Monthly Archives: agosto 2009

Derechos para todos

De la serie: Rugidos

Leo ahora mismo que los comerciantes de Barcelona defienden su derecho a no admitir a determinado público por la indumentaria. Me parece muy bien que tengan ese derecho y que lo defiendan.

Pero habrán de recordar que los ciudadanos también tenemos nuestros derechos, como, por ejemplo, el de no poner pie (ni dinero) en un local con restricciones o requisitos de vestuario (aunque cumplamos con esos requisitos o restricciones).

Contra el vicio de prohibir, la virtud de no gastar.

Barcelona WC

De la serie: Rugidos

No es una buena idea tratar de arreglar las cosas arrimándole un guardia a cada problema. No siempre, desde luego. Pero hay ocasiones en que sí, hay ocasiones en que un guardia -varios guardias racionalmente situados- sí es la solución.

Como en este problema que sufrimos en Barcelona. ¿Por qué no sucede en otros países? ¿Que le ocurriría en Londres, París o Berlín a quien pillaran meándose en un portal del casco antiguo o al pie de un monumento?

Tenemos un problema de guardias -que parecen exclusivamente dedicados a la recaudación de pasta mediante la toma del automóvil como rehén- y tenemos un problema de normativa que no contempla -por puro buenrollismo estúpido- sanciones inmediatas y disuasorias para los infractores. Nada de multas (¿se llegan a cobrar las multas que se imponen a los turistas?). Trabajos comunitarios -de ejecución inmediata- especialmente seleccionados entre los más desagradables; si es limpiar mierda del Zoo, pues limpiar mierda del Zoo y la reclusión del turista hasta que llegue la fecha de su embarque de regreso, al que será debidamente escoltado… salvo que voluntariamente prefiera adelantarla. Cosas así. Y si ha de intervenir un juez, que intervenga, pero entonces hay que crear juzgados única y específicamente dedicados a esto.

Pero esto no puede seguir así. Entre los marranos que toman la entera ciudad por un meadero y los que por causa y so pretexto de la crisis se han lanzado al atraco callejero -con el consabido y ya proverbial efecto de entrar por una puerta y salir por la otra-, Barcelona se está volviendo inhabitable.

Y eso sin contar con Gaspart y su gentecilla.

Desnudos y cojonudos

De la serie: Los jueves, paella

El planteamiento de este tema es relativamente delicado para mí, sincorbatista acérrimo y no diré activista del sincorbatismo porque no se puede defender una libertad pretendiendo establecerla como prioritaria ante otras libertades. Vista cada cual como le dé la gana, que deje en paz el atuendo de los demás y ya está. Con dos únicas salvedades: la higiene y el mensaje. Lo del mensaje va por lo de los trapos en la azotea, que no es una cuestión de atuendo sino de desafío cultural radical y frontal a la sociedad de acogida. Pero lo del trapo en el tarro vamos a dejarlo a un lado por hoy (he hablado de ello otras veces y seguiré haciéndolo, pero no es la cuestión ahora) y, también por razones de oportunidad -aunque de naturaleza distinta- también voy a descartar el tema de la corbata.

Viene todo esto a dos noticias que han circulado estos días: el clamor (no sé si verdaderamente cívico o simplemente mediático) por el semidesnudismo turístico al uso en Barcelona (y en otras ciudades, pero el problema se ha planteado aquí) y por la amenaza de varias entidades naturistas de llevar a los tribunales a los ayuntamientos costeros cuyas ordenanzas prohíban el desnudo integral en la playa. Y aunque parezcan similares, son dos problemas distintos.

Realmente, a mí no me gusta ver a un elemento (o elementa) que por todo atuendo lleva un calzón y unas zapatillas (a veces, ni zapatillas: el descalcismo parece ser otra moda, cosa que nunca entenderé, pero, en fin…) paseándose por las calles de Barcelona. Podría ver en ello cierta estética si se tratara de un muchacho fornido y apolíneo o de una chica joven y adecuadamente curvada: la belleza es la belleza. Pero pasan dos cosas: la primera, que la belleza no es un criterio válido para establecer discriminaciones normativas y, la segunda, que, desgraciadamente, el muchacho apolíneo o la dama despampanante son excepciones y rara avis entre una masa porcinesca de ciudadanos y ciudadanas teutones o eslavos de edades próximas a lo provecto que exhiben montañas de tocino entreverado, sudoroso y maloliente. Sin embargo, el que a mí -o a muchos otros como yo- no me guste el espectáculo, no parece razón suficiente para limitar la libertad de vestuario (…o de desvestuario). Otra cosa es la higiene: en lugares públicos cerrados (o privados abiertos al público) y, sobre todo, en el transporte público, en todos los cuales la concurrencia e incluso el hacinamiento hacen que la capacidad de la ventilación para evacuar efluvios humanos tenga siempre un límite demasiado cercano, algo que cubra razonablemente el cuerpo es de rigor, porque la libertad de atuendo termina donde empieza mi salud y la de mis conciudadanos.

