Rey, Franco y taxis

De la serie: Los jueves, paella

Preparando ya la muy inminente fuga vacacional, emprendo esta última paella del presente curso académico-laboral con una sensación agridulce. Por un lado, como es obvio, el regocijo por el descanso cuyo inicio está más que cercano; por el otro, una cierta… más que tristeza, perplejidad: nunca, desde que inauguré «El Incordio» he estado tanto tiempo desconectado de mis lectores como lo voy a estar ahora, tres enteras semanas. Otros años, con períodos vacacionales incluso más largos, nunca había estado tanto tiempo con la bitácora congelada, porque una parte significativa de estos períodos la había pasado en casa o en Moià, cuya biblioteca pública, cómoda, fresquita y agradable, tiene una estupenda zona wi-fi. Este año no va a ser así; me llevo, ciertamente, el portátil, pero al único efecto de procesar las fotos día a día. En un sólo día puedo llegar a disparar entre setenta y ciento cincuenta fotografías, que luego, tras una selección, quedan reducidas a entre un 20 y un 40 por 100 del total; las supervivientes exigen entonces unas ciertas rectificaciones de color (equilibrio de blancos, básicamente) y quizá de encuadre (horizontes inclinados y esas cosas). Si dejo que se me acumule el trabajo de nada menos que tres semanas para hacerlo a la vuelta, sé positivamente que no lo haré (lo sé, porque ya me ha pasado antes), de modo que el ajuste fotográfico será una horita de disciplinado trabajo diario antes de acostarme. Pero no preveo posibilidad material de conexión a la red en ninguno de los lugares en los que estaré. Y si, por pura casualidad, la hay, disculpadme, pero pienso pasar de todo a saco, así que como si no la hubiera.

Bien, basta de contar mi vida y vamos allá…

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Ayer hizo cuarenta años que Franco nos echó encima al vigente monarca. Y no recuerdo si precisamente hoy o mañana hará esos mismos años que Juan Carlos de Borbón tomó posesión del inaudito título de Príncipe de España jurando los principios fundamentales del Movimiento Nacional (y con Carrero por allí cerca, qué miedo) y puenteando con ello a su padre, improclamado Principe de Asturias por derecho propio que, según cuentan las crónicas, aquel día pilló un berrinche de capitán general y a su hijo lo llamó de todo menos guapo. Bueno, tampoco me da ninguna pena.

Como he dicho un par de entradas antes yo estaba por esas fechas a pocas semanas de cumplir los catorce años y algunas cosas empezaba a entender. Entendí que Franco ya empezaba a olerse su fecha de caducidad (cosa normal, dada su edad y probablemente con algún aviso de su estado de salud, que acabaría siendo serio e inevitablemente notorio cinco años después, con una tromboflebitis que le obligó incluso a resignar transitoriamente la jefatura del Estado, precisa y obviamente en Juan Carlos). Y entendí que Franco nos metía una monarquía cuya caída toda la España urbana celebró en su día con una de las manifestaciones de jolgorio cívico más importantes de nuestra Historia contemporánea, una Historia precisamente poco prolija en alegrías. Incluso ésta acabó pasando apenas seis años después una factura espantosa, tremenda, cuyas consecuencias aún vivimos hoy, mucho más allá de lo históricamente razonable, por causa del empecinamiento estúpido de un montón de gilipollas que aún se creen miembros de un bando pese a la imposibilidad cronológica (y, sobre todo, racional) de ello.

Curiosamente, no temí una guerra civil, al contrario que mi abuelo materno, que se cagaba de miedo cada vez que pensaba en la muerte de Franco. Como yo aún no había visto -por la tele, pero visto- cómo un país con un aceptable desarrollo económico y una ciudad que había sido sede de unas brillantes Olimpiadas de invierno se dedicó al degüello general de la manera más cafre desde los tiempos de los Buchenwald de Hitler o de los gulag de Stalin (y de otros que no eran Stalin), no veía posible que un país razonablemente moderno, con una economía próspera, con una clase media extendidísima, con pleno empleo, capacidad de consumo muy alta (incluso el famoso seiscientos ya estaba siendo superado, le quedaban apenas cuatro años de vida en fábrica) y un bienestar social de caballo, que incluso en lo político y más allá de la opción de cada cual, iba estando generalizadamente de acuerdo en que había que ir pensando en homologarse con los regímenes democráticos europeos, se lanzara a hacer el animal armas en mano. Afortunadamente, tuve razón, pero, como es notorio, por razones muy distintas a las que servían de base para mi tranquilidad. Qué miedo hubiera pasado si en aquel entonces me hubiera dado cuenta de cómo pueden llegar a ser las cosas cuando la política sucia las enmierda…

Pero no me gustaba nada el tema de la monarquía. Creo ser de los primeros ciudadanos procedentes de la sociología franquista al que jamás dio miedo la palabra república, que yo siempre asocié más a la palabra francesa o federal alemana que a la palabra segunda, cosa, esta última, que constituía en realidad el problema para muchos: para muchos que habían sufrido las atrocidades que llegaron a cometerse en aquel paraíso de la legalidad, como nos visten ahora con su camisita y su canesú, y para muchos republicanos que, para mal del propio republicanismo, no sabían ver otra.

Tras estos cuarenta años (treinta y cuatro con corona), bueno, la realidad ostensible es que hemos tirado p’alante. El cómo nos hubiera ido si las cosas hubiesen sido de otra manera es un ejercicio que la historiografía prohíbe rigurosamente, pero nada impide, por otra parte, aspirar a otro tipo de liderazgo -entre otras cosas para que sea un liderazgo verdadero, auténtico, no un figurín- y esperar racionalmente de ese otro modelo mayores beneficios y, sobre todo, mejor repartidos.

Mientras tanto, tenemos ahí arriba a un señor al que, según dicen -que vete a saber- debemos el servicio de haber transmitido una imagen muy buena de España, pero que, aún siendo así, se lo ha cobrado. Hace cuarenta años llegó al empleo poco menos que como becario y con una mano delante y una mano detrás (incluso su propia familia no iba muy boyante y el propio Juan de Borbón sobrevivía con una especie de pensión que le pasaban sus cortesanos) y hoy es, según «Forbes» la fortuna mundial número ciento cuarenta y tantos, que no está nada mal, sobre todo teniendo en cuenta que -presupuestos generales del Estado cantan- de su sueldo no ha salido, así que ya me dirán. Sabemos muy poco -quizá incluso menos que otros ciudadanos europeos- de nuestro propio monarca, entre otras cosas porque ha sido protegido por un blindaje mediático descarado, que no ha escatimado silencios ominosos ni botafumeiros indignos (e indignantes).

El único colofón que cabe, de momento, es deprimente. Estos días se hablaba de este tema en diversos foros y me he quedado anonadado al constatar la cantidad de antimonárquicos o de no monárquicos que no ven clara una república por una razón aplastante: ¿cómo vamos a aspirar a una república con esa peña de figuras que tiene la política española hoy, qué tipo de presidente de la República habría ahí? Y, efectivamente, miras el arco parlamentario, todo el arco parlamentario, a todas las señorías (con escasíiiiisimas excepciones) y te dan ganas de abrirte las venas. Ahí tiene la única viabilidad posible el futuro Felipe VI (Felipe 6.0, como he visto por ahí): que los españoles lo veamos como algo menos malo que la burrez política imperante. Que ya es ver, porque anda que el niño apunta unas maneras…

Que triste, madre mía, qué triste…

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Seguimos, seguimos con el pie puesto en cuarenta años atrás (o más o menos). Resulta que uno de estos días afloró la cuestión de que el norteamericano presidente Nixon entregó a Franco, como obsequio al pueblo español y en agradecimiento por la colaboración prestada por España en la carrera espacial, una piedrecita lunar. A Paco le hizo gracia y se la apalancó sin más, porque sí, porque él lo valía, igual que doña Carmen se apalancaba sin más lo que le apetecía de una joyería, hasta tal punto que es público y notorio que los joyeros barceloneses formaron un consorcio para repartir el quebranto entre todos, resarciendo en parte alícuota al beneficiado por una visita de la ilustre. Algo escandaloso si no fuera porque estamos viendo estos días -sobre un partido concreto, pero que, en mayor o menor medida, se puede ver en todos– cómo el asunto del apalanque trasciende épocas, regímenes y materiales. Ahora, eso sí, son regalos. Por la cara, por guapos, poque te quiero mucho, pisha.

¿Y qué se ha hecho de la piedrecita? ¡Ah! Misterio… En el único lugar en el que debería estar -en un museo- está claro que no está. ¿Y la familia del viejo? Pues no sabe, no contesta. Parece, dicen vagamente, que mamá la perdió en uno de esos cambios de domicilio. Y se quedan tan frescos. Precisamente mamá, que esas cosas las domina con notoria eficacia: no en vano, hace unos años, la pillaron con un bolso abarrotado de joyas en un aeropuerto a punto de embarcar al extranjero; se excusó diciendo que era para que le hicieran un reloj con ellas y salió tan bien librada y tan ancha. Igual ha incluido la piedra lunar en la grava del jardín o la echó inopinadamente con la turba de una maceta, vete a saber…

Una de las características que pueden definir a Franco como bananero es su parentela. Sobre todo a su parentela después de muerto él. Talmente como la parentela de Leónidas Trujillo o como madame Imelda Marcos, que andan por el mundo puliéndose impunemente el botín que levantaron sus causantes. Por citar sólo a dos, a simple guisa de eemplo.

Recuerdo que hace muchos años, tras su divorcio de una de las nietas del Invicto, Jimmy Giménez Aranau se dedicó a ganar mucha pasta explicando cosas de su fugaz parentela política, con especial inclinación a poner tibios a sus ex-suegros (sorprendentemente siempre pareció guardarle un cierto respeto a la señora, a la yaya) y, en estas, explicaba que un día le enseñaron una habitación materialmente cubierta de cajoneras que estaban llenas, abarrotadas, de joyas, como dejadas ahí a saco, a puro granel. Yo me lo creí muy a medias -más bien casi nada- no porque creyera incapaz de ello a esa parentela sino porque a la escasa credibilidad del personaje (por sí mismo y por sus circunstancias) se añadía la aparente exageración de la batallita. Vaya, por más saqueadores que fueran, tener kilos y más kilos de joyas así como en un trastero, lo que insinuaría la existencia de otras habitaciones donde estaría lo delicado, el verdadero refinamiento asiático, me parecía algo exagerado, más propio de una fantasía de las Mil y Una Noches que de una parte presuntamente ínfima del botín de un dictador. Pero con el tiempo tiendo a creérmelo, siquiera parcialmente; quizá hubiera menos cajones y quizá las joyas estarían echadas ahí de cualquier manera, pero algo habría (en mi pura y simple creencia, claro está). Porque los modos y los comportamientos de esa familia (con algunas honrosísimas y muy discretas excepciones, como precisamente la ex del señor en cuestión), empezando por la nietecita mayor y continuando por los dos más caracterizados gachós, el que se apellida como el abu (así le llamaban) y el que siguió fugazmente la carrera castrense del abu, son totalmente feudales, por decirlo elegantemente.

Me pregunto de cuánto patrimonio nacional -aparte de la casa solariega de Pardó Bazán, en Meirás- se habrá apropiado esa familia a la sombra de la parquedad castrense (que también es cierta) del dictador, que se alimentaba poco más que de tortillitas a la francesa y que más allá del uniforme reglamentario vestía como para darle un duro, compañero.

Treinta y cuatro años después, aún andamos en estas.

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Ayer por la tarde un autobús municipal barcelonés se dio una leche contra un árbol en un accidente en el que, de un modo u otro, participó un taxista. El accidente en sí no es lo que me interesa ahora, pese a que revistió cierta seriedad en las lesiones de tres o cuatro de los veintitantos heridos. Lo que pido a mi lector es que eche un buen vistazo a los comentarios de los lectores de la noticia para que constate la opinión bastante extendida sobre los… usos y costumbres de los taxistas de esta ciudad. Con especial atención -como especial detalle- al lector que asegura haber estado allí y visto que los colegas del afectado impidieron que la Guàrdia Urbana efectuara el prescriptivo control de alcoholemia al taxista implicado.

Si los ciclistas constituyen ahora mismo uno de los problemas emergentes (luego, aparte, están los de siempre) más graves que sufrimos los peatones barceloneses, los taxistas constituyen uno de los más molestos y encabronantes problemas crónicos, enquistados, que sufren los conductores de esta ciudad, incluidos, como vemos, los de autobús.

