Monthly Archives: junio 2009

Interoperabilidad, divino tesoro

De la serie: Pequeños bocaditos

Estoy subiendo a Linux-GUAI (Grupo de Usuarios Linux de la Asociación de Internautas) una serie de artículos escritos por Fernando Acero sobre la interoperabilidad, ese problema que no debiera serlo, sobre todo pensando en el 31 de diciembre de este año, cuando la Administración del Estado, las autonómicas y unas cuantas municipales, tendrán que estar en condiciones de atender al ciudadano electrónicamente y, como mínimo, respetar los estándares libres con los que el ciudadano pueda y quiera actuar. Digo que el problema no debiera serlo, pero lo es y mucho me temo que, además, lo va a ser.

Como pasa siempre en este país de políticos chusma, las leyes sólo son para hacerse la foto. El 31 de diciembre, el 2 de enero de 2010, para ser más realistas, los ciudadanos no van a poder ejercitar su derecho a interactuar electrónicamente con estándares libres (y hasta me huelo que tampoco con los otros) con la Administración pública -salvo en pequeñas islas de gestión que, de hecho, ya funcionaban ahora con las TIC a tope-, porque eso está más verde que la nuez de la fábula. Enseguida empezarán a llegar modificaciones legales (a lo mejor hasta por vía de Ley de Presupuestos Generales del Estado, que estos analfabetos son capaces de cualquier cosa) que dispondrán prórrogas y tíos Paco con la rebaja.

Mientras tanto, y como aperitivo para el sufrimiento, vamos a ir siguiendo estos documentadísimos artículos de Fernando de los que subí el primero hace días -demasiados- y hasta hoy no he subido el segundo; pero esta semana iré llevando a Linux-GUAI los otros dos. Lo que hay ahora es esto:

El problema de la interoperabilidad I parte: Las definiciones
El problema de la interoperabilidad II parte: La realidad

Que no sea nada, señores.

Ni aprendido ni deleitado

De la serie: Correo ordinario

Ayer, domingo, la salida familiar tuvo como destino el Museu de la Ciència -estúpidamente denominado Cosmocaixa por la entidad que no sé si lo patrocina, promueve o, en definitiva, paga- a ver si le echábamos un refresco al racionalismo y a la cultura (aunque no mojen -de momento y eso si no es que ya mojan- don Teddy y el resto de la banda).

La verdad es que acabó siendo deprimente. Había mucha gente, lo cual ya es empezar mal. Yo soy un conspicuo gentófobo, soy de los que piensa que la gente debiera estar prohibida y cuando veo más de un individuo por cada doce metros cuadrados deambulables ya me pongo de los nervios. Por eso no voy a más manifestaciones que las que considero muy estrictamente necesarias, perentorias e insoslayables y paso de muchas otras a las que, en el fondo, pienso que no estaría mal acudir. Pero es que me pongo enfermo, de verdad.

Además de gentófobo, me estoy volviendo niñófobo y eso que época hubo en que el trato con niños y jóvenes me gustaba: fui educador de tiempo libre y he llevado a unos cuantos enanos a mear al monte, y me jubilé del asunto no porque me dejara de gustar sino porque ya no tenía edad (un día, un niño me trató de usted y ese mismo día decidí que se acabó). Eran tiempos en los que un niño todavía trataba de usted a quien consideraba como «persona mayor». Y, con los inevitables e inherentes sinsabores, he disfrutado muchísimo -y disfruto aún- educando a mis hijas. Quizá, más que niñófobo lo que me estoy volviendo, pensando más bien en los padres, es hijoputófobo. Veamos un ejemplo de ayer mismo.

Estaba leyendo unos paneles sobre la historia de los números; cosas como, por ejemplo, cómo se llegó a la constante pi, al cero, al teorema de Pitágoras (y de cómo éste llevó a la norma DIN de proporciones del papel, ya sabéis, el DIN A-4 y demás), a la sección áurea de un segmento y otras cosas, en una sabia mezcla de rigor matemático y curiosidad de lo cotidiano. Como es sabido, yo estudié letras en el Bachillerato superior de aquel entonces y para entender un tema de matemáticas -planteado en varias ocasiones en forma de ecuaciones- necesito bastante concentración. Pues bien, llevando mi cámara fotográfica colgada al cuello, un enano de unos ocho o diez años se dedicó a colocarse delante mío -invadiendo mi espacio personal- y a intentar mirarse utilizando la lente a modo de espejo y hacer gañotas; me giré, y el pequeño cabrón se giró conmigo; me volví a girar y el otro dale. Si hubiera sido cualquiera de mis hijas… no, a ninguna de mis hijas se le hubiera ocurrido -es que ya ni siquiera pasado por la cabeza- una grosería semejante. En fin, cerré el objetivo con la tapita ad hoc que llevaba en el bolsillo, pero no hubo manera, el niño siguió haciendo el indio a mi alrededor. Ya totalmente descolocado, volví a sacar la tapita, fotografié el panel que había dejado a medio leer para enterarme de la cosa ya con más calma en casa, y me largué con viento fresco a otra parte, no sin constatar que los padres del enano maldito andaban por allí pasando del mambo.

