Ni aprendido ni deleitado

De la serie: Correo ordinario

Ayer, domingo, la salida familiar tuvo como destino el Museu de la Ciència -estúpidamente denominado Cosmocaixa por la entidad que no sé si lo patrocina, promueve o, en definitiva, paga- a ver si le echábamos un refresco al racionalismo y a la cultura (aunque no mojen -de momento y eso si no es que ya mojan- don Teddy y el resto de la banda).

La verdad es que acabó siendo deprimente. Había mucha gente, lo cual ya es empezar mal. Yo soy un conspicuo gentófobo, soy de los que piensa que la gente debiera estar prohibida y cuando veo más de un individuo por cada doce metros cuadrados deambulables ya me pongo de los nervios. Por eso no voy a más manifestaciones que las que considero muy estrictamente necesarias, perentorias e insoslayables y paso de muchas otras a las que, en el fondo, pienso que no estaría mal acudir. Pero es que me pongo enfermo, de verdad.

Además de gentófobo, me estoy volviendo niñófobo y eso que época hubo en que el trato con niños y jóvenes me gustaba: fui educador de tiempo libre y he llevado a unos cuantos enanos a mear al monte, y me jubilé del asunto no porque me dejara de gustar sino porque ya no tenía edad (un día, un niño me trató de usted y ese mismo día decidí que se acabó). Eran tiempos en los que un niño todavía trataba de usted a quien consideraba como «persona mayor». Y, con los inevitables e inherentes sinsabores, he disfrutado muchísimo -y disfruto aún- educando a mis hijas. Quizá, más que niñófobo lo que me estoy volviendo, pensando más bien en los padres, es hijoputófobo. Veamos un ejemplo de ayer mismo.

Estaba leyendo unos paneles sobre la historia de los números; cosas como, por ejemplo, cómo se llegó a la constante pi, al cero, al teorema de Pitágoras (y de cómo éste llevó a la norma DIN de proporciones del papel, ya sabéis, el DIN A-4 y demás), a la sección áurea de un segmento y otras cosas, en una sabia mezcla de rigor matemático y curiosidad de lo cotidiano. Como es sabido, yo estudié letras en el Bachillerato superior de aquel entonces y para entender un tema de matemáticas -planteado en varias ocasiones en forma de ecuaciones- necesito bastante concentración. Pues bien, llevando mi cámara fotográfica colgada al cuello, un enano de unos ocho o diez años se dedicó a colocarse delante mío -invadiendo mi espacio personal- y a intentar mirarse utilizando la lente a modo de espejo y hacer gañotas; me giré, y el pequeño cabrón se giró conmigo; me volví a girar y el otro dale. Si hubiera sido cualquiera de mis hijas… no, a ninguna de mis hijas se le hubiera ocurrido -es que ya ni siquiera pasado por la cabeza- una grosería semejante. En fin, cerré el objetivo con la tapita ad hoc que llevaba en el bolsillo, pero no hubo manera, el niño siguió haciendo el indio a mi alrededor. Ya totalmente descolocado, volví a sacar la tapita, fotografié el panel que había dejado a medio leer para enterarme de la cosa ya con más calma en casa, y me largué con viento fresco a otra parte, no sin constatar que los padres del enano maldito andaban por allí pasando del mambo.

No pude dejar de pensar que si, en el momento de mayor impertinencia, el padre se hubiera acercado y le hubiera propinado una torta al niño, todos hubiéramos salido ganando: el padre, porque merced a los cinco años de alejamiento que le hubiera impuesto el juez por el bofetón, se hubiera quitado de encima a esa plasta de crío; el crío porque, por la misma razón, se hubiera quitado de encima a un imbécil como su padre, que hubiera podido ahorrarse -en su caso- el bofetón, si hubiera educado correctamente al imberbe desde su más tierna infancia; y yo, porque me los hubiera quitado de encima a los dos.

El problema es esta tendencia al aprendizaje recreativo. Un museo concebido para aprender de una manera divertida, graciosa, experimental, en plan de permitido tocar es, intrínsecamente, una gran cosa, eso es innegable. El problema es que el hedonismo ludómano que constituye la verdadera y más temible epidemia de las sociedades desarrolladas acaba pervirtiendo el principio y, al final, resulta que no se va a un museo con estos planteamientos a aprender de una manera refrescante y relativamente fácil, sino a pasar el rato haciendo más o menos (tirando a más) el burro. Con lo que se consigue, como efecto colateral, amargar la vida de los que acuden intentando hacer algo de provecho.

Un ejemplo de esto: ante el péndulo de Foucault, un niño -no demasiado distinto al anterior- le pregunta a su presunto padre que qué es esto, que para qué sirve. Y el imbécil le contesta que es una pijada, un reloj como otro cualquiera que va marcando los minutos tirando palitos y que la maquinaria, el reloj propiamente dicho, la tiene arriba. Veamos: nadie es culpable de su desconocimiento, pero sí de su ignorancia, entendiendo por tal el desconocimiento voluntario o negligente. Allí, a metro y medio del burro en cuestión, había un panel explicando qué es el péndulo de Foucault y cómo y por qué desmuestra el movimiento de rotación de la Tierra y explicándolo, además, en términos muy asequibles. Pero claro: para enterarse hay que leer y eso de leer, amigo, son palabras mayores. Es mejor soltarle a tu hijo la primera chorrada que te viene a la cabeza y que más o menos sincronice con las campanas que un día se oyeron. No tiene mayor importancia: la cuestión es que el niño pase el rato toqueteando cosas y arreando. Si sale igual de lerdo que entró -o más, porque lo del reloj tiene tela- no tiene la menor importancia. Nos hemos divertido. He aquí el objetivo único ante el cual se rinde todo lo demás.

Otro ejemplo, este quizá menos sorprendente. La gran nave del museo linda con la reproducción de un bosque amazónico que periódicamente se inunda y que tiene una fauna piscícola especial. Aparte de que se puede entrar en el propio bosque y deambular por él a través de unos senderos marcados (no en la zona inundada, ya se entiende) desde la nave principal del museo puede verse esa fauna y esa parte inundada del bosque gracias a un muro de cristal. Hay un cierto número de gente mirando en todo el amplio frente -unas cuantas decenas de metros- de vidrio. De pronto, por el otro lado del cristal, llega un tío con traje de neopreno y una botella de aire comprimido. Comprensiblemente, llama la atención: a ver qué va a hacer, igual vemos cómo alimenta a los peces o algo así. Bien, pasamos unos minutos contemplando las maniobras del hombre, que parece estar de un cierto mal humor porque tiene dificultades con el regulador, hasta que, por fin puede sumergirse… y se pone a limpiar el cristal. Nada, que le vamos a hacer, claro, el cristal hay que limpiarlo, supongo (el agua es de un claro color verde, estará abarrotada de microorganismos que se pegan al vidrio, dificultando la visibilidad y es lógico que periódicamente haya que pasarle un paño o cosa parecida). De modo que mis hijas y yo nos vamos con la música a otra parte, a ver otras cosas; y, cinco o quizá diez minutos después, volvemos a pasar por allí y veo de nuevo todo el cristal despejado y muchísima gente apelotonada en unos pocos metros. Pienso en el escafandrista y me digo que nos hemos colado y que después de limpiar un poco el cristal se habrá dedicado a algo verdaderamente interesante y que el cristal lo habrá limpiado para que se vea mejor. Vaya, pienso, nos hemos precipitado y hemos metido la pata. De modo que nos acercamos y, no sin cierta dificultad, conseguimos ver… ¡al tío que sigue limpiando el cristal!.

Alucinante: la gente se tiró cinco o diez minutos -de reloj, que tardan lo suyo en pasar- (más lo que te rondara la morena después de irnos por segunda vez) mirando a un señor que limpiaba cristales. Debajo del agua y con equipo de buceo, eso sí.

