Cuarenta años ha

De la serie: Otras historias

Es recurrente, ya lo sé, pero es de rigor. Es de rigor porque la llegada del hombre a la Luna constituye un hito en la HIstoria de la Humanidad pero es que, además, es una referencia personal para mucha gente. También para mí. De hecho, el aniversario no es hoy sino mañana: Neil Armstrong metió la pata (vamos, puso pie) en la Luna a las 02:56 UTC del día 21 de julio de 1969 (las 03:56 hora española: en aquel entonces no cambiábamos a horario en verano), pero como en todos los horarios americanos era todavía el día 20, para su historia -que acaba siendo, por las buenas, la de todos- la efeméride se conmemora hoy. En cierto modo es razonable, según se mire: después de todo, ellos corrieron con el gasto.

Alguna vez he dicho que los héroes de mi padre fueron los grandes pioneros de la aviación: Lindberg, sobre todo, pero en una posición no mucho más abajo estaban Ramón Franco, Barberán y Collar y tantos otros, para continuar con los grandes pilotos de combate: García Morato, los alemanes Mölders y Galland y, un poco a toro pasado -la propaganda franquista no fue muy explícita-, el británico Peter Townsend. Entre otros muchísimos.

Mis héros infantiles y juveniles fueron -y son todavía- los astronautas, sobre todo aquellos siete primeros (que luego resultaron seis por la exclusión de Deke Slayton a causa de un poblema cardíaco) del programa Mercury, de los cuales tres destacan en mi memoria: Shepard -primer astronauta norteamericano: no el primero absoluto del mundo que fue el ruso Yuri Gagarin-, John Glenn, el más carismático de todos, y Gordon Cooper, el último y más joven de la serie, que batió récords de permanencia y que asombró por su sangre fría. Los rusos (he citado a Gagarin, pero hubo muchos más: Tereshkova, Komarov, Leonov y un largo etcétera) no estuvieron tanto en candelero, en primer lugar por la propia opacidad soviética -pese a que su programa espacial tuvo un componente de propaganda importantísimo- y, en segundo lugar, por la opacidad forzosa a que nos sometía el régimen de Franco que, sin llegar a la censura absoluta, sí que obligaba a relegar un tanto la importancia informativa de las proezas (que lo fueron) de la astronáutica soviética. Por razones obvias (que no justificadas). Todavía hoy, uno de mis libros de cabecera es «Lo que hay que tener» de Tom Wolfe, un verdadero y profundísimo reportaje sobre el programa Mercury (y sobre los albores de la aeronáutica a reacción y de las grandes marcas de los prototipos de postguerra) que va mucho más allá de los estrictos hechos (para ellos aconsejo la película «Elegidos para la gloria», basada en la obra de Wolfe y que recoge muy exactamente -con ciertos quebrantos de menor cuantía- la obra de Wolfe y, por tanto, la historia del programa Mercury), constituyéndose en lo que podríamos llamar género psicohistórico. Y, además -Wolfe es muchísimo Wolfe-, con un pulso narrativo y un lenguaje de los de no acostarse hasta que se acaba el libro. Desgraciadamente, está descatalogado.

El programa Gemini ya me llevó a una cierta -nunca total- indiferencia, quizá porque no comprendí en aquel momento sus poco espectaculares objetivos: hay que tener en cuenta que yo era muy niño aún. Recuperé el pleno interés con el programa Apolo, porque ahí sí, su objetivo estaba clarísimo y porque empezó trágicamente llevándose por delante a toda una tripulación en un ejercicio de adiestramiento. Quizá porque me impactó el reportaje que Oriana Fallaci dedicó a Gus Grissom -comandante de la nave y el primero de los siete primeros que se iba al otro barrio- y que publicó la añoradísima «Gaceta Ilustrada», un semanario de altísimo nivel que nunca ha llegado a tener un sucesor de su altura (lo que hay ahora, a su lado -y sin a su lado– son perfectos mindundis editoriales).

Lo que me pregunto -no sin tristeza- y constato -no sin alarma- es quiénes son los héroes de los niños y jóvenes de hoy. Mejor corramos un tupido velo sobre el asunto.

Guardo una memoria bastante vívida del día de hoy hace cuarenta años. Me faltaba, día por día, un mes para cumplir los catorce años, había terminado el Bachillerato elemental -bueno, no exactamente: me quedó una para septiembre y, obviamente, también para ese mes quedó la reválida- y estaba ya de vacaciones, aún en Barcelona, a punto de salir para Asturias, nuestro destino estival de todos los años. Habíamos seguido en días anteriores las visicitudes -muy normales, no hubo sustos ni cosas raras- del Apolo XI y ya tenía un cierto nerviosismo a primera hora de la noche, cuando el módulo lunar había ya aterrizado en la luna, con lo que se había alcanzado un primer hito: por primera vez, se posaba sobre la Luna una nave espacial tripulada. Los anteriores vuelos desde el Apolo VIII (Borman, Lovell y Anders, en las emocionantes y emotivas -por esta causa- Navidades de 1968) habían ido desde la primera órbita humana a nuestro satélite a orbitarlo -sin alunizar- con el módulo lunar. Recuerdo que mi padre fue uno de los protoescépticos en esto de la Luna, pero más que un convencimiento real de que la llegada a la Luna era una comedia hoolliwodiense -como muchos gilipollas pretenden ahora en serio– albergaba el resentimiento de que los norteamericanos hubieran ganado la carrera espacial (los rusos la habían abandonado -en lo que a la Luna se refiere- por imposibilidad económica y tecnológica unos muy pocos años antes) en detrimento de los rusos, soviéticos, rojos y, en definitiva, mala gente, pero europeos, a la postre. Para mi padre, el pequeño paso de Neil Armstrong fue como el derrumbamiento y disolución en el éter de toda la cultura grecolatina. Para él, negar ese paso era una simple cuestión de supervivencia intelectual, más que de analfabetismo tecnológico (del que estaba lejos: era -es- aparejador y un calculista de los buenos).

Yo hubiera querido quedarme levantado para ver por la tele ese momento histórico, histórico de verdad, no como las imbecilidades así calificadas con que se nos ha bombardeado aquí cada vez que un mindundi del régimen de turno se ha tirado un pedito y lo ha pintado de verde. Mi padre no me dejó. Nos ordenó ir a la cama bajo palabra de despertarnos a tiempo para el acontecimiento. Palabra que cumplió, desde luego. Pese a todos sus escepticismos, mi padre siempre ha tenido un acusado sentido de los momentos históricos (de los de verdad) de los que nos toca ser privilegiados testigos. A las tres y algo de la madrugada (hora española), mi padre nos despertó a mi hermanos y a mí.

La verdad es que cuando vi a don Neil bajando por la escalerilla, aún plenamente consciente del momento que estaba viviendo y viviéndolo a tope, no experimenté ninguna emoción, no me conmoví. Tenía la culturilla tecnológica y la racionalidad suficiente como para estar al cabo de la calle de que Armstrong no caería fulminado al tocar la superficie lunar (aún había quien lo temía… y casi lo esperaba) y de que, en definitiva, en el estricto desarrollo de los hechos no iba a pasar nada del otro jueves, como así fue. Casi recuerdo con mayor emotividad el programa de Televisión Española (¡no había otra!) magistralmente conducido mano a mano por Jesús Hermida y el tan reiteradamente aquí llorado doctor Lluís Miravitlles y creo que cuando esta noche vea alguno de los programas especiales que se van a emitir para la ocasión -probablemente el de TVE- lo racional recordará ese pequeño paso tan grande para toda la Humanidad («[…] venimos en paz en nombre de toda la Humanidad» reza el hermosísimo mensaje de la placa que aún está allí), pero lo sentimental tenderá hacia los retazos de aquel programa que espero que se nos ofrezcan.

Sólo siento no poder compartir este aniversario con mis hijas: están en un campamento juvenil en el Parque Natural del Moncayo, en el curso de cuyas actividades espero -y muy probablemente así sea- que esté programado un recuerdo especial para aquel día de julio de 1969 en el que los corazones de muchos millones de seres humanos de todas las razas, lenguas, religiones y condición social, latieron al unísono y contuvieron simultáneamente el aliento al ver aquella figura blanca, borrosa y casi fantasmagórica, descender de la escalerilla y hacernos sentir muy cerca de aquel 1492, cuando Cristóbal Colón puso también pie en una tierra ignota y alumbró un mundo nuevo.

Qué bichos tan curiosos somos, capaces de generar tanta mierda, tanta miseria y tanta abominación, de cometer crímenes enormes y, al mismo tiempo, de lograr cosas tan grandes.

¡Qué especie esta!

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Comentarios

  • Monsignore  El 20/07/2009 a las .

    Busca “Viaje al mar de la tranquilidad” (también descatalogado, yo me lo encontré en una librería de viejo), es un relato bastante imparcial (subrayo lo de “bastante”, siendo del 69) del programa espacial estadounidense que pone en su justa perspectiva – o al menos, alejada del propagandismo oficial – a los personajes de la Administración, de la NASA, y y sus motivaciones.

  • Ryouga  El 23/07/2009 a las .

    Que suerte tuvo poder vivir aquel historico acontecimiento a los mas jovenes nos queda internet,los documentales y la excelente miniserie “de la tierra a la luna” ,hermana de la no menos impresionante “hermanos de sangre”

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