Encantadores abuelitos

De la serie: Rugidos

Uno de los atractivos de la aclamada serie catalana Caçadors de bolets por mí tanto y tan reiteradamente loada, eran tres abueletes de un bellísimo pueblo de la comarca de Osona, Viladrau (uno de los tres únicos de dicha comarca que pertenece a la provincia de Girona y no a la de Barcelona). Digo eran porque esta temporada ya han desaparecido.

Aparecían, nada, cosa de minuto o minuto y medio al final de cada capítulo y allí exponían su filosofía campestre, ese sólido mortero compuesto con la sabiduría que dan los años y la socarronería de la vida tranquila y apacible de un pueblín de los que aún -más o menos, no vayáis a creer- resiste el tsunami de la modernidad y del megatecno.

Al saber que se suprimían los entrañables vejetes monté en cólera y estuve a punto de proferir tremendos cagamentos y de ciscarme en la familia de los directivos de TV3 hasta la enésima generación, pero no. Aparecieron los tres viejecitos en el programa introductorio y nos explicaron que tenían que dejarlo porque les resultaba absolutamente imposible vivir con ese agobio. Y el agobio no era el rodaje -que por largo que fuera no podía resultarles tan tremendo, pese a que ella, la única mujer de los tres, es casi centenaria (98)- sino la cantidad de domingueros imbéciles y sin escrúpulos que no les dejaban vivir. Se les cayó encima el precio de una fama que ellos probablemente no quisieron -lo de salir en la tele les haría gracia, pero nada más- y el rebomborio urbano, la gilipollez desencadenada, el guiri que, aunque con DNI, no seja de ser para el caso seboso y michelinesco y tan antipático como el puerco de las Ramblas, les llevó el vértigo, la intranquilidad, la inquietud y la angustia, justamente cuando, llegados los últimos años de su vida, a uno sólo le apetece la placidez, la tranquilidad, el ver la belleza de las estaciones sucederse una detrás de otra, un año detrás de otro, hasta llegar al día de la palmancia que -salvo médico del Opus que te niegue cuidados paliativos- también tenían derecho a esperar suave y pacífica.

Pero no. No podían ni salir de casa entre viernes y domingo -ambos incluidos- sin que un regimiento de hijos de puta fuera a tocarles los cojones, a pedirles que se hicieran fotos con ellos, a que les recomendaran un buen sitio para recoger setas, a pedirles autógrafos, a darles estas palmaditas de condescendencia a la que tan aficionados son los analfabetos vitales que se creen realmente alguien superior porque pilotan un Audi o un BMW que compraron a golpes de pelotazo. Aplastados por la brutalidad ludomaníaca.

Evidentemente, los abuelitos no pudieron con ello, no había compensación posible para ese estrés brutal. Y nos hemos quedado sin abuelitos. Ahora, todo Facebook está lleno de fans de los abuelitos y muchos de los que no estamos en Facebook también los echamos de menos pero nosotros, al menos, pagamos nuestras culpas porque formamos parte de esa sociedad bestial del hedonismo desencadenado y enfermizo que incluso los que no participamos de él toleramos.

Alguien dijo que el aburrimiento es propio de almas estériles y tenía mucha razón. Pero ya no hay ningún problema: siempre habrá un alcalde de Barcelona que empleará muchas horas de su jornada para que las almas sigan siendo estériles -y cuanto más, mejor- pero que enjuaguen su aburrimiento en tela de calzoncillo con marca.

María, Valentí, Casimiro, os vamos a echar mucho de menos. Pero si ese es el precio que hay que pagar para que tengáis una vejez tranquila, reposada y agradable, en vuestro pueblín y con vuestros nietos, no se hable más.

Que tengáis una vida feliz. Y gracias por todo. Por mucho.

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Comentarios

  • Jordi  On 25/10/2009 at .

    No m’ho puc creure.

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