Ahora le toca al libro

De la serie: Correo ordinario

Se está hablando mucho estos días del libro digital. Mucho y, en ocasiones, mal, como la ministra [dicen que] de Cultura que consideró asustante (sic) la posibilidad de que los libros circulen por Internet. Habló mal por las dos razones: por la morfología del supuesto y cazurro adverbio y por el mensaje que emitía. En fin, que santa Lucía le conserve… bueno, ya no sé qué cabe conservarle a esta mujer. Aparte de la pasta que levanta en subvenciones, claro.

El sector editorial parece que ya ha asumido que el libro digital es algo inminente y permanente, o todo lo permanente que quepa hablar de una tecnología; y parece que ha tomado buena nota de lo que le ha ocurrido al sector de la música y de la cinematografía. Y, en fin, aunque el reflejo apropiacionista sigue ahí y aunque las circunstancias del sector del libro son muy parecidas al de la música -con algunos matices de los que luego hablaremos-, parece que van a intentar rehuir la estupidez de declararle la guerra a su clientela y preparan modelos de negocio eficientes que sean capaces de superar con éxito la circulación masiva de contenidos en redes P2P. Y si así lo hicieren, les deseo mucho éxito. La verdad es que, aunque en el ámbito empresarial el mundo editorial está tan lleno de cantamañanas -vamos a usar un apelativo amable- como el mundo cinematográfico o el de las discográficas, lo cierto es que a eso de los libros le tengo una cierta reverencia y no me gustaría tener que dedicarle al sector los mismos cariñitos que he dedicado a los otros dos. Por lo menos, sistemáticamente: seguro que la banda correspondiente me obligará un día u otro a decir cosas feas, pero espero que sea una necesidad esporádica. Aunque ganas ya me entran viendo que la Feria del Libro de Madrid prohíbe en su reglamento la presencia del libro electrónico.

Van a tener que trabajar mucho en el laboratorio porque lo tienen aún más complicado que los otros. La cantidad de material libre que hay ya de partida es, sencillamente, brutal: todo lo que ha escrito la gente desde los albores de la Humanidad hasta lo de los autores que se murieron hace setenta años, está ahí a libre disposición, y eso ya está en la red ahora mismo; tanto es así, que los aparatos lectores de libros-e (a ver si no suena mejor así que lo de «e-books») ya suelen venderse con centenares de obras ya almacenadas (libres de derechos peseteros de autor, claro está). Y eso no va a ser todo, claro: la web genera dinámicas por sí misma y el libro digital va a ser muy prolífico.

Pensemos, por ejemplo, que la música necesita de ciertos conocimientos para su creación y que requiere de cierto instrumental para su ejecución, procesamiento y empaquetamiento. Es verdad que la tecnología ha facilitado, simplificado y abaratado muchísimo este proceso, pero sigue teniendo un cierto coste que, sumado a la necesidad de estos conocimientos -aunque se puede componer de oídas, la buena música sólo nace, en general, de una buena formación académica- lo que hace que este campo de la creación tenga unos límites muy determinados. Lo mismo se puede decir del cine, pero corregido y aumentado: se necesitan conocimientos -algunos de ellos, técnicos: la fotografía, por ejemplo-, se necesita una cierta inversión -quizá ya algo importante y eso en mínimos- y, además, una película, por simple que sea, requiere la formación de un equipo. Los límites, aquí, delimitan un campo ya mucho más estrecho. Y, con todo, hay una gran cantidad de música libre (entendiendo por tal la que puede copiarse y distribuirse libremente quizá con alguna restricción en lo que se refiere al ánimo de lucro o a sus obras derivadas) que empieza a crear repositorios verdaderamente importantes (Jamendo, por ejemplo, alcanzaba los veinte mil álbumes hace pocos días) y está empezando a haber, aunque incipiente, algo de obra cinematográfica también libre en parecidos términos. Y, en ambos casos, profesional, es decir que los autores pretenden -y parece que van consiguiendo- ganarse la vida con este modelo de negocio.

Pues bien: la obra escrita no requiere apenas medios (un ordenador y cualquier software, por sencillo que sea: un simple editor de texto plano es suficiente), no requiere formación especializada (cualquiera puede escribir razonablemente bien con su formación de base, digamos que con un nivel de Bachillerato de los de antes), ni, por supuesto inversión material. Y la red va a permitir vectorizar de una manera eficientísima esa obra: como sea mínimamente buena, el simple efecto red, el simple boca-a-boca entre internautas, puede lograr cifras enormes de lectores sin necesidad de utilizar técnicas de divulgación en red (por otro lado muy legítimas, en su mayoría, y muy fáciles de ejecutar).

