Monthly Archives: julio 2009

Cerrado por vacaciones

De la serie: Anuncios y varios

Queridos todos: me voy. Me voy tres semanitas a patearme dos parques naturales: el del Moncayo, en Aragón, y el de Redes, en Asturias. Y a reverdecer, al amor de copas y viandas, antiquísimas amistades en Zaragoza y en Langreo.

A mediados de agosto volveré a estar por aquí con todos vosotros.

Que tengáis también unas buenas vacaciones los que hayáis y, como digo siempre, ojo con la carretera, que a la vuelta, a la vuelta de todos, quiero ver aquí a todo el mundo vivito, coleando y con buena salud.

Un abrazo

Anuncios

Sobre la cooperación

De la serie: Pequeños bocaditos

Cuando en una paella reciente concreté en un caso específico mis generales y reiteradamente enunciadas dudas sobre la eficacia genérica de muchas ONGs y de ciertas acciones benéficas dirigidas a países presuntamente subdesarrollados -y salvada siempre la buena fe de los voluntarios y de algunos promotores, que no de todos- recibí alguna que otra andanada, tanto en los comentarios como en mensajes de correo electrónico.

Pues he aquí, en un registro distinto del de «El Incordio» pero también en un tono muy peculiar, unas opiniones asimismo poco correctas políticamente sobre cooperación, ONGs y voluntarios (Vía Menéame donde, por cierto, parece que también se está liando parda).

En todo caso, siempre es un alivio constatar que uno no es un marciano. O… bueno, que si lo es, no está solo en este planeta de color azul chorizo.

Rey, Franco y taxis

De la serie: Los jueves, paella

Preparando ya la muy inminente fuga vacacional, emprendo esta última paella del presente curso académico-laboral con una sensación agridulce. Por un lado, como es obvio, el regocijo por el descanso cuyo inicio está más que cercano; por el otro, una cierta… más que tristeza, perplejidad: nunca, desde que inauguré «El Incordio» he estado tanto tiempo desconectado de mis lectores como lo voy a estar ahora, tres enteras semanas. Otros años, con períodos vacacionales incluso más largos, nunca había estado tanto tiempo con la bitácora congelada, porque una parte significativa de estos períodos la había pasado en casa o en Moià, cuya biblioteca pública, cómoda, fresquita y agradable, tiene una estupenda zona wi-fi. Este año no va a ser así; me llevo, ciertamente, el portátil, pero al único efecto de procesar las fotos día a día. En un sólo día puedo llegar a disparar entre setenta y ciento cincuenta fotografías, que luego, tras una selección, quedan reducidas a entre un 20 y un 40 por 100 del total; las supervivientes exigen entonces unas ciertas rectificaciones de color (equilibrio de blancos, básicamente) y quizá de encuadre (horizontes inclinados y esas cosas). Si dejo que se me acumule el trabajo de nada menos que tres semanas para hacerlo a la vuelta, sé positivamente que no lo haré (lo sé, porque ya me ha pasado antes), de modo que el ajuste fotográfico será una horita de disciplinado trabajo diario antes de acostarme. Pero no preveo posibilidad material de conexión a la red en ninguno de los lugares en los que estaré. Y si, por pura casualidad, la hay, disculpadme, pero pienso pasar de todo a saco, así que como si no la hubiera.

Bien, basta de contar mi vida y vamos allá…

——————–

Ayer hizo cuarenta años que Franco nos echó encima al vigente monarca. Y no recuerdo si precisamente hoy o mañana hará esos mismos años que Juan Carlos de Borbón tomó posesión del inaudito título de Príncipe de España jurando los principios fundamentales del Movimiento Nacional (y con Carrero por allí cerca, qué miedo) y puenteando con ello a su padre, improclamado Principe de Asturias por derecho propio que, según cuentan las crónicas, aquel día pilló un berrinche de capitán general y a su hijo lo llamó de todo menos guapo. Bueno, tampoco me da ninguna pena.

Como he dicho un par de entradas antes yo estaba por esas fechas a pocas semanas de cumplir los catorce años y algunas cosas empezaba a entender. Entendí que Franco ya empezaba a olerse su fecha de caducidad (cosa normal, dada su edad y probablemente con algún aviso de su estado de salud, que acabaría siendo serio e inevitablemente notorio cinco años después, con una tromboflebitis que le obligó incluso a resignar transitoriamente la jefatura del Estado, precisa y obviamente en Juan Carlos). Y entendí que Franco nos metía una monarquía cuya caída toda la España urbana celebró en su día con una de las manifestaciones de jolgorio cívico más importantes de nuestra Historia contemporánea, una Historia precisamente poco prolija en alegrías. Incluso ésta acabó pasando apenas seis años después una factura espantosa, tremenda, cuyas consecuencias aún vivimos hoy, mucho más allá de lo históricamente razonable, por causa del empecinamiento estúpido de un montón de gilipollas que aún se creen miembros de un bando pese a la imposibilidad cronológica (y, sobre todo, racional) de ello.