Pero la cosa va más allá y se le pide al achuntamén que regule mínimos de atuendo en la calle, petición a la que el alcalde se ha mostrado, como mínimo, receptivo. Y esto ya es otra cosa, porque… ¿qué alberga esa petición?

A mi modo de ver, tras esa petición se esconde el miedo de muchos comerciantes y hosteleros a ejercer su derecho de admisión, el cual, aparte de algunas dificultades de tecnología legal para ser aplicado en este caso, puede llevar a la pérdida de un cliente -que comprendo perfectamente: quien me exija corbata no verá mi dinero- o, lo que es peor, puede aparecer en guías o páginas de Internet como local restrictivo, cosa que puede llevar a una pérdida ciertamente importante de clientela; por no hablar del plus de competencia que le supondrían locales más laxos con el vestuario de la parroquia (lo bonito de la competencia es esto, que cuando unos putean a la clientela, otros hacen de ese puteo un nicho de negocio). Si es el achuntamén, en cambio, el que obliga al atuendo mínimo en vías y locales públicos, el problema está resuelto, porque hay tabla rasa para todo el mundo y porque ante el cliente enfadado por la imposición de la camiseta siempre se puede poner cara compungida y echarle la culpa al alcalde (los guiris, recordemos, no votan; al alcalde se la trae floja que le echen la culpa, en este caso).

Y hay otra cosa peor: la proclividad municipal a reglamentar la uniformidad mínima necesaria también en la calle, procede de la exigencia públicamente expresada de la peña del Gaspart (los hosteleros de muchas estrellas y tenedores, ya es sabido) de conformar un modelo estético de alto nivel para la ciudad, de forma que sea atractiva para su clientela. A los visitantes de alto standing no les gusta tener que fotografiar nuestros bonitos monumentos modernistas rodeados de rusos y alemanes tripudos derramando torrentes de manteca sobre el pavimento. Hace feo para enseñarlo a los amigos, no viste (nunca mejor dicho). El Gaspart y su banda entienden -no sin cierta razón comercial- que la clientela de cinco estrellas no sólo quiere hoteles de cinco estrellas sino también entornos de cinco estrellas.

Pero suceden dos cosas: por una parte, los entornos de cinco estrellas, acaban siendo costosísimos para sus propios habitantes y los barceloneses ya estamos más que hartos de las molestias y carestías que tenemos que sufrir a beneficio de la banda del Gaspart, de evidente y poco clara predilección municipal; por otro lado, en asuntos de prohibiciones todo es empezar: hoy, los hosteleros exigen mínima camiseta, pero mañana querrán camisa y dentro de una semana, americana y corbata. El problema de una prohibición nunca está en el grado de esa prohibición sino en el principio que derriba, en la libertad que se cepilla. La imposición de la camiseta mínima en la calle (en los espacios cerrados sería otra cosa, por higiene) no es un problema por la camiseta sino porque termina con la libertad en el vestir: se empieza por la camiseta y se termina con toda Barcelona como si fuera el 1 de Mayo en Corea del Norte. Y no.

Paralelamente, las asociaciones de naturistas (vulgo, nudistas) se ponen duras (no hagáis chistes) ante las restricciones playeras de algunos ayuntamientos. Aquí la cuestión es distinta, como he dicho antes. Aquí estamos ante el choque de una clara libertad, la de atuendo, que implica la de desnudo, cuando menos en las playas, que son espacios naturales (parece que todos los juristas están de acuerdo en que los nudistas tienen el recurso ganado en tribunales, si lo llevan adelante) y la no menos clara… ¿Qué libertad? ¿Religiosa? ¿Educativa? Pues no, no está tan clara. Efectivamente, hay personas -no pocas- que defienden empecinadamente su derecho a no verse obligados a contemplar un cuerpo completamente desnudo o a que no se vean sus hijos menores en esa obligación. Y lo que cabe preguntarse es: ¿de dónde nace este derecho? ¿En qué se basa? ¿Qué razón avala sus permisividades y sus limitaciones? Dicho de otra manera: ¿por qué el top less sí y el pubis o el culo no? Y si el top less tampoco se admite, la pregunta cambia, pero sólo de coordenadas: ¿por qué las pantorrillas sí y el culo no? Las razones que obligan al slip mínimo obligatorio son las mismas que podrían llevar al burkini mínimo obligatorio, y recordemos que el burkini no es un invento de las del trapo en el tejado, que por estos pagos -y no hace tampoco tanto- fue obligatorio -legal, reglamentariamente obligatorio- desde la moral católica oficial.