No pude dejar de pensar que si, en el momento de mayor impertinencia, el padre se hubiera acercado y le hubiera propinado una torta al niño, todos hubiéramos salido ganando: el padre, porque merced a los cinco años de alejamiento que le hubiera impuesto el juez por el bofetón, se hubiera quitado de encima a esa plasta de crío; el crío porque, por la misma razón, se hubiera quitado de encima a un imbécil como su padre, que hubiera podido ahorrarse -en su caso- el bofetón, si hubiera educado correctamente al imberbe desde su más tierna infancia; y yo, porque me los hubiera quitado de encima a los dos.

El problema es esta tendencia al aprendizaje recreativo. Un museo concebido para aprender de una manera divertida, graciosa, experimental, en plan de permitido tocar es, intrínsecamente, una gran cosa, eso es innegable. El problema es que el hedonismo ludómano que constituye la verdadera y más temible epidemia de las sociedades desarrolladas acaba pervirtiendo el principio y, al final, resulta que no se va a un museo con estos planteamientos a aprender de una manera refrescante y relativamente fácil, sino a pasar el rato haciendo más o menos (tirando a más) el burro. Con lo que se consigue, como efecto colateral, amargar la vida de los que acuden intentando hacer algo de provecho.

Un ejemplo de esto: ante el péndulo de Foucault, un niño -no demasiado distinto al anterior- le pregunta a su presunto padre que qué es esto, que para qué sirve. Y el imbécil le contesta que es una pijada, un reloj como otro cualquiera que va marcando los minutos tirando palitos y que la maquinaria, el reloj propiamente dicho, la tiene arriba. Veamos: nadie es culpable de su desconocimiento, pero sí de su ignorancia, entendiendo por tal el desconocimiento voluntario o negligente. Allí, a metro y medio del burro en cuestión, había un panel explicando qué es el péndulo de Foucault y cómo y por qué desmuestra el movimiento de rotación de la Tierra y explicándolo, además, en términos muy asequibles. Pero claro: para enterarse hay que leer y eso de leer, amigo, son palabras mayores. Es mejor soltarle a tu hijo la primera chorrada que te viene a la cabeza y que más o menos sincronice con las campanas que un día se oyeron. No tiene mayor importancia: la cuestión es que el niño pase el rato toqueteando cosas y arreando. Si sale igual de lerdo que entró -o más, porque lo del reloj tiene tela- no tiene la menor importancia. Nos hemos divertido. He aquí el objetivo único ante el cual se rinde todo lo demás.

Otro ejemplo, este quizá menos sorprendente. La gran nave del museo linda con la reproducción de un bosque amazónico que periódicamente se inunda y que tiene una fauna piscícola especial. Aparte de que se puede entrar en el propio bosque y deambular por él a través de unos senderos marcados (no en la zona inundada, ya se entiende) desde la nave principal del museo puede verse esa fauna y esa parte inundada del bosque gracias a un muro de cristal. Hay un cierto número de gente mirando en todo el amplio frente -unas cuantas decenas de metros- de vidrio. De pronto, por el otro lado del cristal, llega un tío con traje de neopreno y una botella de aire comprimido. Comprensiblemente, llama la atención: a ver qué va a hacer, igual vemos cómo alimenta a los peces o algo así. Bien, pasamos unos minutos contemplando las maniobras del hombre, que parece estar de un cierto mal humor porque tiene dificultades con el regulador, hasta que, por fin puede sumergirse… y se pone a limpiar el cristal. Nada, que le vamos a hacer, claro, el cristal hay que limpiarlo, supongo (el agua es de un claro color verde, estará abarrotada de microorganismos que se pegan al vidrio, dificultando la visibilidad y es lógico que periódicamente haya que pasarle un paño o cosa parecida). De modo que mis hijas y yo nos vamos con la música a otra parte, a ver otras cosas; y, cinco o quizá diez minutos después, volvemos a pasar por allí y veo de nuevo todo el cristal despejado y muchísima gente apelotonada en unos pocos metros. Pienso en el escafandrista y me digo que nos hemos colado y que después de limpiar un poco el cristal se habrá dedicado a algo verdaderamente interesante y que el cristal lo habrá limpiado para que se vea mejor. Vaya, pienso, nos hemos precipitado y hemos metido la pata. De modo que nos acercamos y, no sin cierta dificultad, conseguimos ver… ¡al tío que sigue limpiando el cristal!.

Alucinante: la gente se tiró cinco o diez minutos -de reloj, que tardan lo suyo en pasar- (más lo que te rondara la morena después de irnos por segunda vez) mirando a un señor que limpiaba cristales. Debajo del agua y con equipo de buceo, eso sí.

