La mosca contra el cristal

De la serie: Correo ordinario

El pasado jueves 28, participé en un debate en directo en Barcelona TV (en catalán) sobre uno de los temas mediáticos recurrentes en nuestro ámbito: las descargas (el otro es el de la seguridad en Internet en todas sus facetas: menores, privacidad, ciberdelincuencia, etc.). En nuestro bando, aparte de un servidor, Carlos Sánchez Almeida, de quien poco hay que decir para presentarlo, es una referencia en el mundo del conocimiento libre, y, por último, una persona a la que yo no conocí hasta aquel día y a la que habrá que prestarle muchísima atención, Daniel Granados, músico y promotor de la empresa «Producciones Doradas», que intervenía por primera vez, el hombre, en televisión y tenía una cierta aprensión, pero lo hizo fantásticamente bien, exponiendo muy claramente su modelo de negocio, hablando con mucho aplomo y, en definitiva, describiendo con una diafanidad como yo nunca había visto nunca cómo un modelo de negocio alternativo en el mundo de la música puede funcionar perfectamente y denunciando con resolución todos los vicios, uno por uno, del sistema clásico. En mi opinión, y con todos los respetos a Carlos -que ya sabe que se los guardo escrupulosamente- y a mí mismo que, modestamente, no soy manco, Daniel fue el mejor de los tres quizá porque, perteneciente al bando profesional del adversario, irradió muchísima credibilidad; de Carlos y de mí podía pensarse aquello de «claro, y estos que iban a decir…». En el otro lado, estuvieron Jaume Sisa -al que, no sé por qué, llaman galáctico como a un equipo calzoncillero de antaño-, Eva Faustino, de APECAT (Associació de Productors i Editors Fonogràfics de Catalunya) y Josep Coll, abogado, músico y productor.

No voy a describir el debate en toda su amplitud, porque lo que me interesa es poner de relieve el acerrojamiento de los malos ante el modelo de venta de copias, pese a las protestas a grandes voces -de Sisa- de que no venden copias. Pues ya me dirán… Tampoco acabo de comprender a Sisa, a no ser que él sea a su vez productor, cosa que no me consta (aunque tampoco lo contrario): no es un cantante superventas (y nunca lo ha sido) y sus pocos o muchos ingresos por derechos peseteros de autor le vienen mayoritariamente de donde nadie los discute, que es del uso comercial de su obra más allá de la venta de discos; no es que conozca sus ingresos, pero lo que es seguro es que de sus discos no puede vivir (y no se le descarga tanto como para que pueda acusar al P2P de sus ventas poco masivas). Eva Faustino se mantuvo un tanto rígida porque, en la representación que ostenta, no podía salirse del guión. El más sorprendente fue, sin duda, Josep Coll; sorprendente en lo grato, porque discrepó radicalmente de la política de persecución del internauta, acusó a la $GAE (y similares) de estar llevando a cabo una política muy equivocada y mala (y no sé si llegó a decir que desastrosa o algo así: estoy hablando de cuando charlamos en la sala de espera antes del debate televisivo) y sorprendente porque aseguró poseer una fórmula milagrosa y perfectamente constitucional (más sorprendentemente aún: de carácter técnico) para frenar en seco las descargas que ellos llaman ilegales, pero que no había conseguido extenderla porque había intereses creados que se oponían a ello. No hubo manera de que soltara prenda sobre la naturaleza de esa fórmula milagrosa, ni sobre cuáles eran esos intereses creados, ni sobre quiénes ni porqué se oponen a esa solución presuntamente tan excelente: conspiración judeomasónica versión Sarkozy. Digo yo. Nosotros, desde un infinito escepticismo, pusimos la afirmación en la vitrina y la dejamos a beneficio de inventario. Ya sabes ¿no? hic Rhodus, hic salta. Pero, repito, se empeñaban todos, cada cual desde su punto de vista -no muy alejado el de unos y otros- en mantener contra viento y marea la fórmula del comercio copista, relegando sus muchas alternativas al puro voluntarismo de los autores… con lo que implícitamente (y no tan implícitamente) estaban defendiendo un modelo de negocio, no de creación. Que es su falacia tradicional: vincular el negocio a la creación misma (como no sea para atraparla y enjaularla…).

La caída del valor de la copia los lleva a mal traer, sobre todo porque sospechan que la cosa no tiene remedio. Saben que la tecnología irá siempre por delante de sus leyes, de sus abogados, de sus tráficos de influencias y de sus Bruni. Saben que contra sus prohibiciones y contra sus persecuciones habrá hacktivismo y habrá cualquier otro modo de tecnorresistencia y que siempre andaremos o por delante o, todo lo más, cinco nanosegundos detrás, pero que siempre tendremos hachas de eficiencia y de impunidad que reventarán, en días, ¡en horas!, sus costosos y gruesos escudos. Porque incluso sus sistemas de propaganda hacen aguas, y esa es otra historia muy relacionada.

Esta semana pasada leía en el (a mis efectos) redescubierto blog de Pepe Cervera, que ahora se llama «Perogrullo», una interesante entrada, El día que la prensa se suicidó, en el que narra cómo la más importante patronal de la prensa norteamericana de árboles muertos está barruntando -incluso contra su propia normativa antitrust- ponerse de acuerdo para que, todos a una, sus contenidos en red sean solamente de pago.

Estas cosas me alegran la vida. Me la alegran porque eso es una potente imbecilidad que, además, no se pueden permitir. A ver cómo lo explico. Les decía a los otros en el debate televisivo al que he aludido que lo de las descargas gratuitas no tiene vuelta atrás. Bueno, en directo no se lo decía yo, se lo dijo Daniel y se lo dijo Carlos. Previamente, yo les había dicho en la sala de espera que a veces me daban ganas de desear que ellos se salieran con la suya, porque me iba a mear de risa con el chasco que se iban a llevar. Y se lo razonaba de la siguiente manera: lo de las descargas a través de redes P2P lleva durando ya ocho o diez años; en ese tiempo, los jóvenes, los principales, mayoritarios y masivos consumidores de música -sobre todo de la mala, que es la que se vende más- han perdido la cultura de pagar. Si de pronto se les cierra el acceso gratuito a los contenidos comerciales, su reacción no será pagar sino, simplemente, buscar dónde se les da gratis: y ahí estará esperando ansioso tooooodo el colectivo de autores copyleft, para los cuales el cielo se abrirá ese día. Y los mercachifles se quedarán con tres palmos de narices. Conclusión (y así se la dije): si ganáis, perdéis; ni no ganáis, habéis perdido. Vuestro modelo, os pongáis como os pongáis, está liquidado. A partir de ahí, sólo dos soluciones: o la solución santillanopolanquista, de obligar a obtener una licencia estatal para poder producir y distribuir música (que es lo que pretenden los apropiacionistas con el libro digital de texto escolar, sustituyendo el concepto de piratería por el de intrusismo), con lo que entraríamos en un sistema de creación a lo soviético más radical, o la solución Sinde, que es la de meter cánones a todo y por todo para sostener a los vagos privilegiados en su molicie y en su machito.

Por otro lado, siendo esta la previsible actitud del público, es decir, buscar la alternativa gratuita -ergo copyleft– la prensa del bosque arrasado dejaría de constituir el punto de control de la propaganda del sistema, de modo que no sólo se trataría de que la gente continuara leyendo la prensa convencional sino de que no tuviera otra forma de informarse. Para ello, habrían de dejar Internet tan reducida, que no pasaría de ser un a modo de simple línea telefónica. Me parece que no iban a poder conseguirlo. Por lo tanto, controlarán o no controlarán Internet, pero la prensa papelera, a plazo incierto pero no muy largo, está liquidada. Y sus propias cifras se lo están indicando ahora. Es más, sin salir de la deforestación y aún prescindiendo de la red, apenas pueden soportar la competencia de la prensa gratuita que, a pesar de la crisis y de los reajustes sectoriales inevitables después del boom inicial, se les ha comido un importante bocado del mercado. Simplemente hallando un modelo distinto, que es el secreto del éxito.

Esto del cambio de modelo les pone histéricos cuando les hablas de ello, e intentan satirizarlo, se burlan, gritan como posesos exclamaciones airadas de total escepticismo; es natural: han basado todo su negocio y, lo que es más grave, todo su poder, en un modelo unívoco y rígido. No están dispuestos a admitir fácilmente que unos pendejos electrónicos nos meemos al pie de la viga, ya carcomida, que aún los sostiene a duras penas. Su problema es que los pendejos electrónicos no somos cuatro, como hace no tanto tiempo, sino millones y más millones, que, dentro de lo que cabe, hemos hecho la red a nuestra medida -porque los apropiacionistas, en su burrez digital infinita, la despreciaron cuando quizá sí hubieran podido implementar los sistemas para protegerse- y las dinámicas que ahora van lanzadas son muy difíciles de detener; no imposible -hay que admitir que nada es totalmente imposible- pero sí muy difíciles. También en estas dinámicas se han incardinado intereses económicos poderosísimos que quizá admitirían un cierto nivel de control, pero nunca un cambio radical en la configuración de la red: el poder tiene dentro a su propio enemigo, que es aquel sector que sí ha sabido ver de dónde soplaba el viento que ha nacido al arrullo del silbido de ese mismo viento. Las discográficas y las cinematográficas pueden ser poderosísimas, sí, pero también son poderosísimas Google, IBM, Hewlett Packard… incluso Micro$oft dejará tirada a la propiedad intelectual clásica si ve que ésta le frena el negocio y el negocio, incluso el negocio de Micro$oft, por más que ahora lo esté haciendo muy mal, está en la red.

Renovarse o morir. El que lo ha tenido claro y el que ha sabido ver que renovación o innovación no consisten solamente en cambiar el diseño y adquirir la jerga de la red y hablar mucho de cosas 2.0, ha salido adelante, ha sabido ver el futuro y no triunfará: está triunfando ya mismo. El que, todo lo más, cree que esto se soluciona vistiendo de seda digital a la mona apropiacionista, la caga, como la cagó el imbécil que creyó que para eso de innovar bastaba con ponerle un ordenador a la secretaria.

Es verdad que en esta lucha queda todavía mucha sangre que derramar, por desgracia. Pero, como en los chistes negros, no deja de hacer gracia ver a estos tíos estamparse contra los cristales de la ventana como una mosca imbécil que cree que algo no existe solamente porque no sabe verlo, que cree que más allá de sus antenas está el paisaje y que no hay nada que se interponga, simplemente porque no lo ve, y a pesar de darse una hostia detrás de otra contra la realidad, sigue erre que erre atizándose contra el vidrio. Y como yo no sufro a las moscas, cuando veo a una en esa tesitura, me lo paso en grande contemplando el espectáculo.

Aunque me manche el cristal.

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Comentarios

  • López  On 01/06/2009 at .

    Qué gran final.

    Este lo has bordado, Javier.

    Un abrazo.

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