En permanente liberticidio

De la serie: Correo ordinario

La Asociación de Internautas pone hoy el dedo en la llaga al reproducir un editorial y un artículo de «La Gaceta» en los que se habla de Sitel, un potentísimo software que pone al alcance de su poseedor prácticamente todo lo que se habla por teléfono en este país. Nos podemos hacer una idea de su potencia al leer en el artículo citado, que el propio Aznar -que en absoluto puede ser tenido por un dirigente blando– no se atrevió a ponerlo en funcionamiento -pese a haber comprado dicho software- ante las grandes dudas que plantearon diversos organismos sobre su legalidad. Todos los detalles, en el artículo, incluyendo la conexión entre esa dudosa legalidad y las quejas -y denuncias- del PP por el uso de esa tecnología sobre sus dirigentes. Ahora vemos que las protestas del partido de la derecha por el espionaje telefónico no son una cortina de humo para tapar el «caso Gürtel» o, si lo son, el pretexto está muy bien encontrado.

Pero no quería hablar propiamente de esa tecnología, ni de su ilegalidad -cuando menos tal como se está usando- ni de la razón que pueda o no tener el PP. Lo que quiero poner de relieve es la falta de sensibilidad que los españoles demostramos frente a nuestra privacidad. Es curioso contrastar las dificultades que vamos teniendo los fotógrafos aficionados (y excuso decir los profesionales) ante un número creciente de ciudadanos que pone pegas a nuestra afición o a nuestro trabajo (los hay que no saben hacer una «O» con un canuto a los que, oyéndolos, parecería que se saben de memoria -y no tienen ni puta idea- la Ley de Protección de Datos y la Ley de Propiedad Intelectual) con la indiferencia de estos mismos ciudadanos a la saturación de cámaras de seguridad (la mayoría de ellas, encima, privadas) cuyos campos de toma tapizan nuestros espacios públicos sin dejar prácticamente ni uno libre. Por simple ejemplo, que hay más: la indiferencia ante las muy serias posibilidades de ver su disco duro penetrado por cualquier tipo de programa espía, que entra fácilmente en conexiones wifi poco o nada protegidas y en ordenadores con cortafuegos ineficaces (o inexistentes, o desactivados) y con antivirus ídem de ídem; o la negligencia en los datos y/o fotografías que se suben a una red social; o el descuido y la indiferencia ante los hijos menores manejando un ordenador.

A veces me pregunto qué razón pesará más en el origen de esa indiferencia: la endémica sangre de horchata del español, el mismo español del vivan las caenas (siempre me mataba de risa el libro de Historia de mis tiempos cuando decía que los españoles somos un pueblo indómito), la metabolización y somatización de dos mil años de cultura católica a la trágala que lleva asociado ese sacramento indigno y vejatorio que es la confesión, la astenia cívica en la que vivimos desde hace ya demasiados años… o todo junto, que es lo más probable.

El caso es que nos fisgan maletas, bolsos y hasta bolsillos cada vez que intentamos viajar en tren o en avión (sobre todo en avión, como es notorio), entrar en un edificio público (y en no pocos privados), ir a un museo o a una exposición; últimamente hasta en el cine obligan a depositar los móviles en la puerta de acceso a la sala; nos obligan -con el correspondiente cartelito preventivo en la entrada- a enseñar el bolso en los supermercados, o nos obligan, en algunas grandes superficies, a meter los bultos sospechosos que podamos llevar en bolsas termoselladas. Nuestra privacidad se ve constantemente agredida, nuestra honorabilidad permanentemente puesta en cuestión -cuando no se nos llama «ladrones» con todas y cada una de las letras-… Y a todo esto hay que añadir todo aquello de lo que no llegamos a enterarnos: ¿cuántas bases de datos de administraciones públicas, sanitarias, de seguros, bancarias y similares son infiltradas por crackers que se apoderan de nuestros datos -algunos muy sensibles- sin que nadie nos diga nada, aunque así, en general, sospechemos que eso sucede? Y seguimos tan tranquilos. En ninguna parte del mundo dan tan barata como nosotros su privacidad, que es una parte importantísima -esencial- de nuestra libertad: basta con que nos invoquen la seguridad (y ya no solamente la gran seguridad en mayúsculas del terrorismo etarra o islámico, que tantos y tan graves daños nos han causado: la acción más o menos habitual de unos raterillos de menor cuantía justifica que se llene de cámaras todo un centro urbano) para que el caponismo cívico que nos aqueja no sólo se complazca sino que incluso aplauda la agresión.

La justificación de esa pasividad suele estar en aquello de que como yo no tengo nada que ocultar, me da igual, pero con ese pretexto -estúpido, como todos los pretextos gallináceos- se están entregando a los poderes públicos -y lo que es peor: muchas veces, también a las empresas privadas que gestionan poderes públicos- información que no le importa absolutamente a nadie, por inocua que sea. Que no es inocua, ademas, porque la información privada puede ser inocua en fracciones separadas, pero cuando éstas se unen en un todo -y la tecnología permite hoy reunir muy fácilmente ese todo- esa información se convierte en un arma de gran poder que fácilmente puede usrase -y, según están las cosas, prácticamente por cualquiera- contra uno.

Lo que nos cuenta «La Gaceta» -que ya con anteriridad la Asociación de Internautas había puesto sobre alerta- es gravísima y debería constituir un escándalo mayúsculo. Y, con el escándalo, la constatación de que el Gobierno (sí, sí, sin tapujos: el actual Gobierno) no tiene escrúpulos -y no es la primera vez que lo demuestra- a la hora de pasarse por el forro nuestros derechos civiles. Y aquí no cabe decir que los otros lo harían igual: queda demostrado que Aznar pudo haberlo hecho -tanto es así que, como queda dicho, llegó a comprar el software- y, sin embargo, no se atrevió ante la enormidad y la ilegalidad del desafuero. A estos de ahora no les ha temblado el pulso. Y dicen que son de izquierdas.

Como siempre acabo diciendo -pero porque no hay otra conclusión posible- si los ciudadanos no movemos el culo no sé cómo vamos a acabar. Porque, además, hay cosas que, una vez empiezan, son muy difíciles de detener. Ojo, porque el hecho de que Aznar no se hubiera atrevido en su momento a usar Sitel no implica necesariamente que unos eventuales gobernantes del PP que puedieran llegar después de la peña esta que hay ahora vayan a tener los mismos escrúpulos que su antecesor ideológico. Y, a fin de cuentas, si los sociatas lo utilizaron y no les pasó nada…

El problema desgraciadamente, es que en muchas ocasiones estas cosas no se resuelven con un cambio electoral. Los derechos civiles no constituyen una cultura de partido sino de país; si esa cultura existe, esos derechos quedan bastante resguardados con idependencia del partido en el poder; si esa cultura, por el contrario, no existe, cualquiera que esté en el poder, sea cual sea su color ideológico (si es que a estas alturas de la película cabe hablar de colores ideológicos), ignorará estos derechos.

La sombra de Fernando VII es larga, muy larga. Hoy cubre la triste figura de Zapatero y de su gente; pero mañana cubrirá -me caben muy pocas dudas- la de Rajoy y la suya. No es a Zapatero o a Rajoy a quienes hay que matar. Es a Fernando VII.

A él y a sus caenas.

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Comentarios

  • Rogelio Carballo  On 09/09/2009 at .

    Llego a una tienda de juguetes a por un coche de slot para el pequeño, con una bolsa con un disco duro portátil recién comprado. Y según entro me dice la cajera… ehhh, que no se puede entrar con bolsa, me la tiene que dejar aquí. Le contesto que lo que tengo en la bolsa es un disco duro portátil, que es extremadamente frágil, que si me lo casca ella no me lo va a pagar y que además, en su tienda no se venden ese tipo de cacharros ni por asomo…. Pues a ella le da igual, si quiero entrar la bolsa debo dejar. Media vuelta y me largo, y los clientes allí presentes que me miran como un apestado.

    Como decía un sabio: tenemos lo que se merecen.

  • ubersoldat  On 09/09/2009 at .

    “En ninguna parte del mundo dan tan barata como nosotros su privacidad”
    Esto lo dudo mucho, sólo tienes que visitar Londres y ver cómo hay camaras por todas partes.
    Creo que la gente tiene cosas más importantes en la pirámide de las que preocuparse, como llegar a fin de mes y de comer. Por otra parte, es muy grande el desconocimiento general sobre el tratamiento de datos por parte del publico en general que apenas sabe lo que es un blog.

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