Gaudí, puntapies y curas

De la serie: Los jueves, paella

Yo ya me lo veía venir… De hecho, me extrañaba que la tocinada que abarrota la Sagrada Familia no hubiera caído en la cuenta de que, a menos de un kilómetro, siguiendo derechito por una hermosa avenida, se halla otra joya de la corona modernista barcelonesa: el Hospital de Sant Pau. Pero no hay problema: el achuntamén, siempre al servicio de cualquiera menos de sus ciudadanos, les va a orientar adecuadamente para que no se lo pierdan: señor guiri, siga recto hacia arriba por la avenida de Gaudí, no tiene pérdida.

La pérdida será la avenida de Gaudí.

Yo he vivido muchos años -prácticamente, desde que nací y hasta los treinta y bastantes- a trescientos metros del Hospital de Sant Pau y, por tanto, de uno de los extremos de la avenida; y, hasta que la burbuja inmobiliaria me ha hecho renunciar a ello, nunca dejé de aspirar a volver a vivir por sus cercanías. La conocí cuando era -por llamarlo de alguna manera pomposa- un bulevar preferentemente destinado al tráfico rodado -como casi toda la puta ciudad- pero incluso así tenía, por lo menos para mí, su encanto. Era una referencia de barrio, sobre todo por su particularidad: unía dos monumentos emblemáticos de la ciudad y, además, su característica transversalidad diagonal en relación al trazado de la cuadrícula urbana del Eixample le confiere la cualidad de atajo en muchos recorridos urbanos. Y, por si fuera poco, el trazado norte-sur le proporciona una iluminación solar homogénea durante muchas horas que, al mediodía, llega a su máximo esplendor.

Hace veinte o ventidós años -un poquito menos de un cuarto de siglo, en todo caso- el achuntamén la cerró al tráfico y la peatonalizó. Una de las pocas actuaciones municipales dignas de encomio y de verdadero servicio vecinal, todo hay que decirlo. Si la avenida de Gaudí ya era atractiva, pasó, desde entonces, a ser un verdadero encanto. Un comercio variado, floreciente y familiar, con una hostelería ajustada y correcta que no abusa del espacio urbano con sus terrazas (hay las justas) y una sensación agradable y tranquila: uno de los pocos lugares de esta triste y desgraciada ciudad en que los niños juegan en la calle -sin ser un parque infantil ni puñetera falta que hace-, observados por los sempiternos jubilados sentados en los bancos. Cuando mis hijas fueron a su primer cole, ir a jugar a la avenida era como el pequeño premio cotidiano de muchos días de primavera, verano y otoño. Y es uno de los pocos puntos de la ciudad donde se respira vida, tranquilidad, vecindad. Es uno de mis paseos predilectos: ya no vivo propiamente cerca de la avenida, pero tampoco tan lejos como para que, de tarde en tarde no apatezca una caminadita desde mi casa hasta allí (unos veinte minutos) y después recorrerla, respirarla, vivirla. Es uno de los pocos lugares de Barcelona en que esa foto municipal tan propagandística de vecinos felices en grata convivencia en un espacio urbano amigable y propicio no es falsa, no necesita actores ni montajes fotográficos: basta ir allí y hacerla, tal cual.

Bueno, pues a la mierda

La avenida de Gaudí se va a convertir en algo parecido a las Ramblas. Se acabó el comercio familiar, se acabó la convivencia vecinal, se acabaron las terracitas en número moderado, se acabó lo que se daba. Por obra y gracia de la porquería turística, la avenida de Gaudí se va a llenar de tiendas de souvenirs (como ya lo están los alrededores de la Sagrada Familia) de expendedurías de comida basura (como también lo están los alrededores de la Sagrada Familia), de gentío puerco y sudoroso abarrotando lo que todavía hoy es un elegante paseo central. Y que no aparezca la habitual secuela: putas, trileros, carteristas y demás flora y fauna que acompaña a la tocinada. En todo caso, adiós a los niños jugando, a los jubilados viendo pasar la vida, a las madres charlando, a la vida vecinal, al agradable paseo… todo a tomar por el culo.

Como digo tantas veces, supongo que nos lo merecemos. La ciudadanía que supo echar a la Sexta Flota -a tortazo limpio, en más de una ocasión- se ha convertido en una masa abotargada y complacida que aguanta todo lo que le echen a cambio de la estúpida ilusión de ponerse cualquier día en calzoncillos a toque de pito alcáldico, que le sirvan una fiesta carioca en el paseo de Gràcia o que le monten un festival aéreo. Ni siquiera tenemos la esperanza electoral: la botiguerancia de CiU sería, por lo menos, igual de complaciente; el negoci es el negoci y la pela es la pela. Al ciudadano, que le den por el saco. Bueno, entre palaus y santacolomas, añadidos a los ya habituales tresporcientos y cuñados, ya vemos cómo está el patio. Sólo hay que esperar a ver si algún día podemos llegar a saber -con nombres y apellidos- quién cobra por entregar la ciudad a los intereses de la banda del Gaspart en vez de a los ciudadanos.

Como algún día nos lo podamos cobrar, que se agarren…

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Resulta que va el Gobierno y ¡hombre! tiene una buena idea. Cuesta de creer, pero es así (siempre que, al final, no se la envaine, claro). Los extranjeros que cobren más de 600.000 euros anuales tendrán una fiscalidad al tipo del 43 por 100 y no del 24 como hasta ahora. Esta rebaja la inventó Aznar con el teórico fin de que vinieran a España -atraídos por la facilidad fiscal- lumbreras de las ciencias, de las letras y de las artes a producir aquí. Pero lo que vinieron fueron calzoncilleros a punta de pala. Ahora, visto que la medida aznariana sirvió para bien poca cosa, se vuelve atrás y aquí paga hasta el potito. Como debe ser.

Y el mundo del calzoncillo futbolero se ha puesto como una moto. Entre otras cosas, porque los muy sinvergüenzas pactan los estipendios (estupendios, mejor expresado) de los pateadores en dinero limpio, haciéndose el club cargo de los impuestos. Claro, a los pateadores [extranjeros] la medida del Gobierno se la trae al pairo, pero a los clubs, no. Y para clubs como el Barcelona o el Madrid, que tiran de cartera que se las pelan y que -sobre todo éste último- tienen el tema financiero justísimo (por no decir algo peor, pero que se jodan), esto puede ser un garrotazo descomunal. Evalúan el impacto de la cosa en 100 millones anuales… y a mí hasta me parece poco: tienen que ser muchos más.

Amenazan con una huelga (aunque, en realidad, sería un lock out y eso está prohibidísimo, pero en este país todo cristo hace lo que le sale de los cojones y no pasa nada). Pues, por mí, que no se entretengan, aunque sea ilegal, y que hagan su huelga. Ya. Pero… ¡venga, que los he visto más rápidos, hombre..!

De todos los sectores eventualmente afectados por cualquier medida de gobierno -esta u otra cualquiera- este, el de los pateadores, me parece el más despreciable, el más superfluo, el menos digno de ser tenido en cuenta. Si no vienen supercopas o como coño se llame a estas mierdas, pues me importa un carajo (y ojo, no sólo a mí: también a muchos centenares de miles de ciudadanos). Como muy bien dice Escolar, que se las lleve Italia y que las pague Berlusconi. Estaría bueno que estando a tiros con los recortes a la investigación, con las patas del estado del bienestar crujiendo amenazas de astillarse, con toda la juventud con el culo al aire, sin piso y mileurista, con los ERE tan a la orden del día que si no afectan de mil para arriba ya no son ni noticia y, en fin y en resumen, con la que está cayendo, tuviéramos que soportarles ventajas fiscales a señoritos de mierda.

No sé qué se han creído los tíos estos de la liga profesional (donde, por cierto, hay más mierda que en el palo de un gallinero, a ver si Garzón se da también una vuelta por ahí): primero, cuando los clubs se convirtieron en SAD, hubo que sanearlos con chorros enormes de dinero público (que ya jode); después, siguen chupando de dinero público (porque reciben subvenciones con diversas excusas: equipos juveniles y de aficionados, mantenimientos, etc.) y, encima, no pocos de ellos mangonean con recalificaciones urbanísticas que constituyen no pocas veces verdaderos pelotazos (como en el caso del Madrid) o que, además de pelotazos comprometen la calidad de vida de barrios enteros (como en el caso del Barcelona) y no olvidemos que todo ello es también valor e interés público.

Aquí, entre los culturetas subvencionados (prácticamente todos, menos los que realmente hacen algo útil y bueno), los pateadores fiscalmente protegidos (mientras los ciudadanos tienen acceso difícil y costoso a intalaciones deportivas por placer o por salud), las financiaciones de los partidos políticos, los políticos que se financian del partido, los corruptos, los bancos que nos meten en una crisis y encima hay que pagarles, los ladrilleros y todo el resto de la fauna, este país se derrumba, porque los de la nómina, los de la tienda y los de la PYME no podemos ya más. La leche de la vaca -y, sobre todo su paciencia- se va agotando.

Y ojo con los cabreos de este país, que aquí no nos andamos con medias tintas: aquí, las crisis de sistema hacen que la sangre humee por las calles, así que hay que ponerse las pilas. Y no los políticos. los ciudadanos. No confiemos en los políticos ni nos fiemos de los salvapatrias. Tenemos que ser los ciudadanos los que empecemos a tomar actitudes claras y contundentes ante tanto timo y ante tanta tomadura de pelo.

Y, mientras tanto, los del fútbol que paguen como todo quisque y, hagan huelga o no, que se vayan a la mierda.

¿Quién se han creído que son?

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Hace unos días (muy pocos, dos o tres) el Tribunal de los Derechos Humanos de Estrasburgo estableció que el crucifijo en las aulas públicas es contrario al derecho a la libertad de educación que asiste a los padres. Y, obviamente, se ha armado la gorda. Y no sé por qué.

La Iglesia católica se empeña contra el viento y la marea de los tiempos en mantener un monopolio ideológico absolutamente improcedente y se rebota contra las medidas o decisiones que la contrarían, de manera absolutamente ridícula. Como ahora mismo.

El cardenal Tarsicio Bertone se queja de que acontece esta sentencia en medio de las celebraciones del jalogüin. Y yo, que odio el jalogüin sólo un poco menos que el balompié o la $GAE, me pregunto qué tendrá que ver el tocino con la velocidad.

El problema del jalogüin no es más que un problema de colonialismo cultural. Ni siquiera eso: es un problema de simple gilipollez colectiva de deficientes sociales en quienes, por falta de docencia o por tara mental, afectiva o sensorial, no ha empapado la cultura y la tradición española y europea. En ese asunto no pinta nada la fe ni las creencias. De la misma manera que el recuerdo de los antepasados fallecidos y el culto a su aportación a nuestra historia y a nuestra cultura, incluso en el pequeño ámbito familiar, no tiene porque estar necesariamente ligado a una religión ni a una presunta vida en otro sitio o dimensión más allá de la muerte. Que mi abuelo no sea ahora más que una aportación al ciclo del nitrógeno no impide recordar que su trabajo contribuyó a que, para bien o para mal, nuestro mundo, nuestro continente, nuestro país, sean como son y que, para bien o para mal, mi familia es como es en parte importante a él debida. Con absoluta y total abstracción e independencia de que su alma inmortal esté jugando al parchís con San Pedro o de que no haya ni alma ni San Pedro.

Mezclar la problemática del jalogüin con la del crucifijo en el aula es mezclar el culo con las témporas.

La Iglesia se queja de la constante -y para mí muy insuficiente aún- laicización de la sociedad. Es natural que se queje, claro, es su negocio lo que está en juego, pero me hace gracia que se refieran a la laicización de la sociedad como algo perverso, cuando es todo lo contrario. Lo perverso es obligar a la gente a comulgar -nunca mejor dicho- con la propia hostia (que, dicho sea de paso, implica una rueda de molino así de gorda).

La escuela -sobre todo la pública- debe ser un lugar para la ciencia, para el conocimiento. Y punto pelota. El lugar de la religión es la familia o el templo, lugares donde debe gozar de toda libertad para su expresión y manifestación; también es posible en el espacio público, como cualquier otra ideología, pero con cargo y por cuenta (y bajo responsabilidad) de los promotores y sin perjuicio de terceros. Pero la escuela, la vida cívica, las administraciones públicas y, en fin, la vida oficial, deben mantenerse absolutamente alejadas de cualquier religión. Y bajo especial protección contra la influencia religiosa debería estar el mundo académico.

Me parece muy bien que, como indican algunas noticias hoy, en España se vayan a tomar medidas bajo la bandera del diálogo entre los partidos políticos; no me parece mal: el guante blanco y el diálogo nunca son malos procedimientos. Pero a la impertinencia y a la arrogancia de la jerarquía católica exigiendo prebendas que no le pertenecen -ni le pertenecieron jamás, aunque frecuentemente se las tomara por la brava- sólo se puede responder con la voz y el gesto broncos y la negativa pronta.

Las tradiciones derivan frecuentemente de lo religioso y eso hay que asumirlo porque forma parte de nuestra historia; pero las tradiciones pueden y deben asumirse solamente cuando ello no implique sometimiento necesario a credo religioso alguno. Ni odio el jalogüin por su falta de contenido religioso ni exijo que se mantengan nuestras tradiciones por su contenido religioso y entiendo que la mayoría de ellas puede seguirse tranquilamente sin ese contenido.

Así que lengua al culo, excelencia reverendísima…

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Bueno, entre pitos y flautas llevo yo un día bastante agobiante. La paella sale hoy tarde -de merienda- y suerte que el guión ya llevaba listo desde ayer, que si no, ni para la cena. Así que, cumplido el deber, os dejo ya mismo, que voy hasta arriba.

La próxima, si sigue sin romperse nada, para el próximo jueves, 12 de noviembre.

Hasta entonces, nos iremos viendo por aquí más o menos a diario. Si gustáis.

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