Curiosamente, no temí una guerra civil, al contrario que mi abuelo materno, que se cagaba de miedo cada vez que pensaba en la muerte de Franco. Como yo aún no había visto -por la tele, pero visto- cómo un país con un aceptable desarrollo económico y una ciudad que había sido sede de unas brillantes Olimpiadas de invierno se dedicó al degüello general de la manera más cafre desde los tiempos de los Buchenwald de Hitler o de los gulag de Stalin (y de otros que no eran Stalin), no veía posible que un país razonablemente moderno, con una economía próspera, con una clase media extendidísima, con pleno empleo, capacidad de consumo muy alta (incluso el famoso seiscientos ya estaba siendo superado, le quedaban apenas cuatro años de vida en fábrica) y un bienestar social de caballo, que incluso en lo político y más allá de la opción de cada cual, iba estando generalizadamente de acuerdo en que había que ir pensando en homologarse con los regímenes democráticos europeos, se lanzara a hacer el animal armas en mano. Afortunadamente, tuve razón, pero, como es notorio, por razones muy distintas a las que servían de base para mi tranquilidad. Qué miedo hubiera pasado si en aquel entonces me hubiera dado cuenta de cómo pueden llegar a ser las cosas cuando la política sucia las enmierda…

Pero no me gustaba nada el tema de la monarquía. Creo ser de los primeros ciudadanos procedentes de la sociología franquista al que jamás dio miedo la palabra república, que yo siempre asocié más a la palabra francesa o federal alemana que a la palabra segunda, cosa, esta última, que constituía en realidad el problema para muchos: para muchos que habían sufrido las atrocidades que llegaron a cometerse en aquel paraíso de la legalidad, como nos visten ahora con su camisita y su canesú, y para muchos republicanos que, para mal del propio republicanismo, no sabían ver otra.

Tras estos cuarenta años (treinta y cuatro con corona), bueno, la realidad ostensible es que hemos tirado p’alante. El cómo nos hubiera ido si las cosas hubiesen sido de otra manera es un ejercicio que la historiografía prohíbe rigurosamente, pero nada impide, por otra parte, aspirar a otro tipo de liderazgo -entre otras cosas para que sea un liderazgo verdadero, auténtico, no un figurín- y esperar racionalmente de ese otro modelo mayores beneficios y, sobre todo, mejor repartidos.

Mientras tanto, tenemos ahí arriba a un señor al que, según dicen -que vete a saber- debemos el servicio de haber transmitido una imagen muy buena de España, pero que, aún siendo así, se lo ha cobrado. Hace cuarenta años llegó al empleo poco menos que como becario y con una mano delante y una mano detrás (incluso su propia familia no iba muy boyante y el propio Juan de Borbón sobrevivía con una especie de pensión que le pasaban sus cortesanos) y hoy es, según «Forbes» la fortuna mundial número ciento cuarenta y tantos, que no está nada mal, sobre todo teniendo en cuenta que -presupuestos generales del Estado cantan- de su sueldo no ha salido, así que ya me dirán. Sabemos muy poco -quizá incluso menos que otros ciudadanos europeos- de nuestro propio monarca, entre otras cosas porque ha sido protegido por un blindaje mediático descarado, que no ha escatimado silencios ominosos ni botafumeiros indignos (e indignantes).

El único colofón que cabe, de momento, es deprimente. Estos días se hablaba de este tema en diversos foros y me he quedado anonadado al constatar la cantidad de antimonárquicos o de no monárquicos que no ven clara una república por una razón aplastante: ¿cómo vamos a aspirar a una república con esa peña de figuras que tiene la política española hoy, qué tipo de presidente de la República habría ahí? Y, efectivamente, miras el arco parlamentario, todo el arco parlamentario, a todas las señorías (con escasíiiiisimas excepciones) y te dan ganas de abrirte las venas. Ahí tiene la única viabilidad posible el futuro Felipe VI (Felipe 6.0, como he visto por ahí): que los españoles lo veamos como algo menos malo que la burrez política imperante. Que ya es ver, porque anda que el niño apunta unas maneras…

Que triste, madre mía, qué triste…

——————–

Seguimos, seguimos con el pie puesto en cuarenta años atrás (o más o menos). Resulta que uno de estos días afloró la cuestión de que el norteamericano presidente Nixon entregó a Franco, como obsequio al pueblo español y en agradecimiento por la colaboración prestada por España en la carrera espacial, una piedrecita lunar. A Paco le hizo gracia y se la apalancó sin más, porque sí, porque él lo valía, igual que doña Carmen se apalancaba sin más lo que le apetecía de una joyería, hasta tal punto que es público y notorio que los joyeros barceloneses formaron un consorcio para repartir el quebranto entre todos, resarciendo en parte alícuota al beneficiado por una visita de la ilustre. Algo escandaloso si no fuera porque estamos viendo estos días -sobre un partido concreto, pero que, en mayor o menor medida, se puede ver en todos– cómo el asunto del apalanque trasciende épocas, regímenes y materiales. Ahora, eso sí, son regalos. Por la cara, por guapos, poque te quiero mucho, pisha.

