Jueces, piratas y catalanes (con perdón)

De la serie: Los jueves, paella

Lo del caso Palau es un no parar. Hace pocos días, el juez decretó las medidas provisionales del caso -ya tocaba, porque el hombre, como lento, lo es un rato- y decidió imputar a Millet, pero dejarlo en libertad sin fianza. Y esto ha levantado un escandalazo porque todos, fiscales, gobierno de la Generalitat, la vox populi e incluso algunos colegas del instructor, claman porque Millet vaya a la mazmorra cuanto antes.

Mi opinión personal: dado que, si bien ese tío devolvió –ex aequo con el cómplice- tres millones de euros y las estimaciones de lo defraudado andan ya por entre los 10 y 12, habría que haberle impuesto una potente fianza. Así las cosas, creo que al juez instructor le ha temblado el pulso.

Desde luego, la conducta del juez instructor… ¿qué queréis que os diga? es, cuando menos, rara. Se ha tirado tres meses investigando antes de tomar medidas por las que la fiscalía no ha parado de desgañitarse; en esos tres meses ha podido haber de todo y, de hecho, hemos visto fotos de gente sacando de las instalaciones del Palau fardos enteros cargados de papeles. El juez dice que todos los papeles interesantes ya fueron incautados en el registro de julio, pero eso es algo que nunca se sabe, que, como lo de beber o no de esta agua, nunca se puede decir. En todo caso, si alguien se tomó la molestia de sacar papeles y hacerlos desaparecer, no sería precisamente para ganar espacio en los archivadores. Algo dirían. Se ha dicho que este juez es meticulosísimo y que, sobre serlo, es de los que tienen menos casos atrasados; pero otros compañeros suyos dicen que no es, precisamente, ningún as instruyendo.

Sensu contrario, muchos ciudadanos -entre los que, a ratos, me cuento- hubieran deseado una entrada a saco a lo Garzón (pero sin Garzón, ojo) en los papeles, en el Palau, en Millet, en su familia y en la beautiful que lo ha arropado. Porque no dejaré de decir todas las veces que sea preciso y más, que la burguesía puturrú de fuá de las Catalunyas y de las Barcelonas eternas, supo y calló, todavía no está claro si por encubrimiento o por vergüenza de clase, pero está claro que supo y calló, y me juego algo gordo -y no lo pierdo- a que alguna que otra cosilla debió poder oirse -aguzando el oído, pero esto no es de caballeros- en el Cercle del Liceu. Poner a Millet a la sombra hubiera sido, además de lo propio, un símbolo, un estigma bochornoso que hubiera caído sobre todo el sector en cuestión, y eso, de hecho, es lo que deseamos muchos barceloneses y muchos catalanes y deberían desear muchos del resto de los españoles a los que -aún no entiendo por qué- todo este asunto les importa un higo. Incluso el ultranacionalismo hispánico más negro y siniestro está pasando olímpicamente de este affaire, con la cantidad de sangre catalana -y más que probablemente nacionalista- que podrían hacer desde sus ejércitos mediáticos.

Pero, afortunadamente, el derecho penal no funciona así, ni siquiera en épocas mucho más duras. Ya el Tribunal Constitucional tuvo que enmendar la plana a muchos usos judiciales y establecer que cosas como la alarma social o el haberla liado económicamente gorda no son suficientes, per se, para meter a un tío en prisión. Afortunadamente. La prisión provisional -es decir, aplicada sin juicio, sin declaración de culpabilidad y sin condena- es algo gravísimo que sólo puede aplicarse de forma muy restrictiva, cuando el delito es verdaderamente grave y luctuoso y/o cuando el riesgo de fuga es importante. Por tanto, si no hay sangre ni artillería y el imputado es persona de vida estable, familia consolidada y una fortuna (entendida como conjunto de trabajo y bienes: fortuna, a estos efectos, es una nómina y un pisito en propiedad) que haga que una fuga sea más costosa que sufrir la posible pena y también, ya en ello, un delito cuya pena máxima -que raras veces cae- es dolorosa, pero menos, o cuando, incluso en grados menores podría suponer el no ingreso en prisión del condenado, en todas estas circunstancias, los jueces no dictan prisión preventiva. Por más que los fiscales se tiren de los pelos, que las portadas sean histeria pura y que las tertulias de bar al amor del carajillo (todavía no prohibido ni por Trinidad Jiménez ni por Marina Geli, pero todo se andará) echen fuego.

Frecuentemente nos indigna el famoso entrar por una puerta y salir por la otra y sí que es verdad que el sistema a veces se pasa de blando. A mí me gustaría que no se pasase, pero, si ha de pasarse, francamente, prefiero que se pase de blando y no de lo contrario. No sabemos -los ciudadanos comunes, corrientes y respetuosos con las leyes- la suerte que tenemos de gozar de un sistema penal y judicial garantista como el nuestro. Si no fuera así, nadie, ninguno de nosotros, hubiera cumplido los cuarenta años sin mearse encima -materialmente- ante las amenazas injustas y prepotentes de un policía o -mucho más comúnmente- de un segurata. El temor al chulo de la porra decae casi completamente ante la seguridad de saber que, en última instancia, habrá un juez que templará gaitas, que se lo pensará muy mucho antes de causarnos un horror y una crisis familiar como sería la de meternos en chirona casi por las buenas y que, encima, le va a exigir al de la porra muy pormenorizadas cuentas por sus chuleces. Sí, esto sirve de coladero para muchos sinvergüenzas, pero también ha ahorrado traumas muy grandes a muchísimas familias inocentes.

Sin esa seguridad, apenas podríamos poner la mínima objeción a la acción policial (olvídate del spotting, olvídate de las descargas, olvídate de negarte a prácticas vejatorias en el aeropuerto, olvídate de todo lo que no sea cagarte de miedo ante la presencia de un uniforme público o privado; y ojo, que yo aún recuerdo cuando las cosas eran así). Y aún con esa seguridad, pasaron cosas en la comisaría de Les Corts… y en varios otros centros de policías vestidos de azul o de verde.

Nos dejamos llevar muchas veces -yo también, lo reconozco- por la justa ira, por la indignación ante la impunidad y pedimos más patadón y tentetieso, menos garantías, menos asistencia letrada y menos contemplaciones. Pero deja, deja: para un mangui habitual, una temporada en el trullo es un gaje del oficio, algo con lo que se cuenta, como el herrero o el soplador de vidrio cuentan con llevarse, al cabo del día, alguna que otra quemadura; para un padre de familia corriente y moliente, la cárcel es un horror, con muy buenas y objetivas razones para sentirlo. Que las cosas sigan así.

Y que a Millet le den por el culo. Eso, por lo menos.

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Otro baile judicial de estos días -aunque sin que el protagonismo sea, estrictamente hablando, del juez- es el del pirata somalí menor de edad o no menor de edad (que no, que definitivamente no es menor de edad). Volvemos a estar ante un tema de garantías para el que vale todo lo dicho en la entradilla anterior. Pero claro. Primero, el pájaro es verdaderamente mayor de edad, con lo que ha intentado tomar el pelo a la justicia española; y, segundo, que eso, el riesgo de fuga, el delito del que se le acusa y el hecho de que dicho delito aún esté cometiéndose, desarrollándose, a manos de los cómplices del tiparraco en cuestión, determinan, ahí sí, la prisión incondicional, grilletes, ratones, pan y agua.

Y lo que verdaderamente pone a prueba mi coherencia con la entradilla anterior es imaginarme al elemento -como indicaban los telediarios- ingresado en un centro de internamiento de menores, a falta de prueba indubitable sobre su mayoría de edad, y reclamando el tío, así, con chulería, que le devolvieran el móvil y lo retornaran a casa. Verdaderamente, el raciocinio penal tiende a derrumbarse antes las inmensas e irreprimibles ganas que le dan a uno de pulverizarle los cojones a puntapiés a un cabrón que asaltó un barco Kalashnikov en mano, que amenazó la vida de trabajadores de varias nacionalidades con la intención de lucrarse con ello, que intenta tomarle el pelo a la justicia y que, eso sí, reclama sus dirichos, los mismos putos y jodidos dirichos que él negó a los demás. También me gustaría dejar tibio a zapatazo limpio el culo de algunos abogados, que, más allá del deber de defensa y de asistencia, imparten ciertas leccioncitas a sus clientes (que curiosamente, incapaces como son, los medio idiotas, de aprender la raíz cuadrada, la leccioncita del abogado, en cambio, se la aprenden de pe a pa en cinco minutos).

