Armagedón

De la serie: Otros mundos

Uno de mis sueños imposibles -física y metafísicamente imposibles- de antifutbolero furibundo, sería que los dos equipos de calzoncilleros más odiosos, es decir, los más potentes, pudieran enfrentarse y perder ambos y que cuanto más se enfrentaran más perdieran, llegando así a un bucle de frustración eterna, a la ruina y a la inmersión en mierda.

Pero ese sueño, ya digo que imposible en el mundo del calzoncillo, puede resultar realizable en otro ámbito, con la sola diferencia de que no estoy en absoluto seguro de si, en ese caso, en vez de un sueño podríamos estar ante una pesadilla.

Tenemos un grupo mediático importante -importantísimo- que me resulta profundamente antipático porque, ya desde la época de la transición, era el que marcaba lo que en este país era políticamente correcto y lo que no, el que decidía de qué se hablaba y de qué no, qué y quién tenía derecho a existir en la vida pública y qué y quién no. Recuerdo que se hablaba por aquel entonces de que los dirigentes de la UCD (en aquel momento en el poder) tomaban sus editoriales -claramente pro-socialistas- con muchísima aprensión porque pesaban un quintal.

Lo cierto es que, por encima de mis antipatías, debo reconocer que el buque insignia del grupo, el diario «El País» era -y sigue siendo- el periódico de referencia de una selecta y relativamente amplia intelectualidad de izquierdas -en órbita de partido o independiente- que tenía y utilizaba una importante capacidad vírica, es decir, la potestad de reproducir, de hacer de altavoz en otros medios de la corriente de opinión que «El País» generaba. Y utilizo los verbos en pasado por aquello de la referencia histórica, pero todo lo que estoy diciendo es aún perfectamente aplicable en tiempo de presente.

El grupo mediático -imponente, como he dicho- tiene ramificaciones en el mundo educativo, audiovisual, etcétera, constituyendo otro de sus más potentes brazos una cadena de televisión por satélite, con suscripción de pago más contenidos adicionales en régimen de pay per view.

Este grupo pasa en la actualidad por una situación financiera delicadísima -por no usar expresiones truculentas que quizá podrían, a pesar de todo, ser aplicables- por causas que se escapan a mi conocimiento; intuyo que Internet podría ser parte -no sé si grande o pequeña- de la causa porque, a cada día que pasa va contribuyendo de una manera más decisiva a cambiar los ámbitos de ocio y de información de los españoles, particularmente de los jóvenes y especialmente en lo que se refiere a la televisión. Digo así, a la buena de Dios, porque tampoco me he preocupado de analizar mucho la cuestión, hasta donde estuviera a mi alcance ese análisis.

De pronto, ese portaaviones mediático se ve traicionado desde la cúpula de su ahijado político, el PSOE, cuyo secretario general y presidente del Gobierno -más que el partido en sí- promociona nada menos que un grupo mediático, del que es titular principal un amiguete, Jaume Roures, para jaleo propio y personal. Mediapro -así se llama el grupo- lanza un periódico -«Público»- de un claro aire populista, con una orientación, desde luego, progre y políticamente correctísima, y con una marcada tendencia zapaterista; no mucho tiempo después, se le adjudica un canal de televisión, «La Sexta», con idéntica orientación que el tabloide del mismo grupo empresarial y que, de manera prácticamente inmediata entra en disputa -con ingentes cantidades de dinero sobre la mesa- por los derechos de los espectáculos deportivos más masivos, disputa en la que -no sin la obvia generación de rencilla e incluso pleitos judiciales- deja en la cuneta a la «Tele 5» berluscona (a la que arrebata la Fórmula 1, popularísima desde la aparición de la figura estelar de Fernando Alonso) y a la propia «Digital Plus», del grupo PRISA.

El colmo total llega cuando, mediante decreto-ley y no por ley ordinaria sometida a debate parlamentario, Zapatero instaura por las buenas la televisión digital de pago, en obvio regalo a «Gol Televisión», el canal ad hoc de Mediapro.

El torpedo ha ido a la misma línea de flotación de PRISA (si no bajo ella: Digital Plus es su activo más importante) y «El País» desencadena una campaña feroz contra Zapatero, con dos editoriales de gran calibre en esta misma semana, que causan desazón en el seno del PSOE y que consiguen el efecto quizá buscado por PRISA: causar inquietud en ámbitos afines al felipismo, ya escaldados por el descabalgamiento a que les ha sometido la peña de Zapatero, y que haya ruido de sables en el partido.

La pregunta es: ¿qué podemos ganar los ciudadanos con esto?

A efectos de pura política barriobajera, nos lo estamos -me lo estoy- pasando en grande: dos de los elementos más antipáticos de este país, PRISA y el zapaterismo, andan a la greña sin otro resultado posible, según se va viendo, que un desgaste para ambos. PRISA está ahogada en deudas cuyos vencimientos han sido reiteradamente prorrogados y los acontecimientos no parecen soplar muy a favor de la predisposición de los acreedores a más prórrogas, si bien yo diría que a éstos tampoco les interesa nada que el grupo PRISA naufrague y sea puesto en liquidación sin más; Zapatero y sus esbirros, siempre con un ojo puesto en las encuestas y el otro en el corto plazo, no pueden estar pasándolo nada bien con esta campaña en contra sostenida desde lo que todavía hoy es el medio más importante y más influyente del país, con escoltas nada desdeñables como una cadena de televisión en abierto -«Cuatro-» y una cadena de radio, la SER, que si no es líder de audiencia, no andará lejos del primer puesto. «Público» y «La Sexta» no tienen aún, ni de lejos, potencia suficiente como para contrarrestar el apabullante fuego de PRISA.

Pero más allá del puro y simple placer sensorial, la situación es bastante preocupante, porque estamos inmersos en una crisis grave, una crisis que algunos dicen que podría llegar a exigir reformas importantes en el modelo económico mismo, que a España la afecta de una manera mucho más profunda que a otros países porque, a diferencia de éstos, no tenemos un sólido respaldo productivo -los capitales ingentes se mueven aquí en especulación coyuntural- y necesitamos más que nunca, un liderazgo fuerte. De cualquier línea ideológica, pero alguien que sepa qué es lo que quiere para este país y tenga la energía necesaria para llevarlo férreamente a término.

Desde luego, Zapatero está a una distancia astronómica de constituir este liderazgo. No ha estado jamás cerca de él, pero ahora, en esta situación de acoso y de rebomborio interior en su partido, menos aún que nunca. Y si miramos al porvenir, la cosa no puede ir más que a peor, por lo menos políticamente. En lo económico, quizá las locomotoras europeas nos saquen del marrón -más lentamente y en peores condiciones, desde luego-, pero seguiríamos necesitando de un caracterizado liderazgo para emprender las reformas de fondo que resultan imprescindibles para que nuestra economía resulte presentable y dispongamos de un fondo de armario productivo que nos permita capear en mejores condiciones crisis de este estilo. Porque vendrán otras en el futuro, es pura dinámica capitalista.

Los partidos de cierto peso en la oposición -aparte del PP- la mayoría de los cuales, para mi vergüenza, son catalanes, en vez de resolver la situación provocando una crisis de gobierno y forzando un anticipo electoral, juegan, por el contrario, a arrimar el ascua a su sardina intentando -y consiguiendo- sacar tajada de la debilidad de los zapateristas. Y aún seria no plausible pero sí disculpable o, como mínimo, comprensible, si esa tajada fuera para Cataluña -a la salud de Nubian, él ya sabe 🙂 – o para el País Vasco, pero ni siquiera eso: es para sus pútridos intereses de partido, para sus propios resortes de poder.

Su única disculpa posible es que en el PP tampoco se encuentra ese liderazgo. Rajoy no supera en penosidad a Zapatero, pero no le anda lejos; tiene la casa llena de mierda -ellos, que se han pasado años clamando contra la corrupción socialista- y ni siquiera puede o sabe tomar medidas contra los que tienen el culo sucio. La calidad de su equipo sólo difiere del de Zap en una clara superioridad académica y cultural, pero poco más: son también apparatchiks, gente de maquinaria de partido que nunca ha dado palo al agua fuera de éste (incluso los que tienen una plaza funcionarial por oposición parecen haber solicitado la excedencia cinco minutos después de la toma de posesión). Y es que esto de la gente de aparato parece la maldición de la política española actual. Si otrora tuvimos políticos formados en la idea de que un país se gobernaba como un cuartel, los de ahora viven convencidos en que el país se gobierna como a la maquinaria de un partido político; en esto de ahora, no hay guardias de la porra como en lo de antes, pero los parámetros esenciales no son muy distintos.

Si no fuera porque este país sólo sabe hacer catarsis sobre montañas de muertos -de asesinados, más propiamente- desearía de verdad que hubiera un terremoto político de los buenos, de los que afectan a los más profundos cimientos del sistema; pero como conozco el paño, no me queda más remedio que entonar el virgencita, que me quede como estoy.

Pero sí está claro que así no podemos seguir, que, desde el origen ideológico que sea, hace falta una política planificada y ejecutada desde el rigor y desde la profesionalidad. En este momento, no tenemos más que a mindundis acaparando el arco parlamentario en toda su amplitud, lo cual añade al vamos mal un aún peor no hay alternativa. Y los primeros que debemos tomar conciencia de las cosas y dejarnos de mierdas y de prejuicios estúpidos somos los ciudadanos, que votamos con el culo. Nos dejamos llevar por el temor o el odio a la derecha o a la izquierda o por el amor desmesurado y fanático (ergo carente de análisis) por cualquiera de los dos, inconscientes (o en una ignorancia deliberada) de que tal derecha y tal izquierda no existen como tales. Ignoramos -o queremos ignorar- que entre un PP y un PSOE no hay diferencias sustanciales, sino el mejor o peor trato a unas minorías -numéricamente ínfimas y cada cual la suya- que, de todos modos, van a sufrir también la pestilencia de una política de mierda a la que ni siquiera se puede llamar así. Los ciudadanos españoles tenemos que empezar a plantearnos dejarnos de siglas y de colores y empezar a exigir propuestas concretas a problemas concretos y dejarnos de milongas de si el abuelo fue militar republicano, periodista franquista o picador allá en la mina. En vez de tanta memoria histórica de unos y de otros (sobre todo porque está deliberadamente mal planteada y peor entendida) tenemos que exigir, a quien sea, profesionalidad y eficacia.

Librarnos de esa chusma de políticos de mierda sólo está en nuestras manos. No va a venir Batman a quitárnoslos de enmedio para ponernos a un Churchill. Y menos, gratis.

No hay más cera que la que arde.

Actualización (22:30)

A toro pasado, he leído este artículo de José García Domínguez en «Libertad Digital». No es que lo suscriba íntegramente o, por lo menos, no sin algunas matizaciones, pero se aproxima bastante bien a la idea, a mi modo de ver. Recomiendo su lectura, sí.

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