La red y el poder

De la serie: Correo ordinario

Hay que ir con cuidado cuando se dicen ciertas cosas, por más que sean las verdades del barquero, porque parecen tan truculentas que a la postre resultan increíbles. Hace dos o tres semanas, en aquella intervención en Barcelona TV (en catalán), Carlos Sánchez Almeida soltaba, así, sin anestesia ni nada, que detrás de toda la cagarela de la propiedad intelectual se escondía una maniobra a gran escala para controlar la red. Aquellos tres que teníamos enfrente se pusieron a gesticular como molinos de puro escandalizado y me imagino que muchos espectadores reaccionarían de manera parecida. Y no por mala fe -ni siquiera en los tres aludidos- sino por pura ignorancia, por pura inobservancia del fenómeno a escala global. Carlos había plantado ante la estupefacción ciudadana la versión digital de la conspiración judeomasónica.

Pero el posible error dialéctico -si lo hubo- no le quita a Carlos ni un milímetro cúbico de razón y todos los que llevamos algún tiempo husmeando por la red y reflexionando sobre su morfología y sobre su proyección y uso social, sabemos que esa razón la tiene por hectómetros cúbicos. Somos muchos -muchos, dentro del ajo, por así decirlo- que estamos al cabo de la calle que toda esta lucha entre los internautas y el apropiacionismo intelectual no es en realidad tal; es, simplemente, el decorado, la pantalla, el bote de humo que oculta la lucha que verdaderamente se está librando: la de la ciudadanía y sus derechos civiles contra el poder que, aún vestido de lagarterana democrática, no logra ocultar su vertiente tiránica. Y es exactamente así, y quien no quiera verlo, que se quite las gafas de color de rosa que lleva puestas (o que no se las quite, que ya se lo encontrará cuando le metan sus derechos elementales por el sitio de las hemorroides).

Leo esta mañana una entrada de Enrique Dans en su bitácora. Habla de Irán en relación con los medios sociales en red. Y explica cómo la que hay allí liada ahora mismo, que tendrá el buen o mal fin que el futuro depare, hubiera sido imposible sin una sociedad interconectada. En consecuencia -y tácticamente tarde- el Gobierno iraní ha empezado a crotar los SMS, los accesos a redes sociales y quizá pronto la emprenda con las bitácoras; harto, además, de las comprometedoras escenas que, vía satélite, llegan a Occidente, también acaba de anunciar a los corresponsales extranjeros que una vez hayan expirado sus acreditaciones -de lo que cabe deducir que ello acaecerá pronto- tendrán que tomar el tole (o sea, el avión) y largarse con viento fresco. Soberana estupidez; comprensible desde cierto punto de vista -desde el punto de vista tecnológicamente analfabeto- pero estupidez a fin de cuentas.

Recuerdo que, en 1991, cuando Saddam Hussein ocupó Kuwait, decenas de radioaficionados empezaron a emitir comunicados a Occidente explicando prolijamente lo que allí estaba sucediendo y transmitiendo -muy probablemente- información de importante valor estratégico para los aliados. Esto de sacar una antena y andar soplando cosas a los aliados, podía significar, en caso de ser descubierto, una muerte cierta; y, probablemente, bastante dolorosa, porque la gente de Saddam no se andaba por las ramas en esto de hacer pupa. Sin embargo, o el riesgo era bastante calculado o el patriotismo de los radioaficionados kuwaitíes era de quitarse el sombrero -probablemente, ambas cosas- y, unas por otras, las transmisiones no se interrumpieron en ningún momento. Ya que hablo de esto, alguien tendría que escribir largo y documentado sobre esos radioaficionados heróicos.

Además de eso, todos pudimos ver en riguroso directo, gracias a la CNN y sus sistemas avanzados, el primer bombardeo sobre Bagdad, y todos pudimos reirnos a mandíbula batiente de aquello de que los aparatos aliados eran derribados y caían del cielo como hojas en otoño.