Y bien, cada cual es muy libre incluso de sus burreces. El problema es que, aunque al niño le quede un mínimo de educación -que no, que no le queda- y no incordie específicamente, la presencia masiva de gente mayoritariamente así es incordiante. Y los niños, más todavía. ¿Quién coño educa a esos bárbaros? Sus padres no, desde luego.

Un día bien diferente de otros. Generalmente, solemos ir a este tipo de instalaciones los días de vacaciones de verano que pasamos en Barcelona y, en general y salvo desgraciadas casualidades, estas cosas tienen relativamente poca gente (digo relativamente porque son espacios tan grandes que unos cuantos centenares de personas, ni se notan) y, además, no sé por qué, cuando hay poca gente, la mayoría es presentable y no sería la primera vez que nos hemos asociado espontáneamente un par de padres para, cubriéndonos las carencias mutuamente, dar a los hijos de ambos explicaciones bien completas de todo lo que se va viendo. Es como otra cosa.

Suerte de esos días, porque si no…

La verdad es que eso de enseñar deleitando que, repito, es intrínsecamente estupendo, acaba siendo contraproducente. Aún tendremos que acabar pidiendo que los museos vuelvan a ser tediosos, rígidos y aburridos pero que, al mantener lejos a la chusma ludómana, sirvan por lo menos para que la gente interesada pueda, aunque con más dificultades, acceder a la materia de que se trate.

Es triste, pero es así.

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Comentarios

  • lamastelle-herodes.  On 29/06/2009 at .

    Y lo que le queda por sufrir caballero. Recuerdo que, cuando yo estudiaba Magisterio, mis compañeros de clase me llamaban exagerado y escandalizaron cuando les decia que, en diez años, los alumnos podrian pegarle al profesor…y aun seria culpa suya. Y hablo de hace una quincena de añitos, no mas.

    Por cierto, nunca he terminado de entender lo del pendulo. O sea, me lo han explicado, lo he leido, ingenieros me lo han explicado despacito…pero no lo asimilo, no lo “veo” como veo que la Tierra es esferica por los barquitos en hundiendose en el horizonte…

  • agobi  On 29/06/2009 at .

    No tiene desperdicio !!!! Herodes, ven !!! Y los padres.. a donde iremos a parar…XD.

  • Ángel Bacaicoa  On 29/06/2009 at .

    Lo podría haber escrito yo igualito. ¡¡Que duro es reprimir los instintos más básicos de supervivencia! Paciencia.

  • Ryouga  On 29/06/2009 at .

    Pues me siento plenamente identificado, hace poco estuve en Amsterdam de vacaciones y fui al Museo Nemo , algo parecido a lo que cuenta pero diría que de menos interés y me encontré con la misma chusma ruidosa ,maleducada que usted solo que de cabellos mas rubios.

    A mi también me han decepcionado ese tipo de museos la próxima vez a ver si voy a Londres y puedo deleitarme con el museo de historia natural, el de la RAF…

  • Jordi  On 29/06/2009 at .

    Los museos son estupendos si no fuera por las borregadas que hay que aguantar. Hace poco estuve en el Cosmocaixa y salí encantado, básicamente, porque estaba casi vacío.

  • galeta galàctica  On 29/06/2009 at .

    Esta noche, he estado cenando con los míos en un pequeño restaurante,como era temprano solo estaba ocupada una mesa-cinco adultos y cuatro niños de diverso pelaje y edad (entre 6 y 12 años) . Entre los mayores había una conocida actriz de la T.V. mas “nostrada”, madre de uno o dos de los energúmenos. Los enanos han estado gritando, peleándose entre ellos y dando por el culo al resto del personal( que lo único que queríamos era cenar tranquilos)mientras los padres, a su rollo, hablaban de sus cosas (la mayoría ,fantasmadas). Incluso mis hijos de 9 y 11 años se extrañaban de que sus padres no les dijesen nada.País…

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