¿Y qué se ha hecho de la piedrecita? ¡Ah! Misterio… En el único lugar en el que debería estar -en un museo- está claro que no está. ¿Y la familia del viejo? Pues no sabe, no contesta. Parece, dicen vagamente, que mamá la perdió en uno de esos cambios de domicilio. Y se quedan tan frescos. Precisamente mamá, que esas cosas las domina con notoria eficacia: no en vano, hace unos años, la pillaron con un bolso abarrotado de joyas en un aeropuerto a punto de embarcar al extranjero; se excusó diciendo que era para que le hicieran un reloj con ellas y salió tan bien librada y tan ancha. Igual ha incluido la piedra lunar en la grava del jardín o la echó inopinadamente con la turba de una maceta, vete a saber…

Una de las características que pueden definir a Franco como bananero es su parentela. Sobre todo a su parentela después de muerto él. Talmente como la parentela de Leónidas Trujillo o como madame Imelda Marcos, que andan por el mundo puliéndose impunemente el botín que levantaron sus causantes. Por citar sólo a dos, a simple guisa de eemplo.

Recuerdo que hace muchos años, tras su divorcio de una de las nietas del Invicto, Jimmy Giménez Aranau se dedicó a ganar mucha pasta explicando cosas de su fugaz parentela política, con especial inclinación a poner tibios a sus ex-suegros (sorprendentemente siempre pareció guardarle un cierto respeto a la señora, a la yaya) y, en estas, explicaba que un día le enseñaron una habitación materialmente cubierta de cajoneras que estaban llenas, abarrotadas, de joyas, como dejadas ahí a saco, a puro granel. Yo me lo creí muy a medias -más bien casi nada- no porque creyera incapaz de ello a esa parentela sino porque a la escasa credibilidad del personaje (por sí mismo y por sus circunstancias) se añadía la aparente exageración de la batallita. Vaya, por más saqueadores que fueran, tener kilos y más kilos de joyas así como en un trastero, lo que insinuaría la existencia de otras habitaciones donde estaría lo delicado, el verdadero refinamiento asiático, me parecía algo exagerado, más propio de una fantasía de las Mil y Una Noches que de una parte presuntamente ínfima del botín de un dictador. Pero con el tiempo tiendo a creérmelo, siquiera parcialmente; quizá hubiera menos cajones y quizá las joyas estarían echadas ahí de cualquier manera, pero algo habría (en mi pura y simple creencia, claro está). Porque los modos y los comportamientos de esa familia (con algunas honrosísimas y muy discretas excepciones, como precisamente la ex del señor en cuestión), empezando por la nietecita mayor y continuando por los dos más caracterizados gachós, el que se apellida como el abu (así le llamaban) y el que siguió fugazmente la carrera castrense del abu, son totalmente feudales, por decirlo elegantemente.

Me pregunto de cuánto patrimonio nacional -aparte de la casa solariega de Pardó Bazán, en Meirás- se habrá apropiado esa familia a la sombra de la parquedad castrense (que también es cierta) del dictador, que se alimentaba poco más que de tortillitas a la francesa y que más allá del uniforme reglamentario vestía como para darle un duro, compañero.

Treinta y cuatro años después, aún andamos en estas.

——————–

Ayer por la tarde un autobús municipal barcelonés se dio una leche contra un árbol en un accidente en el que, de un modo u otro, participó un taxista. El accidente en sí no es lo que me interesa ahora, pese a que revistió cierta seriedad en las lesiones de tres o cuatro de los veintitantos heridos. Lo que pido a mi lector es que eche un buen vistazo a los comentarios de los lectores de la noticia para que constate la opinión bastante extendida sobre los… usos y costumbres de los taxistas de esta ciudad. Con especial atención -como especial detalle- al lector que asegura haber estado allí y visto que los colegas del afectado impidieron que la Guàrdia Urbana efectuara el prescriptivo control de alcoholemia al taxista implicado.

Si los ciclistas constituyen ahora mismo uno de los problemas emergentes (luego, aparte, están los de siempre) más graves que sufrimos los peatones barceloneses, los taxistas constituyen uno de los más molestos y encabronantes problemas crónicos, enquistados, que sufren los conductores de esta ciudad, incluidos, como vemos, los de autobús.