Sospecho que, por más que expulse corresponsales, por más que cierre sistemas telefónicos y redes IP, el Gobierno iraní no va a poder evitar que un puñado de osados tecnómanos filtren información a mansalva. Lo harán, unos, por activismo político; otros, por ideología religiosa, cívica o, en definitiva, política también; y otros más allá, por puro deporte, por el simple desafío técnico de burlar a golpe de pura inteligencia, las barreras de la brutalidad. Pero, por unos o por otros, no nos va a faltar buena información, no van a faltarnos imágenes clandestinas tomadas desde cámaras domésticas digitales, no van a faltarnos relatos de primera mano de lo que allí esté sucediendo.

Y esto es odioso a ojos de todos los políticos. El ejercicio del poder, tal como se concibe hoy, necesita como la propia respiración controlar todos los canales a través de los cuales fluye la información; y no sólo eso, sino que necesita, además, hacerse intermediario de toda la información que circule, de forma que el político sea el centro de una constelación -cuanto más pequeña mejor- de canales de comunicación unidireccionales y radiales. Es decir, lo que otro ciudadano quiere decirme a mí, va por uno de esos canales hacia el político y el político lo redistribuye hacia mí… previa limpieza de los contenidos inconvenientes. Y viceversa. No hubo, hasta ahora, un canal bidireccional y directo de ciudadano a ciudadano. Pero es que lo que hay ahora es aún peor (para el político, claro): y es que el flujo no es solamente directo de ciudadano a ciudadano sino de un ciudadano a todos los demás ciudadanos, de forma instantánea, simultánea y ultraeficiente.

Cuando un periodista redacta una noticia, ya lo hace sabiendo, en la mayoría de los casos, quién la va a editar. Y ese conocimiento constituye el primer escalón: la autocensura. El director de la publicación es el que paga y, por tanto, el director es el que purga; por tanto, sabiendo de qué pie calza el director, ya se suprime o se modifica con carácter previo y cautelar todo aquello que pudiera no hacerle gracia; a su vez, el director depende del editor, que es el que paga, y también el director aplica la medicina preventiva del bolígrafo rojo para no cabrear al editor. Y el editor, en definitiva, depende de un consejo de administración y éste, a su vez, quizá del consejo de administración del holding mediático al que pertenece la empresa editora. Pues bien: todos y cada uno de estos eslabones pueden ser controlados, de manera más o menos sutil, sibilinamente o a viva -aunque oculta- fuerza, por el político (cuando no es el político el que está a su vez controlado por el grupo mediático, porque esta es combinatoria con un exponente bastante altito).

En cambio, un desgraciado como yo (y lo que es peor: millones de desgraciados como yo) puede: editar una bitácora, ser un elemento activo en redes sociales, participar en listas de correo y en foros, hacer aportaciones en agregadores de noticias… y así hasta un etcétera larguísimo, y todo ello, a falta de control en los canales de difusión, absolutamente fuera de toda posibilidad de intervención por parte del poder. La capacidad de proyección que ofrece la red es absolutamente impresionante. Por un lado, la posibilidad -puramente teórica, claro, pero no menos cierta, no menos real como tal posibilidad- de ser leído por centenares de millones de personas; y por otro -y muy importante- la nube de opinión ciudadana -densa, extensa y ¡ay! ruidosa- que se forma de manera imparable y absolutamente incontrolable. Ya no es posible obviar un tema por la vía de silenciarlo mediáticamente; ya no es posible ofrecer una versión autorizada y, por supuesto, unívoca, de cada acontecimiento, de cada hecho, acto o suceso político.

Esto los trae a mal traer. Además, en esa combinación de soberbia e ignorancia tan propia del político, despreciaron la red hasta que se les fue de las manos, si es que algún día la tuvieron en ellas (potencialmente, sí). Si en su prehistoria hubieran podido prever en qué iba a parar esto, seguramente Internet no existiría hoy o no existiría tal como la conocemos. Pero ahora ya está como está y es irreversible, porque en ella confluyen, por demás, multitud de potentísimos agentes económicos que no van a permitir que se les estropee el negocio: les resulta mucho más fácil obligar a los políticos a adaptarse a la nueva situación.

