que te vi. Nunca mejor dicho.

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No me extraña que en las grandes ciudades vayamos como motos: en Madrid y Barcelona se ha detectado cocaína en el aire, en el aire libre, en el de respirar. Bueno, no vayamos a sacar las cosas de quicio ni las aguas de madre: las concentraciones son tan livianas que -dicen- habría que vivir mil años para meterse en el cuerpo el equivalente a una rayita. Ya será menos. Si la cosa es detectable, aunque sea en micronésimas particulas, ya harán falta menos miles de años para atizarse una buena esnifada. Pero, vale, admito y convengo que la concentración es del todo y largamente insuficiente como para que un ser humano normal deba inquietarse por su salud.

Pero fuerza es reconocer que el dato es preocupante por otras vías, porque, digo yo: si sólo a base de lo que estornudan los esnifómanos -porque no creo que, al precio que va la cosa, se dejen mucho en el plato a beneficio del medio ambiente- hay partículas de perico en el aire barcelonés, yo me pregunto qué otras cosas habrán encontrado que se callan como putas por proteger a saber qué oscuros intereses.

Pienso, por ejemplo, en los centenares o miles de kilos de humo de fritanga de lubricante de tractor soviético que arrojan cada día, inclementes, los muchos centenares de restaurantes barceloneses («de diario», que digo yo) que nos envenenan con total impunidad y sin intervención de la autoridad sanitaria con sus comistrajos repelentes. Porque lo de la restauración a 10 euros el menú es como para declarar el estado de guerra en la ciudad y empezar a fusilar gente. No conozco población española donde osen poner en un plato las asquerosidades que llegan a poner aquí. Luego dirán de la mili: ¡anda que no la he añorado yo cada vez que en Barcelona he pagado entre nueve y doce euros por un rancho infecto y mortífero! Claro que comerse una paella de menú cocinada por un indonesio -cuidado, que puedo señalar- son ganas de buscarse la ruina digestiva… o algo peor.

Imagino también que en los análisis habrán aparecido partículas de ese líquido beodesco y fraudulento que en raciones estándar de medio litro -y de ahí para arriba- les sirven a los guiris en las Ramblas. Por no hablar de las llamadas sangrías -renuncio a intentar adivinar de qué las hacen- o de las ginebras «Gordons» que te sirven en no pocos bares de copas a quince euros el trancazo (y nunca mejor dicho), que ni siquiera las casas de putas son tan pródigas con el metílico. De todas maneras, en lo que respecta a los guiris, que se jodan, a ver si caen intoxicados de una puta vez y nos dejan en paz.

Hablando de guiris, supongo que también los análisis habrán detectado una buena cantidad de partículas así de gordas de úrea, amoníaco y heces fecales, derrochadas con industrial abundancia por todos los rincones de la ciudad a partes iguales entre los inevitables guiris -de nuevo- y esos encantadores amigos del hombre a cuyo amo habría que recluir en una jaula vietnamita sumergida en el río Besòs, que ríete tú del Mekong.

Igualmente repelentes habrán sido para el sufrido equipo investigador las partículas hediondas de las presuntas colonias y autodenominados perfumes que muchas (¡y muchos!) se rocían pródigamente cada mañana, olvidando un numero significativo de ellos, que por delicada y aromática que sea la sustancia en origen, tiende a convertirse en un pestazo como el que más o menos puede deducirse de amasar cabrales y mierda a partes iguales con un generoso chorro de pachuli, si el interfecto o la interfecta no se han duchado previa y abundantemente (y cambiado la ropa interior, cuando menos).

¿Y qué decir de las partículas de delicado aroma a ajo que echan muchos autobuses y vagones de metro a primerísima hora de la mañana? ¿Alguien me puede explicar qué cojones desayuna la gente, sobre todo en un país en el que no desayuna ni el potito? (a menos que se aloje en un hotel con buffet, que entonces es para fotografiar los platos y presentar las fotos a un concurso de guarradas).

En fin, que los hay que se escandalizan por bien poca cosa, ciegos a una realidad verdaderamente lacerante y sanguinaria.

¿Coca? ¡Juas!

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Y cierro la paella de hoy con una cosa que va a hacer menos gracia y que imagino que va a chocar a más de uno que trate en una paella cuando parece que debería ir al contenido general de la bitácora y no a lo de hoy. Pero sí, seguid leyendo y veréis cómo sí que es cosa de paella.

Ayer, lo sabemos todos, Zapatero prometió ordenadores escolares para todos, a saco. Mozo, póngales aquí a los colegas unos ordenadores, que hoy hace sol y estoy contento. Hoy ha venido la rebaja: en realidad, financiará una parte, las comunidades autónomas -involucradas en el asunto sin comerlo ni beberlo- se harán cargo de otra parte y los papás de los niños obsequiados correrán con el resto, que se andará más o menos por la mitad del importe. Ningún problema si el papi es pobre o está en el paro: ya se procurará que haya un banco que, a cambio de un buen porqué, pagadero por papá o por todos los papás de España, facilitará el doloroso trance de aflojar la mosca.

Y ya está. En septiembre somos felices.

En el contenido ordinario de la bitácora ya iré hablando de fruslerías como el software operativo que le va a meter a ese invento, en cómo gestionará la compra de no menos de medio millón de aparatos al año, de cómo lo va a hacer para su mantenimiento, de cómo se lo montará para que haya Internet en todas las casas (a los precios que está la conexión) y cómo se lo hará para que los colegios puedan acceder al ancho de banda necesario, que no es poco. Ya verás, ya, lo que nos vamos a reir (es un decir). Ahora me interesa hablar de otras cosas no menos inquietantes.

Como inquietante es esto de pasar del todo a la nada, así por las buenas. Hasta hoy, apenas había un ordenador por cada cuatro profesores y en septiembre tendremos uno por cada niño de 5º de Primaria, así, con dos cojones.

No parece que Zap II El Prorrogao se haya planteado si es necesario, siquiera conveniente, que niños de diez años anden colgados permanentemente de un ordenador para seguir sus estudios. Solamente pensar en eso ya es para echarse a temblar. Se ve que Zap entiende esto de la innovación y de las nuevas tecnologías a razón de kilos de ordenador per capita. Así nos luce el pelo y así nos va a lucir.

En realidad, hay muchas objeciones desde el punto de vista pedagógico, desde el que se avisa de que una cosa es que los niños de esa edad empiecen a manejar tecnologías de información y comunicación, que empiecen a conocer Internet como herramienta -todo lo cual ha de verse como positivo y necesario- y otra muy dstinta es que todo su acceso al conocimiento se vehiculice desde un teclado y una pantalla, cosa que puede traer problemas enormes: de atención, de retentiva, de memorización, de hábitos de trabajo, de comprensión lectora, de recursos expresivos y así un largo etcétera de tente y no te menees.

Pero, además, hay otros problemas. Por ejemplo: ¿están preparados los profesores para trabajar en un aula digitalizada 100 por 100? Porque preparar a los profesores para trabajar en ese ambiente no es darles cursos de guor, como estúpidamente se viene haciendo (y no sólo en el ámbito escolar). Los profesores no van a saber desenvolverse por ciencia infusa (aunque es de temer que, al final, no les va a quedar otra solución que improvisar) y eso no es, en absoluto, una impugnación a su profesionalidad. Para nada. Estoy absolutamente convencido de que, debidamente formados, lo van a hacer como campeones pero… ¿qué se cree qué idiota? ¿Que con darles cursillos acelerados este verano ya está la cuestión resuelta? ¿Que algo tan complejo como el aula 100 por 100 digital se resuelve con un cursito de tres semanas? ¿Hay algún imbécil que crea eso? Pues sí, es de temer que haya una buena colección de gilipollas (y de sinvergüenzas) que ya estén disponiendo presupuestos y cuñados con escuela de informática para preparar intensivamente al profesorado de cara al aula digital.

Si me apuras, hasta en partes tan tontas de la infraestructura como esta: en un aula con 28 niños y un ordenador por cabeza… ¿cómo piensas distribuir los enchufes y cómo piensas realizar la instalación eléctrica necesaria? ¿Cómo piensas adecuar el entorno de luz en ese aula, con las pupilas infantiles adaptadas a una pantalla brillante? Me estoy refieriendo a un problema de ergonomía que desde hace años es un mareo para los responsables empresariales y sindicales de seguridad y salud laboral (que, habré de recordar, tratan con adultos, a los que hay que suponer más sufridos que a los chavales). Y esos ordenadores… ¿estarán en red o irán por libre? Y si están en red… ¿quién montará esas redes?

Menos mal que no va a poder. Menos mal que las dificultades son tan enormes, al menos a ese plazo, que va a ser imposible llevarlo a cabo, pero da igual: él, la fardada, ya se la ha pegado. Ya ha logrado el botafumeiro de editoriales analfabetos de periódicos adictos y es lo que interesa, porque septiembre está mucho después de las elecciones europeas y mucho antes de las próximas. Y todo eso suponiendo que, en realidad, haya tenido en algún momento la menor intención de llevar a cabo este despropósito, que lo dudo.

Cuando pienso que la brutalidad política de Aznar nos llevó a ver a ese hombre poco menos que como un redentor, tiendo a un estado depresivo que sólo puedo superar gracias a las endorfinas generadas por el choteo de los himnos. Vaya cagada cometimos, aunque tampoco hubiera sido pequeña si nos hubieramos decidido por el otro lado. Y eso es lo malo: mires a donde mires, no hay esperanza no hay solución.

Joder, qué mal está el patio…

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Bueno, pues nada, hasta aquí hemos llegado. El próximo jueves será 21 de mayo y estaremos en vísperas del acto de Madrid. A ver qué va cayendo en esta semanita que se nos avecina. Yo, en todo caso, seguiré aquí dando guerra en mi pozo de tirador como un modesto -pero tozudo- fusilero.

Aquí me clavo y de aquí, que me saquen. Si haylos.

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Comentarios

  • Jordi  On 15/05/2009 at .

    Qué risas me he pegado con lo de los himnos.

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