Y es que los taxistas constituyen uno de los colectivos más insolidarios de la vialidad barcelonesa. Tradicionalmente navegan muy demagógicamente entre las aguas del servicio público y de la empresa privada; cuando les conviene, son un servicio público al que hay que mimar y cuidar porque, caramba, son de primera necesidad, son imprescindibles y comparten Olimpo de gloria ciudadana con los bomberos y con los urbanos; cuando les conviene, son en cambio, empresarios privados, PYMEs muy puteadas, que tienen sus derechos y sus libertades sacrosantas e intocables. Sus sindicatos, así llamados, son, en realidad, organizaciones patronales, porque los taxistas asalariados -minoría aún- suelen estar generalmente afiliados a los sindicatos comunes, a los sindicatos habituales de los trabajadores en general (CCOO, UGT y alguno más). Y estas patronales controlan féreamente -aún en competencia entre ellas- el sector, habiendo obligado de forma prácticamente irreversible a que no sus licencias sino el valor de sus licencias constituya un derecho adquirido, bloqueando el número de las mismas. El achuntamén, así, puede aumentar o disminuir las unidades de autobuses en circulación y hacer lo propio con los convoyes del Metro, pero no puede graduar a cada momento -sea día, temporada, año o período programático- la cantidad de taxis que debe haber en la ciudad, por la vía de otorgar más licencias o de amortizar las de quienes se jubilen, fallezcan o por otras razones abandonen el negocio. De esta forma, el taxi es un monopolio; un monopolio de titularidad colectiva, pero un monopolio. Y así nos luce el pelo a los ciudadanos en cuanto a la calidad y precios del servicio, por no hablar de la impunidad de las corruptelas, de las irregularidades y de los abusos, que son mogollón.

Por lo demás, circulando son de pánico. Baste decir -y lo he dicho alguna vez- que cuando se ponen en huelga, en esta ciudad se circula de delicia (si no les da, claro, por bloquear en la protesta una arteria principal). Por eso, en los últimos años, en vez de beneficiarnos con una huelguecita de cuando en cuando, cosa que todos les agradecemos tanto (y nuestro consumo de combustible y de tranquilizantes, también), prefieren dejarse de huelgas y bloquear la calle Balmes, por ejemplo, y así encabronan más aún: durante el día, porque circulan normalmente (lo de normalmente, es un decir) y a última hora de la tarde, porque te colapsan la ciudad.

No describo mejor y más extensamente sus modos al volante porque, para que no se diga que les tengo manía -que se la tengo- me remito a los comentarios de la noticia que he pedido a mi amable lector que, a su vez, lea.

Inocentes pajaritos, no te jode…

——————–

No quisiera cerrar la paella, y menos esta, sin dedicar un sentido recuerdo a los cuatro bomberos (y dos más que es de temer), compañeros en la función pública, que cayeron heróicamente en acto de servicio hace dos días combatiendo el incendio forestal que está causando un daño tremendo en la zona catalano-aragonesa de Els Ports de Beseït (Puertos de Beceite), cerca de la localidad catalana de Horta de Sant Joan.

Sin más. Escueta y dignamente.

——————–

Bueno, pues hasta aquí, queridos.

El próximo jueves que habrá paella será el 20 de agosto, festividad de San Bernardo, uno de mis segundos nombres -junto con el de Tomás- y no casualmente, puesto que tal día 20 de agosto, en el del año 1955, nació este vuestro servidor. Será, por tanto, el día de mi 54 aniversario.

Despido aquí la paella, que no todavía «El Incordio». Aunque lo más probable es que esta entrada sea ya la última del curso, no es imposible que entre hoy y mañana escriba aún alguna cosa más. Como mínimo, desde luego, alguna fórmula de despedida general, así que vuestros lectores de feeds aún os darán algún banderazo procedente de esta vuestra casa. Dejo para éste, entonces, las habituales fórmulas de despedida propias del caso.

Hasta el 20 de agosto… a quienes haya por esas fechas.

Mí no pringao, sorry…

De la serie: Correo ordinario

La red experimenta la sacudida de un nuevo escándalo, esta vez a cargo de Amazon, la librería virtual más importante en Internet. Y, como casi todo lo que llega a ser importante y a generar inmensos dinerales, tiende a comportarse como el señor feudal de horca y cuchillo, dueño de vidas y haciendas.

Amazon comercializa Kindle, un lector de libros electrónicos y, como es lógico -hasta cierto punto y según lo que se considere lógico– lo configura a piñón fijo vinculado a los servidores de la empresa. De este modo, uno compra una máquina y compra unos libros digitales y, realmente, no compra una mierda, porque no es dueño de nada. DRM por un tubo y, lo más bueno, Amazon mangoneando la máquina a gusto y ganas. Decir esto podía parecer, hasta hace pocos días, una exageración y una fantasía de softwarelibreros, pero no, no lo era y ahora, además, hay pruebas.

Sí, porque hace pocas fechas, Amazon simplemente borró de todos los Kindle dos obras de George Orwell: «1984» y «Rebelión en la granja». Precisamente de Orwell y precisamente estas. El pretexto: que había vendido estas obras, aunque de buena fe, sin tener los derechos para ello, derechos que han sido reclamados por sus titulares. Solución: se borran los archivos correspondientes de todas las máquinas, y listos.