El problema es que las religiones -todas en general, aunque algunas más agresivamente que otras- le tienen una aversión cerval al sexo y ven en el desnudo una primera manifestación sexual. Así las cosas, algo que tenemos todos -el desnudo- se convierte en un asunto de moral (o lo que es lo mismo para algunos: inmoral). Como suele suceder en las sociedades en que las religiones han ostentado un potente y largo poder temporal, económico, social, civil y, en definitiva, político, los mandatos religiosos acaban trasponiéndose a lo educativo e independizándose de la propia religión; y así, de la misma manera que muchos árabes ateos sienten náuseas ante la carne de cerdo, muchos ciudadanos, religiosamente fríos e incluso ateos, experimentan una actitud de rechazo ante el desnudo integral, al tiempo que rechazan igualmente -y frontalmente- que se trate de una cuestión de moral, y para justificarlo, emplean palabras que en muchos casos (decoro, decencia) tienen una clara carga moral o bien se acogen a términos relativos y poco válidos como base legislativa tales como estética (cuando todos sabemos que la estética, la belleza, son una simple convención social, un canon que cambia en cada momento histórico).

Desde luego, mientras las ideas religiosas trasciendan del plano estrictamente personal, íntimo e individual, todas las sociedades tendremos problemas y, en algunos aspectos, problemas graves.

A ver cómo acabará todo esto.

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Ángel Sanz Briz

«Bucarest, 14 de noviembre de 1944. Ángel Sanz Briz, de treinta y dos años, introduce en la máquina de escribir Underwood un folio con el nombre de la legación española en Budapest, de la que es jefe, y escribe: “Certifico que Mor Mannheim, nacido en 1907, residente en Bucarest, calle Katona Jozsef, 41, ha solicitado, a través de sus parientes en España, la adquisición de la nacionalidad española. La legación española ha sido autorizada a extenderle un visado de entrada en España antes de que se concluyan los trámites que dicha solicitud debe seguir”.

» A los alemanes que ocupan Hungría les han entrado las prisas por exterminar a la comunidad judía húngara, unas 750.000 personas. En marzo, Himmler ha enviado a Hungría a Adolf Eichmann en persona con sus unidades SS especializadas para acabar con elementos subversivos judíos. Trenes enteros de deportados judíos parten hacia un destino incierto. El gobierno colaboracionista de Ferenz Szalasi no va a mover un dedo para protegerlos, pero el joven diplomático español se juega la carrera y quizá la cabeza expidiendo certificados falsos que salvan de la muerte a 5.200 judíos.

» “Los doscientos pasaportes que me había concedido el Gobierno español los convertí en doscientas familias; y las doscientas familias se multiplicaron indefinidamente merced al simple procedimiento de no expedir documento o pasaporte alguno con un número superior a 200”, contaría años después Sanz Briz.

» Como tanta gente no le cabe en los locales de la legación diplomática española, Sanz Briz ha alquilado otras once casas en cuyas puertas lucen sendas placas con el escudo español y el letrero: Anejo a la legación española»

(Eslava Galán, Juan, Los años del miedo, Barcelona, Ed. Planeta, 2009)

Conocía la existencia de Sanz Briz antes de haber leído el libro de Eslava Galán; entre otras cosas, porque tiene dedicada una plaza en Zaragoza, su ciudad natal, muy próxima a la vivienda que la familia de mi esposa tiene en ella. Pero había oído algo de su historia hace ya años.

Sabía también, desde hace años (ahora esta circunstancia debe estar desterradísima de los planes de estudio), que el régimen de Franco salvó el pellejo de muchísimos judíos, muchos miles, sobre todo sefardíes, durante la persecución nazi, a base de repartir pasaportes españoles a todo pasto. Imagino -parece que los apellidos cantan, según he leído alguna vez- que la razón es que Franco tenía algo o mucho de judío. Sanz Briz, aunque por libre iniciativa, formó parte de ese entramado y de ahí que su administrativamente tosca maniobra (¡anda que no iba a notarse ni nada en Gobernación lo de los 200 pasaportes multiplicados por n, por más que no hubiera ordenadores en la época!) pasara oficialmente desapercibida. Porque, como es notorio, a Sanz Briz no le pasó nada.