Los franceses -¡ay, ese amor y ese odio..!- resuelven estas cuestiones de una manera económica y con poca burocracia. Y así, el colectivo piratil somalí denuncia la desaparición de 30 de sus secuaces cuando andaban merodeando a los enfants de la patrie. Y es que los enfants de la patrie a veces resultan enfants terribles y no precisamente en sentido figurado.

No es que apruebe yo esas prácticas, no lo quiera Dios (en su caso), pero es que de imaginarme a un barquito francés peinando con la quilla a una Zodiac cargada de cabrones a figurarme a la Chacon y al Moratinos negociando con los elegantísimos y seguramente muy corteses abogados londinenses que representan los intereses de los piratas de allá abajo mientras a los soldados de operaciones especiales de la flota española no se les da otro trabajo que preguntar qué hay hoy de rancho, va una náusea tan profunda… Una náusea que, como diría creo que fue Miguel Hernández, me nace en los mismísimos cojones del alma.

De esos mismos cojones hasta los cuales estoy de tantas cosas.

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A vueltas otra vez con la lingüística en Catalunya. Como explicaba ayer -orientando a otro orden de cosas- parece que se pretende imponer cuotas de doblaje al catalán del orden del 50 por 100 para películas con más de 15 copias.

El catalán es un idioma que fue exclusivamente propio de Catalunya hasta más o menos el siglo XV y que, a partir de ahí, hubo de convivir con el castellano precisamente en el ámbito oficial -que no en la calle, donde siguió siendo único- hasta que, tras las caída del feudalismo en 1714, perdió toda oficialidad en favor del castellano. En la calle pasó a ser no único pero sí hegemónico. Las oleadas migratorias de finales del siglo XIX y, sobre todo, las de la segunda mitad del XX, configuraron una Catalunya bilingüe en la propia calle, mientras que hasta la promulgación del Estatut de los años 80 volvió a adquirir carta de oficialidad o de cooficialidad, que no está muy claro. Esto es así. Puede gustar o no gustar, allá cada cual, pero como realidad, yo diría que es innegable.

Las últimas oleadas de inmigración, ya en este siglo, con un fuerte componente hispanoamericano, han puesto al catalán, en la calle, en minoría. No en una minoría exigua (podríamos estar hablando de un 55-45 o, todo lo más, de un 60-40, así, a ojo de buen cubero), pero minoría a fin de cuentas. Porque, además, los recién llegados no castellanohablantes, aprenden preferentemente el castellano, puesto que -las leyes de la supervivencia son inmutables- pronto detectan que con el castellano entienden y se hacen entender en todas partes mientras que con el catalán no siempre y saben, además, que el catalán es propio de un área determinada -y obviamente más pequeña- de España. Vuelvo a lo mismo: admitiendo matizaciones en las cifras de proporciones (no son fruto de una estadística sino de mi percepción personal), todo lo demás, guste o no guste, es así.

Estando así las cosas, el catalán queda en una situación claramente desfavorable y, siendo como es un patrimonio cultural importantísimo (no sólo catalán, sino también y además, español y francés), es evidente que necesita ser protegido.

Ahora bien: ¿de qué clase de protección estamos hablando?

La inmersión lingüística, que ha provocado una importante controversia en la sociedad catalana -que no ha llegado a la fractura, pero que en algún momento se ha acercado peligrosamente a ella- ha logrado que (ahora sí, estadísticamente) un 95 por 100 de la población catalana entienda el catalán y que prácticamente las tres cuartas partes de dicha población sean capaces de expresarse -mejor o peor- en esta lengua. Sin embargo, el número de los que usamos el catalán habitualmente, ha descendido a menos de la mitad. Como lamentaba amargamente un alto cargo de la administración educativa catalana hace ya unos cuantos meses, «hemos ganado el aula, pero hemos perdido el patio».

