Transiciones

De la serie: Correo ordinario

A mí el circo no me va ni poco ni mucho, nunca ha sido, ni siquiera de niño, mi espectáculo favorito. Pero algunos números propios del circo, en cambio, sí. Por ejemplo, el trapecio. Y hay un momento en el trapecio en todo parecido a aquel «denso instante adrenalítico» que describía Tom Wolfe: el momento el que el trapecista principal (no sé cómo se llama propiamente) salta desde su balancín para, tras varias piruetas, ir a cogerse de manos con el portor (ese sí que sé como se llama) que lo está esperando. Ese momento angustioso (para el público) y, efectivamente, adrenalínico (para el acróbata) en que abandona la -relativa- seguridad de su columpio y se lanza en pos de otra -no menos relativa-, ese momento en que el hombre depende, sin que haya más que decir, de la pura y simple inercia, de que haya tomado el impulso exacto.

Este mundo todavía naciente a las TIC está en un momento parecido. Todo es incertidumbre: los viejos modelos se desmoronan, pero todavía no vemos consolidados a sus sustitutos… si es que van a llegar a serlo. Estamos en el aire, hemos saltado desde un trapecio pero todavía no sabemos a qué portor llegaremos; peor aún: no sabemos ni siquiera si hay portor más allá del salto y, si lo hay, no hemos ensayado con él lo suficiente (o, más bien, nada), no podemos confiar en su coordinación, no podemos confiar en la solidez de su antebrazo ni en la fuerza con que él agarrará el nuestro. Estamos como el trapecista, pero aún en mayor precario: el trapecista sabe que hay un compañero, ha hecho ese salto decenas, centenares de veces y sabe que puede confiar en él. Hay un factor de riesgo, de incertidumbre, pero muy controlado. La sociedad digital de los albores del siglo XXI está lejos de ese control, de esa confianza, y el riesgo y la incertidumbre se incrementan hasta más allá de lo que, en demasiadas ocasiones, parece soportable.

La reacción, muchas veces, es de miedo: no saltamos del trapecio; pero tampoco podemos bajar de él, alguien ha quitado la escalerilla y ha cortado la red; otras veces, es de un infantil absurdo: nos hemos lanzado y, presas del pánico ante el vacío, intentamos volver al trapecio del que hemos saltado queriendo ignorar que ya no somos dueños de nuestra trayectoria, que todo lo que podemos hacer es describirla realizando elegantes piruetas o gesticulando como peleles. Otros, prudentes, pero decididos, saltan y fallan y se dan la torta; otros más, en cambio, imprudentes, alocados, irreflexivos, saltan y aciertan y saborean el aplauso y el éxito. Y nadie sabe por qué falló el prudente y por qué acertó el temerario, pero todos sabemos que una vez arriba no se puede volver abajo y todos reímos las patéticas contorsiones del pelele antes de verle estrellarse contra el suelo. Hasta que nos toca a nosotros ponernos los leotardos y subir arriba, porque los toros se ven muy bien desde la barrera, pero al otro lado de ella todo es desazón y ayayay.

Ayer conocíamos el muy triste punto y final de Soitu. Unos chicos prudentes, decididos, creían conocer el trapecio, atisbaron la figura del portor, se lanzaron y… su cadáver descoyuntado yace sobre la pista. Quizá demasiado impulso y se pasaron, o quizá demasiado poco y no llegaron.

Llevamos años riéndonos del pelele apropiacionista, braceando ridículamente al viento en su pretensión de volver a aferrar el columpio de partida del que, al no haberse querido lanzar, ha sido lanzado a las malas, sin controlar su impulso, y, aunque aún parece que flote en el aire, todos sabemos que sus aspavientos acabarán en tortazo (aunque quizá llevándose por delante al portor, y eso es lo que todos querríamos evitar).

Otros, se lanzaron a lo burro y, mira, acertaron. Ahí tienes a los chicos de Google cuyo número, ahora muy consolidado, estudiado y ensayado, fue, en un principio, una flauta que sonó por casualidad.