Naturalmente, han devuelto el dinero, hasta ahí podríamos llegar, pero lo que no han devuelto es la confianza a sus clientes ni algún tipo de valor añadido que algunos habían aportado; he leído algún caso de estudiante que estaba realizando un trabajo sobre Orwell y al borrarle el libro se le han llevado por delante también las notas digitales que había escrito en él. Me imagino que no será el único caso ni, quizá, el más sangrante.

Pero lo que me interesa aquí y ahora no es llamar la atención sobre el comportamiento ético y comercial de Amazon (sobre el que a mí ya previamente me cabían pocas dudas, aunque sólo fuera por lo dicho en el primer párrafo), sino poner de relieve la mentalidad panoli de quienes compran máquinas y sistemas de los que nunca van a ser dueños. Panoli, en algunos casos; en otros, más compadecibles, simple desconocimiento. Y me explico. Por panoli califico al que compra a sabiendas de que le puede pasar esto, porque ha sido avisado por alguien o porque lo ha leído en una página o en un foro, pero que desdeña la posibilidad intentando convencerse de que, como efectivamente he dicho antes, no se trata de nada más que de remilgos de fanáticos del software y/o del conocimiento libres. Como ejemplar más clásico de la especie, cabe hacer constar al típico fan de Window$, capaz incluso de admitir las más, mejores y mayores bondades del software libre, pero que sosteniendo la muy plausible teoría de que la informática debe solucionar problemas y no causarlos, la interpreta y aplica comprándose precisamente las máquinas y sistemas que más líos le van a generar, líos que soluciona cortando el nudo gordiano del formateo trimestral -o incluso mensual- del disco duro… hasta que el lío es que alguien le ha machacado la cuenta del banco porque un antivirus con cortafuegos insuficiente y un sistema operativo pública y notoriamente negligente, ha permitido que todos los crackers del orbe se paseen por su máquina como Perico por su casa. Y no es que con otras máquinas o con otros sistemas operativos la intrusión sea imposible, sólo que es muchísimo más difícil y únicamente al alcance de bucaneros de marca mayor (y no de mierdecillas aficionados), lo que hace que busquen presas merecedoras del esfuerzo y del riesgo, mucho más allá de la libretita de ahorros de un paria.

Tengo ahora en puertas un marroncito que acontece con alguna frecuencia: como uno es un internauta del sector activista, se le supone entendidísimo en ordenadores, cosa que es una solemne tontería, porque lo que es un internauta antiguo es un usuario antiguo, pero nada más. Soy incapaz de explicar por qué un Dell es mejor que un Acer o viceversa. Todo lo que yo puedo aconsejar -y con reservas- es la configuración del aparato (RAM, tamaño del disco duro, potencia gráfica…) en función de lo que el aspirante a usuario me explica que va a hacer con la máquina (a lo que añado algunas historias que doy por supuestas yo, que ahí sí que conozco un poco el paño), pero todo eso puede hacerse sobre el papel, no necesita presencia personal en el acto de la compraventa in fieri. Una persona muy cercana a mi familia quiere comprarse un ordenador, un PC, porque como en su trabajo hace seis meses que le han puesto uno y hace correr el Gmail que te cagas -prodigio de habilidad infinita, no cuelgues-, ha descubierto que ha nacido para la informática. Consecuentemente (no sé por qué consecuentemente, pero consecuentemente) quiere que la acompañe a comprar el aparato.

En estos casos, yo lo siento mucho pero, en bien de mi calidad de vida y del buen fin de mis relaciones de amistad o de familia, hago lo que, en teoría debiera ser contraproducente para ello pero que en la práctica resulta eficacísimo (en orden a no comerte el gran cagarro cuando la cosa se tuerce): cojo el portante y me llevo al interesado al «Corte Inglés» y a vivir que son dos días. Previamente, me he curado en salud material y ética: le he recomendado un PC con Ubuntu. ¡Uy! Pero eso de Linux ¿no es muy difícil? Pues no: ¿no ves que lo manejan hasta las niñas? Bueno, pero las niñas te tienen a ti en casa para que las ayudes (no hay manera de convencerle de que con Linux, y más aún con Ubuntu, no me hace falta ayudarlas apenas). Mira, me acaban diciendo, no me metas en líos y que vaya con el güindous. Pues bueno, con el güindous, pero te aviso y que quede claro para los restos: de güindous no entiendo nada. Nada de nada. Si la cosa se tuerce, habrás de buscarte la vida en solitario. Y sí, en el trabajo tengo güindous, pero cuando la cosa se tuerce, aparto las manos, llamo al técnico (un bicho raro que, pese a trabajar en T-Systems, sabe lo que se trae entre manos, al menos con Window$) y allá películas. Insisto pues: no entiendo una mierda de güindous y si se te descacharra el invento sólo podré llorar por ti ¿Vale? Vale. Pues al «Corte Inglés» (satisfacción garantizada o devolvemos su dinero, siempre que nos devuelva el trasto con todo su embalaje y hasta el último envoltorio, quince jodídos días con la casa llena de cartones, plásticos y papelotes hasta que, funcionando el chisme aparentemente bien, lo tiras todo, abandonas a divinis la posibilidad del retorno de la pasta o del cambio de aparato, y te sumerges en el proceloso mundo del servicio de asistencia técnica previsto por la garantía y que sea lo que Dios quiera) y que te coloquen la marca que le dé más comisión al vendedor, abarrotada de Window$ porque allí no hay otra alternativa, sí o sí, si quieres lo tomas y si no lo dejas. Hay que joderse, con lo que pagas -porque en «El Corte Inglés» te cascan que da gusto- y vas allí más recto que en un cuartel de la Legión, toma servicio al cliente…

