Monthly Archives: octubre 2009

Así se escribe la historia

De la serie: Correo ordinario

Hoy me he topado con una de esas de las de coger y escribir una carta al director del periódico correspondiente. Finalmente he desistido. Por dos razones: una, porque desde que tengo bitácora ya no necesito escribir cartas a ningún periódico; y otra porque me niego a someterme de manera infamante al criterio de vete a saber quién decidirá que la carta se publique o no y que se reserve -y utilice prolijamente- el derecho de recortar y modificar.

Me ha venido el impulso al leer en «El Periódico» de hoy una noticia firmada por un tal Juan Ruiz Sierra y que dice mucho -y nada bueno- de la capacidad profesional del tal Ruiz.

La noticia se refiere al Free Culture Forum que inició ayer su andadura con la intervención de un nutrido grupo de panelistas de reconocido renombre, por lo menos en el entorno de esta temática, y que continuará prolongándose hasta mañana ya en fase de debates, conclusiones y redacción de un manifiesto. Creo que con estas pocas palabras queda claro el perfil del evento: tres jornadas de estudio, de reflexión, de debate y, en fin, de trabajo.

Pues bien, pese a haber asistido a la sesión de ayer (presumiblemente porque, de otro modo, la cosa sería intolerable) Ruiz lo ve de esta manera: «El Free Culture Forum, publicitado como “el mayor evento de la cultura libre de todos los tiempos”, apenas reunió ayer en Barcelona a unas 300 personas. Es un número modesto si se toma en cuenta lo ambicioso del punto de partida, la popularidad de las ideas que se defienden —el intercambio de archivos y conocimientos sin restricciones en internet— y lo mucho que en España se practican las descargas no autorizadas». En lo único que acierta -más o menos- es en la cifra de asistentes; en lo demás, se hace de la picha un lío por completo.

El primer lugar, «el mayor evento de cultura libre de todos los tiempos» es el reclamo divulgador no del Free Culture Forum sino de un evento que se había celebrado la víspera, el jueves por la noche, en la sala Apolo, que era la entrega, en su segunda edición, de los premios óXcars. Y ahí no estuvieron 300 personas, sino muchísimas más. No soy especialista en numerología manifestativa ni en la medición de superficies a ojo, pero la sala Apolo estaba llena a rebosar -yo, que no soporto las aglomeraciones, lo pasé francamente mal- y no cabía ni un palillo más ni en la planta baja ni en el piso superior. No sé cuánta gente representa eso, pero más, muchos más, de 300, seguro. El acontecimiento de esa noche puede verse bastante bien reflejado en la web de la AI que reproduce una crónica de Eva Belmonte en «El Mundo».

En segundo lugar, escribir -en clara sorna- que 300 asistentes al FCF es un número modesto significa que el Ruiz este no se ha enterado de que no se trata de un acontecimiento de masas -que no pretende ni puede, por su propia naturaleza, pretender ser- sino como queda dicho, unas jornadas de trabajo. Y, en este contexto, 300 es una cifra muy habitual y muy adecuada para este tipo de eventos. No sé si Ruiz tendrá mucha costumbre de asistir a ellos; quizá debiera hacerlo y podría ser que aprendiera algo.

Pero nuestro héroe mediático continúa: «Aquí la palabra clave, equívoca y sugerente, es free, libre en inglés, tanto en el sentido de ausencia de límites como de gratuidad, y los participantes la usan como si fuera su más íntimo mantra». Y ahí demuestra que no estaba mucho por lo que se hablaba porque el concepto de gratuidad es, salvo en algunos aspectos básicos y elementales, secundario. En general -y de forma claramente prioritaria (ya lo verá en las conclusiones si se toma la molestia de leerlas)- se habló de libertad, porque en muchos aspectos de las diversas intervenciones, se diagnosticó el problema de la distribución, cuyos circuitos están mayoritariamente bloqueados por el apropiacionismo, y se estudió -y se sigue estudiando- la financiación de los contenidos libres, porque la producción sí tiene unos costes -en algún caso, como en el del cine, elevados- y se trata de resolver este problema. También se estudió -muy obvia y lógicamente- el problema de la propiedad intelectual como elemento creador de una escasez de aquello que no es intrínsecamente escaso -como el propio conocimiento, la propia creación- a base de fomentar sin escrúpulo alguno la corrupción política a todos los niveles en el ejercicio de un enorme poder económico -y consecuentemente en el estalecimiento de lobbys potentísimos- y, en este ámbito, no sólo se hizo referencia al sector de la creación artística sino también, por ejemplo, al de la industria farmacéutica o al de la edición científica, que atenaza bajo copyright la investigación científica generada con dinero público (o sea que, cuando menos en este caso, sí estamos ante un robo en toda regla y con todas las letras).

Como puede verse, no se trató de una efusión general del todo gratis, como parece decirnos Ruiz, en mosqueante coincidencia con el sonsonete preferido por las discográficas y por las entidades de gestión, ni de una kermese de las descargas (aunque, sí, también hubo algunos minutitos aquí y allá dedicados a ellas).

En el resto no entro porque son simples valoraciones de ese elemento y el registro que utiliza lo dice todo, así que cada lector que juzgue por sí mismo.

Lo que sí está claro es por qué la prensa convencional está en unas horas bajas de las que difícilmente levantará ya cabeza. Cada vez que un medio suelta una patochada como esta, varias decenas de personas -no me atrevo a decir centenares pero, en fin, las cifras las tiene el contable- deciden no volverse a dejar un céntimo en ese medio (y de rebote, a muchos de los demás). Cuando muchos medios que se dedican al cepillado de los intereses de las empresas editoras en vez de servir al lector con noticias fidedignas que reflejen la realidad de los hechos y no los dicharachos de un medio becario, cuando esos medios, digo, se vayan al garete -muchos ya se están yendo- a ver si viene la $GAE a agradecerles los servicios prestados salvándoles de la quema.

Estaré ahí para verlo atenta y gratamente.

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Servet, COI y bombillas

De la serie: Los jueves, paella

Se cumplió anteayer, martes, el aniversario de la muerte de Miguel Servet en la hoguera. Una muerte sobre la que hemos dado por buenas -yo también- muchas leyendas. La primera, la de que Servet murió por sostener tesis científicas, por descubrir la circulación de la sangre y divulgar el descubrimiento. Nada más falso: Servet, además de científico, era astrólogo y teólogo (o sea que hoy sería un magufo de caballo e incluso en aquella época fue criticado por predicar el pronóstico del futuro a través de los astros) y en su obra estableció que lo de la Santísima Trinidad era una patraña como un piano (y lo dijo, además, con palabras muy duras y sin ambages de ningún tipo), cosa que al reformismo calvinista le sentó como un puntapié en los higadillos y de ahí vino verdaderamente el churrasco, sin que la sangre tuviera nada -o demasiado- que ver. Esto lleva, además a la segunda leyenda, esta vez no redondamente falsa, pero sí muy manipulada. A Servet lo quemaron los calvinistas, los herejes (al decir católico), los protestantes: la propia Iglesia católica lo ha proclamado a bombo y platillo («¡no fuimos nosotros!»); y es rigurosamente cierto; lo que la Iglesia católica no dice -y también es rigurosamente cierto-, es que Servet envió un ejemplar de la obra que contenía su teoría teocrático-unitarista al obispo de Zaragoza, el cual, doctrinalmente aterrorizado, denunció el asunto a la Inquisición. A Servet lo quemaron los calvinistas porque fueron quienes le pillaron primero, pero en España estaba, por decirlo de alguna manera, en busca y captura y si le hubieran llegado a echar el guante, la parrillada de Servet hubiera ido a cargo de los papistas.

Servet no fue, por tanto, una víctima por causa de la ciencia, por causa del pensamiento racional; Servet murió por hereje, según la visión calvinista, y no creo que le hubiera ido mucho mejor a la luz -o a la sombra, casi mejor- de la visión católica. Andar a vueltas con que si Dios -en su caso- es uno o son tres, tiene más que ver con jugar a los chinos que con la ciencia. En todo caso -y eso sí que se concluyó poco tiempo después de su ejecución- fue una víctima simbólica (simbólica no por haber sido ni la primera ni la última, pero sí una bien sonada) por causa de la libre expresión de las ideas.

También estos días leía en los medios sobre dos atentados gordos; uno en Bagdad, con mucho más de un centenar de muertos, y otro ayer, en Peshawar -Pakistán- con ochenta y pico. Las cosas a lo grande, y por mucha dinamita nunca mal estampido y toma chacinería de tamaño descomunal. Una compañera de trabajo me preguntaba hace unos minutos que por qué pasaba esto, si estaban todos locos o qué. Y, la verdad es que, desde luego están -estamos- todos locos y, además, los motivos son muchísimos, en parte de los cuales los occidentales tenemos mucho que ver; tenemos mucho que ver porque todos esos países no se han formado por el curso natural -como si dijésemos- de la historia sino porque un día llegamos nosotros, los europeos (así, en general) y nos repartimos medio mundo como nos dio la gana; y después, cuando nos fuimos, lo dejamos dividido como nos dio la gana, sin tener en cuenta lenguas, etnias, culturas, economías, geografías, sin tener en cuenta nada que no fuera el beneficio de nuestros negreros o de nuestros explotadores de otras mercancías, gentes y recursos; si a eso añadimos que nuestra tecnología es invasiva -no se la pueden quitar de encima ni queriendo- y que sus contenidos chocan frontalmente con mucha frecuencia contra sus concepciones culturales y/o religiosas (la pornografía, la homosexualidad, la igualdad de la mujer, por ejemplo -y sin que su igual mención suponga equiparación ética a nuestros efectos- son conceptos muy rompedores para ellos), ya tenemos el desequilibrio servido.

Pero aún hay más, claro está. El avance humanístico de Occidente, si hacemos abstracción de fruslerías como la guerra atómica, bacteriológica o química, de la impune destrucción mediambiental y de otras lacras que están en la mente de todos, es muchísimo mayor que el de otras culturas, especialmente que la cultura islámica. O, dicho de otra manera, y en relación a nosotros, la cultura islámica aún no ha pasado de la Edad Media. Por tanto, vive en una época de desarrollo axiológico en la que es totalmente legítimo cepillarse al prójimo porque piensa de manera distinta a lo establecido, porque tiene otra religión o, lo que es aún peor, porque es un disidente de la propia. Si lo hacíamos los occidentales en pleno Renacimiento e incluso el absolutismo ilustrado llegó a pillar alguna que otra parrillada (por no hablar de ahorcamientos, agarrotamientos, fusilamientos y otros entos igualmente luctuosos), podremos comprender perfectamente que para ellos es absolutamente normal -en su día, también lo fue para nosotros- cargar un coche con una bomba y lanzarlo contra un mercado en el que compran, mayoritariamente, seres humanos a los que se ha rebanado el prepucio en un angulo distinto al que determina el profeta de turno, lo cual los convierte en gente vil, en calandrajos inmerecedores de seguir viviendo. Herejes, mala gente.

¿Sorprendente? Pues no tanto. Es solamente una cuestión de proporciones, no de conceptos. Reventar a un centenar de seres humanos es una bestialidad, pero el hecho intrínseco de hacerlo porque piensan distinto es, a nuestros ojos actuales, de occidentales del XXI, tan normal como en una sociedad islámica o en la nuestra de hace seiscientos años. Y después de todo, hoy día el papa se carga -canónicamente- a los disidentes, los partidos se cargan -políticamente- a los que discrepan del cacique y, en general, en todas las manifestaciones de nuestra vida cotidiana, el que se mueve no sale en la foto, el que no piensa como yo es un cabrón que no merece ni agua.

Todos los días estamos quemando a Servet todas las sociedades del mundo. Unos con dinamita y otros denegando subvenciones, que parece más civilizado pero es conceptualmente igual de bárbaro.

Así que no sé qué tiene de extraño lo de Bagdad o de Peshawar.

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Leía ayer un artículo del magistrado José Antonio Martín Pallín que también era digno de reflexión. Los jueces está periodísticamente muy activos y lúcidos esta semana. Se refiere Martín Pallín al penoso y degradante espectáculo de tres jefes de Estado y uno de Gobierno dedicándose a lamer las almorranas a una pandilla de vagos y de apoltronados (no, no son creadores, hoy hablo de otra cosa… no muy distinta) como son los miembros del llamado Comité Olímpico Internacional unos tíos que tienen atribuida la patente de los juegos olímpicos, la calzoncillada esa que se celebra cada cuatro años.

Martín Pallín, además, no entiende -como yo no he entendido nunca- que (reproduzco literalmente) una ciudad o un país ponga todos sus esfuerzos económicos, políticos, diplomáticos y dialécticos al servicio de un objetivo tan banal como lograr que unos Juegos Olímpicos marquen un antes y un después en el proyecto vital y económico de una sociedad. Exacto y demoledor. Yo tengo para mí que uno de los signos inequívocos de subdesarrollo de un país es que una de sus principales ciudades necesite una de esas estúpidas cuchipandas para (vuelvo a citar literalmente, lo de Pallín y yo parece telepático) realizar obras de infraestructura, mejorar las comunicaciones, elevar el rango de nuestra hostelería y mejorar la oferta cultural y de ocio. ¿No es capaz Madrid de ser -o de seguir siendo- una ciudad moderna, competitiva, plenamente europea, por sus propias dinámicas, por su propio esfuerzo y quehacer diario? Barcelona ya sabemos que no, que su triste y cutre administración -secularmente, esto ya viene del XIX- es tradicionalmente incapaz de imprimir un ritmo de progreso con el esfuerzo cotidiano y con la laboriosidad de su sociedad (tradicional, según dicen) sin el empujón de algún número de circo: dos exposiciones universales, un congreso eucarístico (la leche de lo kitsch), unos juegos olímpicos, un fòrrum de baratillo o el invento de un silicon valley local de protección oficial al aroma de botifarra amb seques con nombre que parece inventado por los nenes de la ESO. Y aún se podría hablar mucho -y mal- de no pocos aspectos de los presuntos progresos. Pero… ¿Madrid? ¿Chicago? ¿Tokyo?

Dice la lógica que tendrían que ser estos tíos -los del COI- los que se dedicaran a ir por el mundo mendigando acogida para su guateque calzoncillero tetranual, los que ofrecieran a alcaldes y estadistas prebendas y sinecuras para uso y disfrute público -o privado, visto lo que hay- y pidieran por caridad a la ciudad anfitriona que cediera alguna triste molécula sobrante de su lustre, de su tradición, de su historia, a la gachupinada del mens putrefacta in corpore insepulto. Pero vivimos tiempos ideológicamente tempestuosos, vivimos en una especie de mundo sórdido y capón que en sus buenos tiempos edificaba maravillosos templos a las ideas y hoy -toma teoría de la evolución por la selección natural, es para volverse creacionista, joder- edifica campos de fútbol a la vesanía de la pelota. Ni pontífices, ni vestales, ni papas, ni la mismísima hostia: los sumos sacerdotes del mundo de hoy son un tal Florentino y otro fulano que se quita los pantalones cuando se cabrea.

Pero ahí tenemos al presidente de los Estados Unidos, al rey de España y al presidente del Gobierno japonés riendo las gracias y aguantando impertinencias de unos elementos absolutamente insolventes e impresentables. Y pagando el gasto (de nuestro bolsillo, obviamente). Del brasileño no digo nada porque a tal señor, tal honor, ya lo arreglarán los de las favelas.

Sic transit gloria mundi.

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Iba a escribir en esta bitácora de hoy sobre un fenómeno tan extraño que roza lo asombroso: a dos o tres días de Todos los Santos y aún no hay luces de Navidad instaladas, cuando menos en mis circuitos habituales. El años pasado ya las había por el Pilar. Y, en estas, me entero de que este año el achuntamén echa la casa por la ventana porque quiere la Navidad barcelonesa como una luminaria, de forma que el presupuesto de este año para el asunto va a irse a los dos millones de euros: un millón que pondrán los comerciantes y el otro millón entre los patrocinadores hasta donde lleguen (sic) y el achuntamén para cubrir lo que no alcance el patrocinio. O sea que por eso no estaban aún colgadas: este año debe cambiar el sistema de adjudicación del asunto o se habrá retrasado por causa de la replanificación de la cosa.

El objetivo es que este año haya más luz (mucha más luz, como decía el antiquísimo anuncio de las bombillas Osram), más horas de iluminación y más vías iluminadas. Je, se nota que el ambiente ya huele a elecciones; aunque aún falta un buen año y medio para las municipales, los números de las encuestas tienen muy preocupada a la sociatada que, por primera vez en casi treinta años, podría perder la alcaldía de Barcelona a manos -no os riáis, que es muy serio- de una coalñición CiU-PP. Por eso Hereu va desesperado -imagino que tocándole las narices a Moratinos un día sí y otro también- para que se aceleren por lo menos en Marruecos las normas que permitan el voto español en las elecciones locales de allá, para que la colonia marroquí de Barcelona pueda votar, que aún no puede por aquello de la reciprocidad. En estos momentos, podrían votar unos 50.000 inmigrantes y ese colectivo es estimado como un yacimiento de la izquierda, pero está por ver si eso es cierto y está por ver también el nivel de participación, aunque imagino que ésta será potentemente incentivada desde instancias municipales -es decir, con la pasta de todos los ciudadanos- a beneficio del apalanque de lo actual. Veremos, porque el cabreo ciudadano aumenta en Barcelona, como quien dice, a cada crucero que atraca y bien pudiera ser que, aún votando en masa y votando sociata, 50.000 votos -que son votos, ojo- resultaran incluso insuficientes. Depende del comportamiento electoral de la ciudadanía aborigen.

¿Va a ser Barcelona una luminaria navideña al estilo de Madrid? Lo dudo. En Madrid no están para patochadas y tiran de incandescencia que se las pelan; aquí, con los de Iniciativa y largo etcétera con mando en plaza, está el achuntamén lleno de sostenibles y me da a mí la impresión de que, aunque haya más mandangas colgadas, las mandangas serán de estas de bajo consumo que logran el efecto justamente contrario al que pretenden, o sea, que confieren a las calles presuntamente beneficiadas un aspecto deprimente como para abrirse las venas en canal.

En el apartado gracioso, el tema de los conos metálicos y ecológicos a pedales del año pasado (llamados -no sé por qué- árboles), que tanta risa nos hubiera dado a los barceloneses -la exhibición ostentosa de la gilipollez munícipe-sostenible es cómica por grotesca- se esconde vergonzantemente (con lo que nos sorprendemos descubriendo que el en achuntamén a alguien le queda vergüenza en alguna medida); los dos árboles que van propiamente a pedales -tal como suena- irán a parar al Salón de la Infancia, a ver si la chiquillería se los carga de una vez, y los otros cuatro, que van con baterías, se repartirán por los barrios (que es la manera fina de decir que los quitan de enmedio); mi distrito -que no mi barrio, afortunadamente, ha sido galardonado con uno de esos bodrios, que será colocado en un equipamiento denominado Can Fabra (antes había sido la fábrica de las Hilaturas Fabra i Coats).

Pero el achuntamén no iba a dejarse de cachondadas, no; esconde los, bueno, los árboles, pero va a instalar veintitantos galets luminosos gigantes a razón de uno por distrito y el resto en el centro. Para los no catalanes, aclararé que un galet es una pieza de pasta para sopa muy típica de la Navidad catalana que en el resto de España (bueno, y aquí también, cuando se hace en castellano) se comercializa con el nombre de tiburones. Es una extraña asociación de ideas, pero, bueno, así es la cosa.

Los galets son de buen tamaño. Si el redactor expresó bien la cosa y no estamos ante la habitual cagada del becario, cada pieza tendrá dos metros de altura, lo que hace la pieza francamente grande si tenemos en cuenta que esa altura se mide -si yo lo he entendido bien y/o el otro se expresó correctamente- con el bicho acostado. Le doy vueltas a la idea y me imagino que es pifia de becario: deben ser dos metros de longitud -que no son mancos- y, calculando las proporciones, la altura -mirando la pieza acostada- será, calculando a ojo, de algo más de un metro. Sigue siendo un adminículo grandote, pero de proporciones más razonables. Bueno, el cacharro en cuestión será traslúcido -más o menos y según me parece entender o poder deducir- y estará iluminado en su interior.

A la que pille uno, foto al canto y os la cuelgo aquí, eso está hecho…

Y, por lo demás, ahora que releo todo esto, pediros mil disculpas, por escribir tantas veces la infausta y clerical palabra Navidad. Hubiera debido escribir «Temporada de asueto determinada, al decir de los gilipollas, por el solsticio de invierno».

Que queda más propio.

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Damas y caballeros, yo ya he cumplido por hoy. La próxima paella será, salvo imprevistos, el próximo jueves día 5 de noviembre, así que quedáis citados para esta fecha (sin perjuicio de que, en el ínterin, continuéis acudiendo a «El Incordio», no jodamos, que si no viene parroquia el patrocinador se cabrea).

Buen provecho a todos.

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Transiciones

De la serie: Correo ordinario

A mí el circo no me va ni poco ni mucho, nunca ha sido, ni siquiera de niño, mi espectáculo favorito. Pero algunos números propios del circo, en cambio, sí. Por ejemplo, el trapecio. Y hay un momento en el trapecio en todo parecido a aquel «denso instante adrenalítico» que describía Tom Wolfe: el momento el que el trapecista principal (no sé cómo se llama propiamente) salta desde su balancín para, tras varias piruetas, ir a cogerse de manos con el portor (ese sí que sé como se llama) que lo está esperando. Ese momento angustioso (para el público) y, efectivamente, adrenalínico (para el acróbata) en que abandona la -relativa- seguridad de su columpio y se lanza en pos de otra -no menos relativa-, ese momento en que el hombre depende, sin que haya más que decir, de la pura y simple inercia, de que haya tomado el impulso exacto.

Este mundo todavía naciente a las TIC está en un momento parecido. Todo es incertidumbre: los viejos modelos se desmoronan, pero todavía no vemos consolidados a sus sustitutos… si es que van a llegar a serlo. Estamos en el aire, hemos saltado desde un trapecio pero todavía no sabemos a qué portor llegaremos; peor aún: no sabemos ni siquiera si hay portor más allá del salto y, si lo hay, no hemos ensayado con él lo suficiente (o, más bien, nada), no podemos confiar en su coordinación, no podemos confiar en la solidez de su antebrazo ni en la fuerza con que él agarrará el nuestro. Estamos como el trapecista, pero aún en mayor precario: el trapecista sabe que hay un compañero, ha hecho ese salto decenas, centenares de veces y sabe que puede confiar en él. Hay un factor de riesgo, de incertidumbre, pero muy controlado. La sociedad digital de los albores del siglo XXI está lejos de ese control, de esa confianza, y el riesgo y la incertidumbre se incrementan hasta más allá de lo que, en demasiadas ocasiones, parece soportable.

La reacción, muchas veces, es de miedo: no saltamos del trapecio; pero tampoco podemos bajar de él, alguien ha quitado la escalerilla y ha cortado la red; otras veces, es de un infantil absurdo: nos hemos lanzado y, presas del pánico ante el vacío, intentamos volver al trapecio del que hemos saltado queriendo ignorar que ya no somos dueños de nuestra trayectoria, que todo lo que podemos hacer es describirla realizando elegantes piruetas o gesticulando como peleles. Otros, prudentes, pero decididos, saltan y fallan y se dan la torta; otros más, en cambio, imprudentes, alocados, irreflexivos, saltan y aciertan y saborean el aplauso y el éxito. Y nadie sabe por qué falló el prudente y por qué acertó el temerario, pero todos sabemos que una vez arriba no se puede volver abajo y todos reímos las patéticas contorsiones del pelele antes de verle estrellarse contra el suelo. Hasta que nos toca a nosotros ponernos los leotardos y subir arriba, porque los toros se ven muy bien desde la barrera, pero al otro lado de ella todo es desazón y ayayay.

Ayer conocíamos el muy triste punto y final de Soitu. Unos chicos prudentes, decididos, creían conocer el trapecio, atisbaron la figura del portor, se lanzaron y… su cadáver descoyuntado yace sobre la pista. Quizá demasiado impulso y se pasaron, o quizá demasiado poco y no llegaron.

Llevamos años riéndonos del pelele apropiacionista, braceando ridículamente al viento en su pretensión de volver a aferrar el columpio de partida del que, al no haberse querido lanzar, ha sido lanzado a las malas, sin controlar su impulso, y, aunque aún parece que flote en el aire, todos sabemos que sus aspavientos acabarán en tortazo (aunque quizá llevándose por delante al portor, y eso es lo que todos querríamos evitar).

Otros, se lanzaron a lo burro y, mira, acertaron. Ahí tienes a los chicos de Google cuyo número, ahora muy consolidado, estudiado y ensayado, fue, en un principio, una flauta que sonó por casualidad.

Y los trapecistas del montón, los figurantes, los de a pie, vivimos en un estado de permanente angustia: unos, por ignorancia; otros, por saber más de lo que nos habría gustado saber sobre algunas cosas. Y así, los padres, que apenas se subieron de niños a un columpio de guardería infantil, ven ahora a sus hijos allá arriba, jovencísimos y confiados, y no saben cómo evitar que se la peguen. O la práctica totalidad de los ciudadanos, que hasta hace pocas semanas ignorábamos que el Gobierno dispone de una maquinita que puede escuchar todo lo que decirmos y saber quién lo dice y dónde lo dice (y todo esto, como mínimo) y la ha puesto en marcha en descarada mofa y befa de nuestros derechos fundamentales consagrados por la Constitución; y que nos preguntamos cuántas más maquinitas milagrosas, cuya existencia aún ignoramos, tendrá escondidas en la badana de la chistera. De la misma forma que ignoramos también cómo circulan nuestros datos, insertos en mil bases de datos públicas y privadas -a cuál más temible- porque todavía no existe un mecanismo legal y material capaz de controlar con seguridad y garantías todo ese tráfico y tampoco sabemos si existirá nunca; y, mientras tanto, donde antes íbamos a cara descubierta y repartiendo tarjetas de visita -la vida presencial- vamos ahora con pasamontañas, escondidos tras mil nicks y parapetados en cuentas de correo de suministro masivo (Gmail, Yahoo, Hotmail…) -la vida virtual-; y nos aterrorizamos ante la reiterada pretensión de que naveguemos con el DNI entre los dientes, como ya han conseguido con el teléfono móvil.

Después están los que quieren hacer trampa, los que pretenden subir al trapecio con cinturón de seguridad, con la red puesta y con la escalerilla de la plataforma férreamente soldada para que no se pueda quitar. Pero, ojo: tanta seguridad, sólo para ellos, no para los demás. Los que pretenden vivir en el futuro con las normas y las prebendas del pasado, hechas a su medida.

El mundo se nos tambalea: la prensa tradicional está en creciente decadencia y su mañana pinta muy negro; las alternativas -los portores- que se vislumbran no requieren -ni quieren- el viejo régimen de grandes empresas mediáticas que controlan el flujo de información; la información será -ya es- libre y con diferentes densidades y cada cual elige la densidad que mejor le acomoda y mantiene en sus manos, además, el control del volumen. El negocio de la venta de copias -materiales o digitales- naufraga también mientras los grandes armadores claman por una propiedad intelectual que nunca han distribuido con justicia a los verdaderos autores; pero la copia acerrojada y escasa es el trapecio que quedó atrás y que el impulso en sentido contrario hace ya inalcanzable. La información fluye, los contenidos fluyen.

Pero también fluye nuestra privacidad al alcance de cualquiera con un buscador. El curriculum va camino de la obsolescencia; nuestro curriculum, sin que al presente podamos en absoluto controlarlo, está en la red; y quien no esté en la red está muy cerca de la muerte digital, lo que anuncia la ídem civil, profesional o laboral; quizá incluso la social; hoy, esta afirmación aún es un poco exagerada, pero faltan poquísimos años -realmente poquísimos- para que sea exacta. Nuestros datos no sólo están al fácil alcance de los poderes públicos, es que también lo están de los privados, los cuales son, por lo general, aún más oscuros y más siniestros (por si lo de los políticos lo fueran poco).

Pero la trayectoria va alcanzando ya la fase descendente de la parábola; falta poco para estar salvados o para darnos la torta y falta aún menos para saber cuál de las dos cosas nos va a pasar, o acaso para percatarnos de que hay una tercera -o cuarta o quinta- posibilidad que no habíamos acertado a percibir.

Sin embargo… La comparación con el trapecio no es del todo exacta, falla por un punto. La trayectoria no es del todo balística, hay un puntito de control, hay alguna forma de corregirla. Los malos quieren utilizarlo para quedarse con el circo dominando el trapecio; nosotros, si quisiéramos, podríamos hacernos con ese control con mucha mayor facilidad, porque somos más y porque somos mejores. Porque somos los ciudadanos, la fuerza que articula la dinámica social… si quiere. El problema es que somos ignorantes y perezosos y ellos, en cambio, no. Ellos conocen la existencia de ese punto de control, saben dónde está y se dirigen decididamente hacia él. Entre nosotros, en cambio, pocos conocen su existencia, menos aún los que saben su ubicación e ínfios los que tienen la voluntad decidida, a todo precio y coste, de ir a por ello, como Jasón y sus argonautas en pos del vellocino de oro. Nuestras posibilidades, siendo potencialmente abrumadoras, se trocan en precarias por esa pereza y esa ignorancia.

Podemos ganar, podemos hacernos con el trapecio y con el circo entero. Pero tenemos que despertar y mover el culo.

Porque ellos, los malos, lo están haciendo ya.

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Free Culture Forum 2009

De la serie: Anuncios y varios

Semana calentita esta también. Se me presenta una racha de finales de mes muy activos. Si mañana por la noche estaré en la entrega de los óXcars, este próximo fin de semana participaré en el Free Culture Forum 2009, un evento que se celebrará en diversos escenarios, el primero de ellos el Aula Magna de la Universitat de Barcelona. Desgraciadamente no podré participar en el cien por cien de las actividades, pero sí que podré dedicarle al evento el viernes íntegro y parte del sábado.

Jornadas realmente maratonianas, de contenidos muy atractivos y con la participación de primeros espadas que, nuevamente, me dejan en comparación como un novillero principiante.

Habrá reseña, ni que decir tiene.

Jornadas Eurolaw-Consulting

De la serie: Anuncios y varios

Invitado por el Dr Luis Fajardo, a quien tuve el placer de conocer hace un año en las Xornadas de Dereito TIC de Santiago de Compostela, participaré del 26 al 28 de noviembre, como miembro de la Asociación de Internautas en las I Jornadas Eurolaw-Consulting «Sociedad y Derecho ante los retos de las tecnologías de la Información y la Comunicación» que se celebrarán en La Laguna (Tenerife). Otros participantes bien conocidos en la red son Carlos Sánchez Almeida, Fernando Acero y Javier de la Cueva, pero el cuadro académico, empresarial e institucional es, además, francamente espectacular, lo que convierte mi presencia en todo un honor para mí.

En cuanto el programa pase a ser definitivo incluiré un enlace en esta bitácora.

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