Lo público y lo privado

De la serie: Los jueves, paella

Aquí estoy, después de una entera semana de silencio bloguero, obligado por la falta de tiempo libre causada por deberes familiares diversos. Entre una niña que regresa de un campamento (y, mientras ha estado ausente, ha habido que darle marcha a la hermana), que dos días después las dos se van a otro, y que estamos a semana y media de irnos de vacaciones (largas, este año: tres semanas), todo es recuerdaestos, ayquemeolvidolootro, hayqueatarestoantesdeirnos, y, en fin, la mayoría sois padres de familia -o hijos de ídem autocríticos y observadores- y qué os voy a contar…

Mañana jueves -hoy para casi todos vosotros- tengo el chequeo semestral que culmina con la visita al oftalmólogo y sus fastuosas dilataciones de pupilas, lo cual suele dejarme listo para la ONCE hasta bien entrada la tarde, de modo que, aprovechando que además hay temas y ganas de decir cosas, voy a dejar esto atado en miércoles y a ver si puedo dejarlo listo para subirlo antes de acostarme.

Así que, damas y caballeros, con ustedes la penúltima paella de esta temporada.

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Tan recurrente como inevitable: hoy tenía que hablar del niño que se han cepillado en el Gregorio Marañón de Madrid, porque de esas cosas, aunque ya haya hablado todo el mundo, hay que hablar; hay que hablar y decir lo que no se ha dicho o que sí se ha dicho pero con eufemismos y florituras. Y como en esta casa bitacoril a los testículos se les llama cojones, vamos a ello y a quien le pique que se joda.

Un error, un error que en otras circunstancias calificaríamos de tonto. Uno no está por la faena, por lo que sea, porque está recordando lo bien que cenó anoche, porque se está cagando en el cabrón que le ha rayado el coche esta mañana o, atentos, porque en el trabajo hay un pandemonium de mil pares de cojones y como decía la canción aquella, la manguera por la escalera y en el cuartel nadie se aclara; y se mete la pata hasta el corvejón. Y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

El problema, claro, es dónde se ha metido la pata; porque hay profesiones o momentos de su desempeño en que la metedura de pata es leve y sus consecuencias retrotraíbles o compensables: el camarero que vuelca la jarra de cerveza sobre el pantalón del cliente; la cajera del supermercado que la pifia con el cambio y devuelve por 5 un billete de 20; el contable que mete en el debe lo que va en el haber; el abogado que se equivoca en el número de un artículo al citarlo en sus conclusiones definitivas. Porque la cerveza no mancha mucho, casi nada; la cajera porque por pifiarla con un billete de 20 le cae una bronca y quizá un descuento en el sueldo, pero nada más; el contable que se da cuenta del error cuando el balance no cuadra; y el juez que rectifica de oficio -y mentalmente- el poco importante error del letrado. Otras profesiones lo tienen más crudo, porque el error tonto que todos tenemos de cuando en cuando ellos no pueden permitírselo: el piloto, el maquinista, el conductor de autocar…una cagada se paga al precio de muchas autopsias (en no pocos casos, incluso la propia). Cuando una enfermera se equivoca metiendo por la vía endovenosa lo que tiene que ir por la nasogástrica y encima se equivoca en la personita de un neonato, estalla el drama y estalla, además, a lo bestia. Un drama gordo porque se asocia -y se suma- al de la propia madre del bebé, que murió de la gripe esta que hay ahora después de que en tres hospitales, tres, pasaran de ella como de un cagarro.

