Cuando ruge la canallesca

De la serie: Correo ordinario

Aunque en los últimos tiempos parece recurrente en el ambiente -sobre todo cada vez que Google lanza un invento nuevo-, la gente que vive del árbol muerto se pone como loca y se sube a la parra. Claro que cuando el que se sube a la parra es Rupert Murdoch (lo siento, pero se me va la risa, es que su apellido me recuerda al chalado del «Equipo A») es normal que todo el gremio se resfríe, porque don Ruperto es mucho don Ruperto.

El asunto, como ya es sabido, es la pretensión de volver a obligar a que se pague el periódico en red, porque a Murdoch no le salen los números (o no le salen lo suficiente) y el derrumbamiento de los contratos de publicidad (a causa de la crisis, según dicen y yo sólo me creo muy parcialmente) hace prever males mayores. Unos cuantos medios están de acuerdo con Murdoch; otros, más prudentes, prefieren ir al sistema de contenidos premium, que consiste en dar pequeñas muestras gratuitas y, si quieres lo más y lo mejor, retrata la VISA.

Yo, como no he cursado un MBA de diez mil euros, no entiendo de estas cosas de los negocios en plan sofis (y quizá por ello no he llevado a mi prójimo a una crisis de caballo), pero mi enjundia de internauta viejo (si don Teddy me permite parafrasear gratis a Cervantes, que vete a saber) sí me llega, siquiera por la vía de la gramática parda, para dar crédito a estas encuestas que salen por ahí hechas a la buena de Dios, y según las cuales siete de cada diez internautas lectores habituales de periódicos en red, no piensan, en ningún caso, dar ni un duro por leer el periódico; y eso que las encuestas no dicen en qué condiciones sí lo darían los otros tres, que me temo que en la inmensa mayoría de los casos serían draconianas.

Aún sin MBA, mi triste formación intelectual (en lo económico, queda entendido) también me permite recordar que aquí, en España, hubo un periódico que dio el murdocazoEl País») y después, no mucho después, se lo tuvo que envainar. Ahora apuesta por la coña del premium, pero en una pequeña parte de sus contenidos, igual que hacen, sólo por poner a los más gordos, «La Vanguardia» o «El Mundo». Alguno más hay, pero ya de una importancia más secundaria. Y, por cierto, no parece que en sus cuentas de resultados las suscripciones a Internet formen parte muy espectacular de sus partidas de ingreso. Otros, han optado por métodos más amables y por ingresos residuales (que, salvo putear al lector, tampoco creo que vayan más allá): «El Periódico», por ejemplo, ofrece su contenido íntegro en páginas web, pero sólo cede sus facsímiles PDF bajo precio.

Bien, a lo mejor en otros países las cosas son distintas, aunque me da en la nariz que no.

El problema -vamos a no salir de los periódicos, de momento- es que, claro, cuando el mercado es totalmente libre es bastante difícil controlarlo. Uno crea (o eso cree) un oligopolio a base de convocar a los colegas y ponerse todos de acuerdo para hacerse pagar sus contenidos; pero no se dan cuenta (fíjate, con todos sus MBA…) de que con esto liberan un amplio espacio de demanda de servicios publicitarios, porque al publicista le interesa que acceda mucha gente a su publicidad y cuando el contenido que la soporta es de pago, la parroquia aguantativa de anuncios tiende a disminuir espectacularmente en cantidad y, encima, a los que se quedan les irrita sobremanera que, además de pagar, tengan que aguantar al pesado que vende lavadoras. En consecuencia: lo que está haciendo el que vende bajo precio, es facilitarle el negocio al emprendedor que basa el suyo en suministrar gratis los contenidos vendiendo con ellos la atención del usuario, atención que el publicitario valora como oro en paño, pues es de lo que vive. Y como los medios de árboles muertos no tienen algo parecido a una Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones que les garantice el machito alzándose como una barrera contra los empresarios imaginativos y, en definitiva, contra el mercado libre… pues eso, que la van a cagar soberanamente.

El éxito de los periódicos gratuitos (que les dieron por el saco incluso en su propio terreno) debiera haberles enseñado la lección, pero no. Se descolgaron con que el contenido de los gratuitos era una mierda. ¡Je! Algo parecido me dijo Sisa en un debate televisivo (es largo y en catalán, aviso), que la música copyleft es una mierda de música. ¡Hombre, claro! Y todo lo que venden las discográficas es puturrú de fuá, ya lo sabemos todos: Bisbal, El Fary, Georgie Dann y un largo etcétera de calidad universalmente reconocida y adorada.

Pero a los periódicos gratuitos ahí los tienes. Han sufrido daños y bajas, como todo el mundo (viven de la publicidad, y éste ha sido un sector muy dañado por la crisis), pero ahí siguen en su mayoría, con gran éxito de público (y eso que les han puesto todas las zancadillas habidas y por haber, incluyendo el chantaje mafioso a los kioskeros que distribuyeran gratuitos).

Y ya que los grandes tiburcios del árbol muerto se permiten hablar de calidad de contenidos, que me expliquen por qué los gratuitos son una mierda y los de pago no. Las noticias son escuetos resúmenes de despachos de agencia, igual que las de los de pago que, a lo sumo, reproducen el despacho entero; en los gratuitos, las columnas de opinión tienen, generalmente, una calidad ínfima -suelen estar a cargo de columnistas inexpertos o baratos por malos-, pero al menos son breves, no como los de pago, que son igual de malos (eso sí, con mucho botafumeiro y con mucho relumbrón) y abochornan a sus lectores un día tras otro con estupideces políticamente correctas absolutamente infumables y largas e inacabables como un día sin pan. Y los pocos que estudiaron un Bachillerato decente -garantía de un mínimo (siquiera un mínimo) de ortografía, sintaxis y recursos lexicográficos-, se van ya jubilando o muriendo. Los que van quedando, no sabrían encontrar -juntos- diez pronombres en todo el Quijote (claro que, para ello, primero habrían de leerlo y antes pasará un camello por el ojo de una aguja).

En definitiva, personalmente me da igual. Lo mismo que pasó con los gratuitos pasa con los medios en Internet, constante y sistemáticamente denigrados desde la edición de putrefacción arbórea pero que, en realidad, no sólo no son peores que éstos sino que algunos hay mucho mejores. Y no los nombro para que nadie haga asociaciones ideológicas -que serían estúpidas, además- pero hay, para los tiempos que corren, bastante buen material en red. Mejor que mucho de lo que circula a un euro y pico. O sea que material para informarme, no me va a faltar; y opinión buena, sólida, solvente y estudiada… bueno, para qué voy a contar. Hay -y voy a ser modesto con las proporciones- decenas y más decenas de bitácoras españolas realizadas por plumas excelentes (sigo prefiriendo hablar de la pluma, aunque el teclado sea notorio en este caso), cuyas opiniones incluso muchas veces no comparto pero que da gusto leer porque tanto su argumentación, como su ortografía, su sintaxis y su léxico son fuente abundante de conocimiento y de placer literario o periodístico o como quiera calificarse. En este país hay muchisimo Larra (no necesariamente en cuanto al estilo ni a la idiosincrasia, pero sí en cuanto a calidad periodística y literaria) y no está en la mierda del papel: está en la red. Gratis.

Así que si Murdoch quiere poner bajo precio sus contenidos e imponer su criterio al resto del gremio, por mí que no se entretenga. Ya puede empezar cuando quiera. Y a ver dentro de uno o de dos años de dónde salen las risas.

Y es que estamos en lo de siempre, en la caterva de endiosados que se ponen frenéticos con Internet porque la red está cambiando todas las reglas y se vuelven locos (locos rabiosos y peligrosos, muchas veces) para evitar que esto ocurra. Internet está bien, dicen, pero sólo bajo el modelo clásico de negocio. Y no. Internet imposibilita materialmente, técnicamente, el modelo clásico de negocio. No el negocio: muchas y grandes fortunas han demostrado ya que en Internet hay muchísima pasta para quien sepa comprender las nuevas reglas y actuar de acuerdo con ellas. Es inútil argüir grandes principios éticos contra el presunto todo gratis (esto del todo gratis es su sonsonete predilecto) porque las cosas son así, y eso sin llegar a considerar que su modelo todo pagando es absolutamente tramposo, inmoral y fraudulento desde su principio hasta su conclusión, así baile soleares la puta Ley de Propiedad Intelectual. De la misma manera que todos los días leemos dramas porque alguien se ha caído desde un balcón o un avión se ha dado un tortazo bestial y, por más que nos duela, y sea dramático, y, por más que desde cierto punto de vista sentimental lo consideremos hasta injusto, a nadie se le ocurre propugnar la abolición de la ley de la gravedad. Y aunque la propugnara, claro está, sería del todo absurdo e inútil.

Sin embargo, hay mucha gente que hace algo similar, que propugna algo tan parecido a la abolición de la ley de la gravedad como la sujección de Internet a las reglas anteriores a la red.

Pues eso: absurdo e inútil.

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Comentarios

  • Ángel Bacaicoa  On 14/09/2009 at .

    Brillante, don Javier. Me adhiero plenamente a su opinión. Y que les vayan dando.

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