Monthly Archives: septiembre 2009

Setitas

De la serie: Anuncios y varios

Queridos todos, dentro de un rato, cuando termine no sé qué petardez calzoncillera, me voy a ir a enganchar a la tele. Sí, yo, tal como lo oís.

Comienza la temporada de Caçadors de bolets, que este año se emitirá en miércoles. Es la única cosa televisiva a la que me engancho cada temporada (que es muy breve, apenas tres meses).

Más os vale a los paelleros que, a partir de ahora y hasta Navidad, tenga los guiones escritos antes de las diez de la noche, porque, si no, os veo los jueves comiendo garbanzos (y poca broma, que a la riojana están de muerte)   😉

Pues hala, ahí os quedáis, que me echo al vicio.

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La pobre ciencia

De la serie: Correo ordinario

Los presupuestos generales del Estado para 2010 -su proyecto de ley, hablando con propiedad- prevén un recorte próximo al 10 por 100, si no recuerdo mal, en materias como I+D y Cultura. Este último caso sería muy serio en otras circunstancias, es decir, si el presupuesto de Cultura se dedicara habitualmente a la cultura y no al mantenimiento de la buena vida de una pandilla de apalancados, de vagos y de sinvergüenzas, aunque es de temer que no será la pandilla de apalancados, de vagos y de sinvergüenzas la que sufrirá en mayor medida el recorte sino, más que probablemente, aquellas partidas que sí se dedican real y creativamente a la promoción y a la investigación cultural.

Pero lo que sí constituye un drama, un verdadero drama, no cabe otro nombre, y así ha sido visto por la propia comunidad científica, es el recorte en materia de I+D. Este recorte, en un país como España, no es una simple cuestión de política, como podría serlo favorecer o no, o más o menos, a las familias monoparentales, pongo por caso (y no pretendo quitarle importancia a la familia monoparental, pero quizá sí sería discutible su orden en la lista de prioridades), sino que constituye clara y redondamente, indiscutiblemente, me atrevo a decir, una necedad, una barbaridad de dimensiones descomunales.

La ministra corre a vestirlo: «Se va a producir un incremento significativo de todos los programas que tienen que ver con las personas, como becas y nuevos contratos». El peso del recorte, de acuerdo con las declaraciones de la dama, recaerá en el gasto corriente. Y se queda tan ancha. Porque eso, que suena tan bien, equivale a decir que esos científicos cuyo número en becarios (o sea, en mileuristas) va a crecer, según la ministra, en vez de microscopios deberán usar catalejos.

Esto del recorte del capítulo 2 del gasto (los famosos «gastos en bienes corrientes y servicios») siempre me ha hecho mucha gracia: porque el capítulo 2, o es intocable o es un fraude. Me explico: el capítulo 2 es el que supone el apoyo infraestructural. Yo siempre lo defino como el de los bolígrafos y las gomas de borrar. Pero es que los bolígrafos y las gomas de borrar hacen falta. ¿Cuántos? Ahí está la cosa. Si se adquiere el material aproximadamente exacto de acuerdo a las necesidades (que puede hacerse, no es tan difícil), el capítulo 2 es irrecortable. Si un ministerio gasta 3.000 bolígrafos cada año, con 2.500 habrá problemas de escasez de bolígrafos y, por ende, habrá problemas en aquellos aspectos de la productividad que dependen del bolígrafo. Parece broma pero no lo es. Si, por el contrario, ese mismo ministerio ha venido comprando 6.000 bolígrafos, el problema no es ahora recortar esta previsión de pedidos a 3.000 sino en resolver por qué arte de birlibirloque se gastaba en bolígrafos el doble de lo necesario.

Claro, si nos quedamos con el ejemplo en su estricta literalidad, estamos casi en el ámbito del chiste. Vale, chaval, tómate un trago con tus historietas de bolígrafos. Pero el capítulo 2, esa fruslería de los gastos corrientes, es el que paga la contratación de servicios a terceros: ahi va la contrata de la limpieza, de las obras y operaciones de mantenimiento de edificios e instalaciones, de ordenadores y mantenimiento de redes informáticas, de suministros como la electricidad, el agua y el teléfono, de desplazamientos y transportes del personal (por razones de servicio, ya se entiende, no para ir del trabajo a casa), del suministro de combustible para el parque móvil (que podría no ser una partida de moco de pavo si pensamos en la policía o en una base aérea) y, tras un etcétera larguísimo… los estudios a terceros. Sí, esos estudios que periódicamente nos enteramos que se hacen sobre las cosas más peregrinas y que se remuneran espléndidamente, tan gratos y tan afectos al conocido gremio de cuñados. Ahora anda la Generalitat con el culo al aire por estudios raros, pero prácticamente no hay administración pública a la que no se pueda pillar trapicheando con los jodidos y dichosos estudios. Ahora imagináos el cuentín de los bolígrafos, pero aplicado a todo eso y a muchísimo más que me dejo).

Contratar más mileuristas no sirve de nada si tienen que perder la mitad de cada día durante dos o tres semanas para conseguir que les instalen más memoria RAM en el ordenador (algún día hablaré de mis batallas con los informáticos -y mira que me los quiero, a los informáticos- con motivo de pedirles algo más de máquina o de software) o si la adquisición de una determinada máquina requiere más esfuerzo que pasar unas oposiciones a notario (tres años, tres, tardé yo en conseguir que pudiera utilizarse la fotocopiadora de la oficina también como escáner -está perfectamente preparada para ello-, para lo cual bastaba que se la conectara a la red informática). No veo dónde está el ahorro si lo que nos ahorramos en bolígrafos lo perdemos -multiplicado- en horas de mileurista requiriendo un bolígrafo. Es el ahorro estúpido del engominado tipo los merluzos esos que hacen el indio, según cuentan, con Lluís Bassat (también otro día hablaré de eso, pero primero habré de realizar el ímprobo esfuerzo de, siquiera, ver un capítulo). Es muy fácil recortar gastos despidiendo a la señora de la limpieza pero… alguien habrá de limpiar la casa… o habrá que habituarse a vivir rodeados de mierda, cosa, en principio, inadmisible. Átame esta mosca por el rabo.

Un bolígrafo es una menudencia, pero sin bolígrafo no se escribe. Un ordenanza es un empleado de muy baja cualificación, pero prescindir de los ordenanzas -o reducirlos a un mínimo casi imposible- implica que un técnico superior, por ejemplo, tendrá que hacerse sus propias fotocopias. ¿A cuánto sale cada fotocopia si la realiza un señor con sueldo de técnico? ¿Cuál será el coste final en productividad si se convierten los bolígrafos en bienes escasos y se recortan las plantillas de ordenanzas?

Reducir un presupuesto es reducir un presupuesto, da igual a qué partida le apliques la tijera, y por un lado o por otro esa reducción causará un agujero que o se tapa o lastrará el barco (si es que no lo hunde). Y si se reduce presupuesto y no salen agujeros y las cosas van igual de bien o incluso mejor, entonces hay que expedientar (cuando menos, por imbécil, sino redondamente por hijoputa) al que confeccionó los presupuestos anteriores.

Por eso las explicaciones de la ministra son pura demagogia, puro timo de la estampita, porque con el recorte presupuestario, una de dos, o está lastrando la promoción pública de la I+D o habría que cesarla por los excesos presupuestarios anteriores, por ineficiente, por inútil, en suma.

Y de ahí, volvemos al principio: el recorte -de un modo u otro- de la inversión pública en I+D es una auténtica catástrofe nacional en un país que tendría que aumentarla sensiblemente cada año, por más crisis que vinieran. Recortar el gasto en I+D es la perfecta muestra del cortoplacismo en el que está instalado este Gobierno al que me cuesta llamar socialista por puro respeto a los socialistas (me han asegurado que, efectivamente, aún quedan socialistas por ahí); recortar el gasto en I+D es un escupitajo sobre el futuro de este país, es un largo y tremendo paso en el regreso al tercermundismo -del que estamos peligrosamente cerca precisamente en este tipo de materias- y es algo que habremos de pagar muy caro. Porque el problema no es el recorte, por sí mismo -que ya es grave-, sino el hecho de que este recorte sucede a muchísimos años de gasto insuficiente -y probablemente mal planificado y peor ejecutado- en esta materia.

Cabe recordar ahora que sólo hemos tenido dos premios Nobel científicos: Ramón y Cajal y Severo Ochoa; y este último, sólo era español de nacimiento y de sentimiento, porque como científico, fue un producto norteamericano. Todo ello configura un país en el que la cultura científica, la cultura de hacer ciencia está, tradicionalmente, por los suelos.

Habitualmente, fregándolos.

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Fantasías municipales

De la serie: Pequeños bocaditos

Los actos masivos presentan, por sus propias características, unos inconvenientes que son absolutamente inevitables; a lo sumo, pueden aplicárseles paliativos, pero no pueden ser evitados en su totalidad. Esa es la razón -lo he repetido muchas veces- por las que no asisto a actos que, de otro modo, me apetecerían muchísimo, como la Festa al Cel, el más importante -por no decir único- festival aeronáutico que se celebra en Barcelona.

El inconveniente más sistemático es el del transporte público, y también lo he dicho muchas veces: no creo que haya ciudad en el mundo -ni siquiera las dos macrourbes norteamericanas- que sean capaces de despejar en un tiempo razonable -pongamos, treinta o cuarenta minutos- una muchedumbre de medio millón de personas.

En grado de inevitable fatalidad le siguen los incidentes. Cualquiera que sea la naturaleza del acto en cuestión, la ley de probabilidades nos indica que entre cien, doscientas o trescientas mil personas es inevitable que se cuele un número significativo de hijos de puta que se creen que la calle es suya y que pueden hacer lo que les dé la gana con vidas y haciendas, que acabarán, fatalmente, cometiendo alguna tropelía. Aquí es donde cabe aplicar métodos paliativos -que funcionan, en general, bastante bien- pero teniendo siempre presente que la seguridad al cien por cien va a ser imposible.

Por eso me inquieta mucho que mi hija mayor asista a conciertos y similares. No se lo puedo impedir -ni quiero, ni debo-, pero cuando va -poco, afortunadamente: tampoco le gustan mucho las movidas masivas- no logro pegar ojo hasta que la oigo entrar en casa. Como la mayoría de los padres, supongo.

Hace pocos días, creo que fue la noche del jueves, en una de esas movidas organizadas con motivo de las fiestas de la Mercè, tres o cuatro cabrones entraron en un hotel con la pretensión de mear allí, cosa que les fue negada por el recepcionista -siguiendo órdenes de su dirección- por no ser clientes del establecimiento. Los pencos en cuestión se pusieron chulos, y un trabajador de mantenimiento que acudió a ayudar a sus compañeros, fue agredido por los hijos de puta en cuestión, a consecuencia de lo cual se golpeó contra el suelo y resultó con un traumatismo craneoencefálico tan grave que los médicos lo dan por irrecuperable, por muerto, vaya.

Bueno… ¿y qué se le va a hacer? Pues lo que se le va a hacer -y creo que se está en ello- es capturar a los criminales y catapultarlos ante el juez, que proveerá lo que corresponda; y, a todo estirar, establecer si la empresa hotelera pudo o no haber actuado con negligencia civil o laboralmente culposa al no haber previsto protección profesional -seguridad privada- nocturna, toda vez que sí se dispone de ella en horas diurnas. Y, creo, hasta aquí podemos leer.

El problema viene cuando el achuntamén se calla como un puta y nos vende a través de páginas web, de comunicados públicos y de comparecencias de concejales, que todo va como una seda, que las fiestas son de un civismo ejemplar y lo bien que lo estamos pasando, ocultando alevosamente el suceso (y otros sucesos en el mismo acto: al parecer hubo dos agresiones sexuales). Ante la denuncia de un partido de la oposición, CiU, que no desdeña la oportunidad de aprovechar, más que los hechos, la ominosa ocultación municipal de los mismos, el poncio de turno balbucea estúpidas excusas: que si nunca se informa de investigaciones en marcha, que si patatín y que si patatán.

O sea que, bueno, ahora sabemos también positivamente -sospechar, ya lo sospechábamos- que el achuntamén practica la acreditada técnica de la cortina de humo -de humo de hermosos colores, eso sí- cuando la realidad tuerce sus designios. Parafraseando el aforismo periodístico, no permitas que la realidad te fastidie el fastuoso e idílico decorado que estás vendiendo a los tontos esos de los ciudadanos.

¿En cuántas más cosas nos la estarán dando con queso?

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El peor remedio

De la serie: Pequeños bocaditos

Hace cosa de un par de años, contemplamos con muy poca sorpresa cómo la censura judicial -recordemos: caso «El Jueves»– obtenía justamente el efecto contrario al que un magistrado tecnológicamente ignorante pretendía obtener, lo que llevó a lo que en otras circunstancias no hubiera pasado de un incidente doméstico -la Zarzuela cabreada por la portada en cuestión- a las primeras páginas digitales (y algunas no tan digitales) del mundo entero.

Volvemos a estar otra vez en las mismas o, vaya, parecidas, hay pequeños cambios de ambiente: Zapatero mete la pata y no resiste la tentación de hacerse el bonito con Obama y se hace la gran foto con el presidente americano y señora y con toda su familia (la de Zapatero). El hecho de que las chicas son menores de edad sirve para tapar el hecho de que éstas han salido horribles (no digo que lo sean, digo que han salido, cosa que pasa en las mejores familias, incluyendo la mía) verdadero motivo por el que se solicita -y obtiene- que la foto desparezca de la página web de la Casa Blanca.

Mal. Tarde y, sobre todo, mal.

Las fotos están por toda la red. Yo las he visto ahora, en esta noche de viernes, en un montón de sitios, pero es que ya las había visto, mientras cenaba, en dos telediarios. Unas fotos que, en el peor de los casos, hubieran sido pasto de los cabrones de la tele basura una semana, quizá dos, Bueno, pues no sólo proliferan por la red entera sino que, además, son objeto de mofa y befa, de trucajes, de fotochós y de toda suerte de gamberradas (y lo digo con toda mi ira contra sus autores, no hay el menor sarcasmo ni simpatía en la expresión). No quisiera estar en el pellejo de estas pobres chavalas cuando el lunes que viene vayan al cole. Ni quisiera estar en su pellejo cuando, dentro de unos años, ya mayores, profesionales y/o madres de familia normales y corrientes, como cabe suponer que serán, salgan a relucir las jodidas fotos (¿quién no tiene una foto de adolescente que quisiera que desapareciera de la faz de la tierra?). Que saldrán, porque no deja de ser la foto de un presidente del Gobierno español con un presidente norteamericano, es decir, que tiene un cierto valor histórico.

Y es que más de una vez -y esta es una de ellas- he pensado que hay ocasiones en que a los niños de quien hay que protegerlos es de sus protectores.

Por otra parte, yo no voy a decirle a Zapatero cómo tiene que llevar las cosas en su familia, pero si a uno no le gusta la imagen que dan sus hijas en una foto, lo primero que tiene que hacer es no permitir que sus hijas ofrezcan públicamente esa imagen. Es decir: el verdadero problema de esa foto, debió resolverse en el hotel o donde quiera que se aloje la familia presidencial española. Los padres debemos conjugar la progresiva tolerancia ante las libertades de los hijos -crecientes según van creciendo en edad- con la delimitación clara de unos máximos y unos mínimos, delimitación que debe extremarse -siempre dentro de lo razonable- cuando se trata de un acto público oficial o cerca de lo oficial. Si a una de mis hijas le diera por ir de gótica, supongo que no podría evitar ese tipo de atuendo en su cotidianidad (si bien exigiría unos límites, porque se puede ir de más y de menos), pero de ninguna manera se lo toleraría en una ocasión tal que una boda, por ejemplo. Siempre se puede transigir, negociar (venga, va, un toque vale, pero nada más que un toque), pero cada circunstancia tiene un límite por exceso o por defecto. Luego, ya, de mayores de edad que hagan lo que quieran y que apenquen con lo que les reporten sus actos.

De todas maneras, siempre he pensado que los atuendos tribales (da igual góticos que heavy metal, que punky, que lo que se quiera…) no son sino la manifestación externa de una importante falta de personalidad que deriva directa e indudablemente de carencias educativas y quizá de otras carencias, todas ellas de origen familiar. Allá películas y allá cada cual, pero es lo que hay, a mi modo de ver.

Lo siento mucho, mucho, por ellas, por las chicas. No tienen ninguna culpa ni de la foto, ni del rebomborio que se ha levantado, ni siquiera de las cosas que nos dice esta foto; y sin tener ninguna culpa van a pasarlo seguramente mal a causa de todo ello.

Lo siento mucho menos -o nada en absoluto- por su padre.

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¡Vale ya de censura!

De la serie: Pequeños bocaditos

El juez Emilio Calatayud es un hombre que me cae simpático, no por pura empatía sino por razones muy claras: es autor de un buen montón de sentencias creativas en asuntos de menores y ha marcado una pauta -raras veces seguida- a los de la toga, que suelen manejar la ley como lo haría un ordenador con sistema operativo Window$, cosa para la cual maldita falta nos hacen los jueces. Para eso, hasta prefiero pagarle las licencias al tío ese, a Ballmer, y nos ahorraríamos un montón de sueldos.

Leo hoy unas declaraciones suyas en «El Confidencial» con las que no puedo estar más de acuerdo. En todo, salvo en una sola cosa: pedir la intervención del fiscal en el caso de algunos programas televisivos. Y que conste que a mí me gustaría mucho ver a unos cuantos productores, directores y guionistas remando en galeras -pensando en estos específicos casos, aparte de la inquina que le tengo, así en general, al cine español y sucedáneos televisivos diversos-, pero nada puede justificar ningún género de censura.

La única censura válida -y esa, además, jode de verdad al censurado- es la clientelar, la que pueden ejercer los llamados a ser espectadores, simplemente no llenando las cifras de audiencia o no comprando entradas. Esa es la única censura aceptable y, además, inevitable. Aunque fuera rechazable, mal se podría combatir. Y es, realmente a la que nos tenemos que consagrar.

Si un guionista retrasado mental, un director con un cociente intelectual de mierda y un productor sin escrúpulos pergeñan un chafarriñón que intoxica a los chavales, la solución es muy fácil: los padres cogemos el mando a distancia y se cambia de canal. Y si el chaval objeta, se razona con él, por supuesto, pero a toro pasado, con el canal ya cambiado, y se sostiene un provechoso diálogo con la cocina de Arguiñano o la biología de la rana goliath en un documental de National Geographic de fondo sonoro. O, simplemente, con la tele cerrada.

Cuando un canal de televisión programa una mierda tóxica en horario juvenil, quien tiene un problema no es el fiscal, somos los padres. A lo sumo, el fiscal sí debería intervenir no para censurar series o programas sino para hacer tambalear la patria potestad de un montón de gilipollas que siempre tienen algo mejor que hacer que educar a sus hijos. Y ahí sí sería bueno que dieran unos cuantos severos disgustos.

Para ejemplo y escarmiento.

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