Y los trapecistas del montón, los figurantes, los de a pie, vivimos en un estado de permanente angustia: unos, por ignorancia; otros, por saber más de lo que nos habría gustado saber sobre algunas cosas. Y así, los padres, que apenas se subieron de niños a un columpio de guardería infantil, ven ahora a sus hijos allá arriba, jovencísimos y confiados, y no saben cómo evitar que se la peguen. O la práctica totalidad de los ciudadanos, que hasta hace pocas semanas ignorábamos que el Gobierno dispone de una maquinita que puede escuchar todo lo que decirmos y saber quién lo dice y dónde lo dice (y todo esto, como mínimo) y la ha puesto en marcha en descarada mofa y befa de nuestros derechos fundamentales consagrados por la Constitución; y que nos preguntamos cuántas más maquinitas milagrosas, cuya existencia aún ignoramos, tendrá escondidas en la badana de la chistera. De la misma forma que ignoramos también cómo circulan nuestros datos, insertos en mil bases de datos públicas y privadas -a cuál más temible- porque todavía no existe un mecanismo legal y material capaz de controlar con seguridad y garantías todo ese tráfico y tampoco sabemos si existirá nunca; y, mientras tanto, donde antes íbamos a cara descubierta y repartiendo tarjetas de visita -la vida presencial- vamos ahora con pasamontañas, escondidos tras mil nicks y parapetados en cuentas de correo de suministro masivo (Gmail, Yahoo, Hotmail…) -la vida virtual-; y nos aterrorizamos ante la reiterada pretensión de que naveguemos con el DNI entre los dientes, como ya han conseguido con el teléfono móvil.

Después están los que quieren hacer trampa, los que pretenden subir al trapecio con cinturón de seguridad, con la red puesta y con la escalerilla de la plataforma férreamente soldada para que no se pueda quitar. Pero, ojo: tanta seguridad, sólo para ellos, no para los demás. Los que pretenden vivir en el futuro con las normas y las prebendas del pasado, hechas a su medida.

El mundo se nos tambalea: la prensa tradicional está en creciente decadencia y su mañana pinta muy negro; las alternativas -los portores- que se vislumbran no requieren -ni quieren- el viejo régimen de grandes empresas mediáticas que controlan el flujo de información; la información será -ya es- libre y con diferentes densidades y cada cual elige la densidad que mejor le acomoda y mantiene en sus manos, además, el control del volumen. El negocio de la venta de copias -materiales o digitales- naufraga también mientras los grandes armadores claman por una propiedad intelectual que nunca han distribuido con justicia a los verdaderos autores; pero la copia acerrojada y escasa es el trapecio que quedó atrás y que el impulso en sentido contrario hace ya inalcanzable. La información fluye, los contenidos fluyen.

Pero también fluye nuestra privacidad al alcance de cualquiera con un buscador. El curriculum va camino de la obsolescencia; nuestro curriculum, sin que al presente podamos en absoluto controlarlo, está en la red; y quien no esté en la red está muy cerca de la muerte digital, lo que anuncia la ídem civil, profesional o laboral; quizá incluso la social; hoy, esta afirmación aún es un poco exagerada, pero faltan poquísimos años -realmente poquísimos- para que sea exacta. Nuestros datos no sólo están al fácil alcance de los poderes públicos, es que también lo están de los privados, los cuales son, por lo general, aún más oscuros y más siniestros (por si lo de los políticos lo fueran poco).

Pero la trayectoria va alcanzando ya la fase descendente de la parábola; falta poco para estar salvados o para darnos la torta y falta aún menos para saber cuál de las dos cosas nos va a pasar, o acaso para percatarnos de que hay una tercera -o cuarta o quinta- posibilidad que no habíamos acertado a percibir.

Sin embargo… La comparación con el trapecio no es del todo exacta, falla por un punto. La trayectoria no es del todo balística, hay un puntito de control, hay alguna forma de corregirla. Los malos quieren utilizarlo para quedarse con el circo dominando el trapecio; nosotros, si quisiéramos, podríamos hacernos con ese control con mucha mayor facilidad, porque somos más y porque somos mejores. Porque somos los ciudadanos, la fuerza que articula la dinámica social… si quiere. El problema es que somos ignorantes y perezosos y ellos, en cambio, no. Ellos conocen la existencia de ese punto de control, saben dónde está y se dirigen decididamente hacia él. Entre nosotros, en cambio, pocos conocen su existencia, menos aún los que saben su ubicación e ínfios los que tienen la voluntad decidida, a todo precio y coste, de ir a por ello, como Jasón y sus argonautas en pos del vellocino de oro. Nuestras posibilidades, siendo potencialmente abrumadoras, se trocan en precarias por esa pereza y esa ignorancia.

Podemos ganar, podemos hacernos con el trapecio y con el circo entero. Pero tenemos que despertar y mover el culo.

Porque ellos, los malos, lo están haciendo ya.

Safe Creative #0910284775443

Anuncios
Both comments and trackbacks are currently closed.
A %d blogueros les gusta esto: