Madrid, Barcelona y Europa

De la serie: Los jueves, paella

Mal rollo para Madrid. Por más que vayan dando explicaciones estilo noche electoral (todos han ganado, incluso los que han perdido), la cara sombría de Gallardón indicaba que la candidatura olímpica madrileña había naufragado de cara a la nominación que se producirá dentro de un mes. Vaya, yo no entiendo mucho de estas cosas: he leído los grandes trazos del informe y si Madrid ha recibido críticas, las otras candidaturas también han visto expuestos al sol sus defectos, pero, en fin, según los expertos y, como digo, la cara de pocos amigos del alcalde madrileño, la cosa va mal.

Lo siento, lo siento de verdad, por los madrileños. Recuerdo la ilusión olímpica barcelonesa, aquellos seis años enardecidos y temerosos, y se la deseaba a Madrid, puesto que sus ciudadanos la querían. Además, estoy seguro de que hubieran, por lo menos, igualado el listón barcelonés. Hace veinte o treinta años, ni soñarlo, pero ahora sí, más allá de toda duda. Madrid y los madrileños han cambiado muchísimo -para bien, en términos generales- en estos últimos tiempos y han sabido aprovechar con habilidad, inteligencia y esfuerzo el contemplacionismo de ombligo -de ombligo lleno de quisca, además- que se vive en Catalunya y Barcelona desde hace muchísimos años, demasiados. También es verdad que han contado con alguna ventajilla, sobre todo en infraestructuras estatales, pero Sevilla nos demuestra -siento decirlo, pero lo veo tal que así- que las ventajillas no sirven de nada si no se saben aprovechar. Veremos cuál de los dos ejemplos toma Zaragoza, aunque soy optimista con los maños (quizá por afinidad de parentesco, vete a saber).

No obstante, y dejando aparte la calidad intrínseca de la candidatura madrileña, veo dos graves inconvenientes (no para mí, personalmente, sino en general). El primero que un cuarto de siglo entre dos olimpiadas en un país de las dimensiones de España, parece poco tiempo; además, las próximas se van a celebrar en Londres y es norma no escrita cambiar de continente de una olimpiada a otra. Como en Estados Unidos ha habido dos muy próximas en el tiempo (Los Ángeles y Atlanta), Chicago estaría descartada y me inclino a pensar que la lotería para el 2016 le va a tocar a Tokyo (cuya anterior olimpiada fue, si no recuerdo mal, en 1968), porque Brasil ya organiza el Mundial de fútbol del 2014. Y el segundo, que España continúa teniendo mala fama (o ha vuelto a tener mala fama) a la hora de organizar acontecimientos, digamos, globales, de proyección universal, como prácticamente sólo lo son los juegos olímpicos. No sé, es una impresión que tengo.

De hecho, esta mala fama la teníamos (y, además, justificada) en 1986, cuando se nos confiaron los juegos del 92. Pero ahí confluyeron varias cosas a nuestro favor (al de España y al de Barcelona). La primera, es que España, en 1986, cuando se otorgó la organización de los juegos a la candidatura barcelonesa, acababa de entrar en la Unión Europea, cosa que siempre otorga -otorgaba, en aquella época; ahora no lo tengo tan claro- un buen marchamo de modernidad y de solvencia; la segunda, es que en el resto del mundo eran muy conscientes -seguramente mucho más que nosotros mismos, que siempre tiramos a papanatas-, de que 1992 iba a ser el gran año de España, pero un año, además con proyección mundial, universal, indiscutible (por más que no le guste a quien no le guste, lo del Descubrimiento fue cosa nuestra); y la tercera -y tengo para mí que fundamental- es que los juegos del 92 en Barcelona fueron un regalo del COI -de la familia olímpica, que le llaman- a Samaranch. Creo, insisto, en que la clave estuvo en ese último punto. Samaranch, como es sabido, además de consagrar toda su vida al olimpismo institucional, dio un impulso enorme al COI en su larga y aclamada presidencia. A mediados de los ochenta, ya se sabía que don Antonio no iba a alargar mucho más su jubilación y seguramente se pensó que un digno obsequio de despedida -aparte de la comilona y el reloj de oro, que probablemente también- sería una olimpiada en su ciudad natal.

Me lo parece no sólo por la naturaleza de los hechos, tal como la acabo de exponer, sino también por el desarrollo de los mismos. La candidatura de Barcelona, vista así, en la distancia, fue muy triunfalista desde el principio y se dedicaron a ella grandes inversiones, hasta el punto de que muchas infraestructuras se planificaron al detalle ya mucho antes de la nominación, y mucho más allá de lo que la propia candidatura requería; los ciudadanos la dimos por segura casi desde el primer momento porque… implícitamente… así se nos vendió y se nos siguió vendiendo in crescendo a medida que avanzaba el tiempo y se iban dando los pasos de la candidatura; cada visita de la gente del COI era, así, redondamente, un paso más para la olimpiada de Barcelona’92. Hombre, no voy a decir que si aquel día de octubre de 1986 Samaranch hubiera pronunciado la palabra «París», en vez de su inolvidable Barsalona aquí hubiera acontecido una quema de conventos, pero la decepción hubiera sido enorme, rayana en una auténtica depresión cívica. Tanta seguridad ¿qué queréis que os diga? a mí me huele a pescado vendido. Y cuanto más pasan los años, más claro lo veo.

Madrid no goza de todas estas ventajas. Samaranch, aunque seguramente aún escuchado con atención en el mundo del olimpismo, ya no es su amo y señor como indudablemente lo fue como presidente del COI; no hay por delante, ni lejanamente, una fecha de universalidad hispánica tan indiscutible como 1992; y, finalmente, creo que aquella imagen de una España modernizada que contrastaba tanto con la del desarrollismo franquista -no sólo territorial y económicamente, sino también socialmente- ya no existe y, es más, creo que desde hace años venimos perdiendo puntos, justamente desde la explosión de las TIC (siempre acabamos cagándola en lo mismo, en la tecnología, en la ciencia) y, para colmo, el ambiente de especulación barriobajera de los últimos años ha quedado perfectamente expuesto y con el culo al aire a raíz de la crisis, en la que se ve claramente que más allá del tocho y del guiri, las estructuras productivas de este país son de todo menos sólidas. No son las mejores condiciones de entorno para acometer una candidatura olímpica y si a ello sumamos los inconvenientes coyunturales antes expuestos -más otros que se irán acumulando con el tiempo, lejos de menguar los actuales-, llegaremos a la conclusión -si se admite este análisis- de que Madrid no sólo va a perder -o así lo parece- esta oportunidad sino que previsiblemente lo tiene que fiar largo. Ojalá me equivoque, pero me temo -temo, digo bien- que no me equivoco.

Repito: lo siento. E insisto: lo siento de verdad.

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Soy reiterativo, ya lo sé: en mis dos últimas entradas, las que preceden a esta paella -un buen par de rugidos-, hablo del tema. Y, encima, no tengo nada claro de que a la tercera vaya a ir la vencida.

El tema es, ya puede adivinarse, el gamberrismo (eso de incivismo es una vulgar mariconada políticamente correcta), el puterío descontrolado, y la invasión guiri que ya no es un problema solamente en las Ramblas y en el casco antiguo sino que está invadiendo otros barrios a los que está jodiendo de veras: el de los alrededores de la Sagrada Família y el de las proximidades al Parc Güell.

Son problemas distintos, con causas inmediatas diferentes, que requieren enfoques particulares y soluciones individuales, pero que tienen una base común: la concepción que este achuntamén tiene de la ciudad, el diseño de la misma. Desde que tuvimos la desgracia de que nos cayera encima John Anestesia, es decir, Clos, esta ciudad es un barril de megalomanía flotando sobre un garum de ciudadanía putrefacta. Putrefacta de cabreo, putrefacta de ninguneo cívico. Como he dicho tantas veces y, desgraciadamente, no hay motivos sino para insistir más y más en ello, han convertido esta ciudad en un parque de atracciones en el que los ciudadanos hacemos el papel de camareros, de fregonas y de señoras de los lavabos.

Aquí no existe un proyecto cívico, aquí no hay un objetivo de convivencia y de esfuerzo común que haga algo verdaderamente productivo de esta ciudad. No sin cierta inteligencia, el heredero -por apellido y por digno sucesor de Clos- nos ha fragmentado, ha montado un proyecto hermosísimo -y funcional, por la cuenta que le trae, aunque limitado, controlado y acotado- de participación ciudadana… en el entorno del propio barrio, pero nos ha aislado muy cucamente del proyecto global. Mientras me tiene ocupado con el arbolito que se cae al lado de mi casa o el banco que se ha roto en el jardincillo de la esquina, no meto las narices en la Barcelona global que él hace y deshace a su antojo como instrumento y cómplice de intereses espúreos y, desde luego, particulares. Y yo vivo en mi barrio desde luego, pero también -¡y sobre todo!- en la Barcelona en la que mi barrio está incardinado. Realmente es una idea muy antigua -divide y vencerás- pero muy hábilmente proyectada al interés concreto y actual.

Todas las estructuras municipales están volcadas a vender la marca Barcelona. ¿En interés de quién? No, desde luego, de sus ciudadanos. Aquí estamos abarrotados de turistas de todo pelaje: tenemos turistas de crucero, turistas de viaje organizado, turistas de borrachera y juerga, turistas del bussiness… Mira, ahora mismo tenemos a casi treinta mil cardiólogos haciendo no sé qué. Uno se pregunta qué clase de trabajo productivo pueden desarrollar treinta mil tíos amontonados, por más que sean especialistas de élite (hasta donde lo sean, y no más bien recetistas de élite que han venido aquí subvencionados por los laboratorios). De mil orígenes y naturalezas, tenemos aquí guiris ad nauseam. Pero nuestro pequeño comercio se muere (en mi misma calle, salvo dos bares -que languidecen- y una guardería infantil, todos -digo todos– los locales, tienen la persiana abajo), está empezando a haber -y lo de empezando es un decir- ghettos étnicos (hay quien habla de Ravalpindi refiriéndose al barrio del Raval, abarrotado hasta la saturación de musulmanes indostánicos), prolifera la pequeña delincuencia o el lumpen, poco dramáticos… generalmente, pero tremendamente incordiantes a la par que imaginativos (carteristas, lateros, masajistas playeros con y sin final feliz, camellos, manteros, peluquerías asiáticas que ofrecen también masajes y también con final feliz), de tal manera que esto es como un patio de Monipodio. Un patio de Monipodio que ya nos tiene a los ciudadanos más que hartos. Y desesperados porque, encima, es dudoso que un vuelco electoral -que, por otra parte, se ve venir- solucione el problema: dudo muchísimo que si CiU se hace con el poder municipal arregle las cosas. Quizá, a base de represión pura y dura, solucione más o menos parcialmente lo del puterío y la pequeña delincuencia (que ya es tener fe y esperanza) pero el problema estructural, la mierda de la marca Barcelona va a seguir ahí igual o peor que ahora. No hay más que ver a los beneficiarios y ya estamos al cabo de la calle. Nunca mejor dicho.

Y todo esto se reboza en la harina de la caradura municipal. El pasado martes, «El País» publicó un reportaje que resultó escandaloso, no solamente por lo explícito de sus imágenes -que no era poco- sino por su contenido, por la denuncia de cómo la prostitución de más baja estofa se ha adueñado del casco antiguo y de la propia calle en la que no sólo se ofrece y contrata sino que presta el servicio mismo. También días antes «El Periódico» divulgó la problemática de la ciudad-meadero en la que la guarrada guiri nos ha convertido. ¿Respuesta del Ayuntamiento? Que no pueden hacer nada con lo de la prostitución, que la culpa la tiene Interior que no expulsa a las «sin papeles» y el Gobierno, que no legisla sobre la prostitución y que, en lo demás, un éxito, macho, que han puesto no sé cuántos miles de multas por hacer el gamberro. O sea, aquello de a dónde vas, patatas traigo. Porque con todas sus multas y todas las pejigueras municipales, el casco antiguo es un retrete lleno de putas sector ultraguarro. Y la culpa es de Rubalcaba, que lo sepáis.

¡Anda, que nos iban a dar ahora una olimpiada..!

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Hoy hace 60 70 años (gracias, amigo Ángel) que Francia y Gran Bretaña declararon la guerra a Alemania a causa de la invasión de Polonia, cuyo sexagésimo septuagésimo aniversario se conmemoraba anteayer. En fin, que hace sesenta setenta años que empezó lo que ha dado en llamarse Segunda Guerra Mundial y que, al contrario que la Primera, lo fue de verdad. Tres océanos y tres continentes sufrieron durante casi seis años, unos por otros, una lluvia de fuego, sangre y mierda que se llevó por delante sesenta millones de vidas (eso he leído: yo creo que fueron muchas más), que desgració a muchos más millones aún de familias, que devastó naciones enteras y que mostró fotográficamente, como nunca se había hecho hasta entonces, hasta dónde puede llegar la vesanía humana y hasta dónde pueden llevarnos la cabronada de los políticos y los intereses de las grandes corporaciones económicas.

Anteayer, se reunían varios líderes europeos para la conmemoración. Y mientras la canciller alemana reiteraba por enésima vez, contrita y cabizbaja, la petición de perdón por las barbaridades que cometió su nación, el representante de otra que aún llegó a hacer más barbaridades y del mismo estilo, y que, encima, se había repartido con Alemania el botín de Polonia, echaba pelillos a la mar y decía que lo suyo, lo de Rusia -núcleo esencial de la Unión Soviética-, no había sido para tanto y que, en definitiva, todos los políticos habían pactado con Hitler en un momento u otro (lo cual también es verdad, pero ello no mengua ni un milímetro cúbico la inmensa responsabilidad criminal soviética, o sea, rusa).

Hoy vemos otra Europa. Bueno, cuidado: no es una Europa idílica y no está en absoluto carente de mierda, pero creo que, por lo menos, el adjetivo otra le es aplicable.

Sin obviar peligros. Tenemos los balcanes abarrotados de soldados ya no sé si de la ONU, de la OTAN, de la UEO, de todos o de ninguno, pero hay tropas de varias naciones europeas para evitar que se degüellen unos a otros. Algunos de estos países problemáticos parecen estar en vías de ponerse en condiciones de solicitar su ingreso en la Unión Europea; tal es el caso de Serbia y de Croacia -aunque no parece que vayan muy buen camino- y de Bosnia, que lo tiene muchísimo peor. Pero el caso es que el peligro de que se lancen unos a la yugular de los otros sigue existiendo: ahí tenemos el tema de Albania y Kosovo. Tras esto, se ocultan intereses políticos y económicos de otros países europeos, sobre todo en la búsqueda de una hegemonía interior: tal es el caso de Francia y Alemania; tambien interfieren otros países, a veces de la UE, como el caso de España y Kosovo, donde un problema nuestro ha determinado una decisión sobre el kosovar, toda vez que Kosovo no tiene relación directa con el problema de los nacionalismos españoles, y otras veces de países ajenos a la UE, como el caso de Rusia, que apadrina por razones étnicas y lingüísticas a Serbia, o el de los Estados Unidos, constituidos en gendarmes del orbe y omnipresentes en todo éste.

Pero, sin infravalorar estos peligros, sin despreciar estos problemas, también es cierto que esta Europa ya no parece aquella que, hasta la segunda mitad del siglo XX, estaba en permanente riesgo de que la rivalidad derivara en enemistad y el ansia hegemónica derivara en guerras que nunca han estado lejos del concepto de guerra civil. Riesgo que, por otra parte, se materializó en incontables ocasiones.

Se diría que la carnicería cuyo inicio conmemoramos estos días representó una fuerte sacudida en el sentimiento europeo. Desde luego, las dimensiones de la masacre tuvieron entidad sobrada para llevar a reflexión, para no sólo entonar un nunca más (esto ya se hizo al finalizar -en falso- la Gran Guerra, que es como se llamó inicialmente a la de 1914) sino también para ponerse seriamente a la tarea de que el nunca más fuera efectivo.

Hoy, parece que Europa está estabilizada. A falta de la solución balcánica y de alguna objeción nórdica a la integración, el mapa político de Europa va coincidiendo en su mayor parte con el mapa geográfico, con una Rusia que, aparte de no haber sido llamada, seguirá por libre y a su aire, y con el problema pendiente -si es tal- de ver qué se hace con Turquía, cuyo saqueo los mercaderes apetecen pero que la inmensa mayoría de los ciudadanos y una mayoría ya no tan inmensa de políticos no queremos ver ni en pintura. Europa es un club cristiano (cuando menos, en términos culturales), lo definió muy bien el otomano en jefe, aunque cuatro gilipollas de por aquí se rasgaran las vestiduras ante la idea.

Queda también pendiente el encaje de Europa en este mundo global y su redefinición como foco emisor de una Cultura (escrita con inicial mayúscula, para diferenciar bien la palabra del modo que la utiliza Teddy y compañía), tarea que infunde un cierto escepticismo a la vista del abotargamiento cívico al que ha llevado un hedonismo exagerado. Pero todo se andará. Lo importante es que nunca vuelva a suceder aquello de lo que desde ahora y en los próximos cinco años y medio vamos a ir celebrando el sexagésimo septuagésimo aniversario.

Por más películas de Robert Mitchum que inspirara.

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Bueno, pues creo que habéis tenido una buena ración, no os quejaréis. Así llevaréis bien engrasados los motores de la rentrée y de esas cosas modernas del síndrome posvacacional. Antes, cuando eso del síndrome posvacacional no existía -o no sabíamos que existía, como el colesterol y todo eso- simplemente volvíamos de vacaciones cabreados por tener que volver al trabajo.

Nos volveremos a ver, como siempre -como siempre que no pasa nada- el jueves próximo, que será 10 de septiembre, víspera de la conmemoración del 295 aniversario de la toma de Barcelona por las tropas del duque de Berwick -al servicio de Felipe de Anjou, ya Felipe V- toma que supuso, cuando menos simbólicamente, el fin de la Corona de Aragón como institución jurídica y de las leyes e instituciones propias de Catalunya, pero también el fin del feudalismo rural y del gremialismo urbano, el permiso (aunque aún tardó algo en hacerse efectivo) para comerciar con América y el principio de un auge económico que nos sacaría de muchísimo tiempo de postración. Pero eso está muy feo decirlo en Catalunya.

Aunque sea la puta verdad.

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Comentarios

  • Rogelio Carballo  On 03/09/2009 at .

    Querido Javier:

    Como vuelvas a volver a insinuar algún tipo de responsabilidad soviética en los crímenes de la Segunda Guerra Mundial, Llamazares y Cayo Lara en persona te harán una visita desinteresada para informarte adecuadamente acerca de aquellos hechos stalinianos, y de paso explicarte cara a cara los pasos que están dando para llegar a la 3ra república. Se prudente, por favor, que por aquí seguimos necesitando los alimentos arrocíferos. Unha aperta.

  • Ángel Bacaicoa  On 03/09/2009 at .

    [Son 70 años Don Javier]
    Pues yo me alegro de que Madrid no tenga olimpiada. La ciudad lleva en “estado de obra” una tira de años. Esperamos que terminen antes de 2016, algo dudoso en caso de que se celebrasen los juegos en Madrid. Le agradezco su interés pero mejor que no. De verdad.

  • Javier Cuchí  On 05/09/2009 at .

    Gracias por el aviso de error, querido amigo. No sé dónde tendría yo ayer la cabeza.

    Lo del «estado de obra», también es verdad y también lo hubo aquí. Recuerdo muy bien los berrinches que pillábamos, sobre todo en los últimos dos años (como se tiraron cuatro discutiendo sobre el sexo de los ángeles, luego hubo que hacer en dos un sprint verdaderamente olímpico).

    Pero, como he dicho varias veces, valió la pena: nunca había visto un colectivo ciudadano -los barceloneses, en este caso- unidos en una ilusión, en una meta común, de esa manera. Ni lo he vuelto a ver.

    Quizá sea que con el tiempo estas cosas se mitifican y el recuerdo va siendo más amable a medida que pasan los años. Es posible, no seguro, pero no lo descarto, que si hubiera escrito «El Incordio» en 1993 mis comentarios sobre la ocasión olímpica hubieran sido mucho más agrios, quizá más próximos a los suyos que a los míos de ahora.

    Consuélese: si por casualidad (porque por otra cosa, a lo que cabe ver, no va a ser) le acaban dando a Madrid la olimpiada, piense que quince años después (o sea, dentro de veintiuno, desde ahora) tendrá un recuerdo simpático de la ocasión.

    Y lo podrá contar a los nietos
    😉

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