Paella: el arroz

De la serie: Los jueves, paella. Este es, hoy, el primer plato

Sí, queridos. Como resulta que la primera entrada de la paella se me ha alargado exageradamente, voy a servirla hoy en dos platos a modo de cocido: primero el arroz y luego los tropezones. Así me hago perdonar los tres jueves de hambre que os voy a hacer pasar (whoooooohohohohoho) dentro de unas ya breves semanas.

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Me llama una amiga y me cuenta -muy amostazada, por decirlo suavemente- que se ha montado una especie de plataforma que exige la dimisión de Juan Antonio Samaranch como presidente honorario del Comité Olímpico Internacional por su pasado franquista. Intento, más que tranquilizarla, resignarla: no hagas caso, vivimos tiempos de chiquilicuatros y de chiquilicuatres y esto es lo que hay, la cosa no da para más. Y continúo diciéndole que probablemente serán jovencitos o gentecilla de la generación zapaterista, de esos frustrados porque no vivieron el antifranquismo ni la transición, y así como los norteamericanos se inventaron a Rambo para ganar la guerra de Vietnam, los de aquí se han inventado -mejor dicho: han retorcido hasta lo imposible- lo de la memoria histórica para ganar una guerra civil que encima, los muy gilipollas, se creen que perdieron cuando, en su caso, la perderían sus bisabuelos. Para perder, niñatos de mierda, primero hay que combatir, así que menos lobos, Caperucita.

Pero no. Miro la página web en cuestión y no parece cosa estrictamente propia de imberbes atontados -aunque hay unos cuantos de ellos, según todas las apariencias, apuntados con entusiasmo a la cosa- sino de otro género de gentecilla, básicamente ultranacionalistas. Y me quedo, no diré que de pasta de boniato, porque a estas alturas ya es difícil que nada pueda sorprenderme, pero sí en un estado algo catatónico. Hay gente que o es imbécil o funciona con una mala fe como para patearle los huevos hasta la desintegración del zapato. O sea, que o cree que no tenemos memoria o lo que intenta es llevarse al huerto a quienes, por razones de edad, no pueden tenerla. Respectivamente.

Lo primero que me viene a la cabeza -lo primerísimo- es que, hombre, esta pretensión, esta plataforma, hubiera resultado mucho más coherente y mucho más ética en 1990 o 1991, aunque no hubiera Internet. Pero resulta que en 1990 o 1991, los sectores de los que procede la gentecilla promotora de la cosa esta meaban colonia Lavanda Puig con la coña de las olimpiadas, que veían como la mejor plataforma mundial de su Catalonia is a opressed nation y otras gaitas (¡ups! perdón: sacs de gemecs) similares. Todavía veo en «La Clave» al tío aquel que entonces era no sé si mandamás o mandamucho en ERC, aquel Colom, pregonando, agitado y apocaliptico, que la olimpiada era de Catalunya y no de España. Parece que entonces el asunto de que Samaranch hubiera sido un alto preboste franquista no tenía ninguna importancia, incluso era políticamente muy incorrecto mencionarlo. Y conviene no olvidar que la olimpiada de 1992 vino a Barcelona por los cojones de Samaranch, que era el amo absoluto del COI. Si no… ¿de qué?

Y en 1990 o 1991, incluso antes, yo, aunque por motivos distintos, les hubiese apoyado gustoso, no tanto para cepillarme a Samaranch, cosa que no me produce ni frío ni calor -ahora iremos a ello-, sino porque yo fui un escéptico olímpico y, personalmente, hubiera preferido con mucho que la olimpiada se la dieran a Sevilla y Barcelona hubiera acogido la Expo; creo que a ambas ciudades nos hubiera aprovechado mucho más esta alternativa que lo que hubo. Sin perjuicio de reconocer -las verdades hay que decirlas enteras y todas- que fue un privilegio vivir en aquella Barcelona pre-olímpica y olímpica en la que todos los ciudadanos -incluso los escépticos- nos aunamos en una ilusión y un esfuerzo de dimensiones históricas ante un desafío que parecía imposible y que vencimos con un éxito rotundo y sin precedentes. Yo creo -lo he dicho alguna vez- que ocasión tal no se había visto desde el 14 de abril de 1931. Luego vino la Barcelona post-olímpica y fue el llanto y el crujir de dientes. Pero esa ya es otra historia.

