Autoritarios y autoridades

De la serie: Los jueves, paella

¡Qué interesante el artículo de Antonio Franco en «El Periódico» del pasado día 15! Verdaderamente hay que tragar muchísimas idioteces durante muchísimas semanas para llegar a encontrar algo así de lúcido. Vamos, por lo menos, a mí me lo parece.

Es un artículo que yo calificaría, en cierto modo de holográfico, porque según desde donde se mire, es decir, tomado parcialmente, cada cual a su gusto y ganas, puede satisfacer a unos y a otros. Pero, desde el nacionalismo catalanista o españolista, difícilmente puede asumirse en su integridad sin pillar un berrinche. Como digo siempre -citando, no faltaba más, al viejo Ivà-, la verdad jode, pero curte. Y este artículo expone con muchísima precisión cómo son exactamente las cosas aquí en Catalunya, y cómo y dónde está el sentimiento colectivo, hasta donde quepa hablar de sentimiento colectivo en un sentido unidireccional (que cabe, aunque con reservas y teniendo siempre las matizaciones que sean necesarias cargadas en la recámara).

Efectivamente, al ultranacionalismo de las Catalunyas irredentas, no va a gustarle que, hablando de su cacareadísimo referéndum (que no era «referéndum») de Arenys de Munt, se afirmen cosas como que los resultados salen a gusto cuando se eligen a medida («Todos sabemos, además -afirma Franco-, que en Viladecans o en mil municipios distintos más, la consulta habría dado una respuesta diferente»). Y en el propio Arenys, la participación fue bajísima. Incluso si tenemos en cuenta toda la cagarela que se lió (gracias, sobre todo, a la estupidez del Gobierno español), cabria afirmar posiblemente que la participación fue de risa. Yo, desde luego, la temía mucho más alta. Lo corrobora el articulista: «Por decirlo de otra manera, en Arenys todo lo que sucedió fue que los soberanistas -ya identificados, electoralmente hablando- votaron a favor de la independencia en una jornada en la que salía gratis decirlo». Menos aún gustará a esos nacionalistas que se diga (y que sea verdad) que «[…] Esta es una de las claves de la compleja situación catalana: el separatismo es una opción minoritaria, aunque esté cada vez más presente y aunque los círculos en los que es mayoritario actúen como si el conjunto de Catalunya pensase como ellos. Cuando se acercan elecciones, los soberanistas juegan sus bazas confiando en que nunca irá a las urnas la mayoría de la Catalunya que tienen enfrente. En Arenys de Munt se cumplió la regla». Esta es, sin más, la realidad de lo que hubo en Arenys.

Pero démosle ahora media vuelta a la cuestión y vayamos a afirmaciones -siempre sin salir del artículo- que no van a gustarles nada a los del toro coñaquero (incluso a algunos que creen no estar cerca del toro coñaquero y que no lo están racionalmente, es verdad, pero que instintivamente se le arriman a las primeras de cambio).

Porque no creo que les guste que se diga que la mayoría no separatista tampoco resulta acendradamente españolista, que tampoco se le hace un nudo en la garganta cuando ve pasar una bandera española y que el himno nacional (me refiero a la Marcha Real) sólo lo canta (lolo-lolo-lolololololo-lololó-lo-lo) en un estadio calzoncillero y porque la $GAE mira para otro lado. No debe serles nada grato constatar -si gustan considerar el artículo de Antonio Franco como una constatación… y más les vale- que esa mayoría no separatista no se siente bien tratada, ni bien considerada, ni bien integrada en ese proyecto nunca bien dibujado que, para abreviar, llamamos España. De entrada, sólo con leer esta frase, muchísimos pensarán para sus adentros que ya está, que ya tenemos al catalán llorando. Y esa idea es el principio del problema. Veamos cómo lo expresa Franco literalmente: «Al hilo de lo sucedido en Arenys, la verdadera consulta interesante que tendríamos que impulsar es preguntar de verdad, en serio, en todos los municipios del resto de España si aceptan o no la Catalunya actual tal como tozudamente ella expresa que es y quiere ser, es decir, con su sentido identitario, su lengua propia y su amplísima pluralidad interna. Porque está pendiente de aclarar cuál es y dónde están los límites de esa España posible en la que yo creo, con un mayor grado de aceptación de las maneras de ser de unos y otros». Ahí queda eso.

Catalunya es un hueso duro de roer -sociológica y políticamente- en el resto de España. Y el problema está más en el resto de España que en la propia Catalunya (sin tampoco negar que hay una parte del problema que sí está aquí, al norte del Ebro). Aunque suene a tópico, a Catalunya no se la entiende, nadie entiende por qué los catalanes se niegan a integrarse en la uniformidad común -cierta y patente, más allá de lo folklórico, aunque pretenda negarse y se hable de diversidad– y se interpreta ese deseo identitario como un anhelo secesionista. Es decir, el toro coñaquero cae en la trampa del nacionalismo catalanista que sí juega a deducir secesionismo de la simple entidad identitaria. Como viene a decir Franco, la mayoría de los catalanes no deseamos desligarnos de España; es más, incluso existe una corriente intelectual que en sus albores fue incluso anterior al nacionalismo -que se proyectó externamente en el noucentisme y se personalizó en gente como Eugeni d’Ors o Pla- que aspira al liderazgo de España y es una corriente muy potente -aunque poco ruidosa y por eso parece que no exista- dentro de los catalanes de socarrel.

El radicalismo españolista impide que España se constituya en un modelo armónico que sí existe –ergo es posible- en otros países como Suiza, donde conviven en un sólido proyecto común identidades originariamente diversas de procedencia francesa, italiana, alemana y probablemente una que quizá podría considerarse como autóctona. Aquí, en cambio, choca hasta la indignación salir de Fraga, meterse en Alcarràs y toparse con el odiadísimo catalán. No hay manera de que se entienda como algo natural (y estamos, lamentablemente a años luz de eso) que al entrar en Catalunya no se cambia de país (y nadie lo pretende; o muy pocos, vaya), que se sigue estando en España, pero que se cambia de área lingüística y, en modo menos radical, de área cultural. ¿España? Sí, y sin duda, además; pero Catalunya. Cuando se sale de Aragón o de Valencia y se entra en Catalunya no se sale, como digo, de España, en absoluto; pero tampoco es lo mismo que cuando se sale de la Rioja y se entra en Castilla y León. En el primer caso hay un cambio que no se produce en el segundo. Y hasta que eso no se entienda, iremos mal por ambas partes. Tan mal, que las cosas seguirán radicalizándose hasta que llegue un momento en el que en Catalunya no quede más que una opción: o los de burro, o los del toro coñaquero. Sin otra posibilidad, sin más alternativa que el extremo, que el absoluto, que el radical.

Y entonces sí que la habremos cagado de verdad. Todos. Al norte y al sur del Ebro.

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Rouco ataca de nuevo: la clase de religión es intocable. Lo dice así, con esa suficiencia, con esa sobrancia, con esa soberbia que le caracteriza, tan cercana y tan apropiada al carácter que, según el reglamento, debe guiar la conducta cristiana.

La verdad es que no trago a Rouco Varela, no voy a negarlo. Rouco es la personalización del toro coñaquero traspasado al ámbito religioso: es la intolerancia, es la ceguera, es la radicalidad… Es la personificación de aquel diablo que Umberto Eco describía como la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda. Es, en definitiva, la materialización de aquello que los de su propia caverna denominaron santa intransigencia. Y es profunda, insufriblemente antipático.

Ya va bien. Arremeter contra las pretensiones infames de un señor agradable y de buen rollo se hace duro y experimenta uno una cierta dificultad intelectual. Propugnar que se le paren los pies en seco a las pretensiones hegemónico-religiosas es mucho más fácil cuando el representante de la abominación es un individuo intragable como Rouco que si se tratara de un ancianito bonachón y risueño, como aquel Roncalli que fue conocido como Juan XXIII.

La pretensión de la presencia y aún más, preponderancia, de la religión católica (de cualquier religión) en la educación pública es absurda, ridícula e intolerable ya no en la España constitucional sino en un país mínimamente moderno. Y en cualquier otro país sería frontalmente rechazada. En cualquier país civilizado (que viene de civil, es decir, del imperio de lo ciudadano), aparte de que un Rouco jamás osaría hablar así porque sería contestado incluso por su propia parroquia, los grupos religiosos saben que su proselitismo tiene exclusivo lugar (y ahí goza de todo el respaldo y protección de la legalidad) en el templo o en cualquier otro modo de edificio o recinto (privado, por supuesto) adscrito a la cosa, con total, absoluta y radical exclusión de un centro público o de una manifestación pública (pública en el sentido de «oficial»).

Sólo en España -y quizá en Italia- un individuo como Rouco puede decir estas cosas no sólo impunemente sino con el apoyo de un significativo número de ciudadano; número decreciente, afortunadamente, pero constituido hoy por millones de personas, las realidades no pueden negarse por más que fastidien. España -como Italia- sufre aún en su sociología las lacras de una historia aún demasiado reciente -y artificial y contrahistóricamente prolongada en el tiempo- en el que la Iglesia Católica ostentó un poder civil cierto y lo ostentó, además, de forma omnímoda e implacable. Hace apenas treinta años que nos quitamos de encima esa prebenda eclesiástica, pero sólo sobre el papel; su inercia es larga y se resiste a desaparecer porque, además, la Iglesia ha sido tradicionalmente el sustento ideológico de todos los nacionalismos: el del toro coñaquero, el del burro y el de la oveja latxa, es decir, del españolista, del catalanista y del vasquista. Ha hincado la bandera correspondiente -según la afinidad geográfica- en el púlpito y ello le ha permitido seguir aferrada como una garrapata a la sociedad civil.

Todo debate con mayor o menor trasfondo ético -divorcio, aborto, educación, eutanasia, etc.- tiene que pasar por la convocatoria, al son de trompetas, pífanos y atabales, de las huestes eclesiásticas, que polarizarán el debate en torno a la presunta agresión a su omnímoda ideología que se caracteriza, en primer lugar, por no respetar la de los demás, razón suficiente y sobrante para ser expulsada del debate.

Pretender que se niegue a un no creyente católico la posibilidad de divorciarse -civilmente, por supuesto- es, simplemente, una atrocidad, no hay otra palabra. Como atrocidad es que se obligue a un no creyente a que sus hijos sean forzados en la enseñanza pública a recibir proselitismo católico o a sufrir -como mal menor para Rouco- una innecesaria y atorrante asignatura alternativa para que sus compañeros que estudian religión no estén discriminados. El colmo de la demagogia. Y hablo de no creyentes no sé por qué: no se debería obligar a nadie porque el Estado no puede pedir cuentas ideológicas a nadie. Si un católico se divorcia o no educa a su hijo en el catolicismo, el problema es de Rouco y, a lo sumo, de ese católico; ya se apañarán, unos y otros. Al Estado -y, con él, a los demás ciudadanos- esta cuestión se la trae al completo pairo.

Hay que acabar de una vez por todas con ese cuento.

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Ya hace tiempo que se interpretó que la agresión a un maestro de la escuela pública constituía, por razón de su condición de funcionario, un delito de desacato. Los tribunales también lo vieron así y, tras la denuncia y proceso correspondiente, un matrimonio fue condenado por haber agredido a un profesor de su hijo.

Ahora que está de moda todo este asunto de las agresiones a los educadores -justificadamente, pero mal asunto cuando algo ingresa en la carraca políticamente correcta- y de las dificultades que el generalizado estado de falta de respeto en el mundo escolar supone para el normal desarrollo de la acción educativa, Esperanza Aguirre se descuelga poniendo galones a los profesores y constituyéndolos, formal y legalmente, en autoridad.

No me sorprende que algo así proceda de una mentalidad como la de Aguirre, cuya morfología sociofamiliar sugiere una proclividad a entender la autoridad como el simple ejercicio de un poder a base de garrotazo y tente tieso, una clara reminiscencia del feudalismo o del caciquismo que, quizá subconscientemente (o quizá no tan subconscientemente), añora la dama en cuestión. Y caiga el lector en la cuenta de que he hablado de morfología sociofamiliar y no de derechas o de izquierdas, porque esos instintos o esos subconscientes afloran a ambos lados del espectro político.

Sólo un cacique o un señor de horca y cuchillo ignoran que la autoridad no es algo que deriva de la posibilidad de dar órdenes a una horda armada o de ostentar cualquier otro poder fáctico. En las propias academias militares de todo el mundo, lo primero que aprenden los cadetes es que la autoridad es algo que emana de la propia personalidad y que se llama liderazgo; las estrellas, los galones, sólo confieren poder: la autoridad emana de otro sitio o de otra cosa. Un soldado obedecerá a un capitán imbécil porque el reglamento le propinará un palo si no lo hace; pero se limitará a eso, a cumplir con el reglamento y, por tanto, nuca obtendrá de los soldados a su cargo resultados más que mediocres y, desde luego, ninguna capacidad de abnegación o de iniciativa. El líder, en cambio, abarrotado de estrellas o simple cabo, será seguido por sus soldados hasta el mismísimo fin del mundo, más allá de todo riesgo, de toda penalidad, de todo inconveniente. Y he puesto el ejemplo militar que, por extremo, es el más claro, pero eso puede aplicarse a cualquier parte de una organización jerárquica o de cualquier modo jerarquizada, sea una empresa, sea un equipo deportivo, sea una pandilla de amigos, sea, en fin, la sociedad misma en peso.

En el caso de los maestros el liderazgo, desgraciadamente, no lo es todo, no es suficiente. Porque para que ese liderazgo funcione -no olvidemos que los educandos, por definición, no están aún integrados plenamente en el esquema social- debe ser aceptado como tal por el conjunto de la sociedad. Y como al conjunto de la sociedad se le lleva inculcando desde hace treinta años que palabras como autoridad, disciplina, deber, responsabilidad y otras similares son intrínsecamente perversas, por estúpida y analfabeta oposición al abuso que el régimen franquista hizo de esos conceptos arrimándolos como un ascua a su propia sardina, pues así estamos.

Otorgar a un profesor la calidad de autoridad, evitará -quizá, que aún está por ver- agresiones físicas y comportamientos chulescos por parte de alumnos y de padres, pero no solucionará el problema del liderazgo -es decir, uno de los problemas de la educación- no porque los profesores carezcan de él sino porque la entera sociedad ha sido deshabituada a reconocerlo (por eso, entre otras cosas -dicho sea incidentalmente-, tenemos la mierda de políticos que tenemos).

Atajar un mal de raíz no es ponerle un guardia al problema. Eso es precisamente lo contrario: atacar el mal sólo en su superficie; el resto del lago seguirá sucio y cenagoso. Atajar un mal de raíz es ir precisamente al origen de este mal y el origen de este mal reside en la distorsión de valores que se viene experimentando. Lo que sucede es que volver -suave y hábilmente- a implantar valores sólidos en un cuerpo social resulta altamente perjudicial para ciertos poderes legales, mercantiles y, en definitiva, fácticos.

Para muchos borregos, basta poco perro.

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El arroz, damas y caballeros, está servido y creo que en su punto.

La próxima paella me va a representar un cierto sacrificio, porque toca el próximo jueves -como es obvio- pero el jueves 24 es la fiesta patronal de Barcelona, la Mercè, día festivo, claro, y es más que posible que, además, tenga invitado en casa a un aragonesito amigo de mi hija mayor, así que habré de dedicar mi tiempo a cumplir con esmero mis obligaciones de anfitrión. Pero algún hueco encontraré para el arroz. Si no es el jueves será la víspera. Pero no temáis, hijos míos, que a poco que pueda aquí estaré dándole al sofrito.

Que os aproveche, pues.

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Comentarios

  • Rogelio Carballo  On 17/09/2009 at .

    Lo de leer tonterías en el periódico hasta que aparece algo serio…. ¿no lo dirá por lo del artículo ese de los ordenadores en el cole en el que el periodista decía que se habían comprado portátiles que cuando se caen desde más de medio metro el disco duro se esconde?…. Tanto nivel informativo retrata a un medio.

    En todo caso, y ya puestos a polemizar desde lo que ese periodista llama el otro lado de España (manda carallo con el término), ya pueden esforzarse los catalanes en explicarse mejor, porque eso de la diversidad y la pluralidad mola como anuncio de hamburguesas, pero ni es identificativo ni exclusivo de Cataluña. Aquí en Galicia, diversidad a barrer, identidad toda la que se quiera y más, y mire usté, mi no entender. ¿A quién hay que creer? ¿A la CIU independentista de los últimos telediarios o a aquella de Pujol and co? ¿Lo de las embajadas propias, es por la diversidad? ¿Como se puede denominar nacionalismo españolista a una simple circunscripción administrativa como Madrid, según términos del propio Laporta? ¿Cuando una sociedad da pasos en una dirección política dirigidos por una minoría que no les representa…. se acepta impunemente? Porque por aquí, si nos metieran un fregado como ese que dice el periodista que es minoritario, la sociedad civil no lo iba a tolerar tan fácilmente. A las últimas elecciones gallegas me remito. En fin, que soy un mar de dudas…. y ojo, no confundir. Desde esta esquina, por donde entran todos los temporales, los volantes, faralaes, toritos, gitanería, cantes jondos y tal, todo eso queda culturalmente más lejos que Suecia….

    Mis orejas quedan abiertas y mi más sincera voluntad en marcha para tratar de aprender qué es lo que he hecho mal, por qué nace en mí este sentimiento catalanofóbico irreprimible, por qué desde Cataluña se me hecha la culpa de su incapacidad para definirse como una nación independiente de una parte del territorio español con todas las salvedades que quieran ponerse (identitarias, culturales, administrativas, las que sean), pero con todas las obligaciones que ello conlleva. Y esta segunda parte del carro no asoma por ninguna parte.

    Soy todo orejas.

  • lamastelle-acojonao  On 17/09/2009 at .

    A mi lo que me ha miedo de lo de “autoridad” es que se le atribuya el derecho a la presuncion de veracidad. Y es que conoci a mucho profe cabron suelto por ahi. Y si tengo que empezar a ser yo el que demuestre sus perrerias, apañao voy. La Ley del pendulo; de los profes de coledecura al buenrollismo idiota y de vuelta a la mano dura con exceso…

  • Nubian Singer  On 19/09/2009 at .

    Sorprendido me deja usted, Don Javier. Le veo caer en un tópico de los nacionalistas de ambos bandos: la identificación de Castilla con España. Evidentemente, no es lo mismo salir de La Rioja para entrar en Burgos que salir de Aragón para entrar en Cataluña. Pero es que, salvo desde la última reforma administrativa, La Rioja siempre ha sido Castilla. Sin embargo, el cambio de León a Galicia o a Asturias, o entre ambas, por poner un ejemplo, es igual de brusco; dudo que las diferencias culturales entre Cataluña y la Comunidad Valenciana sean para tanto, al fin y al cabo se trata de los Països Catalans, o como se escriba. Así que la excepción cultural catalana no es tan excepcional.
    Por otro lado, no deja de sorprenderme que escriba usted Catalunya, Lleida y Girona, con lo bien que se maneja en castellano y lo poco que suele seguirle el juego a los hipercatalanistas.

    En fin, será que soy madrileño y no puedo desprenderme de mis prejuicios anticatalanes ni para darme una ducha.

  • Javier Cuchí  On 19/09/2009 at .

    A ver, a ver, por partes, que me llueve por todos los flancos…

    Amigo Rogelio, dice usted: «Aquí en Galicia, diversidad a barrer, identidad toda la que se quiera y más, y mire usté, mi no entender.».

    No hay demasiado que entender (hasta aquí): cada cual tiene la identidad que tiene (o que quiere tener) y la proyecta como y en lo que quiere (o como y en lo que le dejan). Si a los gallegos ya les está bien el statu quo tal como está -que no lo tengo yo tan claro, según percibí este otoño pasado en Galicia, precisamente- pues muy bien, no tengo nada que objetar. En otros lugares funcionan otros parámetros.

    Y continúa: «¿A quién hay que creer? ¿A la CIU independentista de los últimos telediarios o a aquella de Pujol and co? ¿Lo de las embajadas propias, es por la diversidad? ¿Como se puede denominar nacionalismo españolista a una simple circunscripción administrativa como Madrid, según términos del propio Laporta?»

    En realidad, hay que creer a la gente, y lo que quiere y en lo que cree la gente se percibe fácilmente viniendo aquí, a Catalunya -no está prohibido-, y viéndolo. Esto es lo que trata de decir el artículo: no somos mayoritariamente independentistas. Que una minoría haya accedido al poder o a parte de él -y a la payasada- a causa de lo que se ha dado en llamar aritmética parlamentaria no es culpa de la mayoría de los catalanes. Que el señor Carod ande por el mundo haciendo el indio con las embajadas pagando nosotros no es algo -créame- que nos satisfaga. Pero ¿qué quiere que hagamos? También la Aído es ministra española e imagino que a usted le pegará tres patás que le asocien con lo que ella dice o hace. Por lo demás -luego iré a responderle al amigo Nubian, que parece que va por ahí- Madrid no se concibe -a estos efectos- como una circunscripción administrativa, sino como foco emisor de una política que responde a una visión de las cosas, es un poco la encarnación de la bicha, aunque no sea la bicha en sí misma, naturalmente. Y sobre Laporta prefiero no decir nada. Bastante tengo con algo que he leído por ahí según lo cual, de ser cierto, podría ser el candidato de CiU a la alcaldía de Barcelona en cuyo caso (lleno de terror lo digo) sus posibilidades de vencer son grandes. Aún me he de ver votando a Hereu como mal menor, la madre que me parió…

    😦

    Continúa usted: «¿Cuando una sociedad da pasos en una dirección política dirigidos por una minoría que no les representa…. se acepta impunemente?».

    Pues espero que le guste y le represente la TDT de pago, porque ha salido adelante en el Parlamento español gracias a CiU, una minoría que -imagino- no le representa a usted para nada (a mí tampoco, si le sirve de consuelo). En eso de las minorías que hacen lo que les da la gana, nadie puede tirar la primera piedra. Y menos, según están los tiempos.

    Y finaliza: «Desde esta esquina, por donde entran todos los temporales, los volantes, faralaes, toritos, gitanería, cantes jondos y tal, todo eso queda culturalmente más lejos que Suecia…»

    Pues fíjese que, aunque a muchos catalanes no les guste (y le garantizo que no les gusta nada), los toritos, la gitanería, los cantes jondos y tal, nos queda culturalmente muy próximo porque desde hace cincuenta años, un número significativo -y minoritario, pero no minúsculo- de catalanes tienen esa cultura en sus raíces (excepto la de los toros que, aunque a muchos no guste, es autóctona y antiquísima). Forma parte ya de nuestra cultura, lo hemos adoptado, unos más a gusto y otros a menos. Pero vaya a discutirlo en la Feria de Abril catalana, que ya le da vueltas -en cuanto a asistencia de personal- a la original sevillana. Y le advierto que muchos de estos de las faralaes firmarían sin titubear al pie de mi artículo (otros no, todo hay que decirlo: no pretendo constituirme en campeón de mayorías ni de verdades absolutas).

    Un saludo muy cordial, querido amigo.

  • Javier Cuchí  On 19/09/2009 at .

    Vamos a por usted, amigo Nubian

    Dice: «Sorprendido me deja usted, Don Javier. Le veo caer en un tópico de los nacionalistas de ambos bandos: la identificación de Castilla con España».

    A ver: he hablado de salir de La Rioja y entrar en Castilla-León como hubiera podido decir salir de Castilla-La Mancha y entrar en Andalucía. Es que, si mira usted un mapa de España, resulta muy difícil entrar en una comunidad autónoma y salir de otra sin que una de ellas sea alguna de las Castillas (o de las ex-Castillas, lo que me complica el ejercicio con Cantabria, La Rioja, efectivamente, o incluso Murcia, que cuando era región sin más incluía a la ahora castellanomanchega Albacete).

    Pero su aventurada suposición no yerra del todo. Efectivamente, la España actual es un producto castellano. Con esto no quiero decir que los abulenses o los segovianos sean una especie de imperialistas tiránicos, nada de eso. Estoy hablando de modelos. El actual modelo español se hizo desde Castilla y eso no debe entenderse como algo peyorativo -ni lo es ni es tal mi intención- sino una simple constatación histórica. Y este modelo hay que reformarlo no porque Castilla sea intrínsecamente nada malo, que no lo es, sino porque el modelo está caduco (el modelo, insisto, no Castilla ni los castellanos). La Historia ha ido pasando han ido cambiando algunos parámetros -no pocos y no en poco- y hay que cambiar las bases de la convivencia. Lo cual no quiere decir, para nada, romper la convivencia sino, simplemente, cambiar los planteamientos actuales en algunos de sus puntos.

    Dudo que -racionalmente- pueda segregarse Catalunya de España, como no puede segregarse una vivienda de todo el edificio, pero ese edificio irá por mal camino si la comunidad no se entiende un poco a gusto de todos. Un poco, porque cuando varios tienen que ponerse de acuerdo ninguno puede aspirar a conseguir todo lo que quiere, hay que renunciar. Pero eso reza para todos, no para unos sí y para otros no, y menos porque unos pretendan que como tal y como están las cosas ya les han ido bien, pues así tienen que quedarse. No funciona así. No funciona así si se quiere llegar a una armonía, a un acuerdo.

    Continúa: «Sin embargo, el cambio de León a Galicia o a Asturias, o entre ambas, por poner un ejemplo, es igual de brusco; dudo que las diferencias culturales entre Cataluña y la Comunidad Valenciana sean para tanto, al fin y al cabo se trata de los Països Catalans, o como se escriba. Así que la excepción cultural catalana no es tan excepcional».

    En primer lugar, no creo que el cambio de Galicia a León, y mucho menos el de Galicia a Asturias sea tan brusco. A ver si nuestro común amigo Carballo le va a propinar a usted una colleja 😉

    En segundo lugar, esto de Països Catalans es un invento. Al menos en el ámbito político. Otra cosa es que se refiera al ámbito lingüístico que ahí sí es plausible. Pero querer hacer del ámbito lingüístico algo más que eso mismo -como pretende el nacionalismo catalanista- es, simplemente demencial. Ahora, dicho esto, vaya usted a Valencia y diga eso de que duda que las diferencias culturales entre Cataluña y la Comunidad Valenciana sean para tanto y más incardinando esa, según usted, escasa diferencia en lo de los Països Catalans. Igual le dicen cosas feas, que en este asunto son muy mal tomados ¿eh? Yo, por si acaso, aquí y ahora no voy a entrar ni salir en la cuestión, que luego pasa lo que pasa 🙂

    Y para terminar: «Por otro lado, no deja de sorprenderme que escriba usted Catalunya, Lleida y Girona, con lo bien que se maneja en castellano y lo poco que suele seguirle el juego a los hipercatalanistas»

    Usted perdone pero las grafías Catalunya, Lleida y Girona forman parte del nomenclator oficial español. Aquí tiene usted las tablas correspondientes del Instituto Nacional de Estadística (http://www.ine.es/nomen2/tabla.do) en las que podrá observar que, al contrario de lo que sucede en los topónimos catalanes de otras regiones (Alicante/Alacant) la traducción castellana no es oficial.

    Por tanto, escribir Cataluña, Gerona y Lérida es posible solamente en términos de traducción, pero no de transcripción. Yo no le doy mayor importancia a la cosa (si hurga, por «El Incordio» encontrará muchas Cataluñas, con «ñ» de «coño»); no se la dé usted. No vamos a pelearnos por ello.

    Otro saludo no menos cordial que el que dedico a don Rogelio.

  • Monsignore  On 22/09/2009 at .

    Mientras tengamos que seguir explicando que no por no ser del Barça tenemos forzosamente que ser del Madrid (hay quien, sinceramente, no lo entiende, ni en el ámbito futbolero ni en los demás), sino que, a lo mejor, somos del Betanzos o, simplemente, no nos gusta el fútbol, iremos mal.

    Los del Barça y los del Madrid.

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