Llamad a la buaambulancia

De la serie: Pequeños bocaditos

Un día de primeros de septiembre de 1993 -pronto hará, pues, dieciséis años- metí a mi hjia mayor, entonces única, con un añito de edad, en una especie de sillita-mochila que cargué a hombros y la llevé a la guardería. Era nuestro primer día: el suyo, en el que inauguraba una dinámica de trabajo y rutina que se prolongará hasta el día de su jubilación; el mío, en el que inauguraba también una de mis tareas domésticas, la de llevar cada día a la niña -después fueron niñas, en plural, dos- al colegio. Hoy, como todos los días, he llevado a mi hija pequeña al colegio en autobús, también como todos los días, y el trayecto ha transcurrido normalmente… como todos los días: hemos jugado a cazar (contar) perros, deporte en el que ella, como todos los días, es absolutamente imbatible, me ha ido explicando sus batallitas en clase, como todos los días, hemos bajado del autobús, nos hemos dado un beso, le he deseado un buen día y ella ha entrado en la escuela. Como todos los días. Como todos los días… hasta hoy.

El próximo martes empiezo la jornada intensiva y a ella la llevará mi mujer al cole en coche, y allí permanecerá en el servicio de guardería (así le llaman) hasta las nueve de la mañana. El próximo curso empieza la ESO y es ella la que cambia los horarios, por lo que irá al cole, alternativamente, con su madre o con su hermana, hasta que la próxima primavera -según prevemos- en que recibirá una copia de las llaves de casa y un móvil y empezará a ir sola.

Hoy, pues, culmina otro pequeño gran hito de mi vida familiar. Recordaba ayer con mis compañeras de trabajo que primero fue cuando la casa dejó de oler a bebé; pocos y breves años después, dejó de oler a niña; se fueron terminando preescolares, primarias e incluso ha caído ya una ESO entera; el año próximo, si no se tuerce nada, habrá caído también un Bachillerato, del mismo modo que dentro de menos de un mes habrá terminado también la última primaria.

Es verdad que cuando se camina hacia adelante no puede uno ir lamentando el metro o el kilómetro que dejó atrás; al contrario: todo ese sendero recorrido -y recorrido felizmente- es motivo de orgullo y de satisfacción. Pero… ¿qué queréis? Soy un sentimental, al menos cuando no pienso en la $GAE. Y por más que hablemos de caminos, de kilómetros de orgullo y de satisfacción, no puedo evitar cierta melancolía.

Un poco en la línea de aquel discurso inolvidable de Casimiro Barcala en La casa de la Troya, cuando rechazaba la alegría de la celebración del fin de carrera y concluía con aquel párrafo casi dramático: «Yo ruego a la diosa voluble y arbitraria que preside los destinos de los hombres, que vuelque sobre todos nosotros los dones de su favor… Pero, por mucho que quiera protegernos, nunca nos dará tanto como hemos tenido; como perdemos ahora. Podrá colocarnos en las que la imbecilidad o cortedad de vista de las gentes llama cumbres; pero nunca volverá a ponernos tan alto como hemos estado, porque nunca más, ¡ay, amigos!, seremos estudiantes…».

Lo cierto es que aunque esporádica o aisladamente vuelva a acompañar a mi hija algún día al colegio -como también hago eventualmente con la mayor-, esa ya no será la tarea habitual con la que inicio cada día.

Porque nunca más ¡ay amigos!, volveré a llevar a mis hijas al cole.

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Comentarios

  • agobi  On 29/05/2009 at .

    Sr. Cuchi,

    Esperimento todas estas sensaciones cada dia que pasa, es como si se me escapasen poco a poco…. es duro… disfrutemos del presente y del dia a dia, aunque todo aquello ya no volverá…

  • Monsignore  On 29/05/2009 at .

    … y lo rápido que crecen, los muy cabrones…

  • arati  On 29/05/2009 at .

    Y es que uno está encantado en cuanto les sale el primer diente, pero ahí te das cuenta de que has perdido para siempre esa sonrisa desdentada…

    Es un largo camino de exploración conjunta del mundo exterior e interior lo de ver crecer a los hijos.

    Y al final llega ese momento en que ya lo que nos toca es empezar a dejar que se marchen y eso, a veces, produce una cierta melancolía.

    Claro que también hay momentos en que eso es, precisamente, lo que estás deseando: que se vayan ya!

  • galeta galàctica  On 29/05/2009 at .

    y al volver la vista atrás
    se ve la senda que nunca
    se ha de volver a pisar.

  • Ángel Bacaicoa  On 30/05/2009 at .

    Desde que nacieron los nuestros he pensado en el día en que dejarían el hogar paterno. Y, aunque han pasado 23 años entre ambos acontecimientos, no logro terminar de hacerme a la idea. Es la vida, dicen. Pero eso no lo resuelve.

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