Hay un libro de Ignasi Riera, «Los catalanes de Franco», que recomiendo muy calurosamente, y que explica muy prolijamente, con fechas, nombre y apellidos, cómo la alta burguesía catalana se alineó con el franquismo. Lo que pasa es que también se alineó una buena parte de la baja burguesía y hasta un sector quizá minoritario, pero no menguado, de la clase obrera. En realidad, muchas de estas alineaciones o presuntas adhesiones no son más que historias de pura y simple supervivencia. No estamos hablando de una dictadura de cinco o diez años: estamos hablando de un régimen que pervivió casi cuarenta años, casi dos generaciones enteras, que marcó la vida de tres (sin contar las secuelas que intentan alargar ahora ciertos botarates) y que en todo ese tiempo, luchas o conformidades aparte, hubo que seguir viviendo, hubo que seguir trabajando, hubo que seguir llevando pan a casa, yendo diariamente al trabajo, abriendo cada día la tienda. Muchas de estas cosas no podían material y oficialmente hacerse fuera del Régimen. Los funcionarios –todos los funcionarios de la época y no pocos de épocas anteriores- tuvieron que jurar los Principios del Movimiento Nacional, tanto si les gustó como si no, de la misma forma que ahora tienes que jurar o prometer -igualmente a la trágala- la Constitución. Y quien dice funcionarios dice, por simples pero en absolutos únicos ejemplos, jueces, presidentes y decanos de colegios profesionales, catedráticos y profesores universitarios, y un etcétera larguísimo. ¿Fueron todos franquistas? Habrá que recordar que en julio de 1969, dentro de tres semanas hará, justitos, cuarenta años, el vigente monarca juró, como Príncipe de España, los Principios Fundamentales del Movimiento.

Muchas actividades, entre ellas, el deporte, caían bajo la férula directa de la estructura del partido único. El deporte se gestionaba desde la Delegación Nacional de Deportes que dependía de la Secretaría General del Movimiento. Digamos, para que los chavales de ahora lo entiendan, que la Secretaría General del Movimiento era como un ministerio (de hecho, los secretarios generales eran ministros, con el título de «ministro secretario general del Movimiento») y las delegaciones nacionales un a modo de direcciones generales. Otro ejemplo: hasta muy avanzado el Régimen -a mí no llegó a tocarme, pero no hacía muchos años que había desaparecido la cosa- todo estudiante universitario quedaba automáticamente encuadrado, por el sólo hecho de matricularse, en el SEU, el sindicato estudiantil falangista. ¿Todos los licenciados universitarios anteriores a -pongamos- 1965 fueron franquistas? Como digo, esto a mí no llegó a alcanzarme, pero a las compañeras que se matricularon en la Universidad en aquel año de 1972, la matrícula les fue aceptada condicionalmente a que durante el curso realizaran el servicio social (gestionado por la Delegación Nacional de la Sección Femenina) o alcanzaran (matrimonio, orfandad, etc.) la exención de su obligatoriedad. ¿Todas fueron franquistas? Se dirá que no, claro, que la afiliación al SEU era automática y el servicio social era obligatorio. Pero -respondo yo- también podía uno renunciar a la Universidad y no pasar por el tubo, esa libertad sí existía. Y se me duplicará que eso es una barbaridad, que renunciar a una carrera para no pasar por ese estúpido aro es algo absurdo, desproporcionado y, por tanto, inexigible. Exacto, es verdad. Lo que pregunto yo, entonces, es por qué esa tolerancia hacia el universitario y esa intolerancia -en prácticamente lo mismo- al empresario o al servidor público vocacional.

