Caca de vaca

De la serie: Los jueves, paella

Siendo Hugo Chávez el protagonista de la imbecilidad, quizá no debiera ni hablar del asunto. Porque una cosa es un outsider -lo que, según está la política actual, no sólo es muy respetable sino también necesaria y conveniente- y otra muy distinta es un salvapatrias medio pirado. Es una muy triste pena que la palabra bananero se inventara para la américa hispana y que haya fulanos que hagan pleno honor a ella. Venezuela, por lo demás, es una nación por la que siempre he sentido grandes simpatías, quizá porque los tres o cuatro venezolanos que he conocido son excelentísimas personas con cuya amistad me he honrado en algún caso, y siento que no se merece a un impresentable así. Ya, ya sé que está ahí porque lo han votado: qué me van a decir a mí, que vivo en un país que ha votado a cosa tan triste y tan deprimente como Zap II El Prorrogao

No me había enterado hasta ayer, cuando leí la noticia de que había retirado la última estatua de Colón en Caracas, de la inquina que el napoleonsito bananero le tiene al Descubridor. Y bordó la cosa, según parece, con el recurrente discurso del genocidio que habríamos hecho los españoles en América, genocidio en el cual -vistos sus apellidos- debieron participar, por cierto, los antepasados del tío este.

Es un discurso recurrente, decía, y en ese discurso no es Chávez el único ni el más caracterizado. Incluso hay españoles que se lo tragan a pies juntillas y lo rebotan repitiéndolo, más que como el eco, como el ajo. Y es un discurso absolutamente imbécil, propio de retrasados mentales. En primer y principal lugar, por extemporáneo: juzgar hechos acontenidos hace entre trescientos y quinientos años desde la perspectiva ética actual es como decir que Newton era un burro porque no tuvo en cuenta la teoría de la relatividad.

Es verdad que España colonizó buena parte de América, es verdad que esa colonización causó desequilibrios y es verdad que se cometieron algunas atrocidades, y que si bien la inmensa mayoría d elas cuales sólo pueden considerarse tales desde una óptica actual, no es menos cierto que también las hubo -muchas menos, pero las hubo- desde la propia visión ética de la época. Pero los españoles somos -y éramos más aún en el siglo XVI- un pueblo mestizo y como miembros de tal se comportaron los antepasados de Chávez (porque los míos, como es notorio, se quedaron en casa) mezclándose con las poblaciones autóctonas y dando lugar a millones de criollos, mulatos y demas cruces étnicos. Es verdad que, como buenos colonizadores, España explotó económicamente esos territorios, pero también es verdad que dejó universidades, hospitales, grandes cantidades de ingeniería civil, infraestructuras, etc. Colonizadores, es verdad, pero habría que mirar la cantidad de hospitales, universidades, caminos e ingeniería civil que dejaron ingleses, franceses, holandeses, etc., en la propia América y en África, Asia y Oceanía. No veo que los británicos dejaran en Nigeria, en Kenia, o los franceses en Argelia o en el Congo, una burguesía mestiza como los españoles dejamos en América; burguesía que, por cierto, fue la que acabó echándonos de allí y la que labró las respectivas independencias nacionales. Y burguesía, hay que decirlo todo, que en conjunto del período histórico de la colonización fue la principal autora de las presuntas atrocidades cometidas contra los pueblos indígenas. En definitiva, salvo en Argentina, donde los indígenas sí fueron totalmente exterminados -precisamente por esa burguesía mestiza, a la postre autóctona- en el resto de América las poblaciones originarias se cuentan hoy en cifras porcentuales de dos dígitos. No quedan unos pocos miles confinados en reservas poco menos que zoológicas -como ha sucedido en zonas coloniales donde, al parecer, los derechos humanos en el sentido más rabiosamente moderno de la palabra se respetaron escrupulosamente- sino que se cuentan por millones.

Están, es verdad, socialmente marginados y la práctica totalidad de ellos engrosa la nómina de los pobres. Es evidente: los peruanos, bilivianos, ecuatorianos y demás que tenemos por aquí, no forman parte de la burguesía criolla de origen europeo, sino de la población india. Pero desde hace siglo y medio, los españoles ya no tenemos que ver con este problema salvo como antecedente del mismo… cada vez más remoto. Los antepasados del señor Chávez -y el propio señor Chávez- han dispuesto de ciento cincuenta años (como mínimo) para arreglar ese problema y, en vez de eso, se han constituido en una especie de mafia corrupta que ha traicionado sistemáticamente los intereses de su pueblo.

Y ahora le da al fulano este por el redentorismo anticolombino. Hay que ser zoquete porque, por otra parte… ¿qué culpa tendría precisamente Colón de lo que aconteció después? ¿Qué se supone que debió haber hecho? ¿Pasar de largo cuando tenía ante sus narices la prueba -eso dice la Historia que creía- de todas sus teorías geográficas?