Y bien, cada cual es muy libre incluso de sus burreces. El problema es que, aunque al niño le quede un mínimo de educación -que no, que no le queda- y no incordie específicamente, la presencia masiva de gente mayoritariamente así es incordiante. Y los niños, más todavía. ¿Quién coño educa a esos bárbaros? Sus padres no, desde luego.

Un día bien diferente de otros. Generalmente, solemos ir a este tipo de instalaciones los días de vacaciones de verano que pasamos en Barcelona y, en general y salvo desgraciadas casualidades, estas cosas tienen relativamente poca gente (digo relativamente porque son espacios tan grandes que unos cuantos centenares de personas, ni se notan) y, además, no sé por qué, cuando hay poca gente, la mayoría es presentable y no sería la primera vez que nos hemos asociado espontáneamente un par de padres para, cubriéndonos las carencias mutuamente, dar a los hijos de ambos explicaciones bien completas de todo lo que se va viendo. Es como otra cosa.

Suerte de esos días, porque si no…

La verdad es que eso de enseñar deleitando que, repito, es intrínsecamente estupendo, acaba siendo contraproducente. Aún tendremos que acabar pidiendo que los museos vuelvan a ser tediosos, rígidos y aburridos pero que, al mantener lejos a la chusma ludómana, sirvan por lo menos para que la gente interesada pueda, aunque con más dificultades, acceder a la materia de que se trate.

Es triste, pero es así.

El foto… matón

De la serie: Correo ordinario

Cada vez se pone más complicado esto de fotografiar. Parece que las cámaras de fotos, y más cuando se lleva una réflex, que, aunque sea de las de gama baja, a ojos de analfabeto siempre parece el camarón de un paparazzi o una ametralladora del 12/70, ya no lo sé, y mucha gente se pone de los nervios.

En los foros de spotters, los incidentes aparecen constantemente. Basta acercarse con una cámara a un aeropuerto -fuera de éste, claro- para que aparezca alguien de uniforme poniendo pegas; si es un segurata es fácil neutralizarlo porque en la vía pública no es absolutamente nadie, en términos de autoridad, pero si es un policía (incluyendo a la Policía Militar) o un guardia civil, la cosa ya es mucho más delicada, sobre todo si no hay testigos. Si los hay, basta con envainarse la cámara (aunque puede desobedecérsele, ya que podria estar cometiendo un delito de abuso de autoridad, pero es mejor no darle razones) y, a continuación, pedirle su número de identificación y denunciarlo con el apoyo de estos testigos. Si uno está solo, más le vale pasar por el aro, porque montar una trifulca sólo lleva a que el tío se invente el argumento de la película y, su palabra contra la tuya, estás frito. Así funcionan las cosas en este país de mierda, aunque eso de que los de la chapa y la fusca hagan lo que les dé la gana impunemente es un problema prácticamente internacional.

Ya conté aquí mismo cómo me las tuve con un segurata cuando pretendí, desde la Rambla de Catalunya (vía pública, evidentemente) fotografiar la fachada de la Diputación barcelonesa. También, si uno va un sábado a la plaza del Pi y pretende realizar fotografías en aquel lugar (en el que los sábados se monta una feria de pintores que vende allí sus cuadros), nunca, nunca, nunca falta el imbécil que viene a decirte que los cuadros no se pueden fotografiar. Nada, tonterías.

Antes de seguir -y para que todos los aficionados de cualquier nivel a la fotografía lo tengan claro de una vez- sépase lo siguiente:

1. Toda obra ubicada en la vía pública con carácter permanente puede ser fotografiada y esa fotografía puede ser divulgada. Cante el artículo 35.2 de la Ley de Propiedad Intelectual: «Las obras situadas permanentemente en parques, calles, plazas u otras vías públicas pueden ser reproducidas, distribuidas y comunicadas libremente por medio de pinturas, dibujos, fotografías y procedimientos audiovisuales». Alguna vez leí por ahí que el inevitable segurata le prohibió a alguien fotografiar la fachada del Guggenheim arguyendo que tiene «propiedad» intelectual. La única propiedad intelectual que protege al Guggenheim es que su imagen no puede formar parte, sin autorización, de una marca o logotipo ajenos o de cualquier tipo de identificación comercial: no puedo usarla para ilustrar el logotipo de mi marca de caramelos, por ejemplo… Insisto mucho en lo dicho antes: en términos de autoridad, un segurata no es nadie en la vía pública, salvo unos ciertos derechos de persecución (del que ha robado en el interior del local que protege, por ejemplo) o cuando custodia la carga y descarga de caudales, y otras situaciones similares, muy concretas y muy específicas. Así que ni caso si sale uno con ganas de gresca.

2. Obra de arte o no, todo lo que está a la vista desde la vía pública puede ser fotografiado, sin otro límite que la intimidad de las personas y el derecho a su propia imagen. Pero, ojo: la intimidad de las personas y el derecho a la propia imagen afectan a la divulgación de la foto, no a su obtención. Su obtención no puede ser prohibida salvo que se utilicen métodos que hagan dudosa la consideración de vía pública del lugar en el que se halla el fotógrafo (por ejemplo, escalar una fachada o subirse a una farola al exclusivo propósito de fotografiar a una persona en su dormitorio. En general, la regla es que quien no quiera que algo suyo sea fotografiado desde la vía pública lo que debe hacer es ocultarlo a la vista de los viandantes. Y eso incluye aeropuertos e instalaciones militares (siempre que no se esté en estado de guerra o similar, en los límites, por supuesto, de la Constitución). Si el señor coronel no quiere que el turista o el spotter fotografíen el modelo ultrasecreto que nos va a hacer amos del mundo mundial, lo que procede es que, alrededor de la base que lo aloja se acote una zona de paso prohibido o restringido (mediante normativa de rango suficiente y promulgada y publicada en tiempo y forma por el órgano competente) que, automáticamente, deja de ser vía pública libre, tan amplia como sea suficiente para que no podamos echarle el objetivo al fastuoso aparato ni siquiera cuando despega o aterriza. El segurata de la Diputación barcelonesa, cuando ya no le quedó otro argumento, me dijo que él tenía derecho a su propia imagen y que no me autorizaba a sacarle la foto. Le respondí que si no quería salir en ella que se apartara de la puerta o se metiera en el interior del edificio; me duplicó que no podía hacer tal cosa porque con ello abandonaría su trabajo; y yo cerré la cuestión diciéndole que iba a hacer la foto de todos modos, que si fuera a divulgar esa foto ya le pondría la socorrida y típica tirita negra en los ojos para que no fuera reconocido y que si quería impedir que hiciera la foto que fuera llamando a la fuerza pública, porque allí iba yo a armar la de San Quintín. Al final, dio media vuelta, se metió en el interior del edificio y yo hice la puta foto (entonces ya por cojones) que puede verse aquí.

Con la Iglesia es la rehostia, y nunca mejor dicho. Los curas han ocupado alegre e impunemente -y sin que nadie les diga ni pío, esto sí que es gordo- no sólo la propiedad inmobiliaria de buena parte del patrimonio artístico y arquitectònico de este país sino, además, su propiedad intelectual. En consecuencia, ya hay que pagar -y cada vez más- por entrar en una iglesia románica o gótica (y ello a pesar de los cuantiosísimos dineros que les da el Estado de nuestro bolsillo y no siempre con nuestra autorización) pero es que, además, cada vez es más frecuente la prohibición de tomar fotografías. Yo siempre comprendí la prohibición del flash, que podía molestar el recogimiento de los creyentes o perturbar una ceremonia y nunca lo utilizo en el interior de templos (tampoco en los museos y exposiciones), y mucho menos si, efectivamente, se está llevando a cabo alguna ceremonia o veo personas que pudieran estar orando o en simple actitud contemplativa (nunca les pregunto qué hacen), pero lo de prohibir la fotografía ya es puro encabronamiento al que opongo feroz resistencia. Lo que ocurre es que si te ven montar un trípode reaccionan como si en vez de instalar una cámara fotográfica estuvieras preparando un mortero de 120. Hace algún tiempo me pasó esto en Santa María del Mar, la más hermosa basílica gótica barcelonesa, donde un tío con guardapolvo vino a decirme que no se podía tomar fotografías… ¡mientras decenas de guiris de mierda estaban disparando con flash que parecía aquello la batalla de Solferino! Pero yo estaba montando un trípode, amigo. Le respondí que eran fotografías para mi uso privado o para compartir sin ánimo de lucro y se fue rezongando. No sé qué iría a hacer, pero dejé el trípode en su bolsa y me puse a fotografiar a pulso pensando que para cuando llegaran los GEOs yo ya estaría lejos y con una buena colección de fotos. Como así fue.

El pasado miércoles, festividad de San Juan, en el Monasterio de Sant Cugat. Ningún problema para el claustro. Pero en la planta superior había una exposición de no sé qué, de la cual me llamaron la atención unos paneles con imágenes de frescos románicos. Apenas fue poner la mano sobre la cámara y apareció un mengano diciéndome que no se podían hacer fotos, ya tardaba; le pregunté que dónde estaba la prohibición escrita y me respondió que no hacía falta, que lo decía él y ya está, que el museo tenía derechos de autor. Iba con mi familia y, además, tenía una laguna de información: no sabía si el museo este es de la Iglesia o del Ayuntamiento de Sant Cugat, así que me la envainé, no sin decirle que se metiera por el culo su puto derecho de autor, cosa que el tío tuvo que aguantar porque no era poli, ni segurata, ni se había identificado como tal ni, en definitiva, tenía media hostia. Pero no era cosa de armar follón con mi mujer y mis hijas allí cuando el objetivo de la maniobra era el de tratar de pasar una mañana de festivo lo más agradable posible. De otro modo -y si la exposición en cuestión hubiera sido municipal- le hubiera hecho varias preguntas: en primer lugar, qué disposición prohibía la toma de fotos y por qué no estaba visiblemente indicada con los ideogramas habituales; la segunda, quién era él -o sea, qué representación de la autoridad municipal- para prohibirme nada por la puta cara; la tercera, qué derechos de autor (según él, aunque el pájaro se refería a la propiedad intelectual, que no es lo mismo) pueden tener las obras románicas; la cuarta, que aunque las fotos de los paneles pudieran tener derechos de autor, también existe mi derecho a la copia privada. Pero, ya digo, se trataba de pasar un día festivo en plan familia Ulises y no de montar la de Montecassino en Sant Cugat del Vallès.

Todo este asunto de la propiedad intelectual se nos está yendo de las manos. Se nos está yendo de las manos porque lo estamos tolerando. Una iglesia gótica o románica es un bien cultural de carácter público, dígase lo que se quiera, como si Rouco Varela se pone en plan «Full Monty». La prohibición de fotografiar es un delito de lesa cultura y debería ser sistemáticamente respondido -yo lo hago siempre que puedo- con la desobediencia civil. La apropiación de monumentos histórico-artísticos es el robo más alevoso y más lacerante de todos cuantos se vienen cometiendo en materia de conocimiento -que no son pocos ni livianos- bajo la protección de esa ley infame promulgada en traición de toda la ciudadanía y denominada, para mayor escarnio, de Propiedad Intelectual. Tener que pagar a una entidad privada -la Iglesia- por visitar monumentos que son públicos porque costaron dinero, sudor y sangre de los ciudadanos de la época, ya es para cagarse, pero la prohibición de fotografiar es absolutamente intolerable. E irracional, porque, salvado lo antes dicho sobre el flash, no causa ningún daño: ¿alguien dejó nunca de visitar un monumento porque lo haya visto fotografiado? No, es simple codicia: detrás de la prohibición de fotografiar siempre hay un negocio de diapositivas o de postales o algún catálogo -no pocas veces de factura nefasta- que se vende a precio de oro. Y aún así, sigue siendo una soberana estupidez: la mayoría de la gente, quiere sus propias fotos (porque se asocian a su propio recuerdo de la visita) y rechaza las que se venden, aún a costa de no tener, al final, ninguna; y el que quiere -por sus excelentes razones- fotos de extraordinaria calidad o, bueno, dejémoslo en calidad profesional, aunque haga sus propias fotos, compra las que están a la venta, porque cada caso requiere cada cosa.

Menos mal que la tecnología viene en nuestro auxilio. La calidad de la cámara fotográfica de los móviles es cada día mayor y aunque hay mucho que avanzar todavía en la parte más delicada, la óptica, poco a poco se van obteniendo calidades más y más dignas. Lejos, desde luego, de las de una buena réflex (con buena óptica, cuidado), pero se van acercando. La generalización del móvil está haciendo [aún más] estúpida, a cada día que pasa, la prohibición de fotografiar; y cuanto más la sostengan, menos tardará alguien en encontrar un pequeño pero sustancioso nicho de negocio: la microcámara de gran calidad óptica y excelente resolución con baja luminosidad… precisamente para estas cosas.

Siempre en guerra, siempre en puta guerra con este carajo de gente…

Vidas, muertes y trapos

De la serie: Los jueves, paella

La noticia quizá más conmovedora de esta semana corriente, no sé si antes o después de la protomártir iraní (que está por ver que al final no sea un montaje, que hay mucho lío y mucha confusión en todo lo que está pasando) es la muerte de Vicente Ferrer, el arquetipo de cooperante, como se llama ahora a los filántropos y a los benefactores de la Humanidad (dicho sea, esta vez, sin sorna) o, simplemente.

Vicente Ferrer se dedicó al cuidado sanitario de los menesterosos indios, hasta donde pueda hablarse de una especialización en esta labor, porque las carencias son tantas y van tan interconectadas que dedicarse al cuidado sanitario es dedicarse, además, a la alimentación, a la educación y a un sinfín de actividades más.

Todo mi respeto hacia la figura de Vicente Ferrer y mi adhesión a la petición del premio Nobel, pero a ver si fuera posible que no le dieran el de la Paz, que se ha prodigado tanto entre asesinos, y en un rapto de decencia le dieran algún otro menos vergonzante. Qué se yo: a Churchill le dieron el de Literatura… pues a Ferrer le podrían dar el de Medicina porque, al final, es lo que hizo: practicar la Medicina en su aspecto más humanitario; no todo, digo yo, habrá de ser inventar vacunas o descubrir virus. Alguna otra vez ya lo he dicho: la Medicina es, en su más propio sentido, una práctica humanitaria, una entrega al ser humano, no una especie de ingeniería de la salud que es en lo que la hemos convertido.

Pero, dicho todo esto (y que quede bien fijado), yo no puedo menos que arrugar la nariz cada vez que veo a tanto cooperante, tanto esfuerzo y tanto sacrificio en pro de la India. Es verdad que sus crifras -y sus fotos- nos hablan de un país pobre y hecho polvo: un PIB nominal per capita, en 2006, de 797 dólares norteamericanos; en España, en ese mismo año y por el mismo concepto, tuvimos 32.000 dólares. Si en vez de PIB nominal se pasa al PIB relativo al valor adquisitivo real, la cifra india se incrementa bastante mientras que la nuestra disminuye algo (3.000 y 30.000, dólares, respectivamente), lo justo para configurar un escenario de diez veces exactas de diferencia. Y se dice, además, que la India (la segunda población del mundo) es la democracia más grande (en número de habitantes, claro).

Sin embargo, estas cifras y esto de la democracia, a mí me huele a chamusquina. Por una parte, mucha cagarela con lo del PIB, pero lo cierto es que la India desarrolla programas armamentísticos muy importantes, es potencia nuclear (en términos militares) y entre sus juguetes se cuenta una considerable cantidad de costosísimos cazabombarderos Mirage 2000, un portaaviones y una cohetería de mucho cuidado. También es potencia espacial, titular de un cierto número de satélites -la mayoría de ellos consagrados de forma exclusiva o compartida con otros a usos militares- y su política de defensa que le dicen es bastante agresiva, ya no solamente con el vecino e histórico enemigo, Pakistán (que déjalo correr también a este…) sino con Sri Lanka, la vieja Ceilán, que nunca ha dejado de codiciar. Y por lo que respecta a la democracia, su conocido sistema de castas -por más que formalmente prohibido, ampliamente tolerado- configura un apartheid por muchísimo menos del cual se tomaron medidas rigurosísimas contra el régimen afrikaner de Sudáfrica, medidas que ni de lejos (ni de cerca) se toman contra la India, que parece el paraíso mundial del buen rollito, con sus gurús y su meditación trascendental y sus hostias en vinagre, cuando en realidad es el cenagal sociopolítico y el pozo de mierda económico más acojonante que pueda concebirse. Y eso por no hablar de la mierda real, de la caca pura y simple, porque sólo de verlos meterse en ese agua (joder, para purificarse, dicen) a mí me entra urticaria.

Por tanto, todo esto de la filantropía y tal, puede verse de dos maneras: la manera oficial, en plan qué buenas son las hermanas dominicas u otra manera, no menos real, que consiste en estimar que todos estos cooperantes (y las correspondientes ONG y tal) no serían más que un hatajo de panolis que le están arreglando el gasto social al Gobierno indio para que éste pueda dedicar toda la pasta que haga falta a sus costosísimos programas bélicos. Se dirá: es que el Gobierno indio no va a atentder, de todos modos, a estos gastos asistenciales, con lo cual los que saldrían escaldados serían los parias de siempre; y sí, es un argumento plausible, pero cabe insistir en que esto es darle cuartelillo al belicismo hindú: si todo el sistema de ONGs, cooperantes y demás buen rollo no acometiera por libre estas políticas sociales, tarde o temprano habría de hacerlo el Gobierno so pena de que le salieran aún más caras las convulsiones sociales que inevitablemente acabarían sobreviniendo.

Todavía recuerdo, en mis años mozos, que con el cuento del hambre en la India, íbamos dando nuestros modestos obolillos mientras -como ahora es notorio- el Gobierno indio desarrollaba a marchas forzadas su programa nuclear y compraba cazambombarderos y buques de guerra a porrillo.

Con ser tonto una vez, ya tuve bastante.

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El asesinato a manos de ETA del inspector Puelles ha sorprendido. Ha sorprendido no tanto por el hecho de que ETA haya matado de nuevo sino por lo certero del objetivo. El inspector Puelles no era un policía cualquiera, valga la expresión, sino un verdadero puntal del Servicio de Información de la Policía Nacional, el hombre que coordinaba el seguimiento de todos los etarras sospechosos, el verdadero jefe de estado mayor de la lucha antiterrorista. Felizmente, como decía su propia viuda -dos grandes cojones, la señora, por cierto-, a pesar de tratarse de un profesional eficacísimo, no es insustituible y la calidad de la lucha contra ETA no va a verse mermada.

La pregunta del millón -que ya se han hecho varios medios- es si esta precisión por parte de ETA se ha debido a un churro, si sonó la flauta por casualidad y fueron a por Puelles porque les pareció un objetivo más fácil que otros, o porque sabían quién era Puelles. Si se confirmara esta última posibilidad, la cosa sería muy preocupante porque, entre otras especulaciones, podría incluirse racionalmente la de que ETA podría tener infiltrados en el Cuerpo Nacional de Policía.

Esto sería malísimo. En primer lugar, por lo que significaría intrínsecamente: conviene no olvidar que la postración a la que ha llegado ETA ha sido debida a muchos motivos, entre los cuales no es pequeño la cantidad de infiltrados que sufre (según he leído por ahí, la paranoia a la que han llegado en el seno de la organización habría dado lugar a historietas verdaderamente hilarantes); si ETA ha decidido jugar a lo mismo y juega eficazmente, la eficiencia de la Policía Nacional podría acabar llegando a extremos muy bajos. Y, en segundo lugar, que el foso de rivalidad y hasta de antagonismo que, lamentablemente, separa a la Policía de la Guardia Civil se ensancharía hasta extremos muy difíciles.

¿Es posible que ETA haya infiltrado a gente suya en la Policía? No sé si será posible, pero imagino que no será nada fácil. El infiltrado tiene que empezar por pasar unas oposiciones que no se regalan (hoy día, no regalan ninguna) y, ya para empezar, debe ser un tío -o tía- absolutamente limpio, mucho más que un simple legal porque no sólo ha de carecer de antecedentes penales y policiales, no sólo sería imprescindible que jamás hubiera constado como elemento sospechoso o dudoso en ninguna investigación sino que, además, no habría de ser conocido -a ser posible ni siquiera visto- en los ambientes abertzales. Y luego, escalar puestos hasta llegar a estar cerca de la cúpula técnica antiterrorista, puesto al que, imagino, sólo podría accederse tras filtros de confiabilidad muy acabados. Parece difícil que ETA disponga de alguien así, sobre todo porque no sé cómo ETA podría localizar a alguien así, a la vez tan limpio y tan comprometido; y si hubiera sido éste el que se hubiera presentado a ETA, por esas mismas razones ETA hubiera tenido mucho trabajo para asegurar la fiabilidad y la fidelidad del indivíduo. Claro que también es verdad que no conozco ni poco ni mucho las interioridades de la sociedad vasca y a lo mejor esto que a mí me parece tan raro podría ser incluso lo más normal del mundo. No lo sé. Pero desde fuera lo veo así.

Tampoco me gusta la teoría de la casualidad. En ciertos ámbitos, las casualidades no existen o son tan improbables que es, igualmente, como si no existieran. ¿Es posible, pues, que la información sobre Puelles hubiera podido conseguirla ETA desde fuera? Parece que la condición de policía del inspector era públicamente conocida; y esa condición no se desvanecía por el hecho de que él se presentaba como un funcionario puramente burocrático, vamos, como un a modo de técnico de gestión tributaria, pero con chapa y pistola. Y es posible -ahí entroncaríamos con la casualidad- que la chapa y la pistola fueran atributos suficientes como para ser apetecidos por ETA. Precisamente la acción terrorista de la banda siempre ha destacado por su indiscriminabilidad: es verdad que ha preferido a un coronel que a un sargento, pero nunca le ha hecho ascos a ningún empleo; recuerdo que en Barcelona asesinó a un suboficial músico (¿o a dos?). Por no hablar de los guardias civiles sin graduación que han llegado a caer, pero, bueno, el tricornio tiene un valor en si mismo, a estos tristes efectos, y el grado ahí es secundario.

En fin… Duermo tranquilo porque estoy absolutamente convencido de que todas estas posibilidades están siendo investigadas y repasadas hasta la exhaustividad; estoy no menos seguro, por otra parte, de que si realmente hay un infiltrado, será un hecho aislado, es decir, dudo muchísimo de que ETA pueda disponer de una cantidad significativa de gente en las dificilísimas condiciones que explicaba más arriba como para llevar a cabo operaciones de infiltración sistemática; tal posibilidad, para que existiera, debió preverse hace ya muchísimos años -nada menos que un sistema de durmientes preparados ya desde adolescentes, casi niños, para ser formados como infiltrados- y se hubiera sabido en alguno de los múltiples desmantelamientos de la cúpula etarra. Una operación sistemática así, no hubiera sobrevivido ni siquiera a la primera.

Y, por cierto: una cosa que no quiero dejar de decir: las alabanzas del PP vasco a la política del PSOE vasco y las alabanzas conjuntas de Rajoy y Zapatero a ambas formaciones (cada uno a la suya y a la del otro) abren brecha para la esperanza ciudadana. Es así como queremos ver a nuestros políticos. Y en más temas quisiéramos verlos actuando así, al consonante unísono. Pero en este del terrorismo, de manera muy principal. Que la perrera haya terminado en el ámbito antiterrorista es un alivio grandísimo para todos los ciudadanos.

Algo es algo y esto no es poco.

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Una de las cosas que me gustan de Sarkozy -y mira que son bien pocas- es lo clara que tiene la europeidad cultural. Cultura, casi es innecesario decirlo, que aludo no en su proyección baratija, no en plan cultureta titiriteresco, sino como bagaje generacional y tres veces milenario de todo un continente. Quizá porque Sarkozy es un producto francés con denominación de origen y en Francia tienen estas cosas muy claras (en Alemania también, pero por razones obvias no se atreven a decirlo con la boca grande). O sea que no son como aquí, que somos gilipollas del todo (muy a mi pesar, tengo que asumir mi parte alícuota de gilipollez como un impuesto más) o como el mundo oficial italiano (los italianos de a pie son otra cosa con mucha más guasa) que no es más que una peña de fachas folklóricos, que es la manera más cutre de ser facha. Porque llamar fascista a Berlusconi es algo que, de puro cachondeo, no se merecen ni los propios fascistas: el fascismo es una cosa muy seria y Berlusconi no.