Esta es la gran competencia que va a tener el mundo editorial y no sé si lo tienen en cuenta. Las empresas temen los efectos de la copia privada de sus fondos a través de redes P2P pero tengo para mí que la red puede crear sus propios escritores de élite, sus propias obras de culto, y que esa puede ser una competencia tremenda que les fastidie muchísimas ventas. A todos nos gusta leer autores consagrados: el tiempo es un bien escaso y afrontar todo un libro (un artículo sería otra cosa) de un perfecto desconocido se hace cuesta arriba, reconozcámoslo. Ahí está el nicho que le llaman, de las editoriales: fabricar autores superventas -como el botarate este del código Da Vinci- de los que compra, sobre todo, la gente que no lee casi nunca. Pero en red, el boca-a-boca puede ser devastador: si cualquiera de los lectores de mi bitácora me recomienda un libro, pongo por caso, ese libro es automáticamente descargado y puesto en lista de espera; pero es que, además, si el libro lo recomienda el autor de una de mis bitácoras de referencia -y son más de una docena- va a seguir el mismo camino. Esto puede crear microcosmos de autores y puede cambiar muchos habitos de lectores consolidados (los que no leen nunca y compran cualquier cosa seguirán en los canales tradicionales.

Pero el ámbito editorial convencional también tiene -y son mayoría- excelentes autores. El problema del mundo editorial no está en los superventas -en definitiva, no es obligatorio comprarlos- ni en los buenos autores que mayoritariamente no son superventas; el problema del mundo editorial está en los autores que no tiene, al haberlos rechazado por motivos diversos: un cretino a cargo de la selección, política editorial, carril político, cuestiones ideológicas, etc. Éstos encontrarán en la red su proyección ideal.

Por otra parte, es cuestión también de ver los precios. Si las editoriales creen que van a salir adelante en el mismo plan de las discográficas, la cagarán seguro. El plan de las discográficas es vender al mismo precio toda la música. Así, si un disco con quince o dieciocho canciones se vende a 18 euros en un establecimiento clásico en formato CD, lo están vendiendo en red a 1 euro por canción, es decir, al mismo precio, pero con la particularidad de que no aportan soporte físico y que la calidad del archivo que contiene la canción es muy inferior (formato comprimido MP3). Las editoriales podrían caer en idéntica tentación y ponerse a vender a 15 euros un libro digital cuya edición en papel cuesta 20: si fuera así, les auguro un desastre total y la irrupción masiva de su fondo en redes P2P. El mismo augurio que les dedico si empiezan a marranear con DRM e inventos similares que, además y como se supone que ya deberían saber, más a la corta que a la larga no sirven para otra cosa que para causar molestias precisamente al cliente, al que les compra.

Por lo demás, tal como prevén las editoriales, el libro digital es inminente y antes de tres años, es decir, tan pronto como su precio sea asequible, será un adminículo de uso común. Porque, además, sus posibilidades adicionales (suscripciones a prensa, uso como navegador de Internet, bloc de notas para contener desde notas propiamente hasta informes o incluso libros escritos por su propietario) llevarán el cacharrito mucho más allá de los lectores habituales de libros.

Sólo queda, pues, esperar a ver qué dinámicas comerciales genera, qué tipologías culturales van a ver la luz, cómo van a cambiar los hábitos lectores, qué usos sociales se derivarán y todo el largo etcétera que, conteniendo también algunos inconvenientes, suele depararnos la tecnología.

La realidad, como siempre, superará a la imaginación más desbordada.

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Comentarios

  • ubersoldat  On 26/05/2009 at .

    “no sirven para otra cosa que para causar molestias precisamente al cliente, al que les compra.”

    Cuanta razón tienes en esto.

  • Ryouga  On 27/05/2009 at .

    otra herramienta para romper la dictadura del criterio de unos pocos acerca de lo que se debe publicar, estaré esperándolo impaciente.

    No se si le comente que estaba buscando un libro “Samurai” de Saburo sakai, as de la aviación japonesa de la 2GM al no publicarse no me quedo mas remedio que bajarme un pdf e ir a una imprenta para que me lo impriman y no tener que dejarme la vista en la pda.

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