¿Y quién es Fuenteovejuna?

De la serie: Correo ordinario

Nuevamente, la $GAE presta un importante servicio a sus millones de detractores cometiendo su enésima tropelía (¡sus enésimas tropelías!) contra iniciativas populares tradicionales y despojadas de ánimo de lucro. Lo hace, además (su planificación táctica debe proceder del servicio de… inteligencia), en un momento, en plena canícula vacacional, en que la falta de noticias políticas de empaque -más allá del tedio del estado de rifirrafe permanente que se traen los de los partidos- otorga un mayor volumen y relevancia a este tipo de noticias que en época más activa pasarían fácilmente a segundo plano o incluso no saldrían de la red. Yo mismo me enteré por la tele, lo que si en época normal ya es raro, en período vacacional es redondamente inaudito. Claro que -y ahí está la cuestión- no faltó gente numerosa que me avisó de los acontecimientos.

Las trapazadas de Fuente Obejuna (Córdoba) y de Zalamea de la Serena (Badajoz) no son, sin embargo, exactamente iguales. Aunque en ambas se da de manera coincidente una clara muestra de la situación de absurdo a que está llevando cada vez con mayor frecuencia y en mayor medida la coña marinera de la propiedad intelectual, los casos tienen un matiz distinto. En Zalamea, la $GAE reclama el diezmo porque en la obra de teatro afectada se usa un texto adaptado que tiene un autor; en Fuente Obejuna, el abuso es puro y duro: no hay el menor derecho económico vigente, porque se utiliza la obra original de un autor muerto hace más (mucho más, obviamente) de setenta años.

Hombre, que pasen estas cosas es útil porque así la gente se va concienciando un poco de aquello por lo que nosotros venimos clamando desde hace años: que tenemos ahí una banda con derecho de pernada que hace lo que le da la gana en estos asuntos. En estos y en muchos otros de los que el ciudadano de infantería no tiene tanta constancia, pero a los que dará pronta credibilidad, vistos los antecedentes, en cuanto acceda a su conocimiento.

Lo de Zalamea es lo que me lleva más a reflexión, porque viene a cuento de lo que se llama «obra derivada», es decir, adaptaciones, traducciones y demás, y viene a cuento porque la obra derivada genera nuevos derechos de autor y nuevos derechos de propiedad intelectual. Es decir, se acumula una propiedad intelectual sobre otra (a menos que la de la obra original -como en el caso que nos ocupa- ya haya caducado. Así, quien crea que las obras de Shakespeare están en el dominio público no se equivoca en sentido estricto, pero sí lo hace en sentido castellano o en cualquier otro idioma que no sea el inglés original de sir William. Porque en castellano o en cualquier otro idioma que no sea el inglés (e insisto -luego veremos por qué: el inglés original) hay un traductor que va a pasar la factura.

En otros casos no es un traductor, propiamente, sino un adaptador, o sea, un señor que coge la obra original y no la traduce, propiamente, pero la adapta para un medio determinado (cine, teatro, televisión…) o la reescribe en el mismo idioma pero con expresiones más actuales.

Esto de la adaptación tiene una rama claramente piratesca: la de la versión comentada de una obra libre. Un avispado mercader -un editor, en este caso- toma una obra que está en el dominio público. Esta obra, así tal cual, puede ser libremente copiada y distribuida, pero a ese editor no le interesa que pueda hacerse tal cosa con su edición (es decir, no le gusta que otros hagan lo que él hace), de forma que encarga a un solemnísimo catedrático o a cualquier pisacharcos con algo de tarjeta (según las pretensiones crematísticas de la edición) que efectúe comentarios a pie de página sobre la obra, de tal suerte que prácticamente no quede página sin su correspondiente comentario. Automáticamente esta obra queda vedada para las fotocopias, puesto que si la obra original es libre, los comentarios, en cambio, quedan rigurosa y severamente protegidos por las imbecilidades contenidas en la Ley de Propiedad Intelectual. De esta forma, prácticamente no existen ediciones de autores clásicos sin el comentarista de rigor que, en la mayoría de los casos, no es sino un pelanas que ha cobrado dos duros por servirle al editor como simple candado. Afortunadamente, este truco decaerá a toda velocidad gracias a la tecnología, que nos ha suministrado un aparato llamado escáner, que permite hacer la copia, pasarla a modo de texto editable gracias al reconocimiento de caracteres (OCR), expurgarla de la caquita del moscón apropiacionista y divulgar gloriosa e impunemente el original que ya ha quedado limpio en su parte de estricto dominio público; tecnología que, por otra parte, nos ha dado Internet, a donde podemos subir ese contenido y ponerlo a la libre y gratuita disposición de todo el mundo.

Salvo en este caso, que es un claro ejemplo de desvalor, es decir, en que la aportación adicional perjudica la obra más que beneficiarla al requerir de una actividad complementaria para volver a dejarla en su estado original, que es el deseable, hay que convenir que otras obras derivadas tienen su utilidad. La tiene, indudablemente, la traducción; y la puede tener (no la tiene sistemáticamente) la adaptación: pensemos que un espacio televisivo, por más que sea de teatro, no puede ofrecer «El alcalde de Zalamea» tal como lo escribió Calderón, porque sería, si no insufrible, sí difícil; cada medio pide sus formas y por eso el cine -por poner otro caso de obra derivada- requiere de un guión previo. Las retransmisiones en directo -o en diferido pero en crudo, tal cual- de espectáculos teatrales, no suelen tener mucho éxito. Los espectadores de aquel añorado «Estudio 1» de Televisión Española, saben a qué me refiero.

Ese valor que aporta la obra derivada debe ser retribuido, lógicamente, pero debe serlo, como cualquier otra obra, en condiciones razonables. Y hay dos grandes condiciones razonables que son evidentes a todas luces: la primera, que nunca puede la obra derivada igualar el valor de la obra original, en tanto que la aportación creativa es menor, se mire por donde se mire; la segunda, que la retribución del autor, diga lo que diga la Ley, en pura ética, sólo se devenga cuando la obra se divulga o se reproduce en un entorno comercial. Pero comercial de verdad. Comercial no es todo aquello que recauda dinero, sin más consideración, sino todo aquello que se hace con la finalidad de obtener un lucro económico cierto para personas físicas o jurídicas, lo que excluye sistemáticamente a todo aquello que se raliza precisamente sin ánimo de lucro. De ahí que, diga lo que diga la Ley (y de ahí que yo sostenga que contiene imbecilidades), es del género absurdo -además de miserable- reclamar derechos peseteros de autor por la divulgación de obras realizada en beneficio de proyectos altruistas, toda vez que, por lo demás, en la gran mayoría de los casos, el espectador no acude a esas funciones para obtener placer de las mismas, para disfrutar del estricto contenido -cosa difícil cuando los ejecutantes son aficionados o discapacitados- sino con el espíritu benéfico de colaborar al fin propuesto o para constatar el esfuerzo o la habilidad del familiar, amigo o vecino ejecutante.

El problema en estos casos, casi nunca es el autor, el problema es el de siempre, el de unos organismos de carácter privado, a los que se otorga el beneficio de la recaudación indiscriminada y forzosa, cuya existencia pudo estar originariamente justificada pero que con el tiempo, las prebendas y el poder, no tienen más justificación que sus propias maquinarias, en una especie de retroalimentación perversa. Porque al común de los autores -dejando aparte a los cuatro o cinco privilegiados que todos sabemos- se la trae completamente floja la $GAE (y las que no son la $GAE), de la que no obtiene -cuando la obtiene- más que calderilla. A estas alturas de la película, sabemos que las entidades de gestión de derechos de autor sólo sirven a la industria y a esos cuatro privilegiados y, sobre todo, a sus maquinarias y a sus dirigentes (no pocos de los cuales son, por lo demás, esos mismos autores privilegiados y esa misma industria). Me hace gracia cuando hablan de su obra social, siendo como es, como la de la Caixa, el chocolate del loro de unos ingresos cuantiosísimos y viendo como vemos los ciudadanitos de a pie cómo de cuando en cuando fallecen autores o actores otrora famosos y triunfantes y nos enteramos -por las lágrimas de cocodrilo de muchos visones y muchas garras de astracán asistentes al entierro- de que el otrora ilustre ha pasado sus últimos años de vida en la más abyecta miseria, como quien dice, sin padre, sin madre y sin entidad de gestión que le ladre. ¿Dónde está esa famosa obra social? Yo os diré lo que ellos responderían a esa pregunta: que no puede llegar a todos por culpa de la piratería y de la inmensa bolsa de fraude a los derechos de autor. Sin despeinarse ni nada. La culpa, como siempre, no está en los palacios que están ricamente amueblando por toda la geografía nacional, sino en la piratería.

Yo lo siento -lo siento de verdad, dolida y sinceramente- por los voluntariosos habitantes y amigos de Fuente Obejuna y de Zalamea de la Serena pero, en cierto modo, me alegro de que les haya pasado esto. No porque lo merezcan, en absoluto, sino porque, no siendo los primeros casos que sufren la acción de la $GAE (et alter) van a acabar siendo los más sonados. Y hacía falta que esa triste campana suene alto y fuerte, a ver si se extiende a todos los rincones de España y a todos los estamentos sociales la voz de rechazo, de protesta y de asco frente a las prebendas y las sinecuras de que gozan -todavía no sabemos en virtud de qué- una serie de entidades privadas y, en ellas, una serie de señores aupados al poder en las mismas por votaciones censitarias, a los que se ha otorgado graciosamente un ominoso derecho de pernada desproporcionado, injusto y, consecuentemente, indigno.

Cada incidente de estos acorta el plazo que falta para que los ciudadanos podamos quitarnos de encima ese yugo de opresión que cada vez constriñe más y más manifestaciones de nuestra vida cotidiana.

Sí, efectivamente: todos a una.

Anuncios
Both comments and trackbacks are currently closed.

Comentarios

  • Celu  On 18/08/2009 at .

    No está mal; ya echaba en falta tus diatribas.

  • Ryouga  On 18/08/2009 at .

    La verdad es que me sorprendio ver el caso de Fuente obejuna en las portadas de los periodicos, me lleve una alegria ver que los abusos de las entidades de gestion son conocidos por todos los ciudadanos.

    Me dan ganas de llamar a la SGAE y agradecerles su labor para ayudar a concienciar a los ciudadanos de su inutilidad y avaricia.

  • lamastelle-clasicon  On 18/08/2009 at .

    Repetire un chiste que llevo una semana haciendo. ¿Quien ira a cobrar? Porque ya sabeis lo que dicen los versos:

    ¿Quien mato al recaudador? Fuenteovejuna, Señor, todos a una.

    Frase que, por cierto, no sale en la obra enunciada asi, pero todos nos entendemos :-).

  • Jordi  On 19/08/2009 at .

    Esperaba un post sobre el tema ya que el encabronamiento que pillé el otro día fue monumental. En fin, todos a una.

A %d blogueros les gusta esto: