Con Sinde no habrá paz

De la serie: Correo ordinario

La irrupción de la actual y lamentable ministra de Cultura en la pasada Semana Santa, no sólo fue motivo de escándalo desde las filas internautas. Fuimos, desde luego, los que hicimos más ruido -también fuimos los más perjudicados y, desde luego, los específicamente insultados por Zapatero con ese nombramiento- pero otros sectores -nada afines a nosotros, por cierto- también olieron a quemado. Fueron discretos; lo fueron, imagino, por no romper la imagen de bloque presuntamente sólido y monolítico del mundo de la no menos presunta cultura y menos cuando precisamente el sector de los piratas, de los ladrones y de los no sé qué más, la bicha, mismamente, estaba sublevado a tope. Pero en la página de ACAM -que, superando la intensa alergia que me produce, visito de cuando en cuando- torcieron clara y poco disimuladamente el gesto: la sospecha de que el abundante chorro de dinero que el Ministerio dedica tradicionalmente a la sopa boba iba a dirigirse en mayor medida al sector del cine (como osan llamarle) en detrimento del de la cosa del disco, era demasiado fuerte -y el tiempo les ha dado la razón, hay que reconocerlo- como para celebraciones y fuegos de artificio.

Otros sectores de mucho más preclara calidad artística -la danza, el folklore tradicional, etc.- ya, los pobres, ni siquiera piaron, porque éstos no ven un duro ni en pintura y, realmente, lo mismo les da carne que pescado porque a ellos no les llega ni la guarnición.

Ahora, con la crisis, se prevén unos presupuestos restrictivos en todos los ámbitos -atentos el día 7, pasado mañana, que más de trescientas bitácoras la vamos a liar parda a cuenta de los recortes a la investigación científica y tecnológica- y el sector del disco se rebota claramente porque ve venir que, nuevamente, va a salir perjudicado en relación al entorno profesional, social, empresarial y familiar -todo es lo mismo- de la ministra.

En otras palabras: González Sinde, una señora que, además de otras muchas cosas, es legalmente incompatible para ocupar ese puesto y aún más específicamente incompatible para otorgar unas subvenciones que está repartiendo a manos llenas, que ya llegó con la tara no poco importante de haberse manifestado con anterioridad contra un amplio sector de la propia ciudadanía, y que ha ostentado a lo largo de esos meses los últimos puestos en la clasificación de preferencias ciudadanas de todas las encuestas -frecuentemente el último y con calificaciones, además, vergonzosas- es también contestada desde uno de los más importantes sectores del glorioso movimiento culturetarial. Y me reitero en la idea de que si no fuera por la guerra que sostiene el movimiento contra la ciudadanía en red, la oposición a la ministra por parte de los disqueros sería abierta y planteada en términos muy crudos.

Total, y en conclusión, que Zapatero está sosteniendo contra viento y marea, contra toda protesta y contra toda oposición, a una señora que ha irritado a casi todo el mundo dentro y fuera del ámbito de sus competencias por su actitud sectaria y corporativista al frente de su ministerio, provocando, además, severas reticencias en ámbitos tradicionalmente afines al zapaterismo. No había bastante con los internautas, pues ahora toma sectores enteros del culturetariado. Sólo Zapatero puede tener razones -y sólo él sabrá cuáles- para mantener ahí a esa señora. Porque incluso en el ámbito cinematográfico no suscita precisamente unanimidad. Recordemos que siendo presidenta de la loca academia de peliculeros, se produjeron algunas importantes deserciones, la más sonada de las cuales fue la de Almodóvar.

El ministerio de Cultura parece no tener remedio. Uno tras otro, van llegando titulares a cuál peor. No es de extrañar, si tenemos en cuenta que esa poltrona parece reservada a los afectos a la cultureta y si siempre es malo que un ministro llegue con el marchamo de afección a un sector determinado, eso es aún mucho peor cuando ese sector está en guerra declarada y abierta contra un amplio espectro de ciudadanos cuyo número, además, se incrementa cada día (tanto el de internautas, en general, como el de activistas anti-culturetariado). Evidentemente, la solución tampoco estaría en lo mismo pero al revés: nombrar a Víctor Domingo ministro de Cultura -puestos a desbordar la fantasía- resultaría un error o una abominación igualmente monumentales.

Esto no puede seguir así y ya hace tiempo que no puede ir así. El ministerio de Cultura debe ser, en primer lugar, objeto de un debate en su propia existencia. Porque es necesario hacer constar que el ministerio de Cultura, como tal, hace tiempo que viene siendo muy contestado desde diversos ámbitos. En primer lugar, desde el autonómico, que reclama esas competencias para cada una de las diecisiete en su propio ámbito territorial; y, en segundo lugar, desde el liberal, que entiende que el Estado no debe intervenir en materia cultural, que no debe existir lo que se llama «política cultural». Y creo que aún me dejo.

No quiero opinar -ahora mismo- sobre ese debate. Me basta, por le momento, con poner de relieve que ese debate está ahí planteado y que debe llevarse a cabo, con el resultado que sea oportuno. Pero si ese resultado es que el ministerio de Cultura debe seguir existiendo, debe entonces replantearse muy seriamente.

Debe replantearse en el sentido de que debe ser mucho más que un ente regulador de empresas y entidades y distribuidor de subvenciones; la cultura, o es popular o no es (y no debe asociarse necesariamente «popular» con «mayoritaria» sino más bien con el acceso universal a ella) y la ciudadanía tiene mucho que decir en eso. Las dinámicas culturales no pueden ni deben basarse ni en la acción política ni en la mera iniciativa empresarial y hay que dar espacio -amplio, cómodo- al impulso de la sociedad civil. Evidentemente esto choca frontalmente con los numerosos lobbyes que son, de hecho, los amos del Ministerio desde hace muchísimos años, pero hay que dar una fuerte sacudida en este sentido, o la primera perjudicada será la propia cultura entendida no como cortijo de cuatro mangantes sino como un acervo verdaderamente popular; naconal, diría.

Evidentemente, la persona que encabezara ese ministerio debería tener un perfil completamente alejado de los intereses particulares concernidos y sí, en cambio, ser un gestor predominantemente político -en el más limpio sentido de la palabra, aunque es difícil verlo así, ya lo sé-, capaz de analizar sus competencias y su ámbito de aplicación con miras muy, muy anchas.

Si cada cambio ministerial ha de llevar a una rebelión internauta (no de la Asociación de Internautas: de todos los internautas), esto no acabará bien. No acabará bien para nadie, pero ojo, los primeros en caer -están cayendo ya y lo saben- serán los culturetas. Pero, más allá de la sopa boba, hay arte de verdad y cultura de verdad que hay que promover, mimar y proteger, sea desde el impulso público o desde la iniciativa privada, empresarial y popular, y el arte y la cultura no se desenvuelven bien en un campo de batalla.

La necesidad de poner orden, verdadero y democrático orden, basado en el diálogo de todos los implicados -empezando, en primerísimo lugar por los ciudadanos- debería ser una verdadera prioridad política. No es normal que andemos a palos con nuestros músicos o con nuestros cineastas. Podemos ir o no al cine; podemos comprar o no música en el mercado discográfico o asistir o no a sus demás manifestaciones (conciertos, etc.), pero no podemos estar toda la vida a tiros con ellos, ni ellos pueden pasarse los días, los meses y los años poniendo a parir a sus propios clientes -en términos comerciales-, a su propio público -en términos más aproximadamente artísticos-. Urge un diálogo de muy amplio espectro y ese diálogo sólo puede producirse bajo los auspicios del ministerio de Cultura. Pero claro, un ministerio de Cultura cuyo titular esté libre de toda sospecha para todos los implicados.

Esa es la premisa básica para aspirar a ese diálogo. A partir de ahí, aún habría que resolver más problemas y no menudos, pero sin ese requisito previo, el de un árbitro político con una autoridad moral reconocida por todas las partes, no hay nada que hacer. Y si no hay nada que hacer, la guerra continuará y, además, se irá recrudeciendo. Venceremos los ciudadanos, de eso me caben pocas dudas pero en ese caso… ¿cuál será nuestro botín? ¿Un sector artístico destrozado, desintegrado, hecho polvo? Pues vaya mierda de victoria, aunque eso es lo que pasa con todas las guerras y con todas las victorias.

Yo prefiero apostar por un buen armisticio, un armisticio sólido, bien construido, com amplia participación y representación de todos los afectados (incluyendo, y en primerísimo lugar, a los ciudadanos). Pero eso no será posible mientras el árbitro sea un tramposo. Por pura salud cultural, por pura salud democrática, Sinde debe irse.

Hoy, mejor que mañana.

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