El foto… matón

De la serie: Correo ordinario

Cada vez se pone más complicado esto de fotografiar. Parece que las cámaras de fotos, y más cuando se lleva una réflex, que, aunque sea de las de gama baja, a ojos de analfabeto siempre parece el camarón de un paparazzi o una ametralladora del 12/70, ya no lo sé, y mucha gente se pone de los nervios.

En los foros de spotters, los incidentes aparecen constantemente. Basta acercarse con una cámara a un aeropuerto -fuera de éste, claro- para que aparezca alguien de uniforme poniendo pegas; si es un segurata es fácil neutralizarlo porque en la vía pública no es absolutamente nadie, en términos de autoridad, pero si es un policía (incluyendo a la Policía Militar) o un guardia civil, la cosa ya es mucho más delicada, sobre todo si no hay testigos. Si los hay, basta con envainarse la cámara (aunque puede desobedecérsele, ya que podria estar cometiendo un delito de abuso de autoridad, pero es mejor no darle razones) y, a continuación, pedirle su número de identificación y denunciarlo con el apoyo de estos testigos. Si uno está solo, más le vale pasar por el aro, porque montar una trifulca sólo lleva a que el tío se invente el argumento de la película y, su palabra contra la tuya, estás frito. Así funcionan las cosas en este país de mierda, aunque eso de que los de la chapa y la fusca hagan lo que les dé la gana impunemente es un problema prácticamente internacional.

Ya conté aquí mismo cómo me las tuve con un segurata cuando pretendí, desde la Rambla de Catalunya (vía pública, evidentemente) fotografiar la fachada de la Diputación barcelonesa. También, si uno va un sábado a la plaza del Pi y pretende realizar fotografías en aquel lugar (en el que los sábados se monta una feria de pintores que vende allí sus cuadros), nunca, nunca, nunca falta el imbécil que viene a decirte que los cuadros no se pueden fotografiar. Nada, tonterías.

Antes de seguir -y para que todos los aficionados de cualquier nivel a la fotografía lo tengan claro de una vez- sépase lo siguiente:

1. Toda obra ubicada en la vía pública con carácter permanente puede ser fotografiada y esa fotografía puede ser divulgada. Cante el artículo 35.2 de la Ley de Propiedad Intelectual: «Las obras situadas permanentemente en parques, calles, plazas u otras vías públicas pueden ser reproducidas, distribuidas y comunicadas libremente por medio de pinturas, dibujos, fotografías y procedimientos audiovisuales». Alguna vez leí por ahí que el inevitable segurata le prohibió a alguien fotografiar la fachada del Guggenheim arguyendo que tiene «propiedad» intelectual. La única propiedad intelectual que protege al Guggenheim es que su imagen no puede formar parte, sin autorización, de una marca o logotipo ajenos o de cualquier tipo de identificación comercial: no puedo usarla para ilustrar el logotipo de mi marca de caramelos, por ejemplo… Insisto mucho en lo dicho antes: en términos de autoridad, un segurata no es nadie en la vía pública, salvo unos ciertos derechos de persecución (del que ha robado en el interior del local que protege, por ejemplo) o cuando custodia la carga y descarga de caudales, y otras situaciones similares, muy concretas y muy específicas. Así que ni caso si sale uno con ganas de gresca.

2. Obra de arte o no, todo lo que está a la vista desde la vía pública puede ser fotografiado, sin otro límite que la intimidad de las personas y el derecho a su propia imagen. Pero, ojo: la intimidad de las personas y el derecho a la propia imagen afectan a la divulgación de la foto, no a su obtención. Su obtención no puede ser prohibida salvo que se utilicen métodos que hagan dudosa la consideración de vía pública del lugar en el que se halla el fotógrafo (por ejemplo, escalar una fachada o subirse a una farola al exclusivo propósito de fotografiar a una persona en su dormitorio. En general, la regla es que quien no quiera que algo suyo sea fotografiado desde la vía pública lo que debe hacer es ocultarlo a la vista de los viandantes. Y eso incluye aeropuertos e instalaciones militares (siempre que no se esté en estado de guerra o similar, en los límites, por supuesto, de la Constitución). Si el señor coronel no quiere que el turista o el spotter fotografíen el modelo ultrasecreto que nos va a hacer amos del mundo mundial, lo que procede es que, alrededor de la base que lo aloja se acote una zona de paso prohibido o restringido (mediante normativa de rango suficiente y promulgada y publicada en tiempo y forma por el órgano competente) que, automáticamente, deja de ser vía pública libre, tan amplia como sea suficiente para que no podamos echarle el objetivo al fastuoso aparato ni siquiera cuando despega o aterriza. El segurata de la Diputación barcelonesa, cuando ya no le quedó otro argumento, me dijo que él tenía derecho a su propia imagen y que no me autorizaba a sacarle la foto. Le respondí que si no quería salir en ella que se apartara de la puerta o se metiera en el interior del edificio; me duplicó que no podía hacer tal cosa porque con ello abandonaría su trabajo; y yo cerré la cuestión diciéndole que iba a hacer la foto de todos modos, que si fuera a divulgar esa foto ya le pondría la socorrida y típica tirita negra en los ojos para que no fuera reconocido y que si quería impedir que hiciera la foto que fuera llamando a la fuerza pública, porque allí iba yo a armar la de San Quintín. Al final, dio media vuelta, se metió en el interior del edificio y yo hice la puta foto (entonces ya por cojones) que puede verse aquí.

Con la Iglesia es la rehostia, y nunca mejor dicho. Los curas han ocupado alegre e impunemente -y sin que nadie les diga ni pío, esto sí que es gordo- no sólo la propiedad inmobiliaria de buena parte del patrimonio artístico y arquitectònico de este país sino, además, su propiedad intelectual. En consecuencia, ya hay que pagar -y cada vez más- por entrar en una iglesia románica o gótica (y ello a pesar de los cuantiosísimos dineros que les da el Estado de nuestro bolsillo y no siempre con nuestra autorización) pero es que, además, cada vez es más frecuente la prohibición de tomar fotografías. Yo siempre comprendí la prohibición del flash, que podía molestar el recogimiento de los creyentes o perturbar una ceremonia y nunca lo utilizo en el interior de templos (tampoco en los museos y exposiciones), y mucho menos si, efectivamente, se está llevando a cabo alguna ceremonia o veo personas que pudieran estar orando o en simple actitud contemplativa (nunca les pregunto qué hacen), pero lo de prohibir la fotografía ya es puro encabronamiento al que opongo feroz resistencia. Lo que ocurre es que si te ven montar un trípode reaccionan como si en vez de instalar una cámara fotográfica estuvieras preparando un mortero de 120. Hace algún tiempo me pasó esto en Santa María del Mar, la más hermosa basílica gótica barcelonesa, donde un tío con guardapolvo vino a decirme que no se podía tomar fotografías… ¡mientras decenas de guiris de mierda estaban disparando con flash que parecía aquello la batalla de Solferino! Pero yo estaba montando un trípode, amigo. Le respondí que eran fotografías para mi uso privado o para compartir sin ánimo de lucro y se fue rezongando. No sé qué iría a hacer, pero dejé el trípode en su bolsa y me puse a fotografiar a pulso pensando que para cuando llegaran los GEOs yo ya estaría lejos y con una buena colección de fotos. Como así fue.

El pasado miércoles, festividad de San Juan, en el Monasterio de Sant Cugat. Ningún problema para el claustro. Pero en la planta superior había una exposición de no sé qué, de la cual me llamaron la atención unos paneles con imágenes de frescos románicos. Apenas fue poner la mano sobre la cámara y apareció un mengano diciéndome que no se podían hacer fotos, ya tardaba; le pregunté que dónde estaba la prohibición escrita y me respondió que no hacía falta, que lo decía él y ya está, que el museo tenía derechos de autor. Iba con mi familia y, además, tenía una laguna de información: no sabía si el museo este es de la Iglesia o del Ayuntamiento de Sant Cugat, así que me la envainé, no sin decirle que se metiera por el culo su puto derecho de autor, cosa que el tío tuvo que aguantar porque no era poli, ni segurata, ni se había identificado como tal ni, en definitiva, tenía media hostia. Pero no era cosa de armar follón con mi mujer y mis hijas allí cuando el objetivo de la maniobra era el de tratar de pasar una mañana de festivo lo más agradable posible. De otro modo -y si la exposición en cuestión hubiera sido municipal- le hubiera hecho varias preguntas: en primer lugar, qué disposición prohibía la toma de fotos y por qué no estaba visiblemente indicada con los ideogramas habituales; la segunda, quién era él -o sea, qué representación de la autoridad municipal- para prohibirme nada por la puta cara; la tercera, qué derechos de autor (según él, aunque el pájaro se refería a la propiedad intelectual, que no es lo mismo) pueden tener las obras románicas; la cuarta, que aunque las fotos de los paneles pudieran tener derechos de autor, también existe mi derecho a la copia privada. Pero, ya digo, se trataba de pasar un día festivo en plan familia Ulises y no de montar la de Montecassino en Sant Cugat del Vallès.

Todo este asunto de la propiedad intelectual se nos está yendo de las manos. Se nos está yendo de las manos porque lo estamos tolerando. Una iglesia gótica o románica es un bien cultural de carácter público, dígase lo que se quiera, como si Rouco Varela se pone en plan «Full Monty». La prohibición de fotografiar es un delito de lesa cultura y debería ser sistemáticamente respondido -yo lo hago siempre que puedo- con la desobediencia civil. La apropiación de monumentos histórico-artísticos es el robo más alevoso y más lacerante de todos cuantos se vienen cometiendo en materia de conocimiento -que no son pocos ni livianos- bajo la protección de esa ley infame promulgada en traición de toda la ciudadanía y denominada, para mayor escarnio, de Propiedad Intelectual. Tener que pagar a una entidad privada -la Iglesia- por visitar monumentos que son públicos porque costaron dinero, sudor y sangre de los ciudadanos de la época, ya es para cagarse, pero la prohibición de fotografiar es absolutamente intolerable. E irracional, porque, salvado lo antes dicho sobre el flash, no causa ningún daño: ¿alguien dejó nunca de visitar un monumento porque lo haya visto fotografiado? No, es simple codicia: detrás de la prohibición de fotografiar siempre hay un negocio de diapositivas o de postales o algún catálogo -no pocas veces de factura nefasta- que se vende a precio de oro. Y aún así, sigue siendo una soberana estupidez: la mayoría de la gente, quiere sus propias fotos (porque se asocian a su propio recuerdo de la visita) y rechaza las que se venden, aún a costa de no tener, al final, ninguna; y el que quiere -por sus excelentes razones- fotos de extraordinaria calidad o, bueno, dejémoslo en calidad profesional, aunque haga sus propias fotos, compra las que están a la venta, porque cada caso requiere cada cosa.

Menos mal que la tecnología viene en nuestro auxilio. La calidad de la cámara fotográfica de los móviles es cada día mayor y aunque hay mucho que avanzar todavía en la parte más delicada, la óptica, poco a poco se van obteniendo calidades más y más dignas. Lejos, desde luego, de las de una buena réflex (con buena óptica, cuidado), pero se van acercando. La generalización del móvil está haciendo [aún más] estúpida, a cada día que pasa, la prohibición de fotografiar; y cuanto más la sostengan, menos tardará alguien en encontrar un pequeño pero sustancioso nicho de negocio: la microcámara de gran calidad óptica y excelente resolución con baja luminosidad… precisamente para estas cosas.

Siempre en guerra, siempre en puta guerra con este carajo de gente…

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Comentarios

  • Germán Socías  On 26/06/2009 at .

    Bueno Don Javier,

    No se si sigue en marcha el proyecto del libro, pero en ese caso este sería un magnífico candidato a entrar en él!

  • Jordi  On 26/06/2009 at .

    Tendré en cuenta las recomendaciones que das en este post sobre fotografiar en la vía pública.

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