En fin… Nuestro vigente monarca, en un rapto del todo carajillero, lo quiso hacer callar con la frase que ya se ha hecho ilustre hasta en los tonos de los móviles. Yo, en cambio, no. Yo, al contrario, le pido que hable, que hable mucho, que no detenga su verborrea… que me siga procurando estos ratos inolvidables de partirme el culo de risa mientras escucho sus, al parecer, infinitas botarateces. Total, a Colón le importa ya una mierda lo que haga ese elemento…

Lo siento, en todo caso, por los venezolanos, pobres…

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El avión de Air France caído sobre el Atlántico… Casi 240 pasajeros… ¡Tres españoles! Es curioso cómo reaccionamos ante las noticias según sean cotidianas o no, extrapolables a nuestras vidas o no…

El domingo tenía a comer en casa a mis padres y justo en ese momento dieron la noticia por la tele (yo ya la conocía por la red, pero no la valoré ni mucho ni poco): mi madre palideció y estuvo dando cabezadas de horror sin parar hasta las seis de la tarde, hora en que se fueron.

Pero 240 seres humanos es lo que se cepilla una brigada de paracaidistas israelíes en un día de baja productividad; o un hijo de puta que está como una cabra y que se inmola en una traca de veinte kilos de dinamita en un mercado de Bagdad o de Islamabad creyendo que no sé qué dios le va a dar cien huríes vírgenes o no sé qué fantasía marihuanesca. ¿Y cuántas veces esa cifra cae diariamente en el mundo víctima del hambre, de las enfermedades perfectamente curables con inasequibles medicamentos patentadísimos, de la esclavitud (dos, tres o veinte peldaños más arriba del contrato basura), del envenenamiento de las aguas por fabricantes sin escrúpulos…? Sin embargo, esas cifras que son el resultado de multiplicar muchas veces 240 no nos hacen temblar el pulso lo suficiente como para que se derrame una sola gota de sopa de la cuchara cuando el telediario nos arroja -preferiblemente a la hora de cenar- la cuenta de resultados del día (siempre, por supuesto, que no haya cosas más espectaculares y más guay, o que la Pe no se haya tirado un pedito en un cóctel).

Las cosas de negros y de moros y de judíos y de tamiles y de pakistaníes… y demás, nos afectan más bien poco. Ya se sabe que esos… bueno, esos, son pringados, parias, y ya se sabe también que los parias viven así, rodeados de mierda, de sangre, de fuego y de metralla; ya deben estar acostumbrados: total, cuando se entierra al cuarto hijo que te ha reventado un poli judío o un chalado islamista, ya está uno habituado y no le viene del quinto, del sexto…

Pero, claro, un avión que va de Brasil a París, un avión francés cargado de europeos, de americanos y de algunos otros… ¡Ay, Señor! ¡Y seis niños, había..! Y esa azafatita que, viva, era una sudaca de mierda, pero, debidamente muerta, es toda una españolita, hija mía… ¿Y esa niña de los del cava, que se acababa de casar? ¡Ay, Dios mío!

Porque en ese avión, en un trayecto u otro, quizá en el mismo, como la niña del cava, podía haber ido cualquiera de nosotros.

Y es que es así como se escribe el horror y la solidaridad y lo demás es puro espectáculo. Incluso podemos llegar a olvidar que en cierta ocasión fuimos nosotros los pringados a quienes se llevaron 199 ciudadanos en cuestión de minutos.

De la risa al llanto, como de lo sublime a lo ridículo, sólo hay un paso.

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¡Hombre, hablando de lo sublime y lo ridículo…! Esta semana nos ha alegrado las pajaritas doña Leire Pajín que, del bracillo con Pepiño y con el mismísimo Zap, y con la ministra miembra balanceando el hisopo sobre el trío, conforman la imagen más cabal de lo que es esta generación política (en versión socialista, en este caso). Pero es que, además y realmente, cuesta encontrar alguna agrupación política cuyos dirigentes adolezcan de un nivel intelectual tan bajo, cosa que tiene su mérito estando ahí IU. Pero, realmente, lo de la actual cúpula socialista es para abrirse las venas (siempre, claro, que se sea un militante veterano, ideológicamente curtido y con la imagen de lo que debería ser el socialismo en España bien perfilada). En mi caso, como estoy lejos de la militancia socialista (a años luz) estoy también lejos del suicidio ritual, si bien, dado que el gasto se paga con mi dinero, junto con el de otros 46 millones de panolis como yo, la cosa tiende más a lo escatológico que a lo dramático: o sea, que con más frecuencia esto es para cagarse -con ciertas ganas de vomitar añadidas- que para autolesionarse con intención terminal.

Esa ignorancia supina se manifiesta a las claras en la desmesura verborréica: la parida de la Leire ayer fue proverbial. Pero es que, además, yo voy llegando poco a poco a la conclusión de que se lo están creyendo y todo. Algunos, no todos, pero sí, hay cuatro o cinco en el Consejo de ministros que estas cosas se las creen. Y esto es terrible.

