Barcelona no és bona

De la serie. Rugidos

Cuando lo políticamente correcto aprieta de golpe el acelerador, se siente uno como nadando en una piscina de vómitos. Es la misma sensación que experimento estos días (por enésima vez y por enésimo tema).

Ahora hay en Barcelona un problema de prostitución callejera. Ahora. Hace diez, veinte, treinta o cincuenta años, no, no había problemas de prostitución callejera, por lo visto. Pero ahora, alguien con poder mediático se ha despertado molesto con la prostitución callejera. Vete a saber, a lo mejor por culpa de una felación mal hecha. Os vais a enterar, putas de mierda, que no sabéis con quién os habéis jugado los cuartos mamándomela de canto. Se ve que nunca hasta ahora había habido prostitución callejera en plena Rambla de Santa Mònica; se ve que nunca se ha concentrado el lumpen de la prostitución barcelonesa en las calles de Robador, Penedides, Sant Oleguer, la propia Rambla y tantas otras calles y zonas.

Igual que hace dos o tres semanas se desencadenó -como si antes no hubiera existido nunca- el problema del turismo guarro. O igual que, en otro orden de rebomborio mediático, se ve que la primera víctima de la gripe tocina ha sido el mosquito tigre.

Cuando, en realidad, lo que tenemos en Barcelona es un problema de modelo urbano, como muy bien lo expresaba ayer Oriol Bohigas. Esta bitácora es la prueba fehaciente de que el problema tiene cinco años. Que no, que tiene muchos más, pero «El Incordio» sirve para probar estos últimos cinco. Los últimos cuatro, si nos ceñimos solamente a las paellas y sus reiteradas invectivas contra, precisamente, el modelo de ciudad instaurado por el mil veces maldito y nefasto Clos y continuado -con algunas modificaciones cosméticas, pero poco más- por Hereu. Por supuesto que, más allá de esta bitácora hay infinidad de testimonios que certifican que el problema viene de aún antes, viene desde el fin del proyecto olímpico y de la tocata y fuga de Maragall, que procedió a un dulce y dorado exilio intelectual a la espera de reaparecer triunfal y gloriosamente en pos de la Presidencia de la Generalitat.

El caso es que parece que algunas fuerzas vivas, cualesquiera que ésta sean, han decidido ponerse en campaña para afrontar el tema de la prostitución, y no sólo en Barcelona, sino a nivel nacional. Y no es que me parezca mal -al contrario, como ahora se verá-, es que me cabrea que se mezclen problemas que, aunque con conexiones tangenciales, son completamente distintos. Y me cabrea aún más esa evangelización del tema, como si su urgencia y su perentoriedad -admitiendo éstas- hubieran surgido ahora mismo. La prostitución callejera forma parte del problema de vía pública que tiene Barcelona, pero no es, en sí misma y plenamente, ni mucho menos, el problema de vía pública que tiene Barcelona.

Afrontar el tema de la prostitución requiere tomar partido entre dos circunstancias tan común y generalizadamente reconocidas como incompatibles o, como mínimo, contrapuestas: por un lado, la libertad sexual, el derecho de toda persona a usar su cuerpo como le venga en gana, lo que incluye ponerle precio a la prestación sexual y ofrecerla públicamente; por otro, la dignidad humana, desde cuyo punto de vista sólo puede verse la prostitución como una lacra. En este último aspecto se añade, además, que de ese atentado a la dignidad es objeto principal la mujer (aunque el número de hombres que se prostituyen es creciente, en la medida en que la homosexualidad va aceptándose también de manera creciente en la cotidianidad social), con lo que interviene en el asunto el lobby feminista.

Y, claro, entre la presión del colectivo de prostitutas -cada vez más activo- que aprieta para que se legalice la actividad y el lobby feminista que se pone en pie de guerra contra esa posibilidad, lo más cómodo para cualquier gobernante es, sencillamente, mantener el asunto en esta cómoda alegalidad. El problema es cuando esa alegalidad deja de ser cómoda porque se producen excesos o porque alguien que tiene poder para montar follón se levanta con el pie izquierdo y la paga con este tema.

En mi opinión -desvinculándola, a estos simples efectos, de mis valores personales- la prostitución es un fenómeno que está ahí, que a lo largo de toda la historia ha sufrido mil visicitudes, que se ha querido erradicar miles de veces y que no ha habido manera de lograrlo. Entre otras cosas porque es fácilmente encubrible, habida cuenta de que entre la prostitución y ciertas conductas que oficialmente no lo son hay una tierra de nadie tan estrecha como borrosa. Por tanto, entiendo que la obligación de un gobierno, cuando algo se convierte en un problema que no puede resolverse por la propia dinámica social, es regular ese problema para que se mantenga dentro de unos límites asumibles. Y el problema moral debe resolverse de forma paralela mediante la acción social. Bien entendido: no la acción social gubernamental, sino la propia dinámica social, que es la que debe afrontarlo mediante una acción educativa, mediante la implantación de unos mínimos de justicia social (la prostitución nace, casi siempre, de la necesidad económica y de la exclusión del mercado laboral), que no siempre son responsabilidad exclusiva de los gobiernos, etc.

Pues muy bien, que regulen la prostitución de una puta vez (nunca mejor dicho) pero que quede claro: con la regulación de la prostitución (se haga de forma liberal o se haga de forma restrictiva, esa es otra cuestión) no se va a resolver el problema de Barcelona. El problema de Barcelona sólo se resolverá a través de un procedimiento democrático mediante el cual los ciudadanos podamos diseñar nuestro propio modelo urbano (cosa que no tiene nada que ver con diseñar la Diagonal y menos partiendo de la opción cerrada de dos propuestas previas) sin sometimiento ni previo ni posterior a unos intereses minoritarios que son los que han determinado, en los últimos años, que esto se haya convertido en un parque de atracciones con el que atraer clientes y obtener pingües beneficios.

Ese es todo el secreto.

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Comentarios

  • Jordi  On 07/09/2009 at .

    Abogo por la legalización de la prostitución y por endurecer el Código Penal en todo aquello relativo a la esclavitud sexual, como es el caso de las chavalas africanas de les Rambles.

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