Es uno de los casos de españoles que han hecho cosas notables y cuya divulgación ha cedido ante la de proezas similares -a veces, incluso de cuantía, volumen o trascendencia menor- de otros personajes extranjeros que han tenido mejor prensa. Hay otros casos parecidos, el más doloroso de los cuales es el del almirante Blas de Lezo, que a lo largo de toda su vida propinó muchos y muy importantes palos a los súbditos náuticos de Su Chistosa y a quien, en su día, se debió nada menos que la salvación del imperio en América, un marino español -y lo digo sin afectada exageración- perfectamente capaz de hacerle sombra, en cuanto a magnitud histórica, al mismísimo Nelson. Y nuestros escolares -¡y la práctica totalidad de nuestros universitarios!- no tienen ni puta idea de quién es.

Aquí babeando con «La lista de Schindler» y resulta que lo teníamos en casa. De igual manera cabe preguntarse qué «Master and Commander» hubiera podido filmarse sin más que construir un guión con la biografía de Churruca o qué película -incluso de espías- hubiera podido realizarse siguiendo fielmente la vida y andanzas de Jorge Juan, por sólo citar a dos de los muchísimos grandes marinos que fueron, además, grandes geógrafos, grandes matemáticos y, en general, grandes científicos, de aquella impresionante cosecha del XVIII, el único momento de nuestra historia -salvando al Califato de Córdoba- en que la ciencia sonrió a este desgraciado y mohoso país (sí, y también en Catalunya, hay que joderse con Felipe V y siguientes, ya ves tú).

Claro que con esta maravilla de cine que tenemos, abarrotado de pisacharcos, cagapalanganas, enchufados, botarates, vividores, especuladores, sinvergüenzas, analfabetos, chupópteros, incompetentes y pare usted de contar que me cargo el servidor, qué iban a hacer películas interesantes con gente nuestra, anda ya…

He leído varias veces -con distinta atribución de autoría- aquello de que el que ignora su Historia está condenado a repetirla; pues mal vamos en España, como tengamos que volver a pasar por ese marrón -que aún dura- y que lleva durando veinticinco siglos. Pero dentro de tanto guano, hubo buenos momentos. Hubo una vez en que vinieron unos señores griegos y romanos, que nos hicieron cultos; hubo otros, llamados moros -aunque venían del Asia Menor, apañados hubiéramos ido, en otro caso- que nos hicieron sabios por el sur al mismo tiempo que Europa nos entraba por la vía endovenosa del Camino de Santiago, por el norte. Y entre unas cosas y las otras, en medio de la mierda, este país de putos guerrilleros también logró -no sé cómo pudo, pero lo hizo- alumbrar genios, algunos de los cuales pudieron llegar a realizar grandes gestas políticas, militares o intelectuales. Genios que, por su osadía, por el simple hecho de serlo (pecado en España), fueron en su mayor parte puteados, despreciados, reducidos a la miseria, al desprecio y al oprobio más abyecto; en no pocos casos, encarcelados o exiliados, y en más de uno y de dos, ejecutados. Y a tan altos agradecimientos, hay que añadir el del olvido de las generaciones posteriores, tan incultas, zafias e ignorantes como sus contemporáneas, regidas como éstas por perfectos sinvergüenzas, pero con la desventaja añadida de que los de ahora, encima, son cultural e intelectualmente insolventes y deprimentes.

O sea que nada, que no arrancamos.

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Paella en dos tiempos, la de esta semana, pero me he extendido mucho en estos dos temas y un tercero sería demasiado. Estamos, queridos lectores, en el último jueves de agosto. El próximo será 3 de septiembre… ¡caramba!… el 70º aniversario del comienzo de la Segunda Guerra Mundial (en realidad, la primera; la otra, la llamada Primera, fue realmente europea, aunque medio mundo metiera sus narices ahí). Bueno, efemérides aparte, lo cierto es que, en términos convencionales es época ya de normalización post vacacional y uno de los dos inicios de año, cuando entendemos éste como el curso de tiempo que va desde que termina un período vacacional hasta que empieza otro. Iniciamos, pues, un período de once meses al que hay que darle fecundidad, contenido.