La chica, aterrorizada por lo que ha ocurrido, está ahora mismo sedada; y no es para menos: es que como no la aten -real o farmacológicamente-, esta chavala jovencísima, que estaba apenas probando la vida, tiene una buena cantidad de números para la rifa de una autodefenestración o para la de una apertura de venas. No sé qué le pasará (al delito que ha cometido, si llega a establecerse como tal, puede corresponderle una pena de hasta cuatro años de prisión, lo cual, si pasara de los dos, supondría su ingreso carcelario y su integración en el simpático colectivo que habita allá dentro: los que lo saben, dicen que son mucho peores las cárceles de mujeres que las de hombres) pero eso es casi lo de menos. Los cuatro años -si llega a tantos- pasarán, por malos que sean; la inhabilitación que le impondrá el juez nunca será tan dura, larga y rigurosa como la que se impondrá ella misma, que posiblemente decida -y cumpla- no volverse a poner jamás un pijama blanco o verde. Lo más duro será el recuerdo de ese niño que la perseguirá toda la vida; lo más duro será lo que sentirá cada vez que vea un bebé en la calle, en el metro, en cualquier parte; lo más duro será el recuerdo de ese niño cuando, quizá algún día, tenga hijos: ¿qué sentirá esa pobre hija cuando le pongan en brazos a su propio bebé y recuerde al otro? Porque hay que suponer que estamos hablando de una muchacha normal, de una buena nena, como cualquiera de nuestras hijas, no de un Radko Mladic, por ejemplo, ese cabrón que cada día antes del desayuno, como quien dice, se cargaba a uno o dos pares de centenares de civiles inocentes y se fumaba un puro.

La masa mediática ha reaccionado medio bien; bien, porque no ha intentado disculpar a la chica -y de no ser por el tremendo resultado, la cosa es casi disculpable, por lo que he dicho antes de los errores tontos- pero tampoco ha caído sobre ella para destrozarla buitrescamente; bien, porque se ha ido directamente a los déficits y carencias de la sanidad pública; y mal, porque se ha aprovechado la ocasión para cargar contra Aguirre. Que no es que no se lo merezca, cuidado: se merece eso y mucho más; pero es que el problema no es la sanidad pública de Madrid, sino la sanidad pública en general. Madrid y Aguirre no son sino la exageración, la desproporción, la muestra más flagrante de un problema generalizable a toda la sanidad pública.

Ayer oía por la radio a doña Carmen Flores, presidenta de la Asociación Defensor del Paciente, que, en un tono que me recordó mucho al que solemos emplear en la Asociación de Internautas, por cierto, dijo que el caso de este niño es el que ha salido a la luz por todos sus antecedentes, pero que barbaridades como esta suceden constantemente y en toda España y se ocultan a la luz pública; que la sanidad pública ha visto hundirse tremendamente su calidad en los últimos diez años; y que las plantillas son objeto de constante reducción y precarización. Este es el debate: el deterioro de la sanidad pública en todo el territorio español, no las privatizaciones de la Aguirre, cuya censura justa y cierta debería llegar como un efecto secundario y lógico del debate principal. La inquina sectaria de Escolares y demás santa compaña facilitando que se reduzca el todo a una parte, la categoría a una anécdota, por más razón que pueda tener (que la tiene) en su animadversión de fidelidad zapaterística hacia Aguirre, puede ser la perfecta cortina de humo que salve muchos culos que van por ahí bastante sucios.