Y es que los taxistas constituyen uno de los colectivos más insolidarios de la vialidad barcelonesa. Tradicionalmente navegan muy demagógicamente entre las aguas del servicio público y de la empresa privada; cuando les conviene, son un servicio público al que hay que mimar y cuidar porque, caramba, son de primera necesidad, son imprescindibles y comparten Olimpo de gloria ciudadana con los bomberos y con los urbanos; cuando les conviene, son en cambio, empresarios privados, PYMEs muy puteadas, que tienen sus derechos y sus libertades sacrosantas e intocables. Sus sindicatos, así llamados, son, en realidad, organizaciones patronales, porque los taxistas asalariados -minoría aún- suelen estar generalmente afiliados a los sindicatos comunes, a los sindicatos habituales de los trabajadores en general (CCOO, UGT y alguno más). Y estas patronales controlan féreamente -aún en competencia entre ellas- el sector, habiendo obligado de forma prácticamente irreversible a que no sus licencias sino el valor de sus licencias constituya un derecho adquirido, bloqueando el número de las mismas. El achuntamén, así, puede aumentar o disminuir las unidades de autobuses en circulación y hacer lo propio con los convoyes del Metro, pero no puede graduar a cada momento -sea día, temporada, año o período programático- la cantidad de taxis que debe haber en la ciudad, por la vía de otorgar más licencias o de amortizar las de quienes se jubilen, fallezcan o por otras razones abandonen el negocio. De esta forma, el taxi es un monopolio; un monopolio de titularidad colectiva, pero un monopolio. Y así nos luce el pelo a los ciudadanos en cuanto a la calidad y precios del servicio, por no hablar de la impunidad de las corruptelas, de las irregularidades y de los abusos, que son mogollón.

Por lo demás, circulando son de pánico. Baste decir -y lo he dicho alguna vez- que cuando se ponen en huelga, en esta ciudad se circula de delicia (si no les da, claro, por bloquear en la protesta una arteria principal). Por eso, en los últimos años, en vez de beneficiarnos con una huelguecita de cuando en cuando, cosa que todos les agradecemos tanto (y nuestro consumo de combustible y de tranquilizantes, también), prefieren dejarse de huelgas y bloquear la calle Balmes, por ejemplo, y así encabronan más aún: durante el día, porque circulan normalmente (lo de normalmente, es un decir) y a última hora de la tarde, porque te colapsan la ciudad.

No describo mejor y más extensamente sus modos al volante porque, para que no se diga que les tengo manía -que se la tengo- me remito a los comentarios de la noticia que he pedido a mi amable lector que, a su vez, lea.

Inocentes pajaritos, no te jode…

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No quisiera cerrar la paella, y menos esta, sin dedicar un sentido recuerdo a los cuatro bomberos (y dos más que es de temer), compañeros en la función pública, que cayeron heróicamente en acto de servicio hace dos días combatiendo el incendio forestal que está causando un daño tremendo en la zona catalano-aragonesa de Els Ports de Beseït (Puertos de Beceite), cerca de la localidad catalana de Horta de Sant Joan.

Sin más. Escueta y dignamente.

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Bueno, pues hasta aquí, queridos.

El próximo jueves que habrá paella será el 20 de agosto, festividad de San Bernardo, uno de mis segundos nombres -junto con el de Tomás- y no casualmente, puesto que tal día 20 de agosto, en el del año 1955, nació este vuestro servidor. Será, por tanto, el día de mi 54 aniversario.

Despido aquí la paella, que no todavía «El Incordio». Aunque lo más probable es que esta entrada sea ya la última del curso, no es imposible que entre hoy y mañana escriba aún alguna cosa más. Como mínimo, desde luego, alguna fórmula de despedida general, así que vuestros lectores de feeds aún os darán algún banderazo procedente de esta vuestra casa. Dejo para éste, entonces, las habituales fórmulas de despedida propias del caso.

Hasta el 20 de agosto… a quienes haya por esas fechas.

Tanto los comentarios como las referencias están actualmente cerrados.

Comentarios

  • Jorge Delgado  El 24/07/2009 a las .

    Como lo primero es lo primero: que tenga Ud. unas felices y productivas vacaciones.

    Y ahora lo segundo: me parece a mí que los taxistas de por aquí deben de ser primos hermanos (como mínimo) de los de Barna, a pesar de la distancia que nos separa. Aunque lo que me grita mi intuición es que son todos iguales en toda la piel de toro. Es como al que le das una gorra de plato y ya se cree el rey del mambo. A estos le das una lucecita verde y ya se creen con derecho a todo, como ellos “están trabajando” ya no tienen que respetar a los demás usuarios de las calles…

    En fin, lo dicho, que felices vacaciones. Hasta agosto.

  • Sopota  El 24/07/2009 a las .

    Todos los moteros sabemos que el color del peligro en la naturaleza es el amarillo y el negro, el que identifica a los seres más venenosos que existen… y curiosamente es el color de los taxis de barcelona!

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