Samaranch procedía de una típica familia catalana de empresarios textiles, gente de mucha pasta. Su familia hubo de pasar, más o menos a gusto (esto lo sabe cada cual) por el aro del franquismo, como todo quisque. Y a Samaranch le dio por lo del deporte, ya ves tú. No habrá cosas interesantes en la vida para un tío con todas las oportunidades a su disposición y este tuvo que tirar al calzoncillo. Pero, en fin, le dio por ahí. Le dio por ahí no tanto por practicarlo (no sé si él mismo era muy deportista o poco o nada) como por gestionarlo. Y si en tiempos de Franco uno quería gestionar deportes, pues hala: a la Delegación Nacional de la cosa. Y allí, ya sabes, el uniforme de bombero, como le dijera un ordenanza del achuntamén a Eugeni d’Ors, cuando éste regresó a Barcelona después de la guerra ataviado reglamentariamente: guerrera negra y camisa azul.

Samaranch llegó a donde llegó escalando puestos en el régimen de Franco. A ver qué vida: ¿iba a llegar al Comité Olímpico Internacional como jefecillo de una célula clandestina de la oposición?

Lo de la plataforma esta tendría alguna razón de ser -en su caso- si Samaranch hubiera sido un típico hombre del Régimen (como lo fueron, mira por dónde, Martín Villa, Adolfo Suárez, Manuel Fraga y muchos otros, que la lista es larga), un trepa franquista al que la flauta del triunfo internacional le hubiera sonado en el tema del deporte tras pasar -pongamos por caso- por Obras Públicas, por Gobernación y/o por Educación. Pero, aunque ocupó diversos cargos de carácter civil o político -presidente de la Diputación de Barcelona, embajador de España en Moscú- todos ellos iban orientados hacia su promoción como gestor deportivo. El último cargo, el de Moscú, se le dio, de hecho, para que pudiera hacer cómodamente lobbyng para acceder a la presidencia del COI a la sombra de los Juegos Olímpicos que se celebraron en aquella ciudad.

Por lo demás, me cabrean sobremanera estos antifascistas de la señorita Pepis que se instituyen en inquisidores y en dispensadores de bulas, a saber con qué autoridad moral. A un hombre sólo se le puede juzgar por sus actos y, que yo sepa, Samaranch no tuvo participación ni directa ni indirecta, ni próxima ni lejana, en ninguna barbaridad. Siendo así, ahí se acaba todo.

Porque juzgar a alguien por sus ideas, sin más que por sus ideas, cualesquiera que éstas sean, y no digamos, buscarle un perjuicio por razón de esas ideas, sí que es fascismo en el peor sentido de la palabra.

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Venga, comerla ahora, que está calentita. Voy a por el segundo plato.

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Comentarios

  • Ángel Bacaicoa  On 02/07/2009 at .

    Magnífica paella para acompañar al marisco que me acabo de comer en pleno Vigo. Si está usted tan inspirado ahora espero que las vacaciones que le esperan sean una recarga nuclear de pilas. Espero con expectación el segundo plato.

  • Anónimo  On 02/07/2009 at .

    Aquí tenéis la relación de Samaranch con el deporte en sus años mozos:

    Compaginó la práctica de diversos [[deporte]]s (fue destacado jugador y entrenador de hockey sobre patines, boxeador, futbolista) con los estudios de profesor mercantil y se diplomó posteriormente en el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa. Fue periodista deportivo (enviado especial a Helsinki 52) y presidente de la Federación Española de Patinaje, además de jefe de la delegación española a varios JJOO desde Cortina d´Ampezzo 1956.
    Fue designado concejal de Deportes en el Ayuntamiento de Barcelona (1955-1962), organizando en dicha ciudad los [[Juegos Mediterráneos de 1955|II Juegos del Mediterráneo]] y posteriormente fue designado Delegado Nacional de Educación Física y Deportes (1967).

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