Salvando la neutralidad

De la serie: Correo ordinario

Muchas veces he hablado aquí de las ganas que tienen muchos de controlar Internet. Pero hemos orientado ese control, principalmente, al ámbito político y al ámbito apropiacionista, sobre todo alrededor de la constante carraca de la propiedad intelectual. Alguna vez también he hablado de la neutralidad tecnológica pero, asimismo, la mayoría de las ocasiones lo he hecho para combatir lo que entiende Micro$oft por neutralidad tecnológica: que las administraciones públicas, a la hora de diseñar su equipamiento informático, lo hagan de manera que no sólo pueda Micro$oft acceder al concurso que otorgará la licitación sino que, además, solamente Micro$oft pueda acceder a dicho concurso. En fin, todos los activistas del software libre tenemos percebes en los cataplines de tanto ver cómo la práctica totalidad de las administraciones públicas (unas más que otras, pero casi todas) convocan licitaciones absolutamente fraudulentas (indudablemente fruto de una situación de corrupción endémica) a las que solamente se puede concurrir con productos Micro$oft, empezando -sobre todo- por los propios sistemas operativos, que siempre son Window$ sin que haya lugar a opción alguna.

Pero hay otro aspecto en el que el control de la red y el concepto de neutralidad tecnológica se tocan. Y este lo he tratado poco en «El Incordio»; no es que lo haya ignorado totalmente, pero lo he tratado poco. Vamos a ver si le ponemos remedio a esta carencia empezando desde ahora mismo.

Desde la eclosión de Internet, desde que las compañías de telecomunicaciones vieron que eso de la internés era mucho más que un pelotón de frikis chateadores y arriesgadores de su dinero (así nos definió a los internautas en 1997 el inconmensurable Juan Villalonga, entonces presidente de Telefónica y otrora compañero de pupitre de Aznar), estas corporaciones han ido barruntando que, habida cuenta de que toda la información que circula por la red pasa por sus líneas y que, incluso a nivel global, el número de corporaciones de este tipo es lo suficientemente pequeño como para constituir un sabroso oligopolio, hay ahí muchísima pasta a ganar, sobre la base de que el amo de la autopista puede controlar el tráfico como le dé la gana. A partir de ahí, siguiendo con el ejemplo viario, se les ocurrió que podían compartimentar la autopista en varios carriles: uno de vehículos lentos, otro de vehículos algo ligeritos, otro de vehículos rapiditos, otro de vehículos realmente rápidos y otro para vehículos de velocidades de vértigo, o más o menos; y pensaron que a cada carril podían ponerle un peaje distinto, y que ese peaje les podría reportar dinero por varias vías: la primera (que ya existe), consistente en hacer pagar al usuario tanto más cuanto mayor sea el ancho de banda que se le suministra (velocidad de circulación y volumen de datos por unidad de tiempo, en definitiva); la segunda, hacer pagar un canon o tarifa a las empresas y entidades interesadas en ser circuladas por carriles más rápidos; la tercera, en hacer pagar al usuario por paquetes premium, es decir, la velocidad de su conexión no sería uniforme sino condicionada al tipo de información que requieran y, así, el acceso a un determinado contenido podría ser más rápido y ágil en función del plus que por esta agilidad pagaran a la teleco (por ejemplo, obligar a pagar más si se quiere que Google funcione ágilmente y no a paso de tortuga reumática).

Evidentemente, esas pretensiones supondrían la muerte de la red tal como la conocemos y, probablemente, la muerte de la red para cualquier uso útil. Con el tiempo, las telecos acabarían dándose cuenta de que manipular los contenidos equivale a matar a la gallina de los huevos de oro, pero para cuando se dieran cuenta en daño causado sería gravísimo y quizá irreparable. Además, todo este proyecto implica controlar el tráfico, intervenirlo, lo cual constituiría un atentado gravísimo contra la privacidad, contra el secreto de las comunicaciones y, en definitiva, contra los derechos humanos. Pero, por otra parte, la idea les resulta complementariamente muy útil a los talibanes del apropiacionismo (las redes P2P serían lo primero en verse bajo carísimas tarifas premium que pagarían el correspondiente y enésimo canon a los del diezmo medieval), al sistema político por la facilidad de obtener información masiva de la privacidad ciudadana y al mediático porque los foros, el espacio web para bitácoras y similar y, en general, cualquier espacio de intercambio cívico, serían también fuertemente penalizados económicamente, con lo que sólo serían asequibles para las potentes coporaciones mediáticas o para los políticos fuertemente armados de dinero público y sólo ellos podrían disponer de amplios espacio en la red mientras los ciudadanos quedarían reducidos a minúsculos y ocultos rinconcitos. Este panorama nos llevaría, simplemente, de vuelta a una sociedad analógica; con instrumentos digitales, pero con morfología analógica. De nada sirve la red -en relación al ancien régime– si sólo PRISA o Mediapro -para entendernos- pueden hablar en ella.

Y esta es la piedra en el zapato que sufren las telecos y el apropiacionismo: es verdad que forman ambos espacios de influencia económica potentísimos, pero no lo suficiente -ni de lejos, afortunadamente- para que ellos solitos constituyan la economía mundial en sí misma. Y este panorama descrito en los dos párrafos anteriores supondría, sencillamente, el fin de la globalización económica, que necesita como el aire que respira -de hecho, respira ese mismo aire- de unos canales de comunicación anchos, amplios y abiertos. Y, amigo, la globalización supone un negocio enorme, ciclópeo para montones de corporaciones que, en conjunto, son muchísimas veces más grandes que todas las telecos y todo el audiovisual juntos.

En este contexto, no sorprende que a finales de mayo de este año, Barack Obama, el presidente americano, disparara un potentísimo torpedo contra la línea de flotación de las telecos y del resto de interesados en hacerse con la red interviniendo la información, cuando declaró: «Permítanme también ser muy claro acerca de lo que no haremos. Nuestra búsqueda de la ciberseguridad no incluirá -repito, no incluirá- la monitorización de redes privadas sectoriales o del tráfico de Internet. Preservaremos y protegeremos la privacidad de las personas y las libertades civiles cuya existencia celebramos como americanos. Es más, mantengo completamente firme mi compromiso con la neutralidad de la red para que podamos mantener Internet como debe ser: abierto y libre». Imagino que a Francisco Ros, el submarino de Telefónica en el Gobierno y uno de los máximos peligros para la neutralidad en red de este país (llegó a amenazar con retirar la LISI del trámite parlamentario si incluía este concepto) recibiría las palabras de Obama como un puntapié en las mismísimas gónadas.

En coherencia con estas palabras, Julius Genachowski, presidente de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) norteamericana, ha propuesto a ese organismo la formalización de las cuatro reglas que ya existían de facto en esta materia (derecho a acceder libremente a los contenidos lícitos, derecho a ejecutar aplicaciones y servicios legales a libre elección, derecho a conectar libremente a la Red cualquier dispositivo legal que no la dañe y derecho a la libre competencia entre proveedores, sean de la propia red, de aplicaciones, de servicios o de contenidos) y añadirles otras dos:

1) Prohibición a los proveedores de acceso de discriminar según el contenido o la aplicación concreta
2) Obligación de los proveedores de ser transparentes sobre la política de gestión de las redes que implementen.

Recomiendo la lectura íntegra del discurso de Genachowski, al que podéis llegar vía el enlace a la Asociación de Internautas que ofrezco un par de párrafos más arriba.

La FCC decidirá definitivamente en octubre y cabe imagnarse el baile de presiones que habrá en el ínterin, pero las palabras de Obama fueron claras y terminantes por lo que, aunque nunca cabe confiarse del todo, parece que esto es pescado vendido.

Lo más gracioso es que, además, todas las maniobras de varios sinvergüenzas -que aún colean- para desarzonar la famosa enmienda 138, que consagra, entre otras cosas, la neutralidad en red en la Unión Europea, se queda con el culo al aire y al aire, además, más bien fresco. La puñalada que supondría para la economía europea una red mediatizada mientras la norteamericana -y la del resto del mundo- discurre por amplias autopistas de libertad, sería mortal de necesidad. Y, posiblemente, tecnológicamente difícil de sostener.

Son, pues, buenas noticias. Con reservas. No está todo atado y bien atado aún y todavía podríamos llevarnos un susto o un disgusto: todo esto contraría a intereses muy poderosos y nuestra única suerte es que favorece a otros intereses presumiblemente más poderosos aún. No sin constatar, pese a tanta suerte, que ya es triste que los intereses de la ciudadanía, que son los únicos verdaderamente limpios en todo esto, queden supeditados a intereses minoritarios y particulares. Si la neutralidad en red se salva finalmente, no será por atender al interés de los ciudadanos sino al de un tinglado económico.

Una simple cuestión de suerte.

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Trackbacks

  • […] Podría extenderme bastante defendiendo la importancia de que la neutralidad de la red se respete en todo momento -al menos si queremos que Internet, tal y como la hemos conocido, tenga continuidad en el futuro-. No obstante, creo que Javier Cuchí lo hace con claridad meridiana en esta entrada de El Incordio titulada Salvando la Neutralidad. […]

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