Lo que inventan «ellos»

De la serie: Correo ordinario

Este artículo responde a la convocatoria realizada desde la bitácora «La aldea irreductible» para que bajo el lema La ciencia no necesita tijeras la blogosfera española proteste por la atrocidad del recorte en la inversión pública en ciencia y tecnología previsto en el proyecto de Ley de Presupuestos Generales del Estado para 2010

Después de mucho marear la perdiz y después del ostentoso morro de asegurar un crecimiento de los contratos mileuristas en el ámbito de la investigación, la ministra Garmendia ha reconocido que la ciencia perderá en España el próximo año un 13 por 100 de su inversión pública, lo que equivale a 300 millones de euros (50.000 millones de las viejas, que se dice pronto).

Es grave, muy grave por muchas razones. Por razones históricas, casi podríamos decir psicológicas, la ciencia no tiene un gran predicamento popular en un país de mucha misa en el que siempre han cortado el bacalao los enemigos de la razón, y en un país donde la cultura y la educación nunca se han considerado -ni siquiera a nivel popular- como una prioridad digna de ser tenida en cuenta. Por razones económicas -que, no obstante, tienen su entronque con las anteriores-, porque en este país de burros el sector privado sólo invierte en algo que proporcione beneficios cuantiosos, seguros y rápidos, es decir, en pelotazos casi siempre basados en el dichoso ladrillo; la queja de que falta capital-riesgo para la investigación científica y tecnológica es ya crónica por estos pagos. Por razones educativas: se transmite un mensaje de desvalor para la acción científica y de desaliento para aquellos sectores de la muchachada que podrían sentir la llamada del laboratorio. Yo mismo he aleccionado a mis hijas con cierta frecuencia: podréis estudiar lo que os dé la gana, que yo no entraré a fiscalizarlo, pero, por vuestro propio bien, ojo con estudiar carreras científicas en un país que no investiga, a menos que tengáis vocación -muy honorable y muy satisfactoria, en su caso, ojo- de profesoras de enseñanza secundaria.

Ni siquiera la sociología es amable con el investigador, que sabe que, fuera de una reducida comunidad académica, nunca formará parte de una élite social y ni siquiera económica. Los ingresos medios de los científicos españoles son de verdadera compasión. Compasión que se troca en ira indignada cuando nos percatamos de la cuantiosa legión de imbéciles que nutre la gestión empresarial y de la inacabable pandilla de inútiles que, procedente de las maquinarias de los partidos políticos, reduce a escombros la gestión pública, remunerados con una esplendidez que constituye una verdadera injuria a la razón. La original aristocracia (en su sentido etimológico: gobierno de los mejores), pasó a ser una más que dudosa -y desde luego, tramposa- democracia (gobierno de ni se sabe) y ahora es una mierdocracia (gobierno… en, fin, gobierno de estos). Y no hablo de partidos políticos concretos sino de todos ellos, del primero al último, sin excepción alguna.

Lo peor, además, en el presente y concreto caso, es que no hay una falta real de dinero, sino una atribución de prioridades que es una verdadera mentecatez… por no usar palabras mucho peores y mucho mayores que, no obstante, serían quizá más apropiadas. Podría empezar -por aquello de respirar por la herida, algo a lo que, en definitiva, también tengo derecho- por las cuantiosas e injustificadas subvenciones al sector cinematográfico, pero no empiezo porque hay más cosas. Podría continuar -y ahí sí, continúo- por el despilfarro económico que nos suponen cosas como el mantenimiento de medios navales y aeronáuticos en el Índico, que nos cuesta más de 70 millones de euros anuales, para proteger manu militari los intereses particulares de unas pocas empresas del sector pesquero que obtienen cuantiosos beneficios de unas prácticas sobre las que, además, recae permanentemente la sospecha de constituir una importante agresión ambiental al medio marino. Podría seguir hablando de los costes de tener a medio ejército desperdigado por el mundo en misiones de paz, la mitad de las cuales nos importan un carajo a los españoles y la otra mitad ni paz ni leches, sino simple ocupación de un país y sojuzgamiento de su población a beneficio de los intereses económicos de corporaciones empresariales occidentales (es el clarísimo caso de Afganistán, en el que nuestras Fuerzas Armadas están ocupando un país a viva fuerza, en plan completamente napoleónico). Podría continuar -respirando también por la herida, pero así me sale de los cataplines- hablando de cómo se regalan a una empresa norteamericana monopolística millones de euros en un software que tiene alternativas acreditadas mejores y mucho más económicas cuya adopción, además, favorecería el desarrollo tecnológico y un reparto del mercado mucho más equitativo y favorable a las PYMEs; este regalo, además, se efectúa mediante contrataciones directas o mediante licitaciones públicas fraudulentas que nunca se impugnan porque las alternativas perjudicadas proceden de comunidades y no de empresas, y las comunidades, además de estar poco vertebradas más allá del propio sistema de producción, están poco o nada habituadas a defender comercialmente su producto. Podría continuar con la celebración -o su intento, porque el mero intento también es costosísimo- de grandes cuchipandas que, camufladas como actos culturales, no son sino espectáculos paradeportivos, exhibiciones o celebraciones de actos diversos que, salvo un importante movimiento económico -correspondientemente generador de favores a cuñados y retornos de tresporcientos a gestores- no reportan beneficio alguno: regatas, finales deportivas, festejos aéreos, campeonatos mundiales de esto o de aquello, etcétera; el coste del fiasco -por otra parte perfecta y previamentemente conocido, anticipado y anunciado- de la candidatura madrileña a unos juegos calzoncilleros, al único beneficio de las aspiraciones políticas del alcalde de la ciudad, que ha costado una millonada (y ya van dos veces), es un buen -pero no único- ejemplo de ello.

La aspiración a vivir en un país desarrollado no tiene que ver con costas destrozadas por rascacielos, como la mediterránea, que prácticamente ha desaparecido como espacio natural víctima de la inmundicia especuladora y de la corrupción política (en la Comunitat Valenciana, pero también y no menos a su norte y a su sur), ni con que el más tonto conduzca un coche de 120 CV, ni con que ya no nos quede mundo que visitar a golpe de viaje barato. La aspiración a vivir en un país desarrollado tiene que ver con disfrutar de recursos propios, de un sistema productivo que dependa del trabajo, de la laboriosidad, de la iniciativa y del talento, y eso, ese país del conocimiento (porque no otra cosa va a poder ser no en el futuro, sino en este mismo presente un país desarrollado), sólo es posible con una sólida infraestructura científica, con una continuada y bien engrasada tarea de investigación. No interesan tantos hoteles: interesan laboratorios; no interesan los campos de golf, interesan las bibliotecas; no interesan los partidos de fútbol, interesan certámenes científicos. No interesan las medallas de oro obtenidas a puntapiés, interesan los premios Nobel.

Queremos primeras figuras, pero no del balompié, del baloncesto, del tenis o de los toros, las queremos de la bioquímica, de la medicina, de la ingeniería, del derecho, de la lingüística, de la astrofísica, de la economía…

Y, sobre todo, no queremos analfabetos en el poder

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Comentarios

  • Jordi  On 07/10/2009 at .

    Totalmente de acuerdo.

  • miguelc  On 08/10/2009 at .

    Lo siento Javier pero, aún estando [fervientemente] de acuerdo con la gran mayoría del comentario, no puedo darte la razón en lo que dices en el último párrafo.

    No confundas lo que tú quieres y te gustaría (y que, confieso, también quiero y me gustaría a mí y a unos pocos, muy pocos, mas), con lo que quieren los ciudadanos de este país (y para que nadie se sienta discriminado, sí, me refiero a los de todas y cada una de las 17 autonomías y 2 ciudades autónomas, sin que, a la fecha, me sea conocida ninguna excepción).

    Reconozcámoslo, al español medio (y al más, y al menos que medio también), le importa una santísima mierda contar o no con primeras figuras de la bioquímica, de la medicina, de la ingeniería, del derecho, de la lingüística, de la astrofísica, de la economía, o del sursum corda.

    Yo creo que es así porque: 1) Esas actividades están totalmente fuera del alcance del 99’9% de la población (como buen país de analfabetos científicos funcionales que somos). 2) La mayoría del 0’1% restante estima que es demasiado cansado. 3) Encima del trabajo que llevan es casi imposible hacerse rico y famoso con ellas, y no ya en 4 días (que es siempre la preferencia), sino aún en toda una vida. Y 4) Está mal visto (¿quién quiere ingresar en la pandilla de los frikis/pringaos?).

    Te felicito por secundar la iniciativa, y te apoyo en todo lo que sea intentar forzar la mano del estado para incrementar la inversión en ciencia y tecnología, pero no nos engañemos, si del español típico dependiera a estas alturas de la historia el mas avanzado exponente de la tecnología humana aún serían las hachas de silex.

    P.D. Por cierto, ¿alguien puede explicarme por qué para ciertas partidas de gasto parece que todos aceptan lo de: “el dinero del estado no es de nadie”, y en cambio para otras es como si cada uno de los euros presupuestados les fuera a ser arrancado sin anestesia, como si de una muela se tratase?

  • DaniFP  On 08/10/2009 at .

    Un post absolutamente recomendable. Para quitarse el sombrero, si señor.

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