No es nada agradable la imagen de la bodeguiya en la que, entre carambola y carambola, Felipe se burlaba de los españoles entre las risotadas de sus amigotes; no es nada agradable, imaginarse un número parecido, pero protagonizado por Ánsar y Busch: tú no te preocupes, bwana, que a estos cuarenta y pico millones de pencos te los tengo yo bajo control. Pero, no sé, aunque fuera para darnos por el saco, uno no puede por menos de tranquilizarse cuando ve que saben lo que se traen entre manos. Pasa como con la bomba atómica: que la tengan los norteamericanos, los británicos, los franceses, los rusos (incluso cuando eran soviéticos) y los chinos, gracia no es que haga gracia, pero sabes que tienen todos los protocolos técnicos y políticos muy completos, muy estructurados y muy puestos a prueba en juegos de guerra constantes (aclaro que esto de juegos de guerra, en este entorno, no es una expresión coloquial, sino técnica: son practicas de simulación a las que se someten periódicamente todos los políticos y mandos militares que tienen en su bolsillo la llave del botón fatídico); pero uno ve a esas cabras con turbante y otras ridiculeces y se caga de miedo cuando piensa que esos trastos los tienen también norcoreanos, iraníes o pakistaníes; y con indios e israelíes aún no tengo claro qué pensar.

Pues el poder en manos de esta gente tan limitada me produce un miedo parecido; menos físico, por supuesto -salvo un secreto tan bien guardado que resulta increíble y más en España, Zap no tiene botón que pulsar como no sea el de la descarga del WC- pero no menos emergente: vivimos momentos tremendamente delicados, con un mundo en muy severa crisis; y no solamente pienso en la crisis económica que nos aqueja ahora: ésta, al menos de momento, sólo es una complicación de la enfermedad; vivimos, digo, una severa crisis social y política a nivel global; y también una crisis industrial y tecnológica. La Historia va a darse la vuelta como un guante y no es aventurado ni determinista pensar que dentro de veinte años este mundo va a ser muy distinto, quizá radicalmente distinto, de como es ahora. Premio al imbécil que dictaminó el fin de la Historia: ésta no sólo se ha detenido sino que se ha acelerado y no veas de qué manera. Mirad cómo era el mundo hace veinte o veinticinco años; pues bien, ese cambio, apenas será una modificación cosmética comparado con el que vendrá dentro de otros veinte o veinticinco años.

Y en un proceso tan grave, tan trascendente, el timón español está en manos de una verdadera chusma, está en manos de tíos (¡uy! y tías: no olvidemos la paridad, que no viene de parida, aunque debería) que no saben lo que se pescan, cuyo acceso y permanencia en el machito se debe exclusivamente a lo botarates que son los de la oposición, que déjalos correr, también, pese a que allí, el que no es registrador de la propiedad es inspector de Hacienda, hay que joderse lo que les ha aprovechado tanto nivel académico.

El problema, por lo demás, es que en el resto de Europa, aunque el nivel es mucho mayor que aquí (y ahora veremos que no es tan difícil) tampoco da para alegrías: Sarkozy, por ejemplo, es de poca talla mucho más allá de la estatuta métrica; y… ¿qué vamos a decir de Berlusconi? ¿Hablamos de los impagables gemelos polacos? ¿Y el circo del laborismo británico de ahora mismo? Lo único que se aproxima -más o menos- a algo parecido a un estadista, es frau Merkel. Atrás quedaron ya gigantes de la talla de De Gaulle, de Adenauer… incluso de grandotes no tan gigantescos pero perfectamente presentables como Pertini, Mitterrand o Kohl; hasta González o Suárez se erigen en políticos de fuste al lado de esos pringados en cuyas fofas manos estamos.

Los ciudadanos, por otra parte, no dejamos de tener lo que nos merecemos. Nos hemos dejado desactivar como perfectos gilipollas y nos hemos vuelto porquerías hedonistas incapaces de asumir ya no sacrificios (¡uy, sacrificios…!) sino la menor contrariedad, ni siquiera al llamado de una empresa grande. Nuestro castigo, a la postre, será asumir sacrificios de todas formas, pero no para asumir logros para nosotros sino para que los asuman los otros, el enemigo.

No quiero ser pesimista, y creo, además, que no lo soy; es un puro ejercicio de realismo: si esto no se endereza, nos esperan tiempos muy, muy negros.

El que viva, verá.

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Finaliza aquí esta paella tardía, con casi veinticuatro horas de retraso sobre el máximo tolerable y con treinta sobre su parrilla horaria habitual. Ya lo siento: ayer tuve un día bastante espeso y esta mañana la he cagado por una tontería absurda, pero cuando uno está cansado a modo, es cuando hace tonterías absurdas.

Tarde y mal, pero cumplir, se ha cumplido y ahí queda eso, que ya dicen que todos los santos tienen su octava. El próximo jueves será 11 de junio, una fecha, un orden de fechas, que pese a que han pasado más de treinta años desde que se acabó para mí, me sigue trayendo a la memoria reminiscencias tremebundas que ahora revivo en mis hijas, sobre todo en la mayor. A ver si pasa pronto que, por otra parte, ya parece que el viento trae lejanas pero ciertas canciones juveniles, aires de campamento (ya llevan algunas semanas preparando actividades y cuadrantes, como en mis viejos tiempos, qué envidia), ciudades de lona, días de saco de dormir, mochila y bota montañera.

Nos vamos viendo, queridos…

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