El segundo problema es vencer la impaciencia del interfecto. Quiere el ordenador ya. Bien, es una persona a la que aprecias (en otro caso, que se lo compre ya y que le den por el culo) y, hombre, aunque se compre una mierda de trasto, al menos que sea con atenuantes. Mira, oye, es que ahora te lo van a vender con Window$ Vista y eso es un cagallón de los gordos, más aún de lo normal (y lo normal déjalo correr), hasta la propia Micro$oft ha reconocido que es un fiasco; espérate a noviembre, que para el 22 de octubre está anunciada la aparición de Window$ 7. ¿Y Window$ 7 será mejor? Pues buena pregunta. Qué sé yo… Bueno, según cuentan por ahí (ya te he dicho que de güindous no entiendo) peor que Vista es metafísicamente imposible, aunque no hay que menospreciar jamás la capacidad de Micro$oft para superarse, así que, bueno, sí, caben ciertas posibilidades de que W$7 sea aún peor que Vista. Pero, oye, yo correría el riesgo, porque Vista es malo con ganas, ya digo, hasta la propia M$ ha agachado la testuz ante la evidencia. A lo mejor el 7 sale bien… o más o menos. Hombre, yo me plantearía comprarme el ordenador para Reyes; lo digo porque, indefectiblemente, las primeras versiones de W$ llegan hechas unos zorros y no hay por donde cogerlas, así que para Reyes igual han lanzado el SP1 (un poco justo, pero no imposible) y la cosa ya va más apañadita. El SP2 será también necesario, pero, a la velocidad que va Micro$oft para tapar sus agujeros, ya no me atrevo a sugerirte que esperes al segundo parche.

Total, que, como han hecho otros, comprará su máquina en «El Corte Inglés», equipada con W$ (probablemente 7, si me llega a hacer caso) y a la morterada que le van a clavar habrá que añadir el antivirus -Pero si dice que lo regalan… No: regalan una versión demo de 3 meses… y recuerda que habrás de renovar el abono cada año (¿qué antivirus le recomiendo, Dios mío?)- y, bueno, le aconsejaré que contrate el seguro de asistencia en domicilio (pese a que es un portátil, pero así se darán prisa: si lo llevas al SAT te lo secuestrarán mes y medio) que, claro, costará más pasta.

Y, señores, a partir de ahí, aire: si uno prefiere entregar su máquina a una empresa que va a pasar completamente ya no de la máquina (eso es cosa de su fabricante), sino del producto que vende (los EULA de Micro$oft te dicen, con todo el morro, que reclamaciones, al maestro armero y que te dirijas al comerciante, es que es alucinante…), es enteramente su problema. Cuando esa maravilla que usa el noventaynosecuántos por ciento de la gente empiece a dar por el culo (que dará por el culo seguro, sea cual sea su versión y pese a las decenas de fanboys que en cualquier foro jurarán por sus ancestros más antiguos que a ellos les va el güindous como una bala), yo, a salvo por el anuncio previo de mi radical ignorancia, me desentenderé en favor del servicio de mantenimiento. Cosa que no suele servir para nada, porque por más avisos previos que lances y por más que obligues al otro a afirmar a gritos y ante mil testigos que lo ha comprendido perfectamente, que más allá de la compañía en la compra del aparato no va a esperar ninguna ayuda tuya en la plena consciencia de que no puedes dársela, llegado el momento serás un cabrón, un hijoputa y un insolidario; con no pocas posibilidades de perder la amistad (cosa que en el caso concreto en el que estoy pensando y al que me estoy refiriendo me va a saber horrores de mal y estaré veinte mil años cagándome en la puta informática, aparte de en la puta madre de cierta gente que no cito porque tiene abogados), pero… ¿qué otra cosa puedo hacer?