Lingüísticamente, en Catalunya esta ocurriendo -salvando las distancias- una especie de sudafricanización. Los afrikaners (los blancos, hegemónicos en aquel entonces) justificaban el apartheid diciendo que cuando ellos llegaron apenas había población negra en el país y que ésta llegó con los aluviones de refugiados que huían de las masacres que provocaron las independencias de los países vecinos. Verdad (lo era, pero a medias) o mentira, de nada sirvió: la comunidad internacional estableció que esa ingente masa de población negra estaba en su país y tenía derecho a la igualdad ciudadana con la población blanca, y no hubo tu tía hasta que la cosa fue así. En Catalunya, hay un sector de población -especialmente minoritario, porque ni siquiera está compuesto por la totalidad de la población autóctona ancestral- que estima que la lengua catalana es la única propia y como esta minoría ocupa el poder cultural y político, hace de esa estimación la base de una política basada en la imposición. Parece que no se ha aprendido del fracaso real de la inmersión lingüística escolar.

Lo del cine será, pues, un fracaso, pero, además, a un plazo muchísimo más corto. En la escuela no hay opción: en el cine, sí. Y si llegaran a la locura de imporner el 100 por 100 del doblaje al catalán, la gente, sencillamente, abandonaría las salas. Tiene otras alternativas que ya son más satisfactorias, incluso más baratas, y la tecnología las hará -también a plazo muy corto- mucho más satisfactorias y más baratas aún. Me remito a lo que dije ayer.

La promoción por las buenas también es difícil, porque suele hacerse por vía de subvención y suele hacerse por el camino equivocado: subvencionar cualquier cosa que se haga en catalán aunque sea una perfecta mierda, en vez de subvencionar buenos productos catalanes aunque sean en castellano.

En definitiva, no podrán tardar mucho en verse obligados a optar entre una política de país o una política de lenguaje y si optan por la segunda en plan a la trágala, perderán ambos, el país y el lenguaje.

Catalunya es hoy una región con dos lenguas propias (una originaria y otra sobrevenida, pero propias ya ambas) y una de ellas en retroceso. Parece que, por más protección que se le dispense, las lenguas minoritarias tienden a serlo más a beneficio de las mayoritarias, que tienden a extenderse. Todos sabemos que, a plazo indeterminable pero parece que fatalmente, en el mundo no quedarán más que el inglés, el castellano y el chino y veremos (verán nuestros descendientes) de estos tres cuál acaba ganando a la larguísima.

No sé si llegaremos a tres millones los catalanes (incluyo los valencianos, los franceses y los cuatro gatos de l’Alguer) que hablamos nuestra lengua originaria como un hecho normal y diario. Es realmente una pena, dicho en lo personal: es una de mis lenguas maternas y me dolería horrores perderla. Por tanto hay que protegerla y mimarla, como a una plantita delicada. Hay que fomentarla. Hay que hacer muchas cosas, no resignarse a esa pérdida y tratar de que la llegada de ese momento fatal se prolongue en el tiempo lo más posible.

Pero la imposición, el ukase, el ordeno y mando, no sólo es la peor política posible: es que es contraproducente. Y por ello, los catalanes de socarrel debiéramos contestarla enérgicamente. Esa ira sudafricana contra el vil invasor lingüístico tiene mucho más de patética caricatura de chauvinismo a lo Astérix que de aguerrido Tirant lo Blanc.

Que se lo miren bien, esto, o aún iremos a mucho peor.

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Aún me quedan cosas en el tintero. Hace tiempo que quiero hablar de nuestra barcelonesa princesita funcionaria, doña Telma Ortiz, aunque princesita, propiamente, no lo sea, y como funcionaria lo es eventual, pero la cosa manda huevos del tamaño de los de avestruz. Lo dejaremos para otra semana, pero que conste que le ando detrás al tema y que acabaré paellándolo, esto es seguro.

Por lo demás, el arroz está en la mesa y espero que sea de vuestro agrado. El próximo jueves será 29, último, obviamente, del mes de octubre, que la paella traerá como postre el aroma de las castañas y de los boniatos, de los nada dietéticos pero exquisitos panellets, del cava -naturalmente- y del vino ranci, del de malvasía y de moscatel. Estaremos encima ya de Todos los Santos. No de la otra mierda norteameriyanqui de calabazas en parque temático de la Caixa (ya dicen que Dios los cría y ellos se juntan). Época que huele a flores de recuerdo de nuestros antepasados, y también nos trae el aroma de las setas y del civet de jabalí (es temporada de caza, la otra suculencia otoñal).

Os dejo, que se me hace la boca agua.

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Comentarios

  • Jordi  On 23/10/2009 at .

    Si la lengua catalana no la protegemos los mismos catalanohablantes, poco futuro le veo.

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