Un corto y fresquito verano

De la serie: Los jueves, paella

Corto y fresquito, como licencia, ejem, literaria, por supuesto. El verano dura tres meses, no mis exiguas tres semanas vacacionales; y lo de fresquito también es relativo: fueron fresquitas las últimas dos semanas y particularmente los diez días de estancia en Asturias (con algo de calorcillo algún mediodía que otro, no vayáis a creer, que la mañana del 11 sudé la gota gorda en Oviedo), pero la primera semana, entre el Moncayo y Zaragoza fue de órdago. Os cuento…

Por tierras de Aragón

Zaragoza y Teruel son provincias durísimas, en prácticamente toda su extensión. Ello no impide que proliferen por doquier rincones de gran interés. En mi gusto personal -y no necesariamente transferible- Teruel contiene gran parte de la comarca del Maestrazgo, que comparte con Castellón, y constituye uno de mis ámbitos favoritos, conocido y pateado desde hace muchísimos años. Desde antes incluso de hacer la mili, la cual, encima, acaecida en Valencia (III Región Militar de entonces), tuvo también en el Maestrazgo el escenario de importantes calcetinadas. Después he hecho allí de todo: desde llevar campamentos juveniles hasta realizar rutas gastronómicas (especialmente pantagruélicas las llevadas a cabo con los amigos de Zaragoza).

Zaragoza, que ha sido el emplazamiento de este año, tiene mayor variedad. Aparte de la ciudad en sí misma, que en los últimos diez o quince años ha pasado de ser una ciudadita provinciana, tosca y rústica, a una capital de verdadero nivel europeo, con multitud de rincones hermosísimos ahora rehabilitados (y todo ello ya antes de la famosa Expo), tiene otros muchos paisajes que vale la pena visitar. El ámbito del Jalón, con su Calatayud y su Monasterio de Piedra, la comarca de las Cinco Villas y mi escenario de este año, el Parque natural de la Dehesa del Moncayo, colindante con Navarra, que visitamos durante un fin de semana aprovechando la visita al campamento juvenil en el que participaban mis hijas con motivo de su Día de la Familia, con dos platos fuertes: el monasterio de Veruela, que acogió a una comunidad cisterciense con una interpretación de la regla bastante talibán, según cabe deducir de las explicaciones de una documentadísima guía, y la villa de Tarazona. Con la villa de Tarazona cometimos un error al que se añadió una contrariedad: elegimos el lunes para visitarla (mal rollo: el lunes está cerrado casi todo) y, para colmo, la mayor parte de sus monumentos más interesantes está en obras de restauración. Recomiendo muy calurosamente la visita a Tarazona, pero dentro de dos o tres años y en jueves. Fue del todo imposible visitar, por ejemplo, la Catedral, y fue una verdadera lástima porque parecía -es- un edificio muy prometedor. De todos modos, nos perdimos por el casco antiguo y pillamos dos o tres interesantes joyitas, aparte de su sede municipal, que es imponente.


Basílica del Monasterio de Veruela

Claustro del Monasterio de Veruela

Campanario mudéjar de la Catedral de Tarazona

Calle del casco antiguo de Tarazona

La capital, Zaragoza, es una ciudad que tengo ya cotidianizada, puesto que la familia tiene casa allí y acudimos con relativa frecuencia, fácilmente tres o cuatro veces al año, tanto para pasar un fin de semana como para utilizarla de base de proyección para otras visitas, o bien, como este año, para redondear un período vacacional protagonizado por otros lugares para cuyo desplazamiento Zaragoza es ciudad de paso desde o hacia Barcelona. Este año -cámara nueva, niño con zapatos nuevos- visité por enésima vez la Aljafería que me moría de ganas de fotografiar con una cámara decente. Sencillita, pero decente. Y lo hice. Aquí os enseño algún resultado.

Entrada principal del Palacio de la Aljafería

Palacio de la Aljafería: patio árabe

Palacio de la Aljafería: escalinata del palacio de los Reyes Católicos

Ya he dicho alguna vez que quien va a Zaragoza y no visita la Aljafería, se merecería no volver más. Pese a los destrozos que ha sufrido en una historia larga y turbulenta, culminada por un prolongado uso cuartelero que acabó de apuntillarla, una restauración importante e inteligente durante el siglo pasado ha devuelto esta joya a algo cercano o parecido a su esplendor original, convirtiéndola en el más digno marco para las actuales Cortes de Aragón, cuya sala de plenos y demás instalaciones alberga el palacio.

Y con esto, la visita familiar a nuestra gente en el Campo de Cariñena y el cultivo de las viejas amistades zaragozanas al amor de las tapas y de los recios vinos locales, transcurrieron gloriosamente nuestros diez días aragoneses.

Asturias, patria querida

¿Qué decir de Asturias, de mi tierra materna? Pues baste aseverar que el lema oficial para la promoción turística del Principado, Asturias, paraíso natural, es una verdad absoluta e incuestionable. Cuando desde el Ebro se toma la ruta hacia Vitoria antes de llegar a Logroño, el paisaje severo de Aragón, Navarra y La Rioja empieza a reverdecer hasta que, al empezar a ascender por la cordillera cantábrica, va uno como sobre una espesa moqueta de color verde con tonos que van desde un esmeralda brillante hasta un oscuro próximo al azul, y esa moqueta no se abandona hasta que, de regreso, vuelve a cruzarse la cordillera (en esta ocasión regresamos por León, por la autovía del Pajares: a cambio de perderse antes el verde jugoso del norte, se gana la estepa castellana y el Camino de Santiago, tooooda la historia inicial de la Reconquista desde que los reyes astures bajaron a León y recuperaron el valle del Duero que antes habían despoblado para obligar a los moros a atravesar ese desierto llegando exhaustos y sin alimento, a los pies mismos del murallón cantábrico convertido, así, en inexpugnable).

Como la casa familiar de Sama de Langreo soporta mal más allá de dos o tres personas por falta de adecuación para más gente (comúnmente sólo van mis padres), sentamos nuestros reales en un apartamento en el parque natural de Redes, una delicia aún desconocida y que espero tarde mucho en conocerse, lo cual me hace pensar si callado no estaré más guapo, porque abrigo el temor de que Redes acabe como Picos de Europa, otro de los grandes parques naturales asturianos (el más grande, sin duda), pero ya muy dteriorado por la presión guiri (incluyendo en tal término, para este exclusivo caso, a la guirancia hispánica, al turismo nacional, mayoritario, por otra parte; por lo demás, y aunque mi ascendencia asturiana constituye una importante circunstancia atenuante, yo mismo no dejo de ser también un tanto guiri allí).

Este año nos planteamos una estancia de relativamente pocos desplazamientos a cambio de movernos mucho más por la montaña, por el parque de Redes. Teníamos prevista una escapada a Somiedo (otro parque natural que yo no conozco aún como tal, aunque sí lo visité en mis años mozos, cuando era simple paisaje sin denominación de origen), pero al final no pudo hacerse porque tuvimos un cambio de planes por causas familiares. Las escapadas se limitaron a Oviedo, Gijón y… Tazones, un pueblín pesquero que me tiene enamorado pese a que cada año que pasa aumenta también la presión guiri.

En fin… Es casi imposible describir lo que se siente al despertar, asomarse a la ventana y ver como las laderas de las montañas -verdes, siempre verdes, de un brillo casi cegador como haga un poco de sol- prácticamente se abalanzan sobre uno. Y luego coger un bastón, calzarse unas botas y ponerse a caminar -paseando, más que marchando- por senderos que discurren por túneles de avellano, haya, castaño, piedra húmeda, riachuelos de aguas heladas y transparentes en los que se puede ver fácilmente saltar a las truchas (salvajes sólo a medias: nacieron en un vivero), que se hunden en valles tortuosos y profundos entre laderas altísimas sobre las que el sol -cuando lo hay- tarda muchísimo en aparecer (iniciar el camino a las muy cómodas y prudentísimas nueve de la mañana es como hacerlo al amanecer), todo ello con una temperatura suavísima que apenas alcanza entre los 20 y los 25 grados C al mediodía, dependiendo de si hace sol o no (a las 8 de la mañana fácilmente está la temperatura a no más de 14 grados). Y el premio al regreso: una botellina de sidra bien tirada, que es gloria bendita, enjuagada con un pincho de bonito o de tortilla.

Villamorey (Sobrescobio): desde mi ventana

Ruta del  Alba (Parque natural de Redes)

Soto d’Agües (Sobrescobio – Parque natural de Redes)

Vista de Tazones (Villaviciosa)

Y en el asunto del yantar… ¿qué voy a decir? Esos chorizos, esos quesos (Cabrales tiene la fama, pero déjate correr al Casín o al Afuegalpitu), ese cordero, esas truchas frititas en buen aceite de oliva con lonchas de jamón bien crujientito o a la parrilla de carbón vegetal… ¡ese marisco! (nos atizamos una mariscada en Tazones que, pese a ser de vivero -agosto no es el mes más adecuado para esa fauna en estado salvaje-, le bajaron a cantar todos los coros celestiales). Incluso -o sobre todo- la comida de diario: frecuentábamos un restaurantín junto al pantano de Tanes que ya conocíamos de otras veces, y con un menú de 7,50 nos poníamos ciegos; tanto que más de una vez habíamos de suplicar que, aunque nos cobraran por los cuatro, no nos pusieran tantísima comida, que daba pena tirarla (y eso que aún nos llevábamos para la cena). ¡Y qué calidad en los ingredientes! ¡Y qué primor en su elaboración! Ya he dicho varias veces -pero tras una escapada a Asturias me veo en la imperiosa necesidad de reiterarlo- que en la restauración barcelonesa de menú de diario habría que proceder a ejecuciones sumarias en masa.

Casadielles: un postre típico del valle del Nalón (Coballes, Caso)

Y nuevamente con el cultivo y renovación de amistades que proceden de la infancia misma y las inevitables -aunque gratas, sobre todo este año- visitas familiares, fueron pasando los diez días. Del día que dejé Asturias, justamente hoy hace una semana, prefiero no acordarme para no abrirme las venas con el cortaplumas.

Las lecturas

Este año las lecturas han sido ligerísimas, porque las vacaciones iban a ser más activas. El año anterior, que nos recluimos en un hotel de la costa en plan planching total y absoluto, pedía y obtuvo lectura prolija y enjundiosa y me metí entre pecho y espalda las biografías del Duque de Alba (del bueno, del Tercero) y del Gran Capitan, dos gruesos tomos que cayeron en su práctica totalidad en diez días.

Esta vez no había ni tanto tiempo ni tantas ganas, porque el plan era otro, así que han caído tres libritos bastante light.

El primero, uno de Juan Eslava Galán, Los años del miedo, que trata de la posguerra, hasta 1950, en una continuación de Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie que, por cierto, a mí no me gustó, efectivamente, pero imagino que no por lo que el autor cree sino porque me pareció insustancial y porque no hacía ninguna aportación nueva o interesante a un tema ya excesivamente manido. Sin embargo, Los años del miedo sí que me ha gustado: bien escrita, bien descrita, bien caracterizada, bien documentada y, además, acompañada de una muy pequeña pero graciosa selección de material gráfico. Con un único defecto: describir toda la circunstancia como si todos los españoles la hubieran vivido igual, lo cual ya no es cierto, por más que la circunstancia esté bien descrita. Lo cierto es que salvo el hambre y la carestía, que las padeció todo el mundo por igual -todo el mundo menos, inevitablemente, los cuatro sinvergüenzas de siempre- sin distinción de raza ideológica, hubo dos Españas más claramente definidas que nunca: la España de los vencidos, puteada y cagada de miedo -con buenas razones para ello, que es lo malo- y la España victoriosa, que circulaba banderas al viento. Pero cuando digo vencida o victoriosa no hablo tanto en sentido militar como en sentido ideológico: media España sufrió un acoso clerical agobiante, pero ese acoso era para la otra media profusión y exaltación de fe y de felicidad íntima; las camisas azules y los himnos (hermosísimos, todo hay que decirlo) de Falange fueron para muchos símbolo de terror y prólogo de horrores, pero para otros eran la externalización de una España nueva en la que -según creían sinceramente y, sobre todo, esperaban- imperaría la prosperidad y el trabajo. Era una España bipolar y no monocolor. Hechas estas salvedades, ya digo, el libro me ha gustado bastante.

El segundo libro, uno de Valerio Massimo Manfredi, El ejército perdido, una novelización, según parece, del Anábasis de Jenofonte (digo según parece porque no he leído el Anábasis, carencia que un día de estos habré de satisfacer) y que me ha resultado un tostón de mucho cuidado. Sí, está documentado -Manfredi es catedrático de Historia antigua- pero el argumento es soporífero y previsible y las descrpciones, tanto de paisajes como de batallas, son acartonadas e ininteligibles. Nada que ver con su primer libro (o el primero que leí de él) La última legión, en el que enlazaba con bastante ingenio el fin del Imperio romano de occidente con la leyenda artúrica.

El tercero ha sido el más curioso: Pólvora negra, de Montero Glez. No había leído hasta ahora a Montero, aunque sí sabía de él por Pérez-Reverte, quien anunció en uno de sus artículos la publicación de Sed de champán, su primera obra. Según don Arturo, el tal Glez es poco menos que un pringado de esos que él conoce callejeando o bareando, pero que se tomó todo un trabajo elaborando su primera novela. No me lo creo, en absoluto. Pólvora negra es obra de un escritor muy maduro como tal como para andar por su segunda o tercera obra recién llegado del arroyo y de la marginación. A lo mejor me equivoco, pero Montero Glez, que es un claro seudónimo -evidentemente-, no lo es de un matado sino de alguien que sabe manera. Recuerdo que a Pérez-Reverte le hizo mucha gracia que, creo que fue precisamente Eslava Galán, se inventara un escritor inglés en cuyas obras el propio Eslava constaba como traductor. A ver si… Bueno, lo dejo ahí. El caso es que Pólvora negra es una crónica muy acabada, muy bien investigada y muy bien novelada en modo flash back del atentado de Mateo Morral contra Alfonso XIII el día de su boda. Exagera, para mi gusto, la guarrada -en el estricto sentido higiénico- ambiental y la descriptiva de todos sus personajes, sobre todo porque está deliberadamente exagerada (que no inventada: sólo exagerada), lo que hace que la acción transcurra en un entorno cutre a más no poder. Ya digo, eso de Montero Glez me huele a escondite de alguien que, ocasionalmente, quiere escribir distinto a como suele y es conocido.

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Bueno, pues hasta aquí todo lo que han dado de sí unas vacaciones en las que he pasado completamente no sólo de mi trabajo sino de la actualidad -no he tocado ni un sólo periódico ni he visto un sólo minuto de telediario-, de la bitácora, de la linuxística, de la internáutica y de los peces de colores. La desconexión hubiera sido completa si hubiera podido pasar también del portátil, pero ese ha sido imposible: de no haber procesado diariamente las fotos no hubiera podido hacerlo al regreso. Pensad que una vez deshechado el material defectuoso, me han quedado en el disco duro cerca de setecientas fotografías, una pequeña -ínfima- selección de las cuales tenéis en mi espacio Picasa (carpetas Aragón y Asturias). Hace ya tiempo que abandoné a Flikr y a sus limitaciones salvo pago.

La próxima paella, queridos míos, verá la luz el próximo jueves 27, último de este agosto vacacional, con lo que constituirá el prólogo del regreso a la total normalidad incordiante, que ha andado un tanto tocada en estos últimos dos meses (incluyendo este, cuyos diez días restantes aún doy por anormales) por esas cosas del verano. En cuanto las niñas terminan el colegio, todo se vuelve transtorno y yo soy un tío muy cartesiano que necesita, por encima de todo, orden y cotidianidad. Cuando eso falla, se me rompe todo. De todos modos, espero que, desde ya mismo, «El Incordio» entre claramente en un proceso de franca normalización.

A ver si sí.

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