Corrupciones y mandangas

De la serie: Los jueves, paella

La noticia cumbre de estos días, más allá de gripes militares (o de militares con gripe: es que pierde ya uno el oremus cuando la carraca mediática convierte cualquier tema en un sonsonete cansino y deprimente por aburrido) es la admisión a trámite de una querella contra el juez Garzón por un presunto delito de prevaricación debido, según los querellantes, a haber mangoneado indebidamente y a sabiendas -a sabiendas de lo indebido- en crímenes cometidos durante el franquismo.

He hablado de este tema ya unas cuantas veces y casi parece recurrente, pero es que el asunto de los jueces genera tensiones constantemente y los ciudadanos estamos ya hartos de muchas cosas y esta, según sospecho, es una de ellas.

Es lamentable que las cosas hayan llegado hasta ese extremo: la verdad es que no parece, como mínimo, adecuado que una simple cuestión de competencia jurisdiccional que, además, ya fue resuelta en la instancia correspondiente, se convierta en materia de un juicio penal. Es muy lamentable, insisto, pero hay cosas que parecen predestinadas a terminar así, porque cuando se les ríen las gracias a los que cometen despropósitos amparados en las puñetas, el despropósito causa un efecto de bola de nieve y a toda acción corresponde una reacción de la misma intensidad, es decir, que otros optan también por la vía del despropósito en sentido contrario.

El asunto de los jueces starlett -lo dije ya hace unos días- es algo propio de este país. Decía, no muchas paellas atrás, que en otros países -europeos, cultos, civilizados- puede suceder también, pero de manera ocasional, no como un verdadero fenómeno. Y sin duda -aunque tarde y, por tanto, ya mal- creo que no va a a quedar más remedio que regular normativamente la cuestión para acabar con el fenómeno. Lo cual es una lástima, porque lo bonito sería que la propia ética y la propia autorregulación del estamento judicial hubieran eliminado o por lo menos limtado el fenómeno.

Ahora se habla de limitar la competencia universal de la jurisdicción española mediante un acuerdo -que parece que es ya cosa hecha- entre PP y PSOE. Bueno, no está mal, sobre todo después de que algunos jueces se hayan dedicado a segar la hierba bajo los pies de nuestra diplomacia y de nuestra política internacional. La pena es que, stricto sensu, esa competencia universal en determinadas materias delictivas es muy saludable; dejando aparte los brindis mediáticos al sol con que aprovechó la cosa, lo cierto es que fue una gran cosa obligar al gobierno inglés a que se detuviera a Pinochet y, ya que la cosa no pudo pasar a mayores, fue por lo menos divertido ver al tío en Gran Bretaña contemplando cagado de miedo los dimes y diretes de una extradición a España en plan ahora sí, ahora no (que, desgraciadamente, acabó en no, como es sabido). Claro que también es una lástima que nuestros ilustres jueces prima donna sólo vayan en pos de criminales de los que dan lugar a una buena foto y se dejen por el camino a criminales de menor cuantía mediática y, así, importantes malas bestias de implantación africana -pongo por caso- se pasean por nuestros pagos sin peligro de que una toga justiciera les eche el guante.

En su momento -ahora quizá sea ya tarde, aunque quién sabe- se debió poner coto legal al estrellato judicial, sometiendo al gremio a limitaciones similares, en materia mediática, que las que afectan a los militares. Incluso en lo que respecta a las limitaciones políticas. Recuerdo con horror cívico cómo Garzón pudo reintegrarse a la magistratura, así, con dos cojones, después de haber ocupado cargos de responsabilidad política a la sombra de un partido concreto. Siempre me he preguntado, aún boquiabierto, cómo un juez puede hacer lo que no se le permite a un militar; el militar que toca la política queda relegado a divinis a la reserva, es decir, a la práctica jubilación, se le acabó el uniforme salvo para llevarlo en bodas, bautizos y comuniones.

La limitación de la competencia universal de la jurisdicción española, presuntamente acordada ya por PP y PSOE podrá acabar -parcialmente, no del todo- con las oportunidades de foto de muchos jueces pero con la triste contrapartida de que otros jueces, serios, rigurosos, sin ganas de fotos, verán ante sí una barrera que les impedirá impartir justicia e, inherentemente, dignidad.

Esta es la obra de Garzón, más allá de dudosas prevaricaciones.

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Estamos como queremos, claro que sí. Al PP le crecen los enanos, bueno, los corruptos, que aparecen como hongos en otoño; pero para que la plasta no sea monopartidista, al PSOE, de cuando en cuando, le detienen a algún alcalde o ex-alcalde de aquí o de allá, pillado in fraganti con la zarpa en el cajón de los dineros. En todas estas tramas corruptas hay un factor común casi general: se desarrollan en el ámbito de las administraciones locales.

Tenemos un problema muy grave en este país con la administración local (aunque no me atrevo a decir que sea exclusivo de este país porque desconozco lo que pasa en los otros). Supongo que es inevitable dada la poca profesionalización de los ediles en la mayoría de los pueblos españoles. Porque no todo es corrupción económica: esta se produce básicamente en municipios medianos y presupuestariamente creciditos, gobernados por verdaderos pringados que más que de partidos parecen salidos de verdaderas mafias al más puro estilo ruso postsoviético: no hay más que echarle un vistazo al mapa de la corrupción local. Pero existe también -y muy extendida, más aún que la otra- la corrupción que yo llamaría ejecutiva, es decir, la del medio analfabeto que accede a la alcaldía y, una vez instalado en la poltronilla, se cree por encima de toda ley y se pone a hacer lo que le da la gana, instalando en la población un cortijo particular que gobierna con puño de hierro mediante un verdadero régimen del terror, pese a los esfuerzos de secretarios-interventores que poco pueden hacer ante la arbitrariedad y la brutalidad administrativa del alcalde. Evidentemente, esas dictaduras del destripaterronado no tardan en convertirse también en focos de corrupción económica en cuanto se descubre el valor económico que se deduce de la recalificación del suelo.

Y así, entre corruptos económicos y dictadorzuelos desertores del arado, las costas españolas están arrasadas, muchos ecosistemas interiores están hechos polvo y las travesías de muchos pueblos son verdaderos cul de sac porque el jodido alcalde del lugar ha colocado seis semáforos en quinientos metros solamente para que dos veces al día cruce el Emerenciano con los machos y los aperos.

En España vivimos bajo el sagrado principio de la autonomía municipal. Fue sagrado incluso en tiempos de Franco, y con esto casi está todo dicho. Y eso no es intrínsecamente perverso: precisamente la democracia adquiere su máximo valor cuando el pequeño tamaño de una comunidad permite que la acción política pueda ser fiscalizada por el ciudadano con gran eficacia al disponer fácilmente de la mayoría de los datos necesarios. A los ciudadanos de las grandes ciudades, este control se nos escapa porque no podemos, materialmente, acceder a muchísima información, la cual nos llega filtrada y distorsionada por una legión de políticos; en los pequeños e incluso medianos municipios esto no es tan fácil y, frecuentemente, es imposible. Aquello de aquí se sabe todo es real como la vida misma de diez mil habitantes para abajo.

Pero todo el control que supone esa información se derrumba ante el miedo a ejercerlo. Y el miedo tiene la ventaja, para quien lo infunde, de que se autoalimenta: basta darle el primer empujoncito y después ya funciona solo. Por eso es fácil y frecuente encontrar a colectivos enteros presas del terror y, sin embargo, al tomar distancia, ver claramente que no hay motivos objetivos para sufrirlo. Esto lo he constatado palmariamente en la función pública. Las raras veces que se plantea una reivindicación -y no digamos una huelga-, los interinos -el contrato basura más clásico en las administraciones públicas- son los primeros ya no en echarse atrás sino en no dar el paso. Van muertos de miedo. Y, sin embargo, jamás se le ha rescindido un contrato a un interino por ejercer en condiciones normales sus derechos laborales; y diré más: jamás (al menos que yo haya visto y no he sido delegado sindical toda mi vida) se le ha insinuado por parte de un superior a un interino que el ejercicio de sus derechos podría pararle algún perjuicio. Si así hubiese sido, juro por mis hijas que ese superior hubiera ido a parar al banquillo a poco que yo hubiera podido probar ese delito contra la libertad en el trabajo. Los interinos no tienen, pues, ninguna razón objetiva para tener miedo. Pero lo tienen, y extremo.