Los franceses siempre han visto el tema del trapo en la azotea como un forúnculo en el culo y, armados de su laicidad legal, le han cerrado el paso en las aulas escolares y universitarias. Ahora intentan erradicarlo de la calle, cuando menos su manifestación más exagerada, el burkha o como carajo le llamen, y lo van a intentar por la vía no tanto religiosa (los islamistas siempre pretenden que lo del trapo no es religión, que es que a las mujeres les gusta ir así) como por la vía cívica, argumentando que algo tan claramente discriminatorio y aherrojador de dignidad no puede ser tolerado en un Estado democrático (civilizado, diría yo más bien).

Este tema del trapo, personalmente lo contemplo de manera muy parecida a lo que me refería el otro día hablando de las bandas de hispanos (que dicen los mentecatos) y al igual que un vulgar ñeta (aunque el ñeta no atenta a lo cultural sino a lo social) lo que hace una tía con trapo es ciscarse en mi cultura, declararla individual y colectivamente inmoral, inferior e indeseable. El trapo, por encima de religiones y de discriminaciones, es una negativa militante a la integración.

Por eso no hay que guardarle la menor consideración al trapo ni a quienes lo llevan.

Y cada vez que digo esto, aparece el típico imbécil que me llama racista. Cuidado: no me importa que me llamen racista -toda vez que no lo soy- sino que me lo llame un imbécil intrínsecamente notorio. Si fuera racista étnico o religioso, no podría soportar, por ejemplo, a los negros, que son eso, negros, y mayoritariamente musulmanes. Y, sin embargo, si albergo algún sentimiento hacia ellos como colectivo, es más bien el de simpatía, simpatía que se ve acrecentada por el hecho de que, como tal colectivo, no se dedica a tocarme los cojones; y, mayoritariamente, son corteses y poco conflictivos (el hecho de que haya cuatro hijos de puta que, de vez en cuando, líen un festival de puñaladas no quiere decir nada: también lo lían, a veces, blancos cristianos e incluso… ¡blancos ateos!). No siento mi cultura agredida por un negro; tampoco por un hispanoamericano, por más ñeta o latin king que sea, porque su cultura es la mía (lo que es el tal gamberro es un puro y simpe asocial: lo es también en su país de origen); pero con harta frecuencia -hasta lo sistemático- la agredida por musulmanes árabes y, principalmente, indostánicos. Cada vez que veo a un cura de esos -imán, o como lo llamen- siento una enorme nostalgia por la FAI, no sé por qué será…

Me alegro, pues, de la ofensiva francesa contra el trapo casi como una redención también para este triste país nuestro en el que tal ofensiva sería imposible sin que los que la imposibilitan -menudo montón de botarates analfabetos- tengan la menor idea del despropósito que están cometiendo. Ni siquiera me quedará el consuelo de partirme de risa viendo a las imbécilas del buen rollito con el trapo puesto obligatoriamente, porque si llego a verlo también veré a mis hijas en la misma tesitura.

Si alguien con un fusil de asalto no lo remedia.

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Bueno, pues después de una semana bastante perezosa para con la bitácora (en realidad estuve bastante capficat con la asamblea de la Asociación de Internautas, en la que tuve que oficiar de anfitrión, puesto que este año se ha celebrado en Castelldefels, a catorce kilómetros de Barcelona), con esta paella cabalgo de nuevo, a ver si volvemos a imprimirle ritmo a la cosa. Y cerramos con ésta el mes paellero de junio.

El próximo jueves será 2 de julio, el primero de los dos meses veraniegos y vacacionales por excelencia. Por cierto, os anuncio que este año sí que voy a hacer vacaciones un poco en serio y que «El Incordio» cerrará tres semanas enteritas, ya os diré cuándo; pero se acerca fatalmente el momento en que mis hijas ya no querrán pasar las vacaciones con nosotros y, de hecho, me huelo que este año será el penúltimo (si no el último, espero que no) en que haremos vacaciones los cuatro juntos. Quiero aprovecharlo a tope antes de tener que escribir otro remedo del «nunca más ¡ay amigos! seremos estudiantes…». Así que os va a tocar pasar un poco de hambre.

Pero eso no será inmediatamente.

Un año de canon digital

De la serie: Pequeños bocaditos

Un año que son muchos más, tantos como seis. Pero bueno, la cosa se refiere a su aparición estelar en el Boletín Oficial del Estado, para vergüenza y oprobio de unos cuantos.

Se trata de un artículo de Felip Gordillo en 3cat24.cat titulado Un any de cànon digital: com està la situació dels drets a la xarxa?, artículo que documentó entrevistando a varias personas, entre ellas a este modesto escribidor a ratos. Está en catalán pero creo que puede entenderse sin demasiado esfuerzo. En todo caso, gracias a Enrique Dans, disponemos que una buena traducción al castellano, vía Google Translator.

Un artículo interesante. Y no porque salga yo.

😉

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