Porque la sanidad pública, como tantos otros sectores públicos, se ha visto invadida por esa peña de cabrones con corbata que tienen mucho papelín acreditándolos como acróbatas del management (y eso que a muchos de ellos se les diría incapaces de encontrar la puerta de salida del retrete sin la ayuda de un GPS), que no son, en realidad, sino una jauría de perros rottweiler «especialistas» en recursos humanos, que es como estos animales llaman al conjunto de personas que trabajan en una empresa. La complejidad del proceso mental de ese hatajo de sinvergüenzas -y ojo, que estoy moderando mucho el lenguaje- está perfectamente al alcance del ama de casa más analfabeta: reduciendo sueldos se reducen gastos y, por tanto, aumentan los beneficios (o se puede ajustar más el presupuesto a beneficio del padrino político). Claro, el ama de casa también sabe que ahorraría dinero si prescindiera de la señora de la limpieza, pero el ama de casa sabe lo que parecen ignorar esos retrasados mentales con MBA: que, con señora o sin señora, la limpieza hay que hacerla. El orate con MBA ni se despeina: pues el ama de casa que trabaje más. Y, en conclusión, el ama de casa, que ya iba con la lengua fuera cuando la ayudaba la señora ahora despedida, acaba limpiando, pero mal; y las camas, que antes las hacía bien, ahora las hace mal; y la comida, que antes era deliciosa, ahora le sale de asco. Pero eso sí, el expediente se ha cumplido: la casa está sucia, pero alguien ha podido ser visto con un mocho en un momento u otro; las camas están mal trabadas y arrugadas, pero no están propiamente… deshechas; y la comida, insulsa y monótona, está ahí, encima de una mesa mal puesta. Hasta que se muere un bebé prematuro porque el ama de casa, agobiada, se equivocó de vía. Y entonces sale el MBA a decir, con todo su morro, que se ha producido un «error terrorífico». Nos está engañando, porque los errores terroríficos han sido dos: uno, el que nos ocupa; otro, previo y flagrante, haberle puesto a él -o en otros casos a otros de su calaña- ahí. No se ha dicho en ningún medio de comunicación que el tío haya sido fulminantemente puesto de patitas en la calle. O sea que no ha sido puesto de patitas en la calle. Todo el marrón para la enfermerita. Para ella sola.

Parece que les cuesta entender algo tan sencillo como que la calidad de los servicios que se prestan por mano humana -sin alternativa mecánica posible- depende de la calidad del trabajo de esas personas que prestan el servicio. Y tener a media sanidad -como a media educación- de baja por estrés o por depresión, clama para que se recluya a esas bestias con corbata en un campo de trabajo tipo soviético o vietnamita. O les cuesta entenderlo… o lo entienden y a ellos y a sus amos les importa un pito. En ese caso, lo del campo de trabajo gana en muchos puntos de justificación.

Bueno, pues aquí tenemos un caso claro, una muestra sangrante de cómo funcionan los servicios públicos cuando se entregan a la gestión privada o cuando, aunque permanezcan aperentemente públicos, se entregan a gestores trepa que entran como elefantes en una cacharrería con mentalidad de empresa privada. Es el modelo catalán, cuya calidad, huelga decirlo, también está cayendo en picado, como en el resto de España y por similares motivos que el resto de España. Conozco el paño de cerca, que no vengan con cuentos de financiación (ahora la tienen -dicen ellos, no me lo invento yo- y verás cómo no cambia nada).

Y de la sanidad privada, mejor no hablemos.

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Informe Ararteko (Defensor del Pueblo vasco): entre otras lindezas, detallitos como cuarenta y dos mil personas amenazadas de muerte, exiliados por miles y varios miles más cagados de miedo. Media población acogotada y sojuzgada -los vascos no étnicos– y un ambiente irrespirable fuera del marco ideológico del nacionalismo en el que reina la más mafiosa omertà. Pero eso no cuenta, eso no existe. Existen seiscientos o setecientos presos y existen sus parientes que son dueños de las calles y de los escenarios públicos. Con razón «El Correo Digital» titula al artículo en el que describe brevemente esta situación «La Euskadi oculta».

Yo no sé cómo se sentirán los italianos cuando piensen en aquellos territorios de su país controlados por la mafia o por la camorra en mucha mayor medida que la autoridad política y judicial constitucional. ¿Digo en mucha mayor medida? Mejor debiera decir en única medida. Puede que estén cabreados o puede que el enquistamiento del problema -que dura casi quinientos años, ojo- ya les haya pillado habituados desde su mismo nacimiento; en todo caso, quizá resignados o indiferentes. Pero sí sé cómo nos sentimos muchos españoles.

Estuve en el País Vasco de vacaciones hace cosa de tres años. Aunque es una región maravillosa en sus paisajes, y excuso decir en su gastronomía, no pienso volver (supongo que a esos les alegrará, pero la alegría es recíproca) o, cuando menos, no pienso volver pronto. Y, ojo, no me pasó nada, no hubo ningún mal rollo ni pasamos ningún mal rato y todo lo que pudiera parecerse aún lejanamente a algo propiamente desagradable se reduce a un par de anécdotas de ínfima importancia olvidadas en minutos. No va por ahí la cosa. Lo que ocurre es que en ninguna otra tierra de España, absolutamente en ninguna, me han hecho sentir jamás como un forastero poco grato, sólo en el País Vasco. Y de forma premeditada y alevosa. Sólo fuimos bien -y creo que sinceramente- acogidos por los dueños del alojamiento rural en el que nos hospedamos, amigos ya antiguos de unos familiares míos. De su mano, disfrutamos de forma muy especial y simpática de las fiestas de aquel pueblo, en cuyo día grande acertamos a llegar. Punto pelota.

No encontramos en el resto de la gente con la que tratamos o con la que nos cruzamos la menor cordialidad ni mayor interés en hacer grata nuestra estancia. Entrar en un bar era como hacerlo en un salón de película del oeste: se hacía de pronto un silencio pesado -mucho más pesado y, por ende, mucho más ominoso que el habitual de todas partes, producto de la curiosidad natural de los lugareños por unos forasteros, que ese sí que lo he vivido con muchísima frecuencia- que no turbaba ni una mosca y se nos venían encima unas miradas acojonantemente torvas. ¿Desconfianza? Pues igual: estábamos en un valle guipuzcoano con fama de ser el núcleo mismo del mejunje, sea lo que sea el mejunje. Pero pensar que un cincuentón con su santísima parienta y un par de niñas de catorce y nueve años puedan ser… vete a saber, sobre esa base, qué podrían pensar que fuéramos. Por supuesto que en los núcleos propiamente turísticos (San Sebastián, por ejemplo) la cosa ya era más normal: allí éramos, simplemente, guiris a los que esquilmar, pero eso ya pasa en todas partes. Y Vitoria fue como respirar aire fresco: aquello es Castilla la mires como la mires, tanto las piedras como las gentes, y aquello, en definitiva, es otro rollo. Pero en Guipúzcoa…

Nos falta por conocer Vizcaya, pero, así las cosas, me parece que de esa asignatura vamos a tardar mucho en presentarnos a examen.

Desde esa experiencia -que tendrá todas las diferencias que se quiera con las de otros, pero la mía es exactamente esta- puedo hacerme una idea de lo que está pasando la mitad de la población vasca. Ojalá este período que ahora han inaugurado PSE y PP lleve a una nueva generación de vascos más acorde toda ella -y no sólo su mitad- con los principios básicos de la civilización y no como los perros rabiosos criados a los pechos de la enseñanza del PNV que alimentan hoy el odio y la vesanía y los garantizan por una generación más.

Ya veremos.

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Me acomete un cierto sobresalto cuando veo en «Menéame» una noticia alusiva a funcionarios que se tocan las narices. Paso en este caso de «Menéame» porque para algunos temas se constituye en una vulgar turba de linchamiento: funcionarios, toros, memoria histórica, $GAE, Micro$oft y dos o tres cosas más son temas prácticamente bloqueados para discrepantes si en algo aprecian su karma y como parece que en eso del karma a muchos les vaya no sé si el patrimonio o el alma, pues eso, que calladitos están más guapos porque los directores del cotarro -reales o virtuales, fijos o esporádicos- ya han decidido por dónde han de ir los tiros y no hay nada más que hablar. Pero voy a la fuente, «20 minutos», y me encuentro con el blog de Ignacio Arsenio Escolar, vaya, hombre, el padre del azote del PP y, bueno, respiro un poco: es el típico titular engañoso que cabalga sobre la frase más escandalosa de las declaraciones del interfecto, en este caso Octavio Granado, un factótum del PSOE.

Y, bueno, dando como literal exacto lo que cuenta don Ignacio Arsenio de lo que dijo el señor este, tengo que decir que, en fin, que es verdad. Vaya, lo del tiempo parcial, concretamente, no lo sé, pero otras cosas de parecida entidad, sí.

No estaba seguro de hablar hoy de este tema, al que ya hice referencia en la paella del jueves pasado que, tras una semana de silencio bloguero, se convierte, para más inri, en la entrada anterior a esta. Pero creo que el tema vale unas ideas generales ampliando lo dicho.

La fama de vagos de los funcionarios. No hay tal. No hay vagos, quiero decir, así de modo general; hay que admitir, claro, los casos minoritarios, pero como norma general, el funcionario es un trabajador como cualquier otro, con las glorias y las lacras que eso lleva implícito. Lo digo así, redondamente, sin matices. Ahora bien: que haya funcionarios que no den golpe, es algo que también es verdad, pero lo es por la razón a la que apunta Octavio Granado: la rigidez de los puestos de trabajo en la administración pública, la esclerosis de las plantillas, la patrimonialización de las mismas a cargo de jefecillos de pelo mediano e incluso corto, que temen que una vacante sin cubrir sea una plaza amortizada a medio plazo y, por tanto, la cubren como sea y si no sale a concurso o a oferta pública le enchufan un interino… aunque esa vacante lo sea de vez, es decir, aunque se trate de un puesto de trabajo sin funciones reales. Sucede mucho: cuando se modifica la estructura de un ministerio (de un departamento, en la administración catalana, que es donde trabajo yo) se coge esta dirección general y se saca de ahí para ponerla allá y este servicio que tiene esta se lo vamos a quitar para dárselo a la otra y para que el perjudicado no llore le metemos esta subdirección general de aquí, que es pequeñita y casposa y que su director general de origen no echará en falta porque tiene otras muchas y muy gordas. Pero nunca, nunca, nunca, en estas movidas -que son sistemáticas a cada cambio de gobierno- comportan modificación alguna en los puestos de trabajo, en lo que en Catalunya se llama RLT (relació de llocs de treball). O sea, la unidad administrativa básica en Catalunya, el servicio, va de aquí para allá, lo suben, lo bajan, le quitan competencias o le dan más, pero si eran veinte funcionarios, allá que se van los veinte con armas y bagajes (que no se van propiamente porque estas movidas no suponen casi nunca un cambio de ubicación física: los cambios de ubicación física llegan en otros momentos, pero esa es otra historia).

En estas circunstancias, se comprenderá que es fácil que haya unidades que incrementen sus competencias y otras que pierdan algunas; los primeros van a pedir más personal y les van a otorgar más o menos un veinte por ciento de lo que piden; los segundos no van a pedir nada pero van a defender con uñas y dientes a sus funcionarios: que la cuarta parte de ellos no haga ya falta da igual, aquí se quedan todos, del primero al último. Conclusión: en un servicio de veinte, cinco se quedan, simplemente, sin trabajo; sin trabajo pero no sin puesto y sin sueldo. Ellos obviamente, no tienen la culpa, pero es que, además, en la administración pública es muy difícil inventarse trabajo, entre otras cosas porque la iniciativa y las ideas son objeto de la mayor indiferencia por parte de los barandas de arriba; quizá algún jefe cercano, inmediato, aprecie esa iniciativa o esa idea (no pasa siempre, pero tampoco es inaudito) pero nunca sube más arriba, lo que quiere decir, entre otras cosas, que la idea no engorda ni la nómina ni el curriculum y de ahí lo que decía: la iniciativa navega en un mar de indiferencia administrativa.