Amazon seguirá vendiendo kindles y, además, por sacos enteros; excuso decir la cantidad de millones de copias que venderá Micro$oft de su sistema inoperante, aún prescindiendo de las colocaciones masivas por vía torcida a administraciones públicas, comunidades educativas y demás colectivos con dirigente mojador de pan. ¿Qué extraño síndrome de Estocolmo aqueja a usuarios que pagan fortunas por algo que claramente, más allá de todo prejuicio técnico o activista y más allá de toda duda funciona mal y, encima, es cautivo de la empresa que lo vende (¿qué clase de propiedad se transmite con esa venta?) o, aún peor, de quien quiera penetrar en él y perjudicar, quizá gravemente, a su usuario? Habiendo, como hay, alternativas eficientes, es decir, que funcionan correctamente, que son más que razonablemente seguras, cuyo manejo está hoy ya al alcance de todos y cuyo precio es bajísimo (para no decir gratuito)… No lo entenderé jamás.

O, bueno, sí que lo entenderé. Por la misma vía que entiendo -si eso es entendimiento, más que simple constatación- que la televisión basura sea seguida por millones de espectadores, que el PP y el PSOE reciban millones de votos cada vez que hay elecciones, o que millones de personas se bañen cada año en el Mediterráneo español (¡ecs!).

O que compren según qué marcas de embutidos.

Cuarenta años ha

De la serie: Otras historias

Es recurrente, ya lo sé, pero es de rigor. Es de rigor porque la llegada del hombre a la Luna constituye un hito en la HIstoria de la Humanidad pero es que, además, es una referencia personal para mucha gente. También para mí. De hecho, el aniversario no es hoy sino mañana: Neil Armstrong metió la pata (vamos, puso pie) en la Luna a las 02:56 UTC del día 21 de julio de 1969 (las 03:56 hora española: en aquel entonces no cambiábamos a horario en verano), pero como en todos los horarios americanos era todavía el día 20, para su historia -que acaba siendo, por las buenas, la de todos- la efeméride se conmemora hoy. En cierto modo es razonable, según se mire: después de todo, ellos corrieron con el gasto.

Alguna vez he dicho que los héroes de mi padre fueron los grandes pioneros de la aviación: Lindberg, sobre todo, pero en una posición no mucho más abajo estaban Ramón Franco, Barberán y Collar y tantos otros, para continuar con los grandes pilotos de combate: García Morato, los alemanes Mölders y Galland y, un poco a toro pasado -la propaganda franquista no fue muy explícita-, el británico Peter Townsend. Entre otros muchísimos.

Mis héros infantiles y juveniles fueron -y son todavía- los astronautas, sobre todo aquellos siete primeros (que luego resultaron seis por la exclusión de Deke Slayton a causa de un poblema cardíaco) del programa Mercury, de los cuales tres destacan en mi memoria: Shepard -primer astronauta norteamericano: no el primero absoluto del mundo que fue el ruso Yuri Gagarin-, John Glenn, el más carismático de todos, y Gordon Cooper, el último y más joven de la serie, que batió récords de permanencia y que asombró por su sangre fría. Los rusos (he citado a Gagarin, pero hubo muchos más: Tereshkova, Komarov, Leonov y un largo etcétera) no estuvieron tanto en candelero, en primer lugar por la propia opacidad soviética -pese a que su programa espacial tuvo un componente de propaganda importantísimo- y, en segundo lugar, por la opacidad forzosa a que nos sometía el régimen de Franco que, sin llegar a la censura absoluta, sí que obligaba a relegar un tanto la importancia informativa de las proezas (que lo fueron) de la astronáutica soviética. Por razones obvias (que no justificadas). Todavía hoy, uno de mis libros de cabecera es «Lo que hay que tener» de Tom Wolfe, un verdadero y profundísimo reportaje sobre el programa Mercury (y sobre los albores de la aeronáutica a reacción y de las grandes marcas de los prototipos de postguerra) que va mucho más allá de los estrictos hechos (para ellos aconsejo la película «Elegidos para la gloria», basada en la obra de Wolfe y que recoge muy exactamente -con ciertos quebrantos de menor cuantía- la obra de Wolfe y, por tanto, la historia del programa Mercury), constituyéndose en lo que podríamos llamar género psicohistórico. Y, además -Wolfe es muchísimo Wolfe-, con un pulso narrativo y un lenguaje de los de no acostarse hasta que se acaba el libro. Desgraciadamente, está descatalogado.

El programa Gemini ya me llevó a una cierta -nunca total- indiferencia, quizá porque no comprendí en aquel momento sus poco espectaculares objetivos: hay que tener en cuenta que yo era muy niño aún. Recuperé el pleno interés con el programa Apolo, porque ahí sí, su objetivo estaba clarísimo y porque empezó trágicamente llevándose por delante a toda una tripulación en un ejercicio de adiestramiento. Quizá porque me impactó el reportaje que Oriana Fallaci dedicó a Gus Grissom -comandante de la nave y el primero de los siete primeros que se iba al otro barrio- y que publicó la añoradísima «Gaceta Ilustrada», un semanario de altísimo nivel que nunca ha llegado a tener un sucesor de su altura (lo que hay ahora, a su lado -y sin a su lado– son perfectos mindundis editoriales).

