Quince mil millones

De la serie: Rugidos

En realidad, cerca de dieciséis mil. Esto, expresado en pesetas de las viejas, es lo que un club del calzoncillo ha pagado por un tío que se dedica a darle patadas a una pelota, al parecer con cierta habilidad: 90 millones de euros; más unos cuantos nosequeses, en razón de pitos y flautas, que acercan la cuestión a la redondita cifra de cien millones (de euros of course). Diversos medios y bitácoras han puesto en relación esta cantidad con el coste de no sé si son tres o cuatro viajes a la Estación Espacial Internacional, a los presupuestos de no sé qué Estado (pequeñito, eso sí), a los fondos de ayuda al desarrollo y a un montón de cosas más, justas y necesarias, que podrían hacerse con esa pastizara.

En otro aspecto de la cuestión, el otro club del gallumbo -éste con barretina- ha puesto el grito en el cielo porque dice que esto es una locura que distorsiona el mercado (¿lo distorsiona?). Y, para redondear, algunos han dicho que el club -el que se supone que ha pagado- no puede soportar ese importe, lo que le llevaría a constituirse en sociedad anónima (y, deduzco yo, verse adueñado por el tío que ha montado todo este tinglado que es quien pone la pasta; bueno, más que ponerla, la avala, pero ese fulano no da puntada sin hilo y seguro que lo tiene todo previsto).

Pero, para mí, todo esto es secundario.

El hecho de que se gaste ese dineral en algo tan estúpido y, aún peor, el hecho de que, con independencia del buen o mal fin de todo el asunto, pueda pensarse racionalmente que ese despilfarro puede ser rentable, por la simple pero no única razón deque otros despilfarros anteriores lo han sido (y, en su momento, también levantaron similar escándalo farisáico), tiene un valor impagable para ilustrar el grado de decadencia de una sociedad. Porque, efectivamente, es la decadencia, la amoralidad, el abotargamiento social el que lleva a esto y no otra cosa. Para el dirigente calzoncillero, esto no es más que un negocio y el problema no es el dirigente calzoncillero, sino el negocio en sí mismo.

Casi cien millones por un tío que da patadas; pero luego, habrá tortas para conseguir localidades para verlo patear a unos precios de absoluta locura (en la final de la champions, esa que ganó el calzoncillo con barretina, a la puerta del campo se llegaban a ofrecer tres mil euros -medio millón de las viejas- por una localidad, por la que fuera), y las cadenas de televisión armarán guerras a muerte por hacerse con el pastel de la exclusiva, pastel que será a su vez rentable porque muchísimos miles de ciudadanos pagarán por ver los patadones desde su casa.

No tenemos más que lo que toleramos. En algunos casos, como en este, tenemos lo que queremos. O, como decía un antiguo compañero de trabajo, tenemos lo que se merecen. Hemos llegado a asumir un hedonismo que no se detiene ante la desmesura: en tiempos de crisis -que dicen, porque yo no la veo por ninguna parte y esto mismo es una buena prueba- el ocio no se derrumba, en absoluto: a lo sumo, se reconvierte. Hemos llegado a ser tan indecentes ante nosotros mismos que el viejo panem et circenses que proclamaban los romanos ha sido perfeccionado hasta llegar a un único circenses, y hemos tragado con la boca bien abierta.

Hay veces en qué me pregunto para qué me esfuerzo, para qué echo tantísimas horas entre internáuticas, softwarelibreces, y algún pinito en un sindicato, en una APA o en una entidad vecinal, aparte de cotizar económicamente en Greenpeace y en ATTAC, ya que las horas no me alcanzan para dedicarles más que unos modestísimos óbolos. Me pregunto para qué luchar por una mierda de conglomerado social que no tiene otro norte que darse todos los gustos que pueda alcanzar con su triste y marrano mileurismo, que con tal de pillar la migaja sucia y maloliente que les sobra a los cerdos después de su apestoso banquete son capaces de renunciar a conquistas que costaron sangre, sudor y lágrimas a decenas de generaciones y de renunciar, además, sin siquiera un gesto de contrariedad.

Me pregunto por qué lucho contra el canon si se merecen todos los cánones que les quieran imponer y más (total, se los van a tragar la mar de contentos); me pregunto por qué estoy bregando por el software libre si los muy gilipollas, en su analfabetismo abyecto (y no sólo digital) consumen y pagan a quien les esquilma, a quien los toma de rehenes y encima esbozan una sonrisa de perro que menea la cola satisfecho de que el amo le dedique una mirada.

Me pregunto, en definitiva, por qué no sigo el consejo de Pérez-Reverte en el sentido de que, total, ya que la voy a cagar lo mismo, ya que voy a pagar igual que todos, ya que me voy a hundir en la misma mierda que esa chusma, podría, al menos, sentarme cómodamente y disfrutar del espectáculo del Gran Derrumbamiento el poco o mucho tiempo que la suerte, el destino, la casualidad o lo que quiera llamarse, tarde en adjudicarme la cuota de cascotes destinados a aplastarme concretamente a mí.

A veces, hasta tengo ganas.

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Comentarios

  • Celu  On 12/06/2009 at .

    Decía Nietzsche que: “A quien no podáis enseñar a volar, enseñadle a caer mas deprisa”.
    Si alguien está haciendo algo mal y otro le va corrigiendo sus errores, entonces, lo seguirá haciendo siempre mal.
    Las revoluciones solo se dan en los callejones sin salida, por lo que es preferible dejar que den con la testuz en el muro.
    Lo que pasa es que no podemos elegir ser diferentes a lo que somos.

  • Jorge Delgado  On 12/06/2009 at .

    Leí hace unos días que Benicio del Toro declaraba en una entrevista que “Cuando un actor gana más dinero que un médico, un profesor o un policía, algo marcha mal”.
    Además de ser extensible al mundo del deporte, tiene más razón que un Santo.

    Cuando alguien que no hace otra cosa que proporcionarnos un rato de diversión (y muy de vez en cuando) gana más que alguien que salva vidas, educa a nuestros hijos o vela por nuestra seguridad, es que hay algo que está muy mal en nuestra sociedad.

    Lo peor no es que se haya pagado esa bestialidad de dinero por un contrato, lo realmente repugnante es que este individuo va a cobrar la friolera de 750.000 euros al mes, sólo por darle patadas a un balón durante un ratito a la semana, mientras que hay padres de familia a los que Negreros sin escrúpulos (no se les puede llamar empresarios) hacen que se jueguen literalmente el pescuezo todos los días por 1.000 cochinos euros al mes, si es que llegan a esa cantidad (lo que este individuo gana a la hora).

    Pero mientras no nos falte el júrgol, aquí no pasa nada.

    Asco de país…

  • Ryouga  On 12/06/2009 at .

    supongo que para mi la respuesta esta en las minorias, hay una pequeña parte de la población que le agradece sus esfuerzos, seremos pocos pero los grandes avances en el mundo siempre han sido obra de una persona o un pequeño grupo.

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