Vamos a ponernos a ello.

Linux, mayor de edad

De la serie: Correo ordinario

Hola a todos aquellos que usan Minix.

Estoy creando un sistema operativo (libre) (por puro hobby, no será tan grande ni profesional como GNU) para clones AT 386(486). Llevo trabajando en ello desde abril y ya empieza a estar listo. Me gustaría recibir comentarios sobre lo que a la gente le gusta/disgusta de minix, ya que mi SO se le parece un poco (misma disposición física del sistema de archivos (por motivos prácticos) entre otras cosas).

Hasta el momento he portado bash(1.08) y gcc(1.40), y las dos utilidades parecen funcionar. Esto quiere decir que tendré algo funcional dentro de unos meses y me gustaría saber qué características querría tener la mayoría de la gente. Cualquier sugerencia es bienvenida, pero no puedo prometer que las ponga todas en práctica 🙂

Linus Benedict Torvalds

Este mensaje de Linus Torvalds, que quedará para los anales de la historia de la tecnología y, sobre todo, para el activismo del software libre, como un texto casi evangélico, se enviaba a un foro de debate tal día como hoy, 25 de agosto, en el año 1991. Hace, pues, 18 años de ello.

Tras el inevitable y tan inútil como gracioso preguntarse qué hacía uno ese día, se impone, como siempre, la reflexión, se impone meditar sobre lo que supuso este mensaje, las dinámicas que desencadenó y, sobre todo, si esa mayoría de edad que hoy se cumple teóricamente (es un convencionalismo que, por otra parte, no es cierto en todos los países del mundo) responde a una realidad cierta y palpable.

Alguien podrá decir que Linux ha supuesto una revolución y quizá esté en lo cierto, pero yo sólo lo veo como una revolución si lo contemplamos desde los últimos cinco años; de otro modo, Linux es, más bien una evolución, una evolución de algo primitivo, con un discurrir tortuoso, difícil y con un camino plagado de dificultades, en el que no han faltado incluso guerras internas (es proverbial, por ejemplo, la que desde hace tiempo llevan sosteniendo Stallman, el padre del software libre, y el propio Torvalds) y visiones diferentes del deber ser no sólo de Linux concretamente sino del software libre, en general.

No voy a reproducir ahora la historia de Linux, toda vez que la red -y sobre todo hoy- baja llena (a mí, personalmente, me ha gustado mucho esta de Alvy, de Microsiervos que publica «la informacion.com» y a la que llego vía Menéame), pero sí que me gustaría poner de relieve un par de circunstancias (o de opiniones mías) a la luz del presente y de esa evolución pasada.

En primer lugar, algo filosófico que reconozco muy discutible -y que seguro que será discutido- pero que a mí me parece claro: Linux es la demostración palpable de que el ánimo de lucro, la ambición material, no constituye en absoluto el único motor posible para lograr la eficiencia. Linux ha demostrado que una comunidad sin el menor interés empresarial, sin ninguna intención de ganar dinero, puede crear un producto de calidad y altamente competitivo, tan altamente competitivo que puede llegar a ser mejor que un rival que invierte miles de millones de dólares en sus desarrollos.

Es verdad que, a fecha de hoy, la competitividad de Linux y de no pocas distribuciones de Linux dependen de proyectos empresariales o, cuando menos, del apoyo de grandes corporaciones empresariales (IBM, Red Hat, Novell, por citar solamente a las tres más potentes y/o más conocidas), pero eso no fue así siempre; es más, la aparición de los grandes y su intervención no se produjo ni un minuto antes de que quedara acreditada su calidad y sus posibilidades de presente. En este contexto, las empresas han invertido sobre seguro, se han implicado a toro pasado. No es un reproche, es una simple constatación, que creo que demuestra mi premisa sobre lo del afán de lucro.

En segundo lugar, Linux es también la clara demostración de que, en combinación con Internet -a la que Linux es tan inherente que sin la red simplemente no existiría- hay alternativas a los actuales modelos de negocio basados en vender copias de contenidos. Aún hoy, muchos empresarios y muchos creadores se preguntan cómo podrán vivir si entregan gratis su trabajo; la respuesta no es fácil, porque empieza necesariamente por hacerles ver que es precisamente la tipología de su trabajo, lo que debe cambiar. Los sistemas comerciales e industriales tradicionales han promovido -o se han encontrado inopinadamente como efecto secundario beneficioso- la unión presuntamente indisoluble entre una actividad y su modo de comercialización, como si la creación musical, literaria o industrial no pudiera obtener remuneración más que en la venta de discos, de libros o, en cualquier caso, de copias de esa creación. Esto podía ser así antes de la digitalización; pero la digitalización ha traído consigo dos efectos cuya valoración es radicalmente distinta según proceda de los sistemas tradicionales o de los emprendedores con la vista puesta en el futuro (y prácticamente, ya en el presente): el primero, es que el valor de la copia es cero, puesto que cualquiera puede realizarla, con un nivel de calidad que roza la perfección -todas las copias son ya originales, en términos técnicos- y con unos medios que no requieren de inversión digna de tal nombre, al alcance incluso de la población escolar; la segunda que ese fenómeno de la digitalización ha abierto nuevos mercados de una amplitud tan enorme que es difícil hasta de concebir. Y precisamente esa dificultad en la concepción de sus dimensiones, asociada al cambio de reglas que comporta (la más importante de las cuales es que el beneficiario ya no es, necesaria y sistemáticamente, el cliente, y viceversa) es lo que genera la resistencia férrea tanto de la gran industria, que se ve obligada a una muy severa reconversión (en la que, pese a todo, ya nada volverá a ser como antes) como de pequeños profesionales, artesanos individuales y demás, que tienen somatizada hasta el nivel verdaderamente atómico la ya incierta relación trabajo > copia > retribución.

Pero frente a esa resistencia del ancien régime -que, como yo he dicho tantas veces, aún causará muchas víctimas y derramará mucha sangre económica, pese a ser una batalla perdida- se alzan proyectos empresariales -de gran envergadura en muchas ocasiones- que también van empapando al mundo de la PYME e incluso el de la microempresa y el del trabajo autónomo, y que son ya realidades perfectamente observables al nivel de infantería ciudadana. El agujero que ha abierto el software libre, en general, y el éxito de Linux, en particular, en los conceptos industriales y comerciales tradicionales ha hecho mella -incluso inesperada, en los primerísimos momentos- no sólo en la industria del software sino en otras vinculadas a los contenidos: la música, la cinematografía, el sector audiovisual, en general, y, de forma inminente, en el libro, a cuya estructura editorial ya le están sonando las trompetas de Josué.

Precisamente estas dos circunstancias, enfrentadas la una a la otra, constituyen actualmente el gran debate comunitario en el mundo libre: los idealistas frente a los empresarialistas, los que conciben el software libre como algo que no puede desvincularse de una filosofía tecnolibertaria y cuyo uso debiera, pues, condicionarse al cumplimiento del mandato ideológico y los que entienden que si el software libre no se integra en el sistema económico -aún modificándolo parcialmente, como hemos visto- morirá de inanición, le ocurrirá como al esperanto.

Mi postura, conocida por mis cuatro o cinco, es un tanto equidistante, aunque con una clara inclinación hacia el empresarialismo: el mercado, el sistema económico, es el único vector a través del cual los beneficios de algo que, en cierta forma, podemos considerar como material, pueden llegar al ser individual. De las ideologías, de las doctrinas, no se come, no se vive, no se levantan familias ni -en general- proyectos personales. Pero eso no quiere decir que la idea subyacente deba ser rechazada. En absoluto. En primer lugar, como deuda de gratitud: fue la idea la que generó el bien, la que engendró el producto. Y en segundo lugar, como vigilante, como guardián de las esencias. Sin la idea, sin el concepto, clima o como se le quiera llamar, del software libre y de sus libertades inherentes e irrenunciables, el sotware libre morirá porque no suscitará el interés comunitario.

José Antonio Primo de Rivera dijo en cierta ocasión que a los pueblos sólo los mueven los poetas. La observación es extrapolable: a la comunidad del software libre sólo la moverá ese estandarte de libertad y solamente en tanto ese estandarte esté vigente y presidiendo todo el entorno; en el momento en que el software libre no constituya más que una ventaja o atractivo empresarial, la comunidad se desentenderá y el software libre se diluirá en su estricta esencia. ¿Podrían llegarse, por esa vía de quiebra comunitaria, a recuperar los viejos modelos comerciales que hoy están prácticamente finiquitados? No lo sé, es darle ya demasiadas vueltas y jugar a visionario. Pero sí tengo claro que son una mínima vigencia de la filosofía que lo alumbró y que lo impulsó, el software libre morirá. Lo que vendrá después, si eso llega a suceder, no lo sé.

En todo caso, feliz cumpleaños y, como dice la canción, y que cumplas muchos más.

Que es lo importante.

Desconectar…se

De la serie: Correo ordinario

Me llama Jordi Cortinas, de COM Ràdio (la cadena pública provincial de emisoras municipales) para pedirme que participe en una mesa redonda radiada el próximo jueves. Como estas cosas forman parte de las obligaciones inherentes al sustanciosísimo sueldo que según Teddy Bautista nos pagan Telefónica y otras telecos a los dirigentes de la Asociación de Internautas, le digo al amigo Jordi que sí, naturalmente, que estaré en su «Extrarradi» del jueves por la tarde, no fuera a ser que a finales de mes tío Alierta me atizara un recorte en la nómina.

Es una proposición tentadora porque, por una vez, no se va a hablar de la mierda esa de la propiedad intelectual sino de otro ámbito de la temática específicamente internáutica y, en este caso, de la desconexión de Internet en los días de asueto, es decir, en fines de semana y vacaciones, principalmente, aunque supongo que se acabará yendo a o pasando por la presunta problemática del enganche a la red, es decir, de Internet como adicción. Ojalá que no, ojalá que el debate se mantenga en su propuesta originaria porque me parece muy interesante.

Para empezar, me ha hecho reflexionar sobre mi propio uso de la red y sobre mi desconexión de la misma en fines de semana y vacaciones. Vamos a ver: entre el trabajo y el hogar, paso entre catorce y dieciséis horas diarias frente al ordenador. No todas esas horas lo son en Internet, puesto que en mi trabajo el uso de Internet es esporádico: el correo electrónico, la lectura del boletín oficial, la intranet, EPOCA, que es la página de gestión laboral de los empleados públicos catalanes y algunas otras cosas no sistemáticas. En casa, en cambio, sí, en casa las horas de ordenador equivalen casi minuto por minuto a las de red. La razón es obvia: tengo una dedicación quasi profesional a la red (el quasi es porque, diga lo que diga el Teddy, no cobro por ello) que me obliga a estar enterado en la medida de lo posible de lo que se cuece en ella para estar razonablemente documentado sobre fenómenos y aspectos de los que luego hablaré por radio o televisión o sobre los que pronunciaré charlas, conferencias o mesas redondas, precisamente en calidad de miembro institucionalmente destacado de la AI; por no hablar de la gestión de Linux GUAI, de diversas actividades y trabajos como miembro de la Junta de la AI, de esta bitácora, del activismo del software libre o de otros intereses personales distintos pero también asociados a Internet o vehiculizados a través de la red. Internet, pues, absorbe una importante parte de mi tiempo; afortunadamente, y como queda dicho, buena parte de ese tiempo lo paso en casa y ello me permite llevar una vida familiar normal y grata. Si en vez de Internet dedicara mi activismo y mi voluntariado a otras temáticas con requerimiento presencial -como en otras épocas lo fue, por ejemplo, la educación de tiempo libre- o no podría dedicarle tantas horas -ni muchísimo menos- o a estas alturas ya no tendría familia, si es que hubiera podido llegar a crearla.

¿Qué ocurre los fines de semana? Los fines de semana son preferentemente para la familia, esto lo tengo muy claro. Si nos vamos fuera nos vamos fuera y el ordenador se queda en casa. Si nos quedamos, entonces hay conexión, pero subordinada total y absolutamente a la actividad familiar; si la mañana del domingo toca ir a tal museo o asistir a cual acto, pasear por allá o acudir acullá, el ordenador vuelve a quedarse en casa cual perrito sin amo; excuso decir si hay una comida o cena con familia o con amigos en casa o fuera de casa.

Con este panorama, supongo que no sorprenderá que, por más loco internauta que sea, durante las vacaciones de verano la desconexión sea prácticamente total. Y cuando no es total, uso Internet con fines exclusivamente lúdicos. O, por decirlo de otra forma: en vacaciones estoy completamente de vacaciones, también como activista internauta y como blogger. Todos los que seguís «El Incordio» sabéis que todos los años cierra por vacaciones, más días o menos días (eso ya depende de otras cosas) pero cierra.

Pero, claro, he expuesto mi caso y supongo que mi caso no será frecuente (puesto en relación con la sociedad en general, por supuesto). La mayoría de la gente usa Internet… Eso es, esa es, precisamente, la cuestión: ¿qué usos hace la gente de Internet? Porque la cosa está en que no puede hablarse de Internet como de un algo concreto, como si fuera el maquetismo, la literatura, la natación, la ingeniería o el encaje de bolillos.

Internet es un mundo. Virtual, de acuerdo, pero es un mundo entero. No es una biblioteca, un centro de documentación; no es un centro comercial; no es un medio de comunicación. Es todo eso y muchísimo más. Cualquier ciudadano tecnológicamente formado, aunque sea mínimamente, nos dirá que no hace lo mismo ni es lo mismo Internet en su trabajo que en su casa. De la misma forma que un bolígrafo no se utiliza con la misma mentalidad ni el mismo placer cuando se puntea una columna contable -si es que todavía se hace, que no creo- que cuando se resuelve un crucigrama. Nuestro propio coche, que de un día para otro es el mismo y no cambia, no se toma con el mismo gusto ni se conduce de la misma manera el fin de semana cuando se va a la playa que el lunes cuando se va a trabajar. Muchas, muchísimas cosas cotidianas, normales, corrientísimas, tienen usos muy distintos incluso para un mismo usuario; usos que, en unas ocasiones, son arduos, fatigosos y fastidiosos y, en otras, son divertidos y placenteros. Abundando en esa idea, no se entra igual en la misma habitación del mismo hotel cuando se está en viaje de trabajo o cuando se está de vacaciones o acompañado de una señora altamente apetecible.

Si esto ocurre con cosas que sólo tienen una manera de usarse (el bolígrafo sólo escribe, el coche sólo desplaza, el hotel sólo aloja…) ¿qué podría decirse de algo que tiene tantos y tan distintos usos como intereses pueda tener cada uno de los usuarios?

Estar conectado a la red no quiere decir nada, en sí mismo y de ahí que la psiquiatría haya descartado -ahora sí entro en ello- patologías de adicción a la red. La patología puede estar en lo que se hace en la red, pero no en la red en sí misma. Un usuario compulsivo de pornografía puede sufrir una patología de erotomanía y un jugador impenitente en casinos virtuales puede sufrir una patología de ludopatía. Pero no de adicción a la red. La prueba es que otras actividades, por más que sean en red, no satisfacen su adicción mientras que esas mismas actividades en el mundo presencial probablemente sí satisfarán esa adicción: un ludópata dará satisfactoria rienda suelta a su enfermedad en un casino material, con sus ruletas y sus cartas y tal y un erotómano disfrutará como becerro en prado verde en una casa de putas o en un cabaret.

Dos de mis pequeños grandes placeres, no sólo no tienen nada que ver con la red sino que ni siquiera pueden practicarse en ella (bueno, quizá sí, pero como mal sucedáneo): uno, es leer un buen libro sentado en un cómodo sillón, en una estancia con aire acondicionado y un vaso a mano conteniendo algo de mi buen amigo Jack; otro, es -en vacaciones o fines de semana hoteleros- el desayuno (pantagruélico: huevos, panceta, jamón, copa de vino, pan calentito y bien crujiente, mantequilla, mermelada, un café bien fuerte y un vaso de zumo) y el periódico del dia. En papel, ni que decir tiene. ¿Sucedáneos en red? Hombre, sí, se pueden leer libros en red; y muchos domingos, en casa, después del (no durante) desayuno (que no es, ni mucho menos, tan cumplidito), leo no uno sino tres o cuatro periódicos. Pero en ninguno de los dos casos es lo mismo ni, desde luego, tan placentero. Ni de lejos.

No veo, pues, necesidad de descansar de la red -salvo que habitualmente constituya una obligación en sí misma, como es mi caso- porque estamos ante una simple cuestión de uso de la red. Nadie dijo nunca que, en vacaciones, hubiera que dejar el móvil en casa… salvo si es el móvil corporativo, el del trabajo. Pero dáos cuenta de que, incluso en este caso, ya ha habido que ponerle apellidos al asunto. No se trata del medio sino del fin, del uso que se le dé.

Esa será mi argumentación el próximo jueves.

Nota: los que residáis en la provincia de Barcelona podréis seguir el coloquio, si lo deseáis, en COM Ràdio, el próximo 27 de agosto a partir de las 17:00 horas. Programa «Extrarradi». Podéis buscar aquí la frecuencia de vuestra localidad de residencia. De todos modos, el jueves o viernes añadiré una actualización con el enlace al streaming del programa. Será en catalán.


Actualización (28.8.2009)

Lo prometido es deuda: aquí tenéis mi intervención en el programa (a partir del minuto 15, más o menos). Recordad que es en catalán. Y subid el volumen: tengo una voz muy sorda 😉

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