Por otra parte, si a alguien se le ocurre proponer algo como lo que yo proponía la semana pasada, que el puesto de trabajo del que es dueño un funcionario fuera genérico y no específico, es decir, uno no está adscrito a este puesto de trabajo sino a un puesto de trabajo dentro del término municipal en el que se ha obtenido la plaza, tendrá enfrente -y ferozmente- a los sindicatos. El pretexto es que esa movilidad permitiría alcaldadas y arbitrariedades. Y es verdad que las facilitaría, pero también lo es que podrían establecerse mecanismos de control suficientemente fiables que podrían compensar el problema con bastante facilidad. También, obviamente, tendrá enfrente a los funcionarios o a muchos funcionarios. Es comprensible: hay quien en un concurso de traslados abandona un buen puesto para ir a parar a otro mucho menos bueno pero que está cerca de casa o del cole de los niños: la movilidad geográfica, aunque no pueda salir del término municipal, les hace la pascua potentemente, sobre todo en grandes ciudades. Y, finalmente, para hacer esto habría que especializar -y documentar la especialización- a los funcionarios para que las periódicas redistribuciones no consistieran en simples desplazamientos más o menos masivos de mano de obra bruta sino que cada cual estuviera a cada momento en el lugar en que se le necesita precisamente a él. Vamos: establecer perfiles profesionales de carácter individual (¡uy, lo que he dicho!).

En fin, recomiendo la lectura (o relectura, según cada caso) de la entradilla que al respecto escribí la semana pasada y entre las dos creo que dejo claro que perfilar una función pública eficiente no precisa ni de revoluciones ni de grandes presupuestos ni de cosas raras: basta, en esencia, con que la cúpula directiva de esa masa de profesionales sea, a su vez, profesional, bastaría una cierta flexibilidad en la distribución de los puestos de trabajo y bastaría con que los funcionarios renunciáramos a una ínfima parte de nuestros privilegios, recordando que los privilegios -por así llamarlos- de que disfrutamos no es por guapos, sino para acorazarnos contra la arbitrariedad en aras a un mejor servicio para el ciudadano. Cuando el privilegio se convierte en contraproducente para el ciudadano, es decir, que transtorna más de lo que beneficia, llegó la hora de cepillárselo. Y, bueno, que hoy trabajemos en un determinado punto de la ciudad y el trimestre siguiente estemos en otro, es ciertamente un fastidio, pero es muy poca cosa comparada con lo que les está cayendo a muchos y no estoy pensando en parados, sino en los miles y miles que están trabajando bajo la tiranía y el capricho de un hijo de puta como hay tantísimos. Y, en definitiva, evitaríamos que unos estuvieran trabajando como negros en jornadas realmente muy duras y sin dar abasto mientras otros, aún a su pesar, pasan largas temporadas sin hacer nada.

Tocándose las narices, muy bien expresado.

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Anda, pues he cumplido y todo… Esto de tener una bitácora hace gracia por cosas como esta: una semana que se prevé pacífica y bien, das el gran pinchazo porque todos los hados se revuelven de pronto contra uno; y el día que lo ves más negro resulta venir en bajada y con viento a favor. Así es la vida.

Pues nada, quedamos citados para el próximo jueves, 23 de julio en el que no sólo aparecerá la última paella de la temporada sino que muy posiblemente constituya la última entrada en «El Incordio» hasta después del 15 de agosto.

Y de aquí a ese jueves 23, a ver si se me serenan las aguas y devuelvo la bitácora a su frecuencia habitual. Porque pasar, lo que se dice pasar, están pasando cosas.

Nos vamos viendo…

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Comentarios

  • Nubian Singer  On 16/07/2009 at .

    Un detalle: de los Escolar, el de 20 minutos es Arsenio, el padre. Ignacio, el hijo, es el ex de Público.

  • Jordi  On 16/07/2009 at .

    España tiene escuelas estupendas de enfermería y muchas de sus tituladas se largan al extranjero (al Reino Unido, por ejemplo), donde su formación es tratada con la retribución y el reconocimiento profesional que se merecen. Aquí sólo les esperan jornadas draconianas, un sueldecillo y ser tratadas como peleles.

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