Gerardo Llaneza

De la serie: Pequeños bocaditos

Conozco a Gerardo Llaneza desde hace tantos años que ya casi no me atrevo a escribirlo. Para no exagerar, diremos que desde finales de los 60 o principios de los 70. Ya ha llovido. En su Sama de Langreo natal le llamaban, en tiempos juveniles y adolescentes, Pitagorín, primero porque el tío realmente era bueno, según parece, con las matemáticas, aunque se me hace a mí que en lo que realmente era bueno es en el pensamiento racional… hasta, por lo menos, a donde él permitía que llegara su pensamiento racional, que era -o es- mucho, poco o mediopensionista según momento, circunstancias y ganas; y, además, su imagen coincidía con aquel personaje del Peñarroya de los tebeos de Bruguera de la época: media melenita rubia (a lo principe Valiente, sólo que el pelo se le rizaba) y gafas de graduación king size que aún hoy sigue llevando.

Gerardo es un tío que ha nacido para la imagen. Yo conocí sus primeros pinitos, digamos, serios, cuando en 1975 -diecinueve años debía tener- presentó en la capital asturiana la exposición «Hemos dibujado a pluma el Oviedo antiguo», junto con otro dibujante al que tuve el gusto de conocer durante treinta excelentes segundos. Por alguna parte del domicilio paterno -del de mis padres, quiero decir- debe haber un catálogo de esa exposición, pero averigua por dónde parará treinta y piquísimo años después. Sí conservan mis padres un original de esa colección que él nos regaló. Fueron las épocas en que se dedicó a estudiar Arquitectura en Valladolid, aunque luego dejó la carrera, la verdad es que no sé si muy acabada o muy incipiente.

He sabido relativamente poco de su vida y algunas cosas de las que sé no son para contarlas aquí; no porque sean especialmente truculentas -el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra- sino porque pertenecen a su intimidad. De hecho, hasta me pregunto si traer al recuerdo lo de Pitagorín no me acabará reportando -y quizá con cierta razón- una patada en el culo. Sí que sé -y sí que puedo decir- que no ha abandonado nunca el asunto de la imagen: ha dibujado, ha pintado, se ha ganado las habichuelas como grafista y desde hace un cierto tiempo se dedica a la fotografía. Ignoro con qué éxito crematístico, en todas estas actividades. Sé, por ejemplo, que no sólo ha vendido cuadros sino que, incluso, le han hecho encargos (tampoco sé, en un caso y otro, si muchos o pocos). Pero lo de la fotografía me sorprendió mucho: me sorprendió porque no le conocía yo el tirón por ese lado y porque, realmente, es muy bueno, dicho a ojos de fotógrafo dominguero.

Siempre independiente, siempre a su aire, viene por Barcelona -colijo- de cuando en cuando, y pasa totalmente de decírmelo; lo pillo -también de cuando en cuando- en Sama: ahí tiene menos escapatoria porque Sama es más estrecha que el culo de un ratón y todo se sabe, así que siempre acabo echándole la garra en un sitio u otro. Casi nunca lo pillo de buen humor: me da la impresión de que Sama lo agobia -o, a lo mejor, es que lo agobio yo-, pero, como nos pasa a todos con tantas cosas, ese agobio no es sino una relación de amor y odio, el que se siente por un lugar que no se aguanta pero al que siempre se acaba volviendo porque hay ahí algo atávico que tira.

La próxima vez que lo vea, le endilgaré una conferencia moral sobre lo pernicioso que es el copyright, pero me temo que seré mandado a la mierda en cuestión de breves segundos. No tanto por lo del copyright, que, conociéndolo, seguro que se le hace un higo, sino por lo de moral, que es como alérgico.

De cualquier modo, que siga fotografiando.

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ACTUALIZACIÓN 30 DE JULIO DE 2013

Gerardo Llaneza murió el 24 de julio de 2013, a los cincuenta y siete años de edad. Un cáncer de pulmón fulminante (se lo habían diagnosticado a principios de año) se lo llevó por delante; aún hay que dar gracias (?) a que la parte dura del final fue relativamente rápida. Lo vi por última vez estando en Sama de vacaciones, cinco días antes, el 19 y me impresionó: destrozado por la quimio, hinchado como un globo por las cortisonas y demás tratamientos, muy hecho polvo, se fatigaba con sólo andar unos pocos metros y permanentemente colgado de la mochila del oxígeno; nada que ver con la fotografía de arriba, similar a su aspecto en la última vez que lo vi sano (en realidad ya debía llevar el marrón encima, pero no lo sabíamos, ni él tampoco) en noviembre de 2012, cuando fuimos a Sama mis hermanos, mi madre y yo con objeto de depositar en su cementerio las cenizas de mi padre.

Me despedí de él quedando en que me llamaría durante el fin de semana para llevarlo el martes a su casa a recoger en discos duros muchos miles de sus fotografías, que quería dejar ordenadas, pero ya no me llamó. El propio viernes 19, al atardecer, me enviaba un SMS diciéndome: «Han venido los de paliativos. Eso me desahucia. Mañana hablamos».

Ya no hablamos. Ya no lo volví a ver. El martes, «los de paliativos» lo sedaban y el miércoles a primera hora moría apaciblemente, según me dijeron. Me sorprendió la noticia, porque aunque su estado terminal era evidente, no me pareció tampoco como para que fuera tan inminente, pero así son las cosas.

Hay mucho que escribir sobre Gerardo Llaneza, estoy convencido de ello. Como lo estoy de que, algún día, alguien lo hará.

Descansa en paz, amigo mío.

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