Más en el ámbito de esta entradilla, recuerdo años atrás cuando, con ocasión de haberse constituido una cierta entidad urbanística de conservación, estábamos ante un supuesto de corrupción ejecutiva en el sentido antedicho; no creo que llegara a ser económica, pero sí que había allí dos o tres que creían que podían hacer de su capa un sayo sólo porque les daba la real gana. Yo, en la representación de intereses familiares, me enfrenté a ellos y, salvo algún numerito ibseniano tipo enemigo del pueblo en versión boina y botijo, no sufrí la menor consecuencia. Sin embargo, estaba completamente solo en esa especie de oposición. Pero lo más llamativo es que muchísimas veces (¡muchísimas!) a la salida de aquellas asambleas (a veces auténticamente demenciales) se me acercaban -muy discretamente- varios vecinos a darme ánimos. Muy bien, Cuchí, dales caña a esos. Y cuando yo les decía que, hombre, ya podían echarme una mano ahí dentro, que todos mis esfuerzos se diluían por estar más solo que la una me respondían: «Es que nosotros… claro… compréndelo, nosotros vivimos aquí». Tenían miedo. ¿Por qué? ¿De qué? Misterio. Ellos mismos se habían fabricado sus propios fantasmas y ellos mismos se acurrucaban en sus rincones locos de pánico ante sus ficticios ectoplasmas.

Esta presión, esta especie de mobbing tan automático y tan sencillo de poner en marcha, es el que me hace pensar que la autonomía municipal debiera restringirse un tanto -quizá no poco- y que, en muchos aspectos, los ayuntamientos -sobre todo los ayuntamientos medianos y pequeños- debieran estar bajo tutela de organismos administrativos o judiciales o de control que estuvieran muy por encima y mucho más allá de la capacidad de represalia o de influencia de los gobiernos locales y que fueran de fácil acceso para el ciudadano individual.

Es la única manera de arreglar ese cenagal.

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Le echan en cara a Zap el hecho de que el otro día se fue a dar un mitín a no sé dónde utilizando para ello un avión oficial del Ministerio de Defensa (imagino que sería uno de los Mystère que existen precisamente a este efecto).

Mis seguidores ya conocen las grandes simpatías que me inspira el gran hombre, pero la verdad es que en este caso sus opositores -los de los enanos que crecen, según decía en elepígrafe anterior- harían mejor en depilarse los sobacos en vez de buscar pelillos en oreja ajena. Entre otras cosas porque Aznar también hizo lo propio con este asunto del tráfico aéreo oficial.

Y es que es natural, por más que a los ciudadanos de autobús diario nos siente como un tiro. Cada vez que se mueve un tío de estos, aunque sea para irse de merienda al campo, tiene que moverse un dispositivo de seguridad y de comunicaciones tremendo; sobre todo -me da la impresión- cuando salen fuera de su base habtual. Por ejemplo, me figuro que en Madrid, ciertas infraestructuras de comunicaciones y de seguridad deben ser fijas o de algún otro modo estables, de manera que personajes como el vigente monarca, Zap, los ministros y tal, dentro de lo inevitable del meneo de coches escolta y demás, deben moverse sin demasiadas alharacas ni movidas o, de lo contrario, los madrileños vivirían en vilo todo el día. Sin embargo, las tres o cuatro veces que me he topado con el Rey circulando por Barcelona -y algunas de ellas en visita privada- ha sido en medio de un rebomborio absolutamente acojonante de coches de escolta (un montón de ellos), centenares de guardias de todo pelaje y uniforme, y hasta helicópteros policiales.

Zap, aunque no nos guste y aunque carezca de condiciones intelectuales para ello, es el presidente del Gobierno y eso implica necesariamente un dispositivo de seguridad y no menos necesariamente implica que debe tener contacto urgente e incluso virtualmente inmediato con las altas instituciones del Estado, con el mando militar, con la red diplomática, etc. Y eso es así tanto si está en visita oficial, como si está de vacaciones, o se va a dar un mitin o, en fin, a mear.

A muchos presidentes del Gobierno -casi todos ellos lo han confesado en diversas entrevistas- les gustaría vivir en un pisito (o en un pisazo, pero eso, en un apartamento con su escalerita, sus buzoncitos, sus vecinitos, etc.) e ir a la Moncloa cada mañana a las ocho o las nueve, como cualquier ciudadano normal. Personalmente, tiendo a creérmelo, es perfectamente posible que realmente piensen así porque, seguramente, yo pensaría igual. Pero es, obviamente, imposible: no pueden quedar desconectados ni privados de elementos de seguridad, lo que obligaría, si se empeñan en lo del pisito, a que el complejo inherente ocupase el resto del inmueble.

Si Zap tiene que ir a un mitin, por más que no sea una tarea de gobierno sino de partido, no es predicable que tenga que tomar un avión de línea aérea como un españolito más, con su billetito, con su cola para facturar y con su bronca con el segurata por un quítame de allá el botellín de agua mineral o un quítate esos zapatos porque me sale de los cataplines. Aun si lo intentara, el séquito y el instrumental necesario obligarían, seguramente, a ocupar medio avión. No es operativo.

Me irrita en cambio que alguien haga oposición sobre esas gilipolleces, porque eso es tomarnos a los españoles por imbéciles. Como decía al principio del tercer párrafo de la entradilla, sí que tendemos en un primer e irreflexivo momento a irritarnos ante el privilegio aparentemente arbitrario, pero basta simplemente medio minuto de meditación para comprender que las molestias a los ciudadanos y los gastos que supondría la pretensión del falso igualitarismo, serían mucho mayores que si se utilizaran, como se utilizaron, los medios de que el Estado dispone precisa y justamente -y no caprichosamente- para estas cosas.

El avión de Zap camino del mitín no es ni lejanamente suficiente para cubrir la factura del sastre.

Búsquese otra cosa más convincente.

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Pues, queridos lectores, mis bravos todos -incluso los desconocidos, que desde lo del domingo pasado en Madrid ya sois unos cuantos menos-, con esta paella liquidamos las del mes de mayo y dejamos de ir con flores a porfía. La próxima será el 4 de junio y verémos que nos depara el gallinero de aquí a entonces.

Sed buenos y seguid en línea, que «El Incordio» continúa aquí en misión de tabarra constante, que es lo que le da vidilla.

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Both comments and trackbacks are currently closed.

Comentarios

  • Mon, James Mon  On 28/05/2009 at .

    Buena paella, viven los cielos – que estas son las que dan fama

  • Jordi  On 28/05/2009 at .

    Sobre el poder local, servidor montaba una Operación “Malaya” desde el Cap de Creus hasta la bahía de Cádiz. No habría ladrillos suficientes para construir penales.

  • Mig  On 28/05/2009 at .

    Respecto a la factura del dispositivo montado para el traslado de Zap al mitin, una parte debería ser asumida por su partido, dado que se beneficia de la presencia del Presidente del Gobierno

  • ubersoldat  On 28/05/2009 at .

    Mig, y qué van a pagar? El pasaje del presidente? Es lo único que se me ocurre puede ser un “extra”. Parece que se olvidarán de que el presidente es una institución y que sea quien sea la persona a su cargo, debe ser protegida y respetada.

  • lamastelle-ignorante  On 28/05/2009 at .

    ¿ ibseniano ? Buscando por ahi solo encontre a un dramaturgo noruego de cuyo apellido podria venir la palabra, pero no entiendo su significado.

  • Anónimo  On 29/05/2009 at .

    Efectivamente: Henrik Johan Ibsen (1828 – 1906). Dramaturgo y poeta noruego. Escribió una obra de teatro llamada «Un enemigo del pueblo» (la Wikipedia tiene un ítem dedicado a esta obra; no pongo el enlace porque el antispam me echaría para atrás el comentario) en la que se muestra cómo los poderosos, ante las molestias que les causa el protagonista que se ha erigido, de alguna manera, lider del pueblo contra ellos, maniobran hábilmente para volver las tornas y lograr que el subversivo sea rechazado por sus conciudadanos.

    Es una maniobra habitual de los poderosos en la que los ciudadanos siempre, siempre, pican.

    He hecho esa velada alusión en la entrada porque en las asambleas aquellas a veces se montaban numeritos propios de la obra de Ibsen. Lo que ocurre es que en el caso concreto que expongo, eran unos poderosos cutres y casposillos que no supieron darse cuenta -las luces llegan hasta donde llegan- de que a mí estas cosas, en vez de amedrentarme, me incentivan e incrementan mi ferocidad.

    Y es que, para mí, los poderosos en ejercicio son como un capote rojo.

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