Lo que me pregunto -no sin tristeza- y constato -no sin alarma- es quiénes son los héroes de los niños y jóvenes de hoy. Mejor corramos un tupido velo sobre el asunto.

Guardo una memoria bastante vívida del día de hoy hace cuarenta años. Me faltaba, día por día, un mes para cumplir los catorce años, había terminado el Bachillerato elemental -bueno, no exactamente: me quedó una para septiembre y, obviamente, también para ese mes quedó la reválida- y estaba ya de vacaciones, aún en Barcelona, a punto de salir para Asturias, nuestro destino estival de todos los años. Habíamos seguido en días anteriores las visicitudes -muy normales, no hubo sustos ni cosas raras- del Apolo XI y ya tenía un cierto nerviosismo a primera hora de la noche, cuando el módulo lunar había ya aterrizado en la luna, con lo que se había alcanzado un primer hito: por primera vez, se posaba sobre la Luna una nave espacial tripulada. Los anteriores vuelos desde el Apolo VIII (Borman, Lovell y Anders, en las emocionantes y emotivas -por esta causa- Navidades de 1968) habían ido desde la primera órbita humana a nuestro satélite a orbitarlo -sin alunizar- con el módulo lunar. Recuerdo que mi padre fue uno de los protoescépticos en esto de la Luna, pero más que un convencimiento real de que la llegada a la Luna era una comedia hoolliwodiense -como muchos gilipollas pretenden ahora en serio– albergaba el resentimiento de que los norteamericanos hubieran ganado la carrera espacial (los rusos la habían abandonado -en lo que a la Luna se refiere- por imposibilidad económica y tecnológica unos muy pocos años antes) en detrimento de los rusos, soviéticos, rojos y, en definitiva, mala gente, pero europeos, a la postre. Para mi padre, el pequeño paso de Neil Armstrong fue como el derrumbamiento y disolución en el éter de toda la cultura grecolatina. Para él, negar ese paso era una simple cuestión de supervivencia intelectual, más que de analfabetismo tecnológico (del que estaba lejos: era -es- aparejador y un calculista de los buenos).

Yo hubiera querido quedarme levantado para ver por la tele ese momento histórico, histórico de verdad, no como las imbecilidades así calificadas con que se nos ha bombardeado aquí cada vez que un mindundi del régimen de turno se ha tirado un pedito y lo ha pintado de verde. Mi padre no me dejó. Nos ordenó ir a la cama bajo palabra de despertarnos a tiempo para el acontecimiento. Palabra que cumplió, desde luego. Pese a todos sus escepticismos, mi padre siempre ha tenido un acusado sentido de los momentos históricos (de los de verdad) de los que nos toca ser privilegiados testigos. A las tres y algo de la madrugada (hora española), mi padre nos despertó a mi hermanos y a mí.

La verdad es que cuando vi a don Neil bajando por la escalerilla, aún plenamente consciente del momento que estaba viviendo y viviéndolo a tope, no experimenté ninguna emoción, no me conmoví. Tenía la culturilla tecnológica y la racionalidad suficiente como para estar al cabo de la calle de que Armstrong no caería fulminado al tocar la superficie lunar (aún había quien lo temía… y casi lo esperaba) y de que, en definitiva, en el estricto desarrollo de los hechos no iba a pasar nada del otro jueves, como así fue. Casi recuerdo con mayor emotividad el programa de Televisión Española (¡no había otra!) magistralmente conducido mano a mano por Jesús Hermida y el tan reiteradamente aquí llorado doctor Lluís Miravitlles y creo que cuando esta noche vea alguno de los programas especiales que se van a emitir para la ocasión -probablemente el de TVE- lo racional recordará ese pequeño paso tan grande para toda la Humanidad («[…] venimos en paz en nombre de toda la Humanidad» reza el hermosísimo mensaje de la placa que aún está allí), pero lo sentimental tenderá hacia los retazos de aquel programa que espero que se nos ofrezcan.

Sólo siento no poder compartir este aniversario con mis hijas: están en un campamento juvenil en el Parque Natural del Moncayo, en el curso de cuyas actividades espero -y muy probablemente así sea- que esté programado un recuerdo especial para aquel día de julio de 1969 en el que los corazones de muchos millones de seres humanos de todas las razas, lenguas, religiones y condición social, latieron al unísono y contuvieron simultáneamente el aliento al ver aquella figura blanca, borrosa y casi fantasmagórica, descender de la escalerilla y hacernos sentir muy cerca de aquel 1492, cuando Cristóbal Colón puso también pie en una tierra ignota y alumbró un mundo nuevo.

Qué bichos tan curiosos somos, capaces de generar tanta mierda, tanta miseria y tanta abominación, de cometer crímenes enormes y, al mismo tiempo, de lograr cosas tan grandes.

¡Qué especie esta!

A %d blogueros les gusta esto: