Mujeres y cacos (con perdón)

De la serie: Los jueves, paella

Gran parte del contenido de esta paella, había sido escrito con anterioridad al día en que iba a ser publicada y, por ello, pueden detectarse atemporalidades y asincronías en el texto. Se escribe una cosa en presente aunque vaya a suceder mañana -porque se escribe en miércoles para el jueves- y luego resulta que no aparece hasta el viernes. Ruego disculpéis estos pequeños desajustes cuya rectificación obvío por mi confianza en vuestro buen criterio, en primer lugar, y en pro de que, ya que esta paella llega con un día de retraso, que entre lo antes posible en la bitácora, en segundo. Gracias por vuestra comprensión

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Creo que va a ser hoy el día en que TV3 emita un amplio reportaje sobre el fenómeno social de los consultorios femeninos radiofónicos que tuvieron un auge grandísimo en la España del [sub]desarrollo y que fallecieron con el teórico fin de la transición, al comienzo de los ochenta (hay quien lo señala con la victoria electoral del PSOE a finales de 1982, pero este es otro tema del que quizá hable otro día), todo ello a raíz de que en un lugar ignoto de la geografía catalana se encontró casualmente hace poco cuantiosísimo material del más afamado de dichos consultorios. Yo me voy a adelantar a esa emisión, aún a riesgo de cometer imprudencia, porque las escenas del reportaje con que éste se anuncia, hacen temer un enfoque sesgado de la cuestión.

Es cierto, como seguramente se va a decir, que estos consultorios -y especialmente el que va a constituir el eje de la cuestión, el patrocinado por un instituto de belleza catalán denominado Francis, que aún existe, según me parece ver cada vez que me acerco a la plaza Catatalunya- suponían una proyección, frecuentemente muy radical y fundamentalista, del nacionalcatolicismo imperante. No sé si lo expreso muy bien porque lo de nacionalcatolicismo, según lo veo yo, es más la proyección de la asociación política entre la Iglesia y el régimen de Franco que lo que podría denominar -si me permitís el palabro– el cotidianocatolicismo, que sería, más precisamente, aquella vivencia católica, de necesaria uniformidad reglamentaria, de todos los aspectos del día a día civil. Claro que éste hubiera sido imposible sin aquél, pero no son exactamente lo mismo.

Precisamente el consultorio de la tan famosa como imaginaria doña Elena Francis era una de las formas más visibles de ese cotidianocatolicismo. Y, tal como ilustrará hoy el reportaje televisivo catalán, la doctrina que se impartía desde la dirección del consultorio fue ora indignante, ora vergonzosa, ora ridícula, ora todo ello junto. Frecuentemente, producía vergüenza ajena. Mi madre escuchaba el consultorio con frecuencia -sobre todo, impepinablemente, cuando mi abuela asturiana visitaba Barcelona- y oir, como yo oía, ciertas cosas a la edad de diez, doce o quince años, era pura pornografía intelectual. Primero me parecieron ininteligibles de puro absurdo; después ridículas y causantes de un hondo sentimiento de vergüenza ajena; en mis edades más avanzadas, sencillamente indignantes. Realmente, producía verdadera ira oir aquellas cosas en una España que ya miraba a Europa, aunque con más esperanza que realismo (con fe alcoyana, vamos).

Hasta aquí la sesión de exabruptos que seguramente pintará de colores TV3 esta noche. Pero… ¿qué es lo que -seguramente, y aquí me arriesgo- no dirá TV3 esta noche?

Pues que estos consultorios -y sobre todo el que protagoniza la cuestión, que fue de largo el más importante- cumplieron una función social positiva. Bueno, en vez de social vamos a llamarla, si se quiere, humana o humanitaria. Con todos sus defectos, cuya crítica no recato, como ha podido leerse en párrafos anteriores.

Pero es que, como todas las cosas que tuvieron su tiempo y sus circunstancias, no pueden juzgarse a la luz de otras épocas y otras circunstancias, sobre todo por los que no vivieron aquéllas.

Incluso en los años 60 y 70 del siglo pasado (de los 40 y 50 no hablaré por pura obviedad), la mujer, como condición pero, además, en su más radical e individual mayoría numérica, era un ser socialmente deprimido, un perfecto cero a la izquierda, una máquina de hacer tareas domésticas. Y ojo, que no es que no fuera útil ni productiva en esas tareas domésticas, que de eso también habría que hablar algún día despacio, porque el ama de casa es un ente profesional que necesita de una importante reivindicación y rehabilitación, cuando menos, honorífica. Lo que vengo a decir es que, más allá del buen rollo y la tolerancia de su marido, la mujer era un ser que no tenía, desde luego, voto, pero frecuentemente tampoco voz ya no sólo en la sociedad (eso de sociedad ya era, en términos femeninos, palabras mayores) sino en su propia familia.

Ni que decir tiene que la mayoría de los maridos no iba muy allá en eso del buen rollo y miles, me atrevería a decir millones, de mujeres han vivido en un régimen de semi esclavitud -desde luego, esclavitud total en lo que a régimen laboral se refiere- y, lo que es casi más importante, en una soledad absoluta, total, brutal. Pensándolo con un cierto distanciamiento, es asombroso -y, desde luego, dramático- el estado de soledad y de abandono humano en que se han visto postradas muchísimas mujeres en el propio seno de su familia, muchas veces incluso -y no raramente en aquellos años- numerosa. ¿Puede concebirse algo más dramático que una mujer viviendo en el abandono humano, personal, intelectual, hasta espiritual, rodeada de su marido y de cuatro o cinco hijos? Pues aún hoy viven centenares de miles de mujeres en edades que les permiten recordar muy claramente cómo sufrieron aquella situación. Y podrían contárnoslo, porque no son -para nada- tan mayores como para haber perdido las luces necesarias para ello. Y, para terminar la descripción del panorama, pensemos que, en la actualidad, la violencia doméstica es un problema que se intenta resolver con órdenes de alejamiento disparadas como ráfagas de ametralladora y con medidas cautelares casi gubernativas (porque muchos jueces pasan, incluso, de escuchar a la otra parte)… ¿Cómo sería la situación cuando la violencia doméstica no era un problema solamente porque no se percibía como tal?

Los consultorios femeninos fueron una tabla de salvación para muchas mujeres ante esta situación. En primer lugar, porque pudieron constatar que el problema era generalizado. Mal de muchos, consuelo de tontos, pero es verdad, consuela. Los consultorios femeninos no llegaron a lograr que la mujer tomara conciencia de victimización (¿o sí?) y mucho menos, de clase (que eso de la mujer como clase es muy discutible), pero sí que pudieron lograr que percibiera una cierta socialización de su situación. Los consultorios permitían percibir que sus problemas, sus sufrimientos, sus carencias, sus ignorancias, sus desorientaciones, su falta casi total de recursos de autodefensa emocional, no eran un problema exclusivo de cada una de ellas sino que todo ello formaba parte de la condición femenina. Antes de llegar a diagnosticar que una situación es injusta, hay que percibir que esa situación existe, y esto último fue obra de los consultorios de marras, sin que ello pueda ni deba ocultar que los promotores de esos consultorios no pretendían, consciente o subconscientemente, sino perpetuar esa situación.

Está bien criticar todo aquello que debe ser criticado, y hay mucho de censurable en aquellos consultorios radiofónicos. Pero todo en esta vida tiene tres dimensiones y si se oculta una de ellas, lo que se analiza queda demasiado plano. Aparte del otro [feo] nombre que recibe la acción de ocultar aspectos de algo objeto de análisis solamente porque no le conviene o no le gusta al analista.

Veremos qué pasa.

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La evolución que ha experimentado Pilar Rahola en los últimos años es impresionante. Evolución para bien, digámoslo antes que nada. De ser una populista rabanera, absolutamente cerril y completamente acerrojada en sus puntos de vista, sin dar el menor espacio a las ideas de los demás, ha pasado en pocos años, a ser una señora reflexiva, neuronalmente estable y muy presentable. Que gusten o no sus ideas es otra cuestión, pero, aunque sigue poniendo pasión en la defensa de las mismas (cosa que nadie dijo nunca que fuera mala), ahora realiza esta defensa en el ámbito de un diálogo racional. Además de esto, o por si esto fuera poco, parece que ahora tiene muchísimo menos problema en colocarse al margen de lo políticamente correcto. Si me lo dicen hace diez años, no me lo creo ni cocido de Ribera del Duero, pero es así y cualquiera puede constatarlo en la televisión catalana todas las mañanas o leyendo su bitácora (en la que incluye sus artículos de prensa).

Aparece en la prensa de hoy, precisamente, un artículo muy lúcido sobre la fiscalidad que sufrimos los catalanes, partiendo del impuesto sobre sucesiones y de la tremenda discriminación que sufrimos los catalanes con este impuesto respecto del resto de los españoles. Lo que demuestra esa evolución a que hacía referencia es que Pilar, en vez de ceder al instinto de su ideología independentista -como hubiera hecho no hace muchos años- y clamar por lo mucho que esquilma a Catalunya el Estado español, vuelve hacia el propio gobierno catalán y su voracidad recaudatoria. Y es que, aparte de que la actitud de Rahola es muy loable, tiene toda la razón objetiva.

El impuesto de sucesiones está transferido a las comunidades autónomas y, por tanto, a éstas corresponde la determinación del hecho imponible y el tipo aplicable a éste. Por ejemplo, en la sucesión de padres a hijos, muchas comunidades autónomas eximen de tributación o le asignan un tipo prácticamente simbólico, cuando los bienes que se transmiten no son, de hecho, verdaderas fortunas. En Catalunya, heredar de los padres un pisito normal y corriente puede suponer para los hijos un garrotazo realmente potente, de entre 6 y 10.000 euros; en el caso de los negocios y sus locales físicos, la cosa puede llegar a ser auténticamente sanguinaria, un verdadero espectáculo fiscalmente gore. Y aquí no hay saqueo español sobre la pobre Catalunya, porque el saqueo viene directa y soberanamente de la plaza de Sant Jaume.

Otra cosa contra la que los catalanes también nos sublevamos es por las autopistas de peaje -que lo son prácticamente todas- y las consideramos uno de los máximos exponentes del presunto estrangulamiento que desde Madrid se practica sobre nuestra economía; y es verdad que el tema de los peajes es, en casi todos los casos, competencia estatal, pero si seguimos el proverbio aquel que induce a buscar culpables entre quienes se aprovechan del crimen, enseguida topamos, si nos quitamos la venda que nos ponen, con la siniestra sombra de «la Caixa» que está detrás -y con importante participación- de la mayoría de las empresas concesionarias de autopistas que operan en Catalunya. Y es entonces cuando uno sospecha que, en el levantamiento de los peajes, desde Madrid vienen muchas menos pegas de las que nos dicen o de las que nos imaginamos, y que las pegas -y gordas- proceden más bien del sitio ese de la estrella mironiana. Porque si hablamos de voracidad, a la Caixa hay que ponerla en primerísima fila.

Y lo cierto, tal como denuncia Rahola con todo fundamento, es que Catalunya es una de las regiones más caras de España, en primer lugar por su propia fiscalidad.

Y esta es una de las cosas que me gustaría preguntarles a estos que organizan referendums de chichinabo: ¿y tú me garantizas que el día que Catalunya sea independiente, rica i plena, como dice nuestro pacífico himno oficial, no tendremos encima a la misma tropa que tenemos ahora -sólo que con más poder- y que los que vendrán no nos exprimirán como limones al igual que lo hacen estos de ahora?

¡Anda ya, hombre, anda ya!

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Nuestro ínclito Hereu clama para que haya más policía en Barcelona; más policía, se entiende, de la que no paga el achuntamén, porque el orden público no da pan y las multas por estacionamiento antirreglamentario y la grúa llenan arcas. Quiere que haya en la ciudad setecientos mossos d’esquadra más de los que hay ahora; y parece que en Governació le dicen que quinientos, bueno, pero que tantos como setecientos, que no.

Y, como siempre, el estúpido, inane y costoso intento de solucionar los problemas a base de guardias.

El problema de la delincuencia en Barcelona -que sí, que hay muchísima, mucha más de la que es razonablemente tolerable- tiene dos vertientes. La primera, es la normativa, un código penal amable y buenrollete que califica como «hurto» el expolio sistemático del ciudadano -cuando muchas veces media la violencia implícita que representa el miedo que infunde el caco, miedo demasiadas veces racional y acreditado por los hechos- y en grado de falta porque raras veces se valora lo expoliado en más de los cuatrocientos y pico euros en los que se establece la diferencia entre la falta y el delito. En consecuencia, se produce el gracioso fenómeno que los ciudadanos ya hace años que hemos denominado «entrar por una puerta y salir por otra» que tanto desespera a los propios policías, que se ven trabajando para el diablo (y ellos, ojo, también corren sus riesgos en ese trabajo: riesgos para su integridad física y riesgos para su seguridad jurídica, porque como le hagan un rasguño a uno de esos hijos de puta del descuido, se les cae la barretina bien caída, que para eso sí que los jueces se ponen la toga de los domingos). Lógicamente, en el tan mimado gremio de cacos la despreocupación penal es total y la impunidad, absoluta.

Bien, hay que convenir que esto se escapa a las competencias del alcalde. A las competencias administrativas, porque políticamente un alcalde de Barcelona tiene un peso que quizá no tengan muchos ministros, y desde la plaza de Sant Jaume quizá puedan impulsarse más reformas legales importantes de lo que parece. Pero, en fin: dejémoslo en que la manga del alcalde riega, pero hasta aquí no llega.

Hasta donde sí llega la manga del alcalde, y a fe que mea torcido, el tío, es al modelo turístico de la ciudad y ahí sí que está la raíz de todo el mal. Cuando toda la acción administrativa de un municipio se vuelca sobre el negocio de un sector minoritario que precisa llenar la ciudad de ganado numeroso, apestoso y, en definitiva, guarro, es obvio que el lumpen va a exigir su parte. Unas Ramblas sistemáticamente abarrotadas estarán, asimismo, abarrotadas de carteristas, atracadores, descuideros y demás familia. Exactamente igual que eventos como la Festa al Cel, sólo que la Festa al Cel se celebra una sola vez al año y, por tanto, la acción de los manguis, al no ser continuada, no genera alarma ni preocupación social.

Cuando una ciudad se entrega al turismo masivo, las lacras inherentes de la masividad proliferan, como es lógico. Porque, vamos a ver, carteristas, timadores y demás especies, siempre las ha habido en las Ramblas, no estamos hablando de un fenómeno nuevo. Y es más: estoy por apostar a que en los viejos tiempos, cuando las Ramblas eran nuestras, la densidad de cacos por millar de paseantes era mucho mayor que ahora; lo que ocurre es que, cuando estamos hablando de cifras anuales que se expresan en millones de guiris (fácilmente duplican el número de habitantes de la ciudad) estamos hablando de muchos centenares de hijos de la grandísima que buscan su lugar bajo el bolsillo ajeno. Aquí todo el mundo está a la que salta: los unos les venden cerveza aguada, los otros, sombreros mexicanos y los de más allá, les birlan la mariconera. La regla de tres es más que obvia: rebajado el número de tocinos, rebajado el problema.

Esta es la solución, la solución posible, la solución que tiene en su mano el achuntamén. Poner trabas al turismo masivo, no dar facilidades, generar menor efecto llamada. Y, además, recaudando a saco, fíjate qué bonito: metiéndoles a los hoteles unas tasas y unos tributos de caballo, pero de caballo de Atila, obligándoles a subir precios bien subidos. Y ya verías tú si se acaba el problema o no se acaba el problema.

Y los barceloneses recuperaríamos lo que es nuestro y nos han robado: la ciudad, Barcelona.

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Pues bueno, aquí está esta incidentada paella, retrasada veinticuatro horas -por lo que reitero mis disculpas- a causa de un trancazo. Que no ha sido de gripe tocina, evidentemente.

La próxima, si no pasa nada, será el próximo 8 de octubre y quizá en ella os diga algo divertido sobre la paella que corresponderá al jueves 15. Atentos a la pantalla, como se decía antes y no es nada inapropiado ahora.

Seguiremos incordiando.

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Comentarios

  • Arnau Fuentes  On 02/10/2009 at .

    Buenísima la paella!

    Sobre las sucesiones, no hace falta heredar. Basta con cambiar de nombre el coche de madre a hijo para que te casquen 300€ por la cara. Los formularios, cama y vaselina, a parte.

    Y si, tendremos encima a la misma tropa que tenemos ahora -sólo que con más poder- y los que vendrán nos exprimirán como limones al igual que lo hacen estos de ahora. Ladrones, todos.

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