Y los políticos se resisten: Ya son conscientes -les ha costado, pero hasta ahí han llegado- de que no pueden cepillarse la red. Lo que hay que hacer, pues, es ponerla bajo su control, pero… ¿cómo? El método chino, cubano o iraní es un remedio -incompleto y negligente- para mal salir del paso, pero no tiene futuro a medio plazo, quizá ni a corto; entre otras cosas porque no se controla la red: se la cercena simplemente. Vale: como el coche de policía es más lento que el de los ciudadanos, lo que hacemos es cerrar la autopista. Pero todos saben que la autopista no puede ser completamente cerrada, que a lo largo de su recorrido hay centaneres de puntos por los que la clausura puede ser burlada y, además, impunemente (¡el coche de la policía sigue siendo el más lento!).

Pero en el caso de los políticos occidentales existe un plus de dificultad. En primer lugar, que juegan a ser democráticos, lo que descarta el método islámico-comunista so pena de que se les vea -demasiado- el plumero; en segundo lugar, que la práctica totalidad de las constituciones occidentales están redactadas, incluso las más modernas, en la era del papel. Como el papel y el audiovisual analógico son elementos controlables por escaso, ya que los medios de comunicación requieren de grandes inversiones inasequibles al común de la ciudadanía, se establecieron amplios conceptos protectores de la libertad de expresión que quedaban muy bien vestiditos de cara al ciudadano -que lo único que podía hacer con tales derechos era metérselos con el trasero, a falta de medios para ejercerlos, como suele suceder con la mayoría de derechos fundamentales- pero que constituían, en realidad, las reglas del juego que iban a establecer las relaciones entre los políticos y los dueños de los medios de comunicación. La libertad de expresión jamás fue concebida para una democracia real. El problema ha llegado cuando la tecnología sí ha permitido la eficiencia de la libre expresión a nivel individual. Entonces, toda esa cubierta protectora de la libertad de expresión, concebida a beneficio del poder -del político y del fáctico- se ha vuelto contra el propio poder.

La propiedad intelectual es el gran pretexto para tratar de implementar ese control. En realidad, la propiedad intelectual no genera tanto valor relativo -es decir, en comparación con otros sectores industriales- como para que se esté montando la que están montando; pero es especialmente idónea como pretexto para acceder a ese control. Con todo, es un pretexto endeble que, en sus propias reglas, ya ha recibido varios revolcones. Pero ellos siguen, tozudamente: su obsesión por el control hace que todo sea bueno: la propiedad intelectual, la ciberdelincuencia, la pornografía infantil (también interesada y brutalmente sobredimensionada… si no promovida, que piensa mal y acertarás) y cualquier otro etcétera que pueda ser útil para aproximarse al objetivo.

La cuestión es si, aunque puedan crackear el sistema constitucional, podrán cepillarse la estructura tecnológica, si lo de ponerle puertas al campo, la expresión que los ciudadanos hemos tomado como metáfora principal de nuestra invulnerabilidad técnica, no va a resultar, en definitiva, una realidad material.

Como siempre, como digo siempre, la realidad del futuro resultará mucho más apasionante que todas las elucubraciones y todas las prospectivas que puedan hacerse. Hasta la ciencia ficción acaba quedándose corta. Yo estoy casi seguro de que los políticos no se saldrán con la suya y tendrán que reconvertir su democracia en un mecanismo más verdaderamente participativo. Habrán de ceder un cierto trozo de pastel -veremos de qué tamaño- a la ciudadanía, pero algo, aunque sea menos de lo que tienen ahora, es mejor que nada.

Lo que puede que sea divertido es ver cómo lo harán.

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Comentarios

  • Ryouga  On 15/06/2009 at .

    sublime, una clarificadora explicacion de los acontecimientos ,una joya para ese libro que tenia previsto y espero llegue algun dia, de momento voy a imprimirlo para algun amigo anclado en lo analogico.

  • ExpoBi  On 16/06/2009 at .

    Por fin alguien que dice la verdad de lo que esta pasando.
    Excelente y atinado, espero que otros se hagan eco